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¡ infancias robadas !

La Explotación Laboral Infantil en Argentina



La explotación laboral infantil es un problema que está a la vista de todos. Si embargo hace falta que el tema se torne mediático para que las autoridades, encargadas de velar por los niños reconozcan su existencia.




Casi dos millones de niños y niñas menores de 15 años se ven obligados a realizar trabajos en las ciudades y el campo argentino, y cualquiera que haya caminado la calle los últimos años podía comprobarlo. Algo que nuestros gobernantes no acostumbran a hacer, salvo en épocas electorales.

Lamentablemente los sucesivos gobiernos nacionales se han empecinado en negar el triste fenómeno. Recién a partir de este año el Estado argentino se ha decidido a encarar, por lo menos, un diagnóstico de la situación.



En ese sentido la secretaria de Trabajo de la Nación, Noemí Rial, reconoce que “para que los niños no trabajen se necesita una sociedad más justa y equitativa”. Y va más allá: “No vamos a erradicar el trabajo infantil si no somos un poco menos hipócritas, porque si les pagamos mal a los padres, ellos no van poder mandar a sus hijos al colegio, ni mantener su casa pero a pesar de ello se puede avanzar”.







La mayor parte de los niños trabajadores vive en las grandes ciudades, donde asisten a albañiles en la construcción, confeccionan calzados, bijouterie y prendas de vestir en emprendimientos familiares y pequeños talleres. Los chicos piden monedas y abren las puertas de los autos en las calles, limpian vidrios, son prostituídos, llenan carros con kilos de cartón, realizan tareas domésticas en casas particulares o en sus propios hogares y cuidan a sus hermanitos cuando sus padres no están. No hay forma de no tropezar con ellos en cada esquina, pero a veces resultan invisibles a los transeúntes.




La mano de obra de los niños es utilizada también para cosechar yerba mate en Misiones, tabaco en Salta, algodón en Chaco, cebolla en San Juan, peras y manzanas en Río Negro, limones en Tucumán y diversas frutas y verduras en las quintas bonaerenses.

Los niños campesinos –en su mayoría– trabajan junto a sus familias, empujados por la abusiva forma de contrato “a destajo”. En el 2004, por ejemplo, se llegó a pagar en Mendoza entre 36 y 85 centavos el tacho de uva (de 21 kilos). Pero también hay bandas organizadas que “alquilan” niños por menor paga que un adulto, como en la “tarefa” (cosecha) de la yerba mate mesopotámica, donde la Unión de Trabajadores rurales y Estibadores ( UATRE) estima que entre 6 mil y 7 mil niños dejan la escuela durante la temporada de cosecha.





La explotación infantil es un flagelo en crecimiento en todo el planeta. La OIT estima que en el mundo trabajan 246 millones de niños, de los cuales unos 179 millones realizan actividades caracterizadas como “peores formas de trabajo infantil”, que ponen en peligro su integridad mental, física y moral.



La pobreza, ciertamente, es una de las principales razones que obliga a que los niños trabajen, pero no es la única causa. El problema tiene orígenes complejos, en los que, según UNICEF, influyen la falta de equidad en la distribución del ingreso, la ineficacia – y a veces la inexistencia- de las políticas públicas de fortalecimiento familiar, el avance del sector informal de la economía y las dificultades de los sistemas educativos para obtener resultados en contextos de divesidad sociocultural.




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Farras, Hajira, Kong y Carlos son cuatro niños menores de 12 años de otras tantas esquinas del mundo esclavizados por un trabajo que no les pertenece. Son eslabones de una cadena de más de 220 millones de niños explotados y cautivos de su trabajo. Inocencias interrumpidas por una globalización que viola con descaro e impunidad sus derechos más fundamentales. La que sigue es una historia global, más gráfica que estadística, que encadena sus infancias robadas para remover conciencias saturadas y herir susceptibilidades adultas.




La fábrica de ladrillos de Karkhla, Pakistán.

Farras Khan Shinwari, trabaja junto a sus dos hermanos en la fábrica de ladrillos de Karkhla a 15 km al este de Peshawar, en Pakistán. Refugiados de guerra, su familia abandonó Afganistán huyendo de la pobreza más absoluta para trabajar en la fábrica a sueldo.

