Harry Houdini

Harry Houdini (24 de marzo de 1874 – 31 de octubre de 1926), ilusionista estadounidense de origen judío nacido en Budapest, Hungría, de verdadero nombre Ehrich Weiss. Emigrado con sus padres a Estados Unidos, se establecieron en Appleton, Wisconsin. Adoptó el nombre artístico de Houdini en honor al mago francés Robert-Houdin. Si bien empezó como trapecista en 1882, pronto se especializó como mago en la modalidad de escapismo bajo las condiciones más difíciles, gracias a una gran resistencia física que adquirió con una fuerte preparación en el gimnasio.



Adquirió asimismo una gran erudición en historia de la magia y llegó a acumular una formidable biblioteca especializada en la materia que posteriormente legó a la Biblioteca del Congreso de Washington. Afirmaba que la magia era solamente una ilusión explicable por trucos y sugestión y, al morir su madre, quedó tan afectado por quienes explotaban la credulidad de la gente diciendo poder contactar con difuntos del otro mundo que consagró su vida a desenmascarar a los falsos mediums, reproduciendo y denunciando sus trucos y publicando artículos en revistas sobre sus trucos y la psicología del engaño.



Concebía la magia como un espectáculo en sí misma y demostró gran habilidad para liberarse del interior de cajas fuertes arrojadas al mar, de camisas de fuerza colgado boca abajo de rascacielos, y de toda suerte de esposas, cuerdas, baúles cerrados con candados y cadenas de cualquier tipo. Conseguía salir porque todos esos recipientes únicamente estaban diseñados para no poder ser abiertos desde fuera.

Siempre afirmó que la magia era solamente trucos explicables y, antes de morir, preparó una prueba definitiva contra su aborrecido espiritismo. Creó un código que comunicaría a su mujer si le era posible en el plazo de diez años tras su muerte. Pero nunca ningún medium consiguió comunicarle el código correcto. Entre sus obras se cuenta The Unmasking of Robert-Houdin (El desenmascaramiento de Robert-Houdin, 1908), Los milagreros y sus métodos (1920) y Un mago entre los espíritus (1924). En 1954 se publicó una selección de sus escritos, Houdini on Magic (Houdini habla sobre la magia).



En cierta oportunidad, Harry trabó amistad con Joe Rinn, interesado en la magia, pero también en el Espiritismo. Joe había asistido a sesiones espiritistas, reuniones en las que los participantes afirmaban que los espíritus de los muertos regresaban a la tierra y hablaban con los vivos.

Los asistentes eran acariciados por manos invisibles, los instrumentos musicales sonaban solos y las mesas se tambaleaban. Houdini estaba ansioso por saber si todo aquello era cierto, y abrumaba a Joe con sus preguntas. Éste tenía sus dudas. En su opinión, la mayoría de los médium espiritistas eran magos poco profesionales.

Los auténticos magos, aunque fomentaban el aura misteriosa de la magia, explicaban que ésta era puramente física. A comienzos de 1891, Houdini: convenció a Joe Rinn para que le llevara a una sesión espiritista en Nueva York.



Acudieron a la casa de Minnie Williams, quien se introdujo en una especie de armario cerrado por pesadas cortinas y pareció entrar en trance. Pronto comenzaron a surgir figuras de la cabina; primero una, luego dos, que eran reconocidas por algunos de los presentes como espíritus de seres queridos desaparecidos. Conforme salían, el suelo crujía bajo sus pies, por lo que Houdini consideró que aquellos personajes tenían una constitución demasiado sólida para ser espíritus. Al salir, manifestó su asombro de que la gente pudiera ser engañada mediante un fraude tan evidente.

Algunas semanas más tarde, Joe le enseñó un libro, recién publicado, en el que se revelaban casi todos los trucos utilizados para reproducir los llamados fenómenos espiritistas. De todos los secretos del libro, el que más fascinó a Houdini fue el que revelaba que una persona firmemente atada con cuerdas podía soltarse y volver a restablecer sus ligaduras.



