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Probando y disfrutando el Jeep Willys



Moab (Utah, EEUU), tierra de cañones con el río Colorado de fondo y escenario de un sinfín de películas del Oeste. Me encuentro sentado al volante del emblemático Jeep Willys, el primer Jeep de la historia y un protagonista de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Hoy, 72 años después, tengo el privilegio de probar esta reliquia bélica y tatarabuelo de los todoterreno actuales. Sin duda, uno de esos coches que todo friki de los automóviles sueña con tener en su garaje.





Me acomodo lo mejor posible en su espartano asiento. Siento un cosquilleo especial, y no veo el momento de arrancar... ¿Pero, cómo se arranca un coche de 1944? Un miembro de Jeep me lo explica: solo hay que girar el contacto y accionar con el pie derecho un pequeño interruptor que está situado en el suelo, por delante de la palanca de cambios. Ah, y rezar para que el coche no se emborrache y haya que dejarlo un rato en reposo... Tengo suerte, y arranca... a la segunda. Lo primero que me llama la atención es la disposición de los pedales -un poco elevados- y el recorrido del cambio: donde debería estar la primera está la marcha atrás; la segunda, donde una tercera normal; y la última, en el lugar de la cuarta. Eso sí, con unos recorridos larguísimos; tanto, que si no mueves bien la palanca hasta el final -sobre todo al engranar la segunda velocidad-, el cambio empieza a insultarme y la marcha no entra. “¡Tranquilo, ya lo tengo controlado!”.











Al volante del Jeep más emblemático de la historia me siento como Lee Marvin en una de sus películas bélicas: “cuál es mi próxima misión, señor”, me dan ganas de gritar al experto de Jeep que viaja de copiloto junto a mí en el Jeep Willys. Pero aquí no hay trincheras, ni bombas, ni enemigos. Solo un espectacular paisaje que me permite disfrutar al máximo de un coche que es completamente rudimentario.











El temblor que siento ya no es por los nervios, sino por el traqueteo continuo del Jeep Willys. El arcaico cuadro muestra la velocidad, el nivel de la batería, el aceite y el combustible, además de la temperatura del agua. Todo está en orden. Eso sí, el motor es ensordecedor y no precisamente brioso; la suspensión es más simbólica que efectiva; los frenos tienen un tacto algo diferente a unos cerámicos; y la dirección es tan imprecisa que hay que hacer correcciones continuas hasta en línea recta... “Cómo se apañarían los soldados americanos para moverse con esto a 100 y por cualquier terreno”, pienso. Bueno, viendo su decisivo papel, supongo que el Willys no era tan hierro en 1941. Y, qué leches, a fin de cuentas estamos hablando del Jeep con el que empezó todo: un 4x4 rudimentario que cualquier loco de las cuatro ruedas ansía conducir. Y yo, he tenido el privilegio de poder hacerlo...







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