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Festival Psicodelico del jet-set

Drogas de diseño, trajes estrambóticos sci-fi en la playa, utopías de zonas temporalmente autónomas, minimal techno y psy-ambient cutting-edge en templos que son naves espaciales, trueque, yoga, circo, duendes, hadas, freaks, conciencia ecológica y espiritualidad cósmica, neopaganismo, la abolición del tiempo/la fundación de un nuevo mundo (en la radiante alucinación del enteógeno), el rave del Apocalipsis, sólo que en el principio. Burning Man parecería ser el lugar más cool del mundo: una ciudad itinerante que muestra un mundo alternativo, un carnaval en un extraño autoparaíso off the grid donde las personas que han logrado burlar el sistema y zafarse de la Matrix vienen a divertirse y hacer de las suyas. Esto, al menos, era lo que los burners experimentaban e hicieron creer a todo el mundo –que empezó a querer probar esa rebanada de existencia numinosa fuera del mundo corporativo.

Burning Man era ese festival mágico fuera del radar para vivir experiencias psicodélicas de alta conciencia lejos de la pretensión de festivales como Coachella (en un desierto real y metafórico donde se podía construir lo nuevo como en una página blanca de fuego o en el agua del oasis)… Era, porque al parecer eso se está acabando en la casi inexorable decadencia de los espacios virginales, de aquello que necesita existir fuera de la mirada de los medios y de las masas para poder mantenerse vibrante, para poder seguir siendo un lugar donde se escapa de la colectividad y de esas sensación de automatismo y homogeneización, donde la diferencia y la otredad se celebran y florecen naturalmente. Al parecer el idilio, 28 años después del primer festival en Black Rock, se está erosionando como una duna en el desierto.

Burning Man, sugiere un artículo del New York Times, es ya una especie de spa psicodélico para los millonarios de Silicon Valley que, cual en un retiro vipassana, viajan al desierto en sus jets privados para resetear, sin conexión a internet, y por un momento pasar desapercibidos como si fueran uno más –entre los 50 mil asistentes–, acaso buscando esa nueva idea de mil millones de dólares en el eureka post viaje de DMT o tener una experiencia transformadora (como le ocurrió Steve Jobs en LSD)… (Y ciertamente, la explosión de la tecnología de Silicon Valley y el internet no pueden entenderse sin la simbiosis entre LSD y el microchip, entre los hippies y los geeks).

Pero Burning Man, el espacio por antonomasia anti-establishment, se ha vuelto mainstream y eso lo coloca en una paradoja, en una crisis de identidad. Este año, además de cientos de artículos estilo Buzzfeed y Huffington Post de las “10 cosas que tienes que llevar a Burning Man” o las “15 cosas que todo ‘burner’ ha vivido” y otros tantos blog posts que revelan por qué Burning Man es una infalible experiencia que cambia la vida (totally life-changing experience), tenemos también ya compañías privadas que diseñan, con máximo confort, tu experiencia en Burning Man para dejar el confort de la forma más cómoda. Aunque en Burning Man no se puede comprar un hotdog o pedir un taxi, estas empresas ofrecen el servicio de Sherpas y campamentos de lujo en los que chefs les preparan sushi y langosta a 40 grados de temperatura. Estos burners jet-set se gastan más de 100 mil dólares en menos de una semana en estos campamentos en los que toman drogas bajo la protección de su staff en asados con modelos que vuelan de Nueva York y disfraces coordinados por productores de moda o directores de arte, jugando a Mad Max entre el fantasma de Terence Mckenna. Al igual que en otros festivales, la competencia de quién tiene los mejores disfraces y los mejores campamentos o carros alegóricos ha empezado a corromper el espíritu de libertad orgiástica fraternal de los inicios. Así sucede en Babylon.

La élite de los techies se ha dejado venir a Burning Man: en los últimos años han asistido Larry Page y Sergey Brin de Google, Mark Zuckerberg de Facebook, Jeff Bezos de Amazon y Elon Musk, de Tesla y otros startups, quien es uno de los grandes entusiastas del festival y quien, según el New York Times, ha argumentado que la falta de creatividad y de apertura mental de algunas personas mejoraría si tan sólo fueran a Burning Man.

Tyler Hanson, que lleva 20 años yendo a Burning Man, le dijo al New York Times que este es el último año en el que asiste. Los últimos dos ya ha trabajado en una de las Sherpas pagadas. “Tu comida, tus drogas y tus disfraces son arreglados para ti, sólo tienes que hacer acto de presencia”, dice Hanson.

Al menos los CEOs deberían mantener ese rito intacto, la intransferible experiencia de tener que buscar tus drogas en el desierto con sólo tu sonrisa o tu vibra y conseguir ese high que es la serendipia del momento y el lugar en comunión. Como quien se encuentra una moneda de oro en el desierto –sólo que de otro tipo de oro.









link: http://www.youtube.com/watch?v=5Ze1duv8iqE



ESPERO QUE LES GUSTE LA INFO! SALUDOS DROGADICTOS
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