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El imperio español:Pérdida del Norte de África (Parte II)


Desastre naval de La Herradura (1.562)





Después del desastre de los Gelves en 1.560, faltos de escuadra que los defendieran, los pueblos mediterráneos hubieron de retirarse tierra adentro para evitar los saqueos cada vez más habituales de los piratas berberiscos, por no hablar de las pocas naves cristianas que osaban aventurarse por el Mediterráneo. Pero dejemos que sean las propias Cortes de Toledo las que nos ilustren sobre sus miedos de entonces:
… todo esto ha cesado, porque andan tan señores de la mar los dichos turcos y moros corsarios, que no pasa navío de Levante a Poniente ni de Poniente a Levante que no caiga en sus manos; y son tan grandes las presas que han hecho de cristianos cautivos, haciendas y mercancías, que es sin comparación la riqueza que los dichos turcos y moros han habido, y grande la destrucción y desolación que han hecho en la costa de España; porque desde Perpiñán hasta la costa de Portugal, las tierras marítimas están por cultivar; porque a cuatro o cinco leguas del agua no osa la gente estar y así se han perdido las heredades que solían labrarse en las dichas tierras marítimas y las rentas reales de V.M…

Y si mal estaban nuestros pueblos costeros mediterráneos, peor aún quedaban las plazas en la costa berberisca, de modo que Felipe II ordenó despachar la flota de galeras en socorro de la plaza de Orán con 7.000 personas a bordo, incluyendo la milicia de apoyo y sus familias.
Se concentraron en Málaga 28 galeras al mando de Juan Hurtado de Mendoza. 12 de ellas pertenecían a la escuadra española, 6 a particulares de Nápoles alquiladas por la corona y otras tantas procedentes de las flotas particulares de Antonio Doria, Bendinelli Sauri y Stéfano de Mari.
El 18 de octubre, 28 galeras, cargadas de víveres, soldados y sus familias zarparon bajo el mando de don Juan Hurtado de Mendoza y Carrillo, capitán general de galeras en el Mediterráneo. Mendoza era uno de los marineros más experimentados de la época. A poco de zarpar, el viento comenzó a rolar y a hacerse fuerte por momentos, volviendo ingobernables a algunas de las galeras que se embistieron, produciéndose roturas de importancia, por lo que unas naves fueron tomadas a remolque por otras y como quiera que el viento las lanzaba contra la costa se recurrió al esfuerzo exclusivo de los remeros para salvar tan delicada situación. Mendoza decidió cubrirse en la profunda bahía de
La Herradura, retrocediendo desde Málaga. Al amanecer del 19 la escuadra estaba frente a la Herradura y Mendoza decidió tomar el fondeadero para dar descanso a los exhaustos marineros y galeotes.
Naufragio la Herradura 1563. Vista aérea de la zona
Sobre las diez de la mañana las galeras fueron largando anclas en la ensenada, quedando las capitanas de cada flota en el centro.
Los agotados galeotes pidieron que se les retiraran los grilletes para poder descansar mejor y así se hizo. sin embargo, tras bajar anclas y realizar el amarre, se produjo un cambio brusco del viento, pegando desde el sureste. Las naves no pudieron levar anclas y las embarcaciones comenzaron a chocar unas con otras y con las rocas, produciéndose importantes destrozos en las galeras. A pesar de que la nave Capitana, donde iba don Juan, resistió más tiempo sin hundirse que otras de factura más antigua, la galera finalmente encalló, muriendo tanto el capitán general como otras muchas personas embarcadas, entre las que destacaban los hijos del conde de Alcaudete, gobernador de Orán, o el primo de don Juan de Mendoza, don Francisco, hijo del marqués de Mondéjar. Poco después del mediodía, 25 de las 28 galeras que integraban la escuadra se habían hundido, librándose sólo tres, que se habían refugiado en la cara este de la Punta de la Mona.
Naufragio en la Herradura 1563. Escenas del desastre


 
Naufragio en la Herradura 1563. Dibujo del desastre. 


No se sabe con exactitud el número de muertos, aunque fuentes de la época y estimaciones posteriores los sitúan en torno a 5.000, entre soldados, remeros, marinos y pasaje, la mayoría arrastrados por la resaca o golpeados con las rocas de la punta de la ensenada y los maderos de las embarcaciones destrozadas por el temporal. En medio de un paisaje dantesco, los vecinos de Almuñécar ayudaron a los algo más de 2.000 supervivientes de la tragedia, y se encargaron de las tareas de enterramiento de los cuerpos que el mar fue arrojando durante los días posteriores por toda la costa granadina. Dado que, durante la tormenta, don Juan de Mendoza había ordenado soltar a los galeotes que no vestían petos ni armaduras que les dificultasen el nado, representaron el 86 % de los supervivientes 1.740 según las fuentes-. Esta circunstancia obligó al alcaide de la Alhambra y primo del capitán general de galeras, don Luis Hurtado de Mendoza, a montar un dispositivo militar para capturar a muchos galeotes huidos que, aprovechando el caos provocado por la catástrofe, se habían dispersado por las comarcas aledañas.
Naufragio en la Herradura 1563. Secuelas del naufragio. 