Algunos médium solían atarse para asegurar a los presentes que no eran ellos quienes provocaban los fenómenos espiritistas. El libro proporcionaba detalles específicos de cómo realizaban el truco. Houdini se puso a practicar con su amigo Jacob Hyman, y pronto ambos se convirtieron en expertos.

Las dudas que pudiera tener Harry sobre la profesión de mago se disiparon totalmente cuando leyó las memorias de Jean Eugéne Robert-Houdin.

Robert-Houdin había comenzado su serie de Soirées Fantastiques en París, en 1845, en un teatro del viejo Palais-Royal, en las que realizaba maravillosos números de ilusionismo. Pero lo más interesante era que su reputación no se limitaba al mundo del espectáculo. En 1856, un grupo de líderes religiosos argelinos denominado los Marabús estaba incitando a las tribus del país africano a rebelarse y expulsar a los infieles franceses. El gobierno de París solicitó a Robert-Houdin que contrarrestara la rebelión con una exhibición de su magia en Argelia.



Los números de Robert-Houdin asombraron a la asamblea de líderes tribales, y éstos llegaron a la conclusión de que la magia de los Marabús no podía competir con la de los franceses. La paz fue restablecida, y Robert-Houdin regresó triunfante a París.

Cuando Houdini acabó de leer el libro, sabía que el rumbo de su vida había quedado marcado. Y así, a la edad de diecisiete años se convirtió en mago profesional. Jacob sería su socio. Se necesitaba un nombre para el espectáculo. Houdini había estado citando constantemente a «Houdin», sin darse cuenta de que estaba utilizando únicamente la segunda parte de un apellido compuesto. Jacob tenía la idea equivocada de que añadir una «i» a una palabra era la forma europea de decir «igual a», por lo que propuso el nombre de Hermanos Houdini.

En el verano de 1894, Houdini conoció a la que más tarde sería su esposa, Wilhelmina Beatrice Ralmer (Bess para sus amigos).



Durante una gira por Canadá, en una conferencia en una Universidad, le presentaron a un joven estudiante deportista, que no creía en la fortaleza de los abdominales de Harry y le apostó a que no resistiría un fuerte golpe. Sin dejarlo pensar ni preparar, le tiró un golpe directo al estómago, y Harry, al recibir el golpe cayó enroscándose de dolor, pero su orgullo lo hizo parar y decir que no había pasado nada. Todos, incluida su esposa, le pedían que se hiciera revisar por un médico, pero esa noche era la ultima función y el artista no quiso y se presentó a pesar del dolor.

Terminada la función, viajaron en tren a Detroit, donde había prometido concurrir al hospital. Era la noche del 24 de octubre de 1926. Al llegar al Hospital de Nuestra Señora de la Gracia en Detroit (Michigan), le fue diagnosticada una peritonitis y operado de inmediato, falleciendo una semana después, la Noche de Brujas del 31 de octubre, en la habitación 401. Sus restos descansan en el Cementerio Judío de Machpelah, ubicado en 80-30 de Cypress Hill, Queens, New York.



Su inquietud por lo oculto le hizo prometer a su esposa que volvería del más allá, completando el escape más importante. Bess levantó un altar en espera de alguna comunicación, asistiendo a numerosas sesiones espiritistas con gran devoción. Cumplido el plazo que se habían prometido de espera, con gran tristeza, su compañera de toda la vida, apagó la vela como símbolo de final.

Ésta es más o menos, en síntesis, la historia de Harry Houdini, de la que por razones obvias debimos omitir muchos hechos interesantes de su ajetreada vida.

Respondiendo a tus preguntas, te aclaro que Houdini no tenía ningún poder especial, sino solamente una tremenda habilidad y gran astucia para manejar el espectáculo de la magia y ponerse al público en el bolsillo, como se dice comúnmente..

Para que puedas apreciar esto que digo, te relato uno de sus más preciados actos, el escape de la Celda de Torturas China, un ejercicio supuestamente difícil.

Una vez en el escenario, Houdini señalaba la Celda, un depósito de caoba revestido interiormente de metal, con el frente de cristal, que era necesario en el caso de que se diera por vencido o le fallaran las fuerzas. Obviamente, los espectadores no deseaban que se ahogara, y Harry jugaba con la aprehensión del público a las mil maravillas.



