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"Yo fui la única sobreviviente de ese fatídico vuelo".

En 1992, un avión comercial que transportaba a 31 personas partió de la ciudad de Ho Chi Minh hacia el balneario de Nha Trang, y se estrelló contra una montaña . Annette Herfkens atrapada en la selva vietnamita durante 8 días, fue la única sobreviviente.

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Algunos pasajeros sobrevivieron al impacto inicial, pero murieron antes de que pudieran ser rescatados.

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El prometido de Herfkens, que viajaba con ella, murió instantáneamente al impactar, y cuando ella despertó, golpeada y sufriendo numerosas heridas, se enfrentó a su compañera muerta y apenas podía moverse. Lo que siguió fue una increíble historia de supervivencia, misterio y espíritu superior.

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La guardia de salvamento tardó 8 días en llegar al lugar del accidente, y encontraron a Anenette con múltiples heridas atrapada en el fuselaje, pero logró mantenerse con vida bebiendo agua de lluvia.

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Ella le dijo a los rescatadores que había escuchado voces de otros pasajeros durante varios días aunque después el silencio fue sepulcral.

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En declaraciones posteriores a su recuperación , Annette decía:

Más tarde supe que el avión se había estrellado contra la cresta de una montaña a 480 kilómetros por hora.

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Un ala se desprendió y el resto de la nave impactó en la ladera de la montaña contigua.

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Cuando desperté seguía dentro del avión, con un cadáver encima. El asiento de mi novio Pasje se había deslizado hacia atrás y él yacía muerto, con una leve sonrisa en los labios.

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Podía ver la selva por un boquete donde antes estaba la cabina de mando. Tenía heridas profundas en todo el cuerpo. De una pierna me asomaban 10 centímetros de hueso y  cuando intenté moverme, sentí un intenso dolor en las caderas.

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No sé cómo me las arreglé para salir del avión. Había cadáveres por todas partes y personas que gemían. Un vietnamita muy amable me aseguró que pronto llegaría la ayuda.

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“Soy un hombre muy importante”, dijo. “Vendrán a buscarme”. Durante las horas siguientes, su respiración se fue debilitando. Vi cómo se le iba la vida. Cerró los ojos y murió. No se oía ningún sonido y nada se movía. Nunca me había sentido tan sola.

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Permanecí ocho días en el suelo de la selva, esperando. Tenía las manos cubiertas de sanguijuelas; los pies, horrendamente hinchados y los dedos gordos ennegrecidos.

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No tenía nada para beber, pero cuando llovía lograba exprimir un poco de agua de mi camiseta mojada y llevármela a la boca.

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El cuerpo sin vida del hombre que estaba junto a mí empezó a descomponerse, así que me arrastré hasta otro lugar apoyándome en los codos. El impacto del avión había abierto un claro en la espesura y podía ver una montaña a lo lejos.

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Sentí que me fundía con la belleza del paisaje y la mortandad que me rodeaba.

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Finalmente, unos hombres vietnamitas llegaron y me bajaron de la montaña en una manta atada como hamaca a un palo, y dos meses y medio después del accidente regresé a mi trabajo como operadora internacional de bonos y a mi hogar en Madrid.

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Al verme sola en mi departamento, me hice plenamente consciente de la ausencia de mi novio. Pasje —mi guía, mi otro yo— se había ido.

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En 2006 volví a Vietnam. Fui al pueblo adonde me llevaron tras el rescate y me reuní con algunos de los hombres que me bajaron de la montaña hacía tantos años.

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Al día siguiente de llegar nos levantamos antes del amanecer y emprendimos una caminata en grupo.

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Después de vadear seis ríos, empezamos a escalar. Tardamos más de cinco horas en llegar al sitio del accidente.

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Me senté entre los árboles y miré la ladera de la montaña, y luego, avanzando montaña arriba y me detuve junto a una roca. Busqué en mi mochila un delfín y una foca blanca de madera en miniatura que había comprado, los puse encima de la roca y dije: “Adiós, Pasje”.

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