Este suceso fue un verdadero desastre para la armada española, que acababa de sufrir una terrible derrota en la batalla de Djerba. Sin embargo, Orán y Mazalquivir fueron defendidos con éxito ante los otomanos.
La ubicación actual del naufragio es un misterio absoluto; y localizar parte de él todavía sigue siendo un sueño para muchos buceadores ávidos de descubrimientos. Durante la historia española nunca se habían hundido tantos barcos en una área tan pequeña, pero tras más de cuatro siglos y medio de corrientes marinas cambiantes y el deterioro que provoca el agua salada, los tesoros que pudiera transportar la flota aún permanecen ocultos.
” … Don Felipe dio órdenes prestas para poner en astillero las quillas de otras tantas que reemplazaran las perdidas, convocando en Barcelona maestranza de todos los puertos de España haciendo traer árboles de Flandes, remos de Ñapóles, arcabuces y picas de Vizcaya; y mientras la fábrica avanzaba por sus pasos, agregó a la escuadra de galeras de España, de D. Juan de Mendoza, algunas genovesas, juntando 28, reforzadas con 3.500 infantes para atender preferentemente la costa de Valencia y la plaza de Oran, amenazadas. A la última había de acudir primero con municiones, y ya que las había embarcado en Málaga, dio pasaje a mujeres y familias enteras de soldados, admitiendo en la Capitana dos niños pequeños, hijos de D. Alonso de Córdoba, conde de Alcaudete, nietos de D. Martín.”


 
Sitio de Orán y Mazalquivir (1.563)
Antecedentes

Tras la conquista de la isla de los Gelves (Djerba), las únicas pertenencias que tenían los reinos cristianos en aquellas tierras de piratas berberiscos eran las plazas españolas de Orán y Mazalquivir (actual Mers el-Kébir), junto con la Goleta en Túnez.
Anteriormente en 1.556, una flota otomana de 50 galeras bajo el mando del renegado Hasán Corso sitió ambas ciudades, pero el sultán Solimán el Magnífico ordenó el levantamiento del sitio para retirar las galeras y usarlas así en el Mediterráneo Oriental, así que Mazalquivir y Orán permanecieron en manos españolas a pesar del precario estado de sus defensas.
En 1.562 Hassán pachá, hijo de Jeireddín Barbarroja y beylerbey (gobernador) de Argelia, propuso la conquista de ambas ciudades para incorporarlas a sus territorios de Argelia. El rey Felipe II, que conocía las intenciones de Hassán, ordenó que se reuniera una flota en Barcelona que transportaría 4.000 soldados para reforzar las pequeñas guarniciones de Orán y Mazalquivir. Sin embargo estas tropas nunca alcanzaron su destino debido a una tormenta que destruyó la flota el 19 de octubre en la costa en el desastre de la Herradura.
Hassán Pachá, aconsejado por el sultán Solimán, reunió pronto un ejército de 100.000 hombres entre turcos, argelinos y gran cantidad de jenízaros. Apoyaba por mar a este ejército una flota de 30 galeras, 5 carracas francesas y 15 pequeñas embarcaciones bajo el mando de Jafar Catania, gobernador de Tremecén. Una vez reunidas las fuerzas Hassán partió hacia Mazalquivir, fortaleza cuyo dominio consideraba esencial para capturar Orán. Mientras tanto Alonso de Córdoba, conde de Alcaudete, gobernador de Orán y su hermano Martín de Córdoba, que mandaba Mazalquivir, habían recibido suministros, pólvora, pertrechos y algunos soldados desde Málaga. Para mantener unidas ambas ciudades y que pudieran así socorrerse entre ellas decidieron construir dos fortificaciones: el fuerte de San Miguel, ubicado en la colina que separa Orán de Mazalquivir, y la Torre de los Santos, frente a la segunda ciudad.




