En el corazón de la selva



Detrás de las Cataratas del Iguazú, Misiones esconde un tesoro ecológico plagado de encantos naturales, históricos, culturales y hasta emocionales. Viajamos a descubrirlo.





Las Cataratas del Iguazú –su belleza apabullante, su millón y pico de visitantes anuales– deslumbran casi hasta encegecer y no permiten ver el tesoro escondido en las entrañas de Misiones. Detrás de ellas está la selva, enigmática y seductora: un tesoro de la diversidad ecológica que abarca a buena parte de la provincia y se extiende, como un manto verde, por encima de las fronteras con Paraguay y Brasil. Prácticamente desconocida para los viajeros argentinos, la selva misionera es un territorio plagado de encantos naturales, culturales, históricos y hasta emocionales. Es esa clase de sitios que mientras uno se dedica a ensalzarlos, en realidad lo que íntimamente desea es que nunca sean descubiertos. Que jamás dejen de ser un paraíso escondido.

Allá en el Alto Paraná, debajo del ultraturístico Puerto Iguazú, las rutas de tierra colorada unen pueblos y pequeñas ciudades de nombres que parecen canciones: El Soberbio, Puerto Libertad, Eldorado, Puerto Esperanza... Son lugares en los que los lagartos overos reemplazan a los perros como mascotas de la familia, donde los guaraníes de piel cobriza se mezclan con “gringos” de ojos azules, descendientes de abuelos alemanes, rusos, ucranianos, españoles o italianos que llegaron a buscarse la vida, corridos de Europa por la guerra y el hambre. Sitios donde el tereré –cebado con jugo instantáneo bien helado– es religión y los porteños son mirados con sorna si se animan a preparar un mate en público.

La selva allí, en los pueblos del corazón de Misiones no es un parque temático que se visita los domingos, es una presencia constante, insoslayable, que define la forma de ser de la gente. La siesta, más que una costumbre es una obligación marcada por los calores del mediodía. Y cuando cae la tarde, todo el mundo sale a la calle, a ver caer el sol naranja. Desde los bares suenan acordes de chamamé y radios sintonizadas con emisoras brasileñas que pasan hits bailables y mensajes de pastores evangelistas en portugués.

La gente de Misiones es muy religiosa. Una postal muy común es ver paseando por las calles grupos de jóvenes predicadores, enfundados en pantalones de vestir y camisas de manga corta prolijamente planchadas. Relativamente aislados del resto de la Argentina durante buena parte del siglo XX, los habitantes del Alto Paraná desarrollaron una forma de ser muy propia, marcada por el contacto de ida y vuelta con paraguayos y brasileños. Una cultura de frontera.





Mirando atrás

Parte de la historia de este pedazo de la Argentina se puede entender a partir del derrotero de una familia, los Bemberg, conocidos por ser los fundadores de la cervecería Quilmes. Otto Bemberg, el patriarca, llegó al puerto de Buenos Aires en 1852 y tras progresar como importador-exportador y montar una destilería, fue nombrado cónsul argentino en París, donde se dedicó a fundar bancos que financiarían sus diversas empresas. De regreso a los confines de América y ya convertido en un hombre fuerte de la aristocracia local, recibió por parte del entonces presidente Julio A. Roca un ingenio y copiosas tierras en la zona del Alto Paraná, que todavía no era la provincia de Misiones sino una selva impenetrable, que se escapaba aun del largo brazo del poder estatal, que había que poblar. Y –según el paradigma de la época– si era por inmigrantes blancos y europeos, mejor.

“Mi familia siempre fue muy santsimoniana, muy guiada por la idea del progreso”, comenta Francisco Bemberg, tataranieto de Otto, mientras se afila con los dedos un bigote estilo Sherlock Holmes, parado en la entrada de la capilla de Puerto Bemberg, muy cerca de donde funciona la famosa posada que lleva el mismo nombre, la más bella de toda la provincia. “Acá donde estamos parados –continúa Francisco, mirando hacia un brazo del río que pasa bajo la capilla– se pagaron los primeros aguinaldos a los mensúes que trabajaban en aserraderos y yerbatales”.

A mediados del siglo XX, el gobierno de Juan D. Perón nacionalizó las propiedades de los Bemberg en el Alto Paraná . Tiempo más tarde, al recuperarlas, la familia vendió parte de esas tierras a una compañía forestal chilena y se guardó otra parte para desarrollar emprendimientos de turismo. Casi, casi, la historia socioeconómica de Misiones, contada a través de los Bemberg.