Si se encontraba en apuros, sus colaboradores romperían el cristal y tratarían de salvarle. El mago invitaba a un grupo del público a que llevara a cabo una detallada inspección del recipiente. A continuación, se llenaba la Celda de agua. Vestido con traje de baño, Houdini se tendía en el suelo. En los tobillos le colocaban cepos de madera con cierres metálicos, que se sujetaban a un enorme armazón. Éste se izaba hasta que el mago colgaba cabeza abajo sobre la Celda. Tras varias aspiraciones, daba la señal para que lo bajaran.

A continuación, el armazón que sostenía los cepos descendía hasta formar la parte superior de la Celda. Sobre éste se ajustaba una rejilla metálica; se accionaban sus cierres, y el público que estaba en el escenario le colocaba candados.

La audiencia podía ver a Houdini a través del cristal. Estaba en el agua, cabeza abajo, con los tobillos inmovilizados, indefenso. Entonces, la Celda se ocultaba de la vista del público mediante una cabina acortinada. En el exterior, dos colaboradores con cascos de bombero, gabardinas negras, botas de goma y hacha en mano, permanecían alerta. La orquesta ejecutaba música acorde con la tensión del acto.

Transcurre un minuto, luego dos. El público entraba en tensión. Dos minutos y medio. Tres. Y ya empezaban a oírse murmullos de alarma. No solamente se encontraba encerrado bajo el agua, sino que estaba también con la cabeza para abajo y los tobillos sujetos por un cepo.



La evidente impotencia que entrañaba su posición resultaba aterradora. Algunos espectadores se volvían histéricos, oyéndose gritos de que se acudiera en su ayuda.

Llegado el momento acordado, los colaboradores levantaban sus hachas en claro ademán de romper el cristal y salvar al mago, pero, en ese preciso instante, Houdini descorría la cortina y aparecía ante el público con estudiado despliegue histriónico. Detrás de él aparecía la Celda, intacta, y tan cerrada como antes. Naturalmente, la audiencia estallaba en una explosión mezcla de alivio y júbilo, completamente asombrada.



¿Cómo podía un ser humano realizar tal portento sin poseer poderes milagrosos? Pues era muy sencillo. Para Harry Houdini, destrabar los candados era un juego de niños, ya que él en su mocedad había trabajado en una cerrajería y conocía todos sus trucos. El quid estaba en cómo podía hacer para contener tanto tiempo la respiración dentro del agua. La respuesta era tan simple como ingeniosa.

De más está decir que Houdini podía contener bastante la respiración, ya que se había entrenado mucho en este sentido, pero lograba producir el efecto de que podía contenerla casi indefinidamente. Lo que no sabían los espectadores era que, cada vez que sus colaboradores descorrían la cortina para mostrar que Harry permanecía aún dentro de la Celda, él ya había sacado astutamente la tapadera y respirado grandes bocanadas de aire, para luego sumergirse en el agua como si siempre hubiera estado allí.



La impresión de que nunca había salido de la Celda para respirar era tan poderosa que producía una gran conmoción en el público, el que más tarde estallaba en aplausos incontenibles al ver que había escapado ileso en forma milagrosa.

Siempre que se encontraba en Nueva York, Houdini discutía el tema de los fenómenos espiritistas con su amigo Joe Rinn. Éste había adquirido prestigio como investigador de fenómenos psíquicos. Joe dijo a su amigo que, aunque aún no estaba convencido de que las afirmaciones de los espiritistas fuesen auténticas, la actitud adoptada por algunos acreditados investigadores era de que, aunque existía un elevado porcentaje de fraudes, se producían también algunos fenómenos psíquicos verdaderos. La mente racionalista de Houdini se inclinaba a desechar todo eso, pero seguía preguntándose sobre si era posible la comunicación con los “muertos”.



