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Hércules en pantalla el lado absurdo de la fuerza

Hércules es la séptima producción que intenta rescatar la figura mitológica del héroe en el cine. Como las anteriores, se queda sin fuerza. Un repaso por las fallidas intentonas.









Ahora que están de moda las superproducciones con batallas épicas, llenas de filtros Instagram, llenas de efebos acalambrados de tanto entrar panza y a los saltos en coreografías estilo Matrix, es el momento propicio para buscar ideas que justifiquen el despliegue. En el abanico de los personajes salidos de los libros de historias y leyendas que se prestan para este perfil, Hércules gana de acá a la China.




Mucho antes de este nuevo Hércules de Dwayne Johnson –atiborrado de anabólicos y con dientes de publicidad de dentífrico–, hubo otros. Y no todos dignos. Los anteriores no se agarraban tanto a las piñas con animalotes mitológicos que los triplican en tamaño, pero hacían de las suyas.

El primer semidiós fortachón en ponerle el pecho al personaje fue Steve Reeves, que en 1958 se calzó el taparrabos, peló remera y salió al ruedo con una producción modesta en comparación a los otros tanques épicos que circulaban por el momento (Ben Hur, por caso, que se la comió cruda apenas salió, o Espartaco, que se la zampó de postre). La peli de Reeves, dirigida por Pietro Francisci, tiene algunas cosas bien logradas, como planteos de cámara novedosos –en su mayoría para evitar mostrar los escasos recursos en efectos especiales–, mujeronas exageradamente escotadas y una que otra coreografía de batalla que mostraba cierta dignidad, aunque no excelencia (andá a ganarle a Ben Hur con Charlton Heston y a Espartaco con Kirk Douglas usando como única arma un fisicoculturista con aspiraciones de seductor meloso).


Largá los baldes

Corría el año 1969 cuando a Arthur Allan Seidelman se le ocurrió dar vuelta el guion y convocar al forzudo del momento: Arnold “madera balsa para los diálogos” Schwarzenegger. La cinta se llamó Hércules en Nueva York y la verdadera fuerza la hacían los espectadores para no arrepentirse de pagar la entrada. El personaje mitológico reencarnaba en Arnold y hacía de las suyas en La Gran Manzana, cargando siempre un par de baldes invisibles, trabado como el peaje a Carlos Paz en un domingo, hablando como si ensayara el papel de Terminator y posando con hipertrofia muscular hasta para levantar un vaso. El fiasco se ganó un rosario de críticas, aunque sirvió para no abandonar la moda de poner gente con cuerpo de levantador de pesas en paños menores. Los desnudos en cine garpan.





Así es que en 1985 –para disfrute de los cultores del cine clase B–, Lou Ferrigno aceptó hacer una remake del musculado personaje de Reeves. El resultado, lamentablemente, fue otro espanto. Pero otro espanto en serio: efectos especiales a lo Capusotto, actuaciones malas (cuando no pésimas), y un guion que parecía salido de un taller literario para menores de 3 años. Hasta hubo que doblar la voz del protagonista para que las alocuciones fueran más contundentes y no provocaran risa. El resultado es un Lou Ferrigno sin peluca de Increíble Hulk, haciendo un papelón para la vergüenza ajena (se recomienda ver en YouTube la escena en la que Ferrigno lanza a un oso pardo por los aires con tanta fuerza que lo termina sacando a la estratosfera). Hasta el momento, estos dos son los ejemplos más rayanos con el patetismo. Cabría preguntarse entonces, ¿por qué la insistencia?

Dibujo desanimado

La adaptación para dibujos animados pasó desapercibida entre los adultos, pero Disney no da puntada sin hilo, así que metió la cuchara para rescatar de la vergüenza al muchacho que te dormía un toro de un cachetazo. El resultado fue una excelente peli para niños, entretenida, dinámica, emotiva. La leyenda se mezclaba con otros condimentos y abundaban los personajes secundarios, todos hermosos. Lo que no habían logrado los actores abducidos por el gimnasio lo consiguió alguien haciendo un dibujito: Hércules empezó a funcionar. Era 1997 y mientras los niños se empachaban de pururú en las salas de los cines, la tele ya estaba en plena faena con una versión de seis temporadas –1995 a 1999– de una serie que contaba los viajes de Hércules, protagonizada por el insulso Kevin Sorbo. Intragable.




Luego vino una meseta. Músculos en reposo. Pasaron un montón de años y entonces le tocó el turno a otro señor con abono dos por uno en el palacio de las flexiones de brazos. Buscaban una cara bonita y lo engancharon a Kellan Lutz, que es casi tan lindo como mal actor. El resultado del estreno de Hércules: el origen de la leyenda fue bastante flojo, por no decir malísimo. ¿Cómo salir de este mal paso?

Al rescate vino el director Brett Ratner con una idea bomba: ¿quién mejor para interpretar a un duro de la mitología que un actor de piedra? “La roca” (tal el sobrenombre de Dwayne Johnson) se infló como un globo y se puso peluca leonina.

¿Nadie ha pensado –después de tantos intentos inútiles– que la historia necesita un buen protagonista y ya? Todo bien con los torsos desnudos y barnizados en aceite, pero hay que hacer un poco más de fuerza para conseguir algo digno.




Siete apuestas



Steve Reeves: gran rompedor de piedras de telgopor, alto mirador con cara de langa, este Hércules perdió la pulseada con los actores del momento: Charlton Heston y Kirk Douglas se lo desayunaron y ni siquiera lo repitieron.







Arnold Schwarzenegger: con menos onda que una bandera de lata, Arnold se paseó por Nueva York haciéndose el Hércules reencarnado. La parte donde compite con deportistas olímpicos y gana es de antología. Derecho al Guinness de los fiascos.






Lou Ferrigno: hubo que doblar sus parlamentos por un problema que Lou tiene en el habla. Pero te pone verde que la peli sea tan soporífera, triste, para la vergüenza ajena. Un festival de efectos especiales de Todo por dos pesos.






Disney: la mejor, la que apunta a la parodia; graciosa, bien adaptada para niños adeptos a poner la misma peli 189 veces por día. Se recomienda la versión en español latino, porque la de español española parece hablada en arameo.







Kevin Sorbo: acá el actor, en comparación con los demás Hércules, parece un ganador de Cuestión de peso, pero eso termina por humanizar el personaje. El mérito es la reconstrucción del periplo del héroe en muchos episodios.










Kellan Lutz: encaró el set de filmación sin consultar con el flebólogo, de ahí sus brazos llenos de várices. Muchas caritas a lo Zoolander, muchas modelos de pasarela tocándole los pectorales, mucha plata invertida en un yerro.







Dwayne Johnson: le pone el pectoral al nuevo Hércules, al que –teóricamente– se comería a los demás de un bocado. ¿Con qué se cepillaban en la antigüedad los dientes?





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