Fuerte de San Miguel y Torre de los Santos



El sitio comenzó el sábado 3 de abril de 1.563, cuando las tropas otomanas se lanzaron en masa contra la Torre de los Santos, que dominaba el nacimiento del río, defendida por 200 soldados españoles. La feroz resistencia de la guarnición del fuerte, junto con el apoyo de la artillería de Mazalquivir, provocó grandes bajas entre los atacantes. A pesar de ello una vez que los cañones otomanos derribaron las murallas las tropas tomaron el fuerte con rapidez. Mientras tanto las galeras de Jafar bloqueaban Mazalquivir para evitar que se aliviase la presión con la intervención de Orán. El principal objetivo otomano era capturar Mazalquivir puesto que varios renegados habían avisado a Hassán que los españoles planeaban abandonar Orán para concentrarse en la defensa de la otra ciudad. Teniendo esto en cuenta destinó la mayoría de sus tropas a la toma del fuerte de San Miguel, parte clave de la defensa española, mientras que solo unas pocas tropas bajo el mando del alcaide de Tremecén, mantenían el bloqueo sobre Orán.
El fuerte de San Miguel sufrió ataques durante 22 días por 24.000 soldados de infantería y 400 de caballería. Sus pocos defensores rechazaron la oferta de rendición de Hassán y repelieron con éxito seis asaltos que llenaron el foso de cadáveres de jenízaros. Entre las muertos otomanos se encontraba el gobernador de Constantina, cuyo cuerpo pudo ser recuperado por sus hombres con el permiso de Martín de Córdoba. A pesar de la tenacidad de la defensa, los refuerzos enviados desde Mazalquivir no fueron suficientes para continuar la lucha y el 8 de mayo, al amparo de la oscuridad, los supervivientes españoles se retiraron a la ciudad.
Asedio de Mazalquivir 1563. Defensa del fuerte de San Miguel
Asedio de Mazalquivir 1563. Defensa del fuerte de San Miguel




 
Sitio de Mazalquivir



Una vez ocupado el fuerte las tropas otomanas rodearon la ciudad, cavaron trincheras y colocaron artillería para derribar las murallas. En una colina cercana instalaron además varias culebrinas para bombardear el interior de la ciudad. Martín de Córdoba, que disponía de menos de 500 hombres disponibles para defender la ciudad, se preparó para el asalto que tuvo lugar el 20 de mayo. Hassán envió por delante a 12.000 árabes para quebrar la resistencia de los arcabuceros españoles y facilitar así el asalto de dos columnas de tropas regulares que atacarían justo después. A pesar de las fuertes pérdidas sufridas los árabes lograron escalar las murallas y alzar la bandera otomana en las almenas aunque los españoles los expulsaron poco después. En dicho ataque perecieron casi 2.500 hombres, la mayoría al caer en el foso que rodeaba la ciudad.
Durante los siguientes días hubo más asaltos que volvieron a ser rechazados y causaron grandes pérdidas en vidas otomanas aunque la situación española se había vuelto desesperada. El 6 de junio Hassán se encontraba a punto de ordenar el ataque final cuando una flota de auxilio tomó a su ejército por sorpresa. El rey Felipe II había ordenado que se reuniese una flota en Cartagena para atacar al ejército de Hassán y obligarle a levantar el sitio.
Perafán de Ribera, duque de Alcalá, y virrey de Nápoles, conociendo la precaria situación en que se encontraba Orán, se adelantó en la ayuda, preparando una flota y fuerzas, antes de que el Rey se lo pidiera, cuando le llegó la orden, inmediatamente partió a Cartagena, donde se unió a las fuerzas de Álvaro de Bazán y Andrea Doria. Se reunieron 34 galeras llegadas desde Barcelona, Nápoles, Génova, Saboya y Malta embarcando 4.000 soldados y muchos caballeros voluntarios y navegaron hacia Mazalquivir. Hassán, temeroso de verse atrapado entre los refuerzos españoles y la ciudad, ordenó que sus tropas se retirasen apresuradamente. Pudieron salvar las tiendas pero abandonaron los cañones, sus prendas y sus pertrechos en el campo de batalla. La flota otomana no fue tan afortunada y varios de sus barcos, incluidas 4 de las carracas francesas, fueron apresados.




 
Secuelas



Tras desembarcar los refuerzos y los suministros en Orán y Mazalquivir la flota de Francisco de Mendoza regresó a España. El rey Felipe II, informado del desarrollo del asedio, decidió recompensar a Martín de Córdoba y a Francisco Vivero, oficial al mando del Fuerte de San Miguel, por mantener dos fortalezas vitales en manos españolas. De hecho, esto permitió la captura al año siguiente del Peñón de Vélez de la Gomera, un éxito seguido en 1.565 por la decisiva defensa de Malta contra la flota de Turgut Reis. Varios años después, en 1.574, se discutió en la corte española si Orán y Mazalquivir debían abandonarse o no. El rey Felipe II ordenó a Vespasiano I Gonzaga que confeccionara un informe exhaustivo sobre la situación de ambas ciudades. Gonzaga le recomendó abandonar Orán pero quedarse con Mazalquivir. Por otro lado, el mariscal Juan Muñoz le envió al rey otro informe de Sancho de Leyva en el que recomendaba mantener ambas plazas. Felipe II optó finalmente por el consejo de Leyva.
Naufragio en la Herradura 1563. Escenas del desastre. 




