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post mortem - memento mori

La Fotografía de Difuntos fue una práctica muy extendida en el siglo XIX y básicamente, consistía en vestir al cadáver con sus ropas personales e inmortalizarlo solo o en un último retrato grupal, con sus compañeros, familiares o amigos. Esto, lejos de ser una práctica morbosa y macabra, eran imágenes con cierto aire nostálgico en una época donde la muerte, más allá de un suceso funesto, era visto como un acontecimiento espiritual, sumamente sentimental que se debía rememorar como parte del ciclo de todos los seres humanos.

Una de las teorías que tratan de explicar este fenómeno social argumenta que se desarrolló en una época en que la fotografía no era habitual ni estaba popularizada como en el presente, de tal modo que mucha gente moría sin haber podido ser retratado en vida. De ahí que muchas familias desearan fotografiar "post mortem" a sus seres queridos para que todo el mundo supiera que esa persona había pertenecido a aquella familia.

Teniendo en cuenta el alto índice de mortalidad infantil de dicha época donde una familia común solían tener entre 8 y 10 hijos, la media de fallecimiento era de la mitad. En ese contexto, las fotografías del niño fallecido junto a sus padres y/o hermanos estaban comprensiblemente aceptadas. En la católica América, los niños que morían sin pecado original por haber sido bautizados y sin ningún otro pecado en vida, iban directamente al cielo para convertirse en Angelitos, en cambio, los que no habían sido bautizados eran enterrados con los ojos abiertos para que pudiesen ver la gloria del señor.

En los primeros tiempos los cuerpos muertos usualmente se retrataban como si estuvieran dormidos, lo que otorgaba a los mismos una imagen de naturalidad al tiempo que se simbolizaba el "eterno descanso" del fallecido, pero también fue muy común disponer los cadáveres de tal manera que simularan estar realizando algún acto cotidiano, proceso que incluía, en muchos casos, abrir los ojos del difunto utilizando utensilios diversos (en general, una cucharilla de café) y resituar correctamente el ojo en la cuenca.

De hecho, se solía dar completa libertad a la persona encargada de tomar la imagen para vestir y disponer el cuerpo como considerara apropiado. Muchos de los fotógrafos de aquel entonces se convirtieron en auténticos expertos del maquillaje, llegando a obtenerse resultados muy espectaculares en algunos casos y bastante patéticos en otros. En general, las fotografías podían tomarse en picado o contrapicado, pero era muy común disponer la máquina a la altura del rostro del fallecido. La cara se enfatizaba en gran medida y en muchos casos se suprimía cualquier tipo de ornamentación, lo que lleva a una confrontación directa y cruda con la persona muerta cuando se observa el retrato. Posteriormente, se incluyeron algunos otros adornos, como las flores. En esta fotografía de abajo, si nos fijamos bien podemos ver otra de las técnicas utilizadas: la de pintar los ojos en los párpados del muerto y sujetarlo con alambres y todo tipo de artilugios en las piernas y brazos para hacerle la fotografía erguido o de pie.































"Consagrada a la memoria de la pequeña Bea, 1912"










Tarjeta enviada de Europa a Estados Unidos. Dice: "Esta es la manera en que ellos presentan a sus muertos".



















































































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