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Diez locos que entraron voluntariamente en prisión



Diez locos que entraron voluntariamente en prisión




Estas puertas no son precisamente giratorias y, una vez que se cierran, tardan en volver a abrirse para mostrar la salida. Una cárcel no parece, en principio, un lugar confortable y agradable en el que alguien en su sano juicio desease pasar un rato. Más bien, al contrario: una vez dentro, el objetivo es salir (por las buenas o por las malas).

Sin embargo, hay casos disparatados en los que el sentido común brilla por su ausencia. Algunos presos terminan cogiéndole cariño a sus celdas y luchan con todas sus fuerzas por quedarse entre rejas o, lo que es peor, volver a entrar una vez recuperada la libertad. Hay para todos los gustos:






Suplicando volver
Sylvester Jiles estaba en la trena por homicidio, hasta que llegó el día de volver a la calle. En 2009 logró la libertad condicional, pero no le sentó bien: a los tres días de poner los pies en la calle, Jiles, de 25 años de edad estaba en la puerta de la prisión en Florida, Estados Unidos, rogando que le permitieran entrar. Al recibir una negativa por respuesta, el joven trató de saltar el muro, con tan mala suerte que se quedó enganchado en el alambre. Sin embargo, la jugada le salió bien, ya que el escándalo carcelario fue considerado por el juez como una violación de la libertad condicional y Jiles fue condenado a otros 15 años en la sombra.


De visita femenina
Por lo visto, una cárcel femenina es un lugar interesante al que entrar. No por la imagen que hayan podido crear series como ‘Orange is the New Black’ o su versión española, sino por la historia del misterioso asaltante de esta prisión hawaiana para mujeres que ha accedido en repetidas ocasiones superando las medidas de seguridad. Probablemente, sea la peor forma de ir de visita a una cárcel y el peor lugar al que entrar a robar. Todo un misterio.


Para liberar a alguien (más o menos)
La lógica de todo delincuente le lleva a no desvelar sus planes antes de llevarlos a cabo y, menos aún, avisar a la policía. Sin embargo, aquella llamada a las autoridades formaba parte del plan de Monique Armstrong quien, incomprensiblemente, llamó a la cárcel para comunicar que estaba de camino para devolverle la libertad a su hermano, encarcelado allí por posesión de drogas. Obviamente, Armstrong fue detenida aunque, eso sí, tras haber superado la primera alambrada. Lo más duro es que a su hermano solo le quedaban cinco horas para salir de la cárcel bajo fianza.


Por no tener chófer
Detenido en la propia cárcel. Así escribió una línea más en su historial delictivo Rodney Dwayne Valentine, quien se negó a abandonar la cárcel después de solicitar que la policía lo trasladase hasta un motel el día en el que debía ser puesto en libertad. Al negarse a salir, las autoridades lo detuvieron o, lo que es lo mismo, siguió dentro esperando un juicio por su nuevo delito: no irse.


Por culpa del alcohol
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Preso político (voluntario)
Un abogado debe hacer lo que sea necesario para defender los intereses de su cliente, esté donde esté. Es lo que debió pensar el abogado de Yulia Timoshenko. Cuando la primera ministra ucraniana estuvo en la cárcel y corrió el rumor de que se le negaba atención médica, el letrado Serhiy Vlasenko acudió hecho una furia a la cárcel para comprobar con sus propios ojos el estado de salud de su cliente. Al denegársele el acceso a la cárcel, el abogado pasó bajo la cerca para poder entrar. Irónicamente, con el tiempo ella saldría de la cárcel y él tendría problemas legales al ser acusado de robo


¿Por nostalgia?
Aseguró estar rememorando su estancia en prisión, aunque la policía descubrió que estaba haciendo otra cosa menos romántica. Marvin Ussery salió de la cárcel en 2008 y tres años después fue cazado escondido en los alrededores de la que fuera su casa durante algún tiempo. Ussery pudo disfrutar de ese ataque de nostalgia en el interior de la prisión, ya que descubrieron que, en realidad, estaba esperando para meter droga en la cárcel.


Para dormir la borrachera
Cuatro presos de una cárcel australiana descubrieron cómo escapar. Todo un logro que sería digno de admirar si no fuera por el uso que terminaron dándole al descubrimiento: salían por la noche para irse a disfrutar de la noche y los placeres del alcohol y volvían por la mañana, antes del recuento. Las fugas en su justa medida, claro que sí.


Por no saber a dónde ir
Fue acusado de intentar matar a su mujer y eso le valió un año de cárcel en Barcelona. Sin embargo, tras este tiempo se demostró la verdad y llegó la hora de recuperar la libertad. A pesar de que solo se trataba de un año, el acusado se negó a salir de prisión: aseguraba que no sabía a dónde ir. Había estado poco tiempo pero ya estaba en casa.


Por seguridad
Le dice “mi casa” y nadie ha logrado sacarlo de ahí. A sus 50 años, Luis Rojo lleva 30 entre los muros de la cárcel de Santiago de Chile. Asegura estar mejor que en ningún sitio y dice preferir estar ahí por seguridad, por miedo a la situación de la calle. Siempre logra alargar su estancia y, para el director de la prisión, ya no es un preso, si no toda una institución.



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