 
 
Conquista musulmana de Túnez y la Goleta (1574)
Antecedentes



En julio de 1.535 Carlos V había dirigido con éxito una expedición contra el reino de Túnez que obligó a Barbarroja a buscar refugio en Bona. La flota del corsario fue destruida y en Túnez quedó establecido un protectorado español, mientras se iniciaban una serie de obras de fortificación en La Goleta, punto estratégico de importancia. Los resultados de la acción fueron, por tanto, satisfactorios. El fuerte de La Goleta Vieja constaba de un cuerpo central cuadrado y cuatro bastiones: Santa Bárbara (NE), Santiago (NO) y San Miguel (SO). Pero este primitivo recinto de tiempos de Carlos V quedó luego incluido dentro de la nueva fortificación que Felipe II encargó al ingeniero italiano II Fratino, en 1.565, para reforzar las defensas de la plaza, y tenía forma de una estrella de seis puntas, con un bastión en cada punta: Santa Marta, San Felipe, San Pedro y San Alfonso, en la orilla norte del canal; y San Juan y San Ambrosio, en la orilla sur, y se denominó Goleta la Nueva, era el doble de tamaño y englobaba la antigua.
Fortaleza de la Goleta en Túnez. Plano de la misma en la que se aprecia la primera fortaleza de planta rectangular.




Túnez no dejaba de estar en la mira del sultán otomano. Aprovechando la favorable coyuntura que ofrece la sublevación de los moriscos en las Alpujarras, el beylerbey argelino Uluch Alí, decidió apoderarse de Túnez, Era de origen calabrés y había estado a las órdenes del hijo de Jayr al-Din Barbarroja, sus numerosas victorias navales le granjearon la estimación de Selím II, quien le nombró sanjarbey de Trípoli, en 1.565, y tres años después, beylerley de África, abrigando desde entonces el sueño de dominar todo el Magreb.
Túnez estaba entonces gobernado por la dinastía Hafsida, protegida de los españoles desde la Jornada de Túnez de 1.535. Su jeque Muley Hamid era descrito como un “tirano impopular quien tristemente perseguía a sus vasallos y a los amigos de su padre; que no aguantaban más sus tiranías y las de sus ministros, hombres bajos ellos” según el abad español Fray Diego de Haedo. Todo Túnez estaba al borde de la rebelión, la Goleta estaba en manos de los españoles, la ciudad de Kairuán había proclamado su propio monarca y las ciudades marítimas Djerba cambiaban frecuentemente de las manos de los corsarios berberiscos a las de los españoles y viceversa.
A lo largo del año 1.569 los conspiradores le ofrecían a Uluch el reino para que lo gobernase bajo la protección del imperio Otomano, pero fueron necesarias varias peticiones antes de que Uluch se decidiese a marchar, lo que ocurrió en octubre. Se puso al frente de un contingente de jenízaros y corsarios apoyado por 10 piezas ligeras de artillería y en el transcurso de la marcha se le unieron refuerzos de las tribus de la Cabilia, llegando así a los unos 6.000 efectivos. El ejército llegó a la ciudad de Béja, a dos días de marcha de la capital tunecina, dónde Hamid había erigido una pequeña fortaleza y esperaba el ataque al mando de unos 3.000 hombres. Nada más comenzar la batalla, los conspiradores desertaron, provocando la huida de Hamid hacía Túnez, de dónde también tuvo que huir apresuradamente hacia La Goleta, protegida por una guarnición española. En diciembre, Túnez es atacada y asediada por el ejército de Uluch.
En 1.970 la Goleta estaba siendo sitiada por Uluch Alí, el rey Felipe ordenó a Álvaro Bazán acudir a reforzar la Goleta. Nada más recibir la orden se lo comunicó a Andrea Doria, cargó un Tercio de Nápoles en transportes y con sus 20 galeras se desplazó al lugar. Como siempre llegó muy oportunamente, pues en la mar se encontraba una escuadra al mando de Uluch Alí, quien con sus 25 galeras había comenzado a dar sitio a la plaza.
Desembarcó la infantería, todos los víveres, pólvora y artillería que llevaba para reforzar la fortaleza, cumplida su orden, como siempre hizo, salió y tropezó con 4 velas turcas a las que dio caza e incorporó a su fuerza, al mismo tiempo se le puso delante la capitana, sin dudarlo fue atacada por él con su galera, tras un duro enfrentamiento la rindió incorporándola igualmente a su escuadra. Ante esto Uluch con su ”Sultana” se vio impotente y a fuerza de remo se dio a la fuga; don Álvaro les persiguió hasta verlos entrar en el puerto de Bizerta. Sabiendo que de allí no saldrían por no tropezar con él, por ello puso rumbo a Sicilia donde al arribar se incorporó a la escuadra de don Andrea Doria.