El tesoro verde

La selva misionera forma parte del Bosque Atlántico, una franja verde que se extiende desde el norte de Brasil hasta la Argentina y Paraguay. En Brasil la llaman “Mata Atlántica” y abraza ciudades como Curitiba, Salvador de Bahía y Río de Janeiro. Junto con el Mato Grosso es uno de los pulmones de Sudamérica; una selva lluviosa que se encuentra en un grado altísimo de fragilidad ecológica. Casi el 50% de las especies de aves de la Argentina habitan en esta pequeña y selvática porción de nuestro territorio y es la morada de especies emblemáticas de nuestra fauna, como el yaguareté, que gracias a este trozo continuo de superficie salvaje todavía puede soñar con un futuro.

“Esta es una de las selvas más hermosas y amables del mundo”, comenta el fotógrafo y naturalista Emilio White, autor de la mayor parte de las fotos que ilustran esta nota. “Es curioso cómo nadie asocia a la Argentina con un lugar selvático, pero contamos con uno de los escenarios verdes mejor protegidos y más accesibles que se pueden encontrar por el mundo”.

Cuando Emilio White –que retrató con su cámara distintas selvas del planeta y sabe de lo que habla– dice “escenario verde”, se refiere a reservas y parques naturales desperdigados por toda la provincia en los que es posible meterse en el corazón mismo del Bosque Atlántico; senderos donde el aroma de la selva brota en ráfagas de humedad dulce y perfumada. En esos paseos, tremendamente impactantes para cualquier “bicho de ciudad”, la selva muestra su infinita variedad de tonos verdes, dentro de un ambiente miesterioso en el que la luz apenas logra atravesar las copas de los árboles.

Es un entramado de texturas protagonizado por especies endémicas de palmitos, lianas de formas imposibles llamadas “escaleras de mono”, gigantescos palos rosa, pinos paraná (una clase de araucaria que es el prima hermana del pehuén patagónico), las cañas tacuarembó, helechos arborescentes que miden 4 o 5 metros de altura, que le dan al paisaje un aspecto onda “Parque Jurásico” y más de 160 variedades de orquídeas que brotan por todas partes y son vendidas a los viajeros en puestos ruteros. Entre las ramas se pasean monos típicos como el aullador rojo, bellísimos pajaros como el bailarín azul y el picaflor crestudo, tapires coatíes, distintas especies de tucanes y águilas arpía.





La ruta de la selva

A diferencia de lo que ocurre en Brasil, en Misiones la deforestación no causó estragos irreparables en el Bosque Atlántico: se calcula que casi el 50% de la selva original que poblaba la provincia todavía sigue en pie. Y por allí pasa la Ruta de la Selva, un circuito turístico que se viene desarrollando sin demasiadas estridencias que une a la mayor parte de los encantos selváticos misioneros. Reservas naturales estatales y privadas, saltos de agua escondidos, lodges de estilo boutique, pueblos de inmigrantes y navegaciones por las aguas majestuosas del Paraná y el Uruguay componen esta ruta inspirada en el modelo de turismo ecológico de Costa Rica.

En estos últimos años, el gobierno de Misiones realizó un buen puñado de obras dentro de parques y reservas naturales para dar forma a esta ruta turística. Y lo mejor que se puede decir es que no son obras monumentales, hechas para impresionar, sino intervenciones sostenibles –centros de interpretación, pasarelas para recorridos autoguiados, plataformas de observación– pensadas para convivir sin invadir el espacio de la naturaleza virgen que las rodea.
Entre los sitios que recorre la ruta se cuentan lugares como los Saltos del Moconá y el Parque Natural Salto Encantado, un lugar maravilloso y escondido en lo profundo de Misiones. Rodeado de plantaciones de té y yerba mate que ondulan sobre colinas de tierra colorada, en medio de una zona de granjas de “gringos” centroeuropeos, Salto Encantado es una reserva protegida de más de 700 hectáreas de selva, donde el arroyo Caña Pirú cae desde una pared de piedra grisácea para dar forma a un salto de 60 metros. Debajo, en torno de los meandros que forman el curso del arroyo (en Misiones, cualquier arroyo tiene el caudal de un río), la trama de la selva da cobijo a yaguaretés, venados, chanchos salvajes, monos, coatíes, pacas, zorros y yaguarundíes.

Casi pegada al Parque Natural tiene su granja Helga, una alemana de mejillas coloradas a la que todavía le cuesta hablar castellano sin el acento alemán que heredó de sus padres inmigrantes. El dulce de leche que hace Helga es célebre en toda la zona, al igual que las verduras de su huerta, con las que abastece a sus vecinos del lodge Tacuapí, una posada que, literalmente, brota en medio de la selva. Su dueño, Julio Chapo, es un aventurero empedernido que cada año se va de viaje hasta Machu Picchu en una Land Rover de vieja escuela. Al igual que Helga (a la izquierda, la pueden ver son su “fiel” escopeta), es un excelente exponente de los entrañables personajes que habitan y dan identidad al Alto Paraná.