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Fotógrafos enamorados del ocre otoño del norte

atencion: algunas imágenes de este post son de resolución alta, por lo que podría demorar unos instantes en cargar la página (dependiendo de tu velocidad de internet). No tenía otra forma de compartir estas bellezas...

¿Por qué los fotógrafos se enamoran del otoño?

Desnudos. Con su manto de hojas cubren el suelo de parques, la tierra del monte, las laderas de las montañas. El equinocio instala su filtro de ocres en nuestra retina. También en los objetivos de las cámaras más reputadas. Los fotógfos petrifican los paisajes de la mal llamada naturaleza muerta que seducen las retinas de quienes no reparan en lo cotidiano: ha llegado el otoño.


El ocre, protagonista de las estampas otoñales (Russell Cheyne/REUTERS)


No es ninguna novedad. El mundo gira y, por cada vuelta que completa alrededor del Sol, nos regala un año. Con sus 365 días. Tampoco es noticia que, a lo largo de su travesía, tiene momentos en los que se acerca más a esa inmensa bola de fuego. Otras, en cambio, opta por poner distancia. Los humanos lo sabemos porque el termómetro nos lo chiva. Así es como el verano pasa el testigo al invierno y, entre una y otra estación, se deja ver el otoño.

Cada vez que se acerca el invierno, los atardeceres nos hacen esperar menos. Se adelantan. Las manecillas del reloj, aunque siguen su paso acompasado, parecen más lentas. El día se escapa pronto. Y con él, se fuga la luz. La huida emprenden también las hojas. Las aves parten hacia destinos más cálidos. El caudal de los ríos se enfurece porque, en lo alto, las montañas se preparan para abrazar las primeras nevadas. Todo queda a disposición del ojo humano. La naturaleza seduce a la retina. Pero para las mentes más perezosas existe un remedio: la fotografía, lienzos de verdad que inmortalizan con maestría quienes dominan este arte.


El suelo se cubre de hojas secas que caen en el olvido (Luke MacGregor/REUTERS)


Filtro en ocre

Si hay un color que predomina en esta exquisita paleta es, sin duda, el ocre. La llegada del otoño cubre parques y montañas de una manta de bronce que, conforme avanza la estación, se va degradando: desde el verde amarillento que despide el verano hasta el marrón verdoso que saluda a la primavera y acaricia las primeras flores del año.

Pero esta gama de colores varía según el momento del día que lo observas. Los fotógrafos consultados por Investigations recomiendan deleitarse con amaneceres y atardeceres. Es entonces cuando el ángulo de incidencia de la luz resalta las tonalidades amarillentas y rojizas de las hojas. Aunque hay que tener en cuenta otro factor: el tipo de árboles. Las hojas de cada especie tienen un color único. Por eso, las mejores fotografías son aquellas que combinan diferentes tipos de hojas como si de un collage se tratase.

"Como decía un amigo, en la región en la que vivo -costa norte gallega- la plantación intensiva de eucaliptos y pino nos ha “robado” los colores el otoño, también siguen existiendo muchas reservas naturales en las observar y fotografiar toda la variedad cromática de amarillos, ocres, naranjas y verdes. Lugares como las Fragas del Eume, Muniellos, la selva de Irati, Ordesa son ya lugares de peregrinación para fotógrafos de todo el país en esta época", confiesa a Investigations el fotógrafo José Meis Meaño.


Más allá de las hojas, hay conjuntos interesantes por inmortalizar (Phil Noble/REUTERS)


No sólo las hojas son el objetivo de los focos. El conjunto paisajístico que deja su caída es igual de atractivo. Paso a paso. Así, tras captar con detalle a las grandes protagonistas del otoño, es el momento de que éstas rivalicen en el plano; por ejemplo, con una instantánea de una rama, de la copa de un árbol o incluso de parte del bosque. Es, en definitiva, abrir el foco y ver un poco más allá.

"El otoño es mucho más que hojas. Ríos y cascadas con gran caudal, setas, frutas del bosque o la berrea de los ciervos son algunos de los atractivos por los que coger la cámara y salir a fotografiar", coincide en señalar José Meis Meaño.


Las cascadas, fuente inagotable de bellas instantáneas (José Meis Meaño)


A mal tiempo, mejores tomas

Tras las estampas más ídilicas que deja a su paso el equinocio de otoño, se esconde otro rasgo no menos evidente: el tiempo muestra su peor cara. Las lluvias comienzan a convertirse en costumbre, la niebla ciega decenas de amaneceres y hasta la nieve se atreve a asomarse en los picos más altos de los sistemas montañosos más codiciados por los alpinistas.

"El otoño y el invierno son mis estaciones favoritas a la hora de fotografiar el paisaje. La lluvia o la nieve tamizan la luz de tal forma que las escenas se vuelven suaves, desaturadas, a veces casi borradas. Eso me permite descontextualizar el paisaje y conferirle importancia, precisamente, a su falta de protagonismo", revela a Investigations Rosa Isabel Vázquez.


Las hojas, ya en el suelo, son castigadas por las bajas temperaturas (Michaela Rehle/REUTERS)


El clima se convierte en un elemento más a tener en cuenta a la hora de salir a inmortalizar el paisaje. "Puede dificultar mucho algunas tomas y nos obliga a llevar todo tipo de protecciones tanto para el material como para el propio fotógrafo. Sin embargo, también ofrece al paisajista oportunidades de capturar instantes de luz únicos", señala José Meis Meaño. Una realidad que comparte, en general, el gremio. Rosa Isabel Vázquez, por ejemplo, trabaja en equipo. Forma parte del colectivo artístico Rojo Sache y asegura que "en algunos de nuestros proyectos, la meteorología ha sido fundamental. En las estaciones frías, siempre estábamos muy pendientes de la predicción del tiempo. Cuando anunciaban lluvia o nieve en alguna zona que previamente habíamos seleccionado para fotografiar, salíamos hacia allí. Había una gran parte de preparación en todo esto, aunque hasta que no llegamos a ese lugar y vemos su luz, no sabemos exactamente la fotografía que tomaremos", argumenta.

Quizás la lluvia sea el fenómeno metereológico que más altera su día a día. Aunque, al mismo tiempo, nutre de posibilidades las tomas. Rosa Isabel Vázquez lo resume así: "convierte la escena en algo irreal y es posible captar atmósferas evocadoras y sugerentes, donde a veces el paisaje termina siendo una huella casi desvanecida".


Profesionales y amantes de la fotografía tratan de captar la esencia del otoño (Jason Lee/REUTERS)
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