Posesiones españolas en el norte de África en el siglo XVI




 
Conquista de Túnez por don Juan de Austria (1.573)



Tras una corta batalla que tuvo Béja por escenario, sin que el monarca español pudiera hacer frente a la nueva situación por impedírselo los compromisos adquiridos con las potencias coaligadas en la Santa Liga. Pero deshecha tal coalición después del triunfo en la batalla de Lepanto en 1.571, es entonces cuando “libre de compromisos, España se propone satisfacer el objetivo norteafricano que había quedado relegado en la alianza: la conquista de Túnez.
Juan de Austria fue el encargado de la operación, pero no disponía de los recursos necesarios, contestó después de un tiempo, era necesario pensar con cautela la propuesta y por toda respuesta de momento le dijo: ”…que debían de ser tomadas Túnez y Bizerta pero se debía de posponerse la expedición hasta el mes de septiembre de 1.573, porque …sin un solo real y con muchos centenares de millones de ducados de deuda necesitaba tiempo para conseguir nuevos empréstitos”.
Así decidido se fueron preparando los aprestos, pero sin prisa y conforme el dinero iba llegando, a principios del mes citado y previsto por el Rey, las cosas estaban casi preparadas, pero faltaba reunirse todos en lugar designado, Palermo, al estar todos la expedición se componía de: 104 galeras, 44 navíos grandes, 25 fragatas, 22 falúas y 12 buque especiales para carga. El ejército lo componían 20 hombres de los Tercios de Mar y Tierra, 740 cuarenta gastadores, 400 jinetes ligeros, artillería de sitio, cantidad suficiente de munición y víveres; todo embarcado y listo se hicieron a la mar el 24 de septiembre.
Arribaron a la Goleta (Halk-el-Uad) el 7 de octubre por la noche, comenzando el desembarco el 8 al amanecer estando todas las tropas, artillería y pertrechos en tierra al día siguiente, uno de los primero en hacerlo fue Álvaro de Bazán, pues como segundo de la escuadra, Juan de Austria le confió estar al frente de todo y así lo hizo, desembarcando los primeros soldados del Tercio elegido por el Marqués, siendo 2.500 hombres todos veteranos en combates y junto a él los capitanes también seleccionados, (como hecho casi anecdótico, entre los soldados se encontraba don Miguel de Cervantes Saavedra), el desembarco se hizo justo donde aún se conservaban las ruinas de la ciudad de Cartago, cuando todos sus hombres estaban en tierra se puso en marcha, presentándose ante los muros de la fortaleza de Túnez.
Fue tan rápido todo que los habitantes no se apercibieron de nada y cuando lo hicieron estaba la artillería de sitio en posición, pero optaron por no hacer frente a semejante fuerza, decidiendo por ir abriendo las puertas y darles paso franco, don Álvaro siempre perspicaz se puso al frente, dividió sus fuerzas para entrar al mismo tiempo por todas ellas, así si había combate en el interior al menos estarían todos los españoles dentro y por todas partes, pero nada ocurrió, fue tomada sin realizar un solo disparo. Pudieron admirar que aún había muchas construcciones en pie de las realizadas por los españoles en la anterior toma de 1.535. Afianzada la conquista don Álvaro envío emisario a don Juan con la buena nueva, quien entró en la ciudad el 11 siguiente.
Según un cronista nos dice de esta ocasión: “…que el silencio, el orden en la formación, la colocación de la tropa y el intrépido despejo con que se hizo el reconocimiento, sorprendió al enemigo, que apoderado del miedo, se figuró un repentino asalto, y sin considerar las ventajas de su posición, abandonó la plaza y buscó en la fuga su seguridad.” Esto indica que a pesar de las medidas de prevención de don Álvaro, los habitantes abrieron la puerta principal primero, pero por el resto estaban en franca huída, por eso al entrar no había nadie y no hizo falta gastar pólvora.
Al entrar don Juan en vez de ordenar destruir toda la fortaleza como era costumbre, hizo todo lo contrario, ordenó levantar nuevos alojamientos para 8.000 hombres, siendo los destinados de guarnición en la ciudad, realizándose el trabajo en muy poco tiempo. Estando en esto llegó el alcaide de Bizerta acompañado de otros gobernantes para firmar la paz y prestar obediencia al Rey de España, por ello tampoco hubo razón de utilizar la fuerza contra ellos. Enviaron emisarios a Muley Hamet, para que acudiese a retomar el mando de la ciudad de Túnez, por haber demostrado ser un buen vasallo de España.
La escuadra seguía fondeada en la Goleta, pero si se levantaban los vientos del primer cuadrante podía arruinarla, por ello don Juan dio la orden de regresar a todas las galeras aliadas quedándose solo las españolas. Don Álvaro al comprobar que toda la fortaleza estaba en orden de defensa, decidió también salvar sus galeras y zarpar acompañando a don Juan, pues éste tuvo que esperar la llegada de Muley Hamet, para hacerle entrega del mando de la ciudad, al cumplimentar la orden fue cuando pudo salir de ella.
Dejó 3.000 hombres repartidos entre la Goleta, Túnez, Bizerta y la isla de Estaño donde se comenzaba a construir el nuevo fuerte. El mando en jefe de españoles e italianos se confió al veterano Gabrio Serbelloni, caballero milanes, se quedó en Túnez como gobernador, Pedro de Portocarrero, obtuvo el mando de la Goleta, y Juan de Zanoguera, caballero valenciano, fue nombrado alcaide del castillo en la isla del Estaño.
 