En realidad, la misión de Harry Houdini fue la de investigar los fenómenos paranormales, pero fracasó rotundamente porque se transformó en un formidable escéptico al desenmascarar a muchos malos médium que utilizaban trucos. Su error fue meter a todos ellos en la misma bolsa.

Al morir su madre, hecho que sucedió en julio de 1913, el tema de la comunicación posmortem se convirtió en su verdadera obsesión. Comenzó a hacer pactos con sus amigos de que aquel que muriera primero trataría de comunicarse con los demás. Inventó códigos y apretones de manos secretos, que el médium debería reproducir para demostrar que la comunicación era auténtica.

El pacto que el mago consideraba más importante fue el que convino con Bess. Houdini y su esposa juraron solemnemente que aquel que muriera primero enviaría un mensaje codificado consistente en diez palabras. La primera palabra era Rosabelle, nombre que poseía especial significado para ambos (era el nombre de una canción que se había hecho popular en esa época y que juntos la habían cantado en los escenarios).

Las nueve palabras restantes, a cada una de las cuales correspondía un número, que a su vez representaba la posición de una letra en el alfabeto, eran: contesta di reza contesta mira di contesta contesta di. Así, el mensaje completo era: Rosabelle cree.

Houdini esperaba morirse primero, y estaba decidido a regresar a este mundo si eso era posible. Demostraría la existencia de la comunicación entre los espíritus de forma tan concluyente, que nadie volvería a ponerla en duda.

En diciembre de 1919 inició una gira por Gran Bretaña, descubriendo que el país era muy receptivo a sus ideas escatológicas. La guerra había arrancado a innumerables personas sus seres queridos, y el enorme número de muertos había dado lugar a un acusado resurgimiento del interés por el Espiritismo. Personalidades famosas de todos los campos le apoyaban y escribían a su favor.

De todas ellas, el hombre que quizá logró mayor impacto en el público fue sir Arthur Conan Doyle. Creía fanáticamente en este tema, pero no lo analizaba con la fría lógica de su mayor creación literaria, Sherlock Holmes. Para él, la razón no tenía nada que ver con el Espiritismo: ésta era una verdad indiscutible y punto.



Houdini escribió a Doyle. Poco después, ambos personajes se encontraron e, inmediatamente, simpatizaron. El mago pensó que lo mejor era definir claramente desde el comienzo cuál era su postura en el tema del Espiritismo: era un escéptico, aunque dispuesto a convertirse en creyente si encontraba a un verdadero médium. Doyle le dijo que existían abundantes pruebas de autenticidad.

Durante los seis meses que permaneció en Gran Bretaña, Houdini asistió a cien sesiones espiritistas. Los médium transmitían los acostumbrados ambiguos mensajes de su madre, pero ninguno se aproximaba al mensaje que tanto deseaba oír, ni ningún otro que pudiera juzgar como auténtico.

Mientras Houdini recorría el país, Doyle seguía sus hazañas por los periódicos; en ellos leía una y otra vez sus desconcertantes escapatorias de la Celda de Torturas China y de otros artilugios. Houdini le había asegurado que realizaba todos sus ejercicios mediante procedimientos naturales, pero Doyle comenzaba a tener dudas. El escritor envió una carta a Houdini en la que le preguntaba por qué buscaba tanto una demostración de la existencia de fenómenos sobrenaturales cuando él estaba dando prueba de los mismos continuamente.



Doyle le sugirió que quizá la razón por la que no conseguía ninguna prueba de comunicación con los espíritus era que no utilizaba correctamente su maravilloso poder. Houdini estaba confundiendo a su público al referirse a sus asombrosas facultades como simples trucos inteligentes.

Doyle había tocado inadvertidamente el apasionante tema que había inquietado a Houdini a lo largo de toda su vida profesional. El 3 de julio, Houdini se embarcó con rumbo a su país. Hacia el otoño, la labor de desenmascarar a los médium se había convertido en su interés primordial. Éste prodigó conferencias a organizaciones cívicas, en las que sostenía que nadie sabía más que él sobre el tema.

Siguiendo su costumbre profesional, el mago lanzó un desafío a todos los médium: ofrecía cinco mil dólares si no era capaz de reproducir alguno de los fenómenos de aquellos.