De madrugada, para evitar las evaporaciones, comienza la jornada regando los montones de arcilla y mezclándolos a azadón puro para más tarde malear con sus propias manos los bloques. Por menos de un euro al día trabaja 12 horas seguidas fabricando y trasladando sobre su cabeza las piezas. Sus hermanos, de 3 y 2 años son piezas fundamentales en la cadena de fabricación. Debido a su limitado peso, son los encargados de dar la vuelta a los ladrillos, sin deformarlos, en el secadero para airearlos.












Los niños del polvo negro. Reciclando pilas en Dacca, Bangladesh.


Hajira, tiene 8 años y vive en Dacca, capital de Bangladesh. Durante 14 horas al día machaca viejas baterías con el ladrillo de Shinwari para extraer la varilla de carbono, limpiarlas y reciclarlas. El polvo negro de carbono desprendido lo invade absolutamente todo y provoca multitud de infecciones por inhalación en los niños que juegan en torno al taller. Algunos tienen vetas de sangre constantemente brotando por la nariz. Hajira logra 6 Takas (10 céntimos de euro) por cada 1.000 varillas que limpia cada jornada mientras cuida de su hermano pequeño en el sucio habitáculo donde trabaja. Su madre limpia unas 3.000 varillas y con todo ello pueden comer cada dos días.

Hay cientos de pequeñas factorías como la de Hajira en la capital de Bangladesh. Familias enteras dedicadas a la extracción del carbono y pequeñas piezas de metal (zinc). Una vez separados y limpiados en el río Buriganga, los materiales son enviados a las fábricas para fabricar nuevas baterías y el metal a fundición para artesanía. Los desechos y las montañas de carbón se depositan en la ribera del Buriganga para ganar terreno al río y disponer de más espacio de trabajo.












La montaña de basura humeante de Phnom Penh, Camboya. Buscando tesoros.




Kong Siehar, es una niña de 11 años de impresionantes ojos verdes que trabaja buscando las pilas usadas de Hajira y otros tesoros metálicos en la tremenda montaña de basura humeante en Phnom Penh, Camboya. Una colina de 40 hectáreas salpicada por infinitos fuegos que estrangulan el aire con gases tóxicos. Los ojos de Kong lagrimean constantemente como defensa y protección al humo ponzoñoso.

La mayoría de los buscadores son niños de entre 7 y 11 años que se pasean descalzos durante 12 horas por montañas de desperdicios empapados buscando cualquier cosa susceptible de ser vendido. El fuego contamina sus pulmones pero ayuda a localizar más rápidamente los metales. El salario medio no llega al medio euro diario cuando encuentran metal y consiguen atraer a compradores. Un estudio japonés reciente ha detectado que el nivel de dioxinas procedentes de la combustión química de la basura y los metales pesados hallados en el metabolismo de estos chicos son suficientes para explicar el creciente número de cánceres detectados.














Lágrimas verdes de Muzo, Colombia. Minas de esmeraldas.


Carlos tiene 12 años y trabaja con su hermana pequeña y su padre filtrando con pala y tamices las sobras y desechos de piedras y lodo provenientes de una de las minas legales de Muzo, a 90 kilómetros al norte de Bogotá, Colombia. Su cometido es buscar las lágrimas verdes de Kong, minúsculas esmeraldas o polvo de ellas escapado del filtro de la mina. Son piedras de un intenso verde, consideradas por los gemólogos como las de mayor calidad del mundo. A diferencia de Kong, Hajira y los hermanos Shinwari; Carlos no cobra nada por su trabajo; depende de la suerte de encontrar alguna fracción de gema.

Sus padres son los “guaqueros” del infierno verde, esmeralderos empecinados en hacer fortuna fácil a costa de los esfuerzos de sus hijos; la “guaquería”. Utilizan a los niños para cribar la morralla e incluso para picar en túneles demasiado angostos.








http://kurioso.es/2008/11/24/ninos-encadenados-historias-enlazadas/
http://www.villalugano.com.ar/articulos/trabajoinfantil/pag3.php









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