Conquista de Túnez y la Goleta por los musulmanes (1.574)



La operación de la conquista de Túnez, que tan buen comienzo tuvo, fracasaría por las diferencias surgidas entre don Juan y Felipe II con respecto a la política a seguir. Pues el rey pretendía desmantelar los fuertes de La Goleta y Túnez por el elevado coste que suponían para reducir los gastos y concentrar en menos lugares la defensa de la costa norteafricana, en parte, por estar agobiado debido al enorme gasto económico que provocaba Flandes.
Esta decisión muestra a un Felipe II ya decantado por una política más atlantista que mediterránea. Sin embargo, Don Juan de Austria confiaba más en un futuro en el Mediterráneo e incluso, llegar a ocupar el trono de Túnez, instalando un reino de corte europeo. Por ello, no sólo incumplió las órdenes recibidas de su hermanastro, sino que hizo construir otra fortaleza más, situado entre la ciudad de Túnez y el lago próximo a ella. Y encargó la obra al milanés Gabrio Serbelloni quien dio comienzo a la misma el 11 de noviembre de 1.573. El nuevo fuerte, denominado Nova Arx, tenía forma de estrella de seis puntas, con un bastión en cada una, y su circunferencia era dos veces mayor que la de La Goleta. Sin embargo la obra no estaba terminada cuando llegó la flota turca y presentaba graves deficiencias.