De repente, el Espiritismo volvió a ser noticia. Había dinero de por medio, y el movimiento fue explotado hasta la saciedad. La dirección de la revista Scientific American decidió investigar toda evidencia de fenómenos psíquicos, y ofreció un premio de 2.500 dólares a aquella persona que, bajo riguroso control científico, pudiera llevar a cabo alguna manifestación de naturaleza considerada como psíquica.



Con el fin de juzgar a los solicitantes, se nombró un tribunal de científicos e investigadores en este campo. El puesto reservado para un mago lo ocupó Houdini. Para cuando fue invitado a formar parte del tribunal del Scientific American, Houdini había firmado ya un contrato que le llevaría de gira durante seis meses por el oeste de los Estados Unidos.

Sin embargo, estaba decidido a prestar su colaboración, y prometió cancelar sus actuaciones siempre que fuera requerido para alguna investigación. Lo hizo en dos ocasiones. La primera vez, el tribunal ya había demostrado que el médium era un impostor. Pero Houdini reveló la historia a la prensa de tal forma que parecía que había sido él quien había desenmascarado al médium. El comité se sintió ofendido por la actitud del mago, pues éste obviamente creía que se podía engañar a los miembros del tribunal, mientras que él, por el contrario, advertía en seguida cualquier truco.



En el segundo caso, Houdini evitó probablemente que sus colegas fueran embaucados por un farsante. Pero de nuevo les pareció que el mago estaba tan interesado por presumir ante el tribunal como por desentrañar los fraudes. El curso de su vida había cambiado por completo. En febrero de 1924, se comprometió a dar veinticuatro conferencias por toda Norteamérica.

Por fin había encontrado lo que había estado buscando durante toda su vida: un papel que desempeñar en el mundo; una tarea que realizar para la humanidad. Sin embargo, cuando Houdini iba de gira como conferenciante, no prescindía del hombre del espectáculo que llevaba dentro. Como siempre, realizaba números al aire libre para atraer a las multitudes.



Las propias conferencias eran una mezcla irresistible de formación y entretenimiento. El mago no solamente explicaba cómo los médium lograban sus efectos, sino que él también los llevaba a cabo. Las mesas levitaban, los instrumentos musicales sonaban, aparecían mensajes en pizarras en blanco, y todo ello aparentemente sin la ayuda humana.

Al público les encantaba. Así, Houdini se convirtió en el azote de todos los médium. Éstos le odiaban y le temían. Afirmaban que estaba acosando a los espíritus inmortales, y que eso traería consigo inevitables y terribles consecuencias.

Otra de tus preguntas es si su madre se comunicó con él después de fallecer, y la respuesta es que sí, pero Houdini creyó que estaba alucinando. Y lo mismo le pasó a Bess, que tampoco creyó en la comunicación con su esposo.

Lo que tanto Bess como Houdini ignoraban es que el médium es un traductor que interpreta libremente los conceptos o ideas de los espíritus, y, como tal, mal podría transcribir puntillosamente las palabras claves acordadas con su esposo. Además, el decodificador mental de cada médium es distinto de todos los demás, y de ahí que las traducciones varíen. Todo esto hizo entrar en confusión a Bess y por eso negó la autenticidad de las comunicaciones.



También influyó en Bess el escepticismo en las comunicaciones posmortem que le transmitió en vida su esposo.

A todo esto no puede dejar de agregarse que en la actualidad los médium apenas llegan al 20 % de fidelidad en la transmisión, por lo que una proporción de un 70 % de posibilidad de error hace que las comunicaciones mediúmnicas no sean confiables.

Cuando Houdini desencarnó se encontró que había descendido, a causa de su tremendo ego, al plano 3, que es, junto con el 2, uno de los planos del Error. Además, se dio cuenta de las dificultades casi insalvables para transmitir, vía mediúmnica, el mensaje tal como lo había acordado con Bess. Insistió algunas veces en transmitirle la clave, pero los médium, poco preparados, tergiversaban el mensaje, lo que lo hizo finalmente desistir.










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