Asedio de la Goleta en Túnez por los turcos


Enterado de los preparativos del sultán Selím II, para invadir Túnez, ya que estaba concentrando una flota de 300 barcos y un enorme ejército, don Juan despachó primeramente a Juan de Cardona con su escuadra de galeras, y después a Bernardino de Velasco con las 20 de Nápoles, logrando que introdujesen en la Goleta socorro de gente, víveres y municiones. Él mismo, sin esperar órdenes de la Corte, se dirigió a Génova, y se embarcó en su galera Capitana, y se dirigió a Nápoles, adonde llegó el 14 de Agosto.
Allí reunió un consejo de guerra, compuesto por el cardenal Granvela, virrey, el duque de Sesa, Juan Andrea Doria, su sobrino Antonio Doria, el marqués de Santa Cruz y Jorge Manrique, en el que se discutió largamente el modo y manera de socorrer la Goleta, fuertemente combatida ya por las huestes enemigas. Varios fueron los pareceres; los más opinaban que era preciso desmantelar el fuerte, visto el mal estado de sus defensas, y recoger los 4. 000 soldados que la guarnecían; otros opinaban que se enviasen refuerzos a los sitiados y se les animase a prolongar la resistencia hasta el próximo equinoccio, en que los turcos infaliblemente tenían que levantar el sitio y recogerse a sus galeras. Don Juan insistió en que se hicieran mayores esfuerzos por mantener un tiempo la Goleta y el fuerte, puesto que uno y otro ,se comunican por medio de la isla de Estaño, y podrán auxiliarse mutuamente. El mismo se ofreció, sin esperar a las galeras y la gente que había dejado en Genova, para ir a Sicilia, recoger allí la infantería y presentarse en las costas de Túnez.
Prevaleció en la junta el voto de don Juan, y se dieron luego las oportunas órdenes para llevar adelante el socorro; mas mientras se hacían los preparativos necesarios para la expedición proyectada y don Juan iba a Sicilia para recoger la gente, llegó a Nápoles un mensajero de Cerbellon, avisando el aprieto en que se hallaba la Goleta.
El 12 de junio habla llegó a Túnez el coronel Tiberio Braccanza con un cierto número de galeras, portadoras de refuerzos en hombres y dinero, y habla advertido puntualmente a ambos jefes militares de la inminente llegada de la armada turca.
El sultán otomano Selim II había dado la orden de reunir una poderosa armada a cuyo frente puso a Euldj Alí, mientras el ejército de tierra quedaba bajo el mando de Sinán Pachá. El sultán arriesgaba gran cantidad de hombres, dinero y armas para conquistar Túnez y también movilizó una red de acuerdos políticos con las potencias de occidente, sobre todo Francia. La flota estaba compuesta unas 300 naves entre galeras y naves de transporte de todo tipo, así como 70.000 efectivos, a los que se sumaron 30 naves y unos 30.000 efectivos proporcionadas de los gobernadores de Argel y Trípoli. Juan de Zanoguera describe en 327 el número de barcos, y los desglosa en 280 galeras, 15 galeotas gruesas, 15 galeazas y mahonas, 13 naves, y 4 caramuchali.
Se inició la concentración de tropas y barcos en marzo de 1.574, dos meses después estaban listas para partir. El derrotero seguido por la flota turca hasta su arribada al litoral tunecino se hace mención al contratiempo sufrido a 100 millas de la isla de Zante, donde fueron sorprendidos por un violento viento maestral que les obligó a buscar refugio en las costas de Calabria y dedicarse durante 8 días a reparar los desperfectos de las naves.
El 13 de julio 1.574 la armada turca fondeó debajo del cerro de Cartago, salieron de la Goleta a estorbar la desembarco con 500 arcabuceros, replegándose posteriormente a la fortaleza, después de que los turcos sacaran 2 cañones con los que empezaron a disparar.
Nada más desembarcar comenzaron atrincherarse, la artillería de la Goleta hizo fuego, pero los turcos fueron acercando las trincheras hasta llegar a 400 pasos adelante de los bastiones, donde hicieron dos plataformas en las que situaron piezas gruesas de artillería, desde donde disparaban tan continuamente que hicieron algún daño.
Mientras tanto, las operaciones militares continuaban y aunque se lanzaron varios ataques para evitar que los turcos se atrincherasen, lo cierto es que no pudieron impedirlo. Y así, a los dos o tres días de haber desembarcado, se hallaba ya firmemente asentado el ejército enemigo.




 
Conquista de la Goleta  en Túnez (1.574)



El caso es que a los quince días, la Goleta se hallaba por completo bajo el fuego enemigo, cuyas piezas de artillería disparaban continuamente día y noche. “Todas las baterías disparaban al mismo tiempo, lo cual parecía algo increible”.
Amenazada de este modo la chapa del foso, ocho capitanes solicitaron de Pedro de Portocarrero les permitiese salir a levantar un bastión en aquella chapa como protección del foso. Pero tampoco en esta ocasión aceptó el gobernador la sugerencia que se le proponía. En cambio, ordenó minar la contrachapa con la intención de volarla si los turcos pasasen sobre ella. Pero la traición de un desertor que reveló el plan al enemigo, invalidó el ardid.
Los efectivos de la Goleta se hallaban tan mermados que Serbelloni atendió la petición de ayuda que se le hizo, y el 29 de julio envió cuatro banderas al mando de los capitanes Juan de Figueroa, Pedro Manuel, Lelio Tanna y Tiberio Boccafosca, que levantaron el ánimo de los sitiados.
Cortar la vía de comunicación que enlazaba la Goleta con el fuerte tunecino a través de la isla del Estaño, era el propósito de los turcos. Pero sus esfuerzos por apoderarse del canal del foso habían resultado fallidos.
Mientras tanto, el asedio seguía, y pese a algunos encuentros favorables a las tropas españolas, protagonizados por capitanes como el italiano Vallacerca y el español Sotomayor, lo cierto es que la situación de La Goleta, a 7 de agosto, era francamente apurada. De ahí que se escribiese a Serbelloni instándole a venir con sus fuerzas y a abandonar el fuerte tunecino. Pero el gobernador italiano rehusó hacer tal cosa, limitándose a enviar nuevos socorros en ayuda de los sitiados. Y así, Pedro de Bobadilla recibió la orden de partir con toda rapidez al frente de tres compañías, mandadas por los capitanes Martín de Acuña, Ercole de Pisa y Maldonado, y luego de atravesar el campo turco logró entrar en la Goleta.


Asedio de la Goleta por los turcos 1574. Al fondo la Nova Arx y Túnez




Y es que, de haber abandonado Serbelloni el fuerte Nova Arx y concentrado sus tropas en la Goleta, quizá el resultado final hubiera sido otro. Al obrar así no hacia sino cumplir estrictamente el precepto legal que obligaba a todos los alcaides de castillos y fortalezas a no abandonar su puesto sin una orden expresa del monarca. De no recibirla, su deber era permanecer en él y defender hasta la muerte la plaza que les hubiera sido confiada ya que, si quedaban con vida, podían incurrir en delito de traición, castigado con la pena capital.
Por eso el general italiano nunca se decidió a dar tal paso y se contentó únicamente con enviar refuerzos a medida que la situación en la plaza sitiada iba empeorando. Refuerzos que, no tardaban en sucumbir ante la presión turca y la desorbitada diferencia numérica que tenían en su contra. De nuevo buscan los sitiados la ayuda de Serbelloni quien, una vez más, mantiene su postura de no abandonar el fuerte Nova Arx pero envió a La Goleta seis compañías al mando del maestre de campo don García de Toledo las que figuraban hombres tan avezados como Montatta de Salazar, Juan Quintana, Scipione Amatusso y fray Antonio Strombone, transportados todos ellos por la flotilla de Juan de Zanoguera.
En efecto, la situación en la Goleta era ya desesperada. Dos días antes de su caída definitiva cinco capitanes habían sugerido a Pedro de Portocarrero abandonar la Nueva Goleta y replegarse a la Vieja, idea que rechazó el gobernador.
Pocos momentos antes del desastre final tuvieron noticias los sitiados de un posible socorro procedente de Sicilia, pero el desánimo era total y el anuncio fue acogido con completo escepticismo.
El día 23 de agosto tenía lugar el ataque final que puso en manos turcas La Goleta, tras de vencer las últimas resistencias. El balance de los muertos en los 40 días que duró el asedio de la Goleta es aterrador. 29 fueron las compañías que se perdieron, 19 de españoles y 10 de italianos, y 17 los capitanes que murieron, 12 de España y 5 de Italia.




 
Conquista de Túnez (1.574)



Tras de la toma de la Goleta, los turcos dirigieron todo su empuje contra el fuerte tunecino. Viendo la causa perdida, los defensores del fuerte pensaron en abandonarlo y retirarse a la isla de Santiago en el Estaño, pero renunciaron a ello por la escasez de agua que tenía la isla. El 13 de septiembre , que era lunes, los turcos entraron en el fuerte por los bastiones de Doria y San Juan. Las pérdidas en vidas fueron elevadas y los desmanes cometidos por los turcos, semejantes a los llevados a cabo en la Goleta. Gabrio Serbelloni salvó la vida aunque fue hecho prisionero. Pero otros no tuvieron la misma suerte, entre ellos Pagano Doria, que en su intento de dirigirse a la isla de Tabarca, fue sorprendido en el camino y decapitado. Los capitanes que murieron en esta acción fueron 20, 12 españoles y 8 italianos.
Conquistado el fuerte tunecino, el último reducto español era la isla de Santiago, en el Estaño, a cuyo frente estaba Juan de Zanoguera. Sinán Pachá le invitó a rendirse y al cabo de tres días de negociaciones se establecen los términos de la rendición. Se les permitiría a los 400 soldados sacar un vestido consigo y seis ducados en dinero, y que para el viaje hasta Sicilia le darían una nave. El alcaide creyendo que la promesa turca era cierta, les entregó la isla con todo lo que dentro había.
El 20 de septiembre quedaba ultimada pues, la conquista de Túnez, y los turcos trataron de muy distinta manera las dos fortalezas que en su poder hablan caldo, ya que decidieron conservar el Nova Aax y destruir por completo la Goleta.
Según cálculos Alonso de Salamanca, hecho prisionero por los otomanos, estos perdieron más de 33.000 hombres y una gran cantidad de recursos. Sin embargo la rentabilidad moral de la misma fue enorme ya que Melím II pudo recobrar con este triunfo el prestigio perdido en la batalla de Lepanto al tiempo que obtenía el control definitivo sobre la Berbería Oriental.





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