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2. El mar cruel

Los prisioneros fueron colocados en fila. Eran catorce, más un cadáver extendido a sus pies. La tripulación del «Compass Rose», en semicírculo, examinaba a aquellos cautivos: unos tipos insignificantes. El agua, que correaba de sus manos y pies, formaba agujeros en la cubierta. Sus rostros consternados dejaban traslucir un inmenso alivio. ¡Ah, no tenían aspecto de héroes!... Sin su barco apenas parecían hombres. La tripulación del «Compass Rose» se sentía decepcionada y frustrada de una captura tan mísera. «¿Es esto –se decían- la tripulación de un submarino alemán?».
Además, la presencia e aquellos extranjeros abordo provocaba una sensación de malestar, como una espina enquistada en un organismo sano. No eran solo alemanes, sino «alemanes de submarino», sus más encarnizados enemigos. Inmediatamente se les cacheo, y después de hacer una lista de ello, se les envió a la sentina.
Ericson dio orden de que se les encerrase en su propio camarote al capitán alemán, colocando un centinela en la puerta, como disponía el reglamento. Aquella misma mañana, algo más tarde, el capitán bajo para conocer a su adversario.
El alemán, de pie en el centro del camarote, contemplaba el mar por el ojo de buey, con actitud taciturna. Cuando entro Ericson se volvió y adopto inmediatamente la actitud envarada que reservaba para cuando está en presencia de otros. Era joven, ciertamente, pero su rostro mostraba los estigmas de la enfermedad del poder.
-«¡Heil Hitler!» -dijo secamente el alemán-. Lo primero que tengo que decirle…
-No –le atajo Ericson sin cumplidos-. Es inútil adoptar ese tono. Y antes que nada, ¿Cuál es su nombre?
El alemán le lanzo una mirada furibunda:
-Von Hellmunth, Kapitän-Leutnant von Hellmuth. Usted es también capitán, sin duda. Ha tomado usted mi barco por sorpresa, capitán –dijo con amargura-, si no…
Parecía querer acusar al vencedor de traición, de haberse valido de una táctica desleal, digna de un inglés, de un negro o de un polaco, pero indigna del honor alemán.
«¿Y qué es lo que ha estado haciendo usted durante tantos meses –se disponía a replicar Ericson-, sino ataca a la gente por sorpresa y acosarla sin dejarle el menor resquicio para salvarse?» Pero eso hubiera sido predicar en el desierto. Ericson prefirió renunciar a cualquier discusión. Por lo tanto, se limito a replicar sonriendo irónicamente:
-¡Es la guerra! Lamento que haya resultado penoso para usted.
Le volvió la espalda y salió del camarote para ir a sentarse en su butaca del puente de mando, haciendo un meritorio esfuerzo para recobrar su serenidad. Se sentía agotado. Su extenuación y la violencia de sus sentimientos le habían puesto taciturno. Cuando Lockhart fue a proponerle celebrar el acontecimiento descorchando unas botellas en el comedor de oficiales, le despidió con cajas destempladas.
-¡Es preferible no ponerse a beber en alta mar! –dijo Ericson que, evidentemente, soslayaba toda conversación sobre el submarino.
Sin embargo, en su fuero interno, el capitán el «Compass Rose» se sentía feliz y orgulloso de esta victoria. No compartía el entusiasmo delirante que se había apoderado del barco ocasionando las ruidosas explosiones de alegría de los marineros, pero experimentaba igual que ellos la satisfacción del deber cumplido. Habían realizado bien su misión y aquella victoria era el coronamiento de dos largos años de duras pruebas y esfuerzos. Habían pasado muchas penalidades para obtener aquel resultado; habían conocido el cansancio, el tedio, el agotamiento, el frio y toda clase de sufrimientos. Ahora, de pronto, la destrucción del submarino les compensaba de tantas horas trágicas: la pizarra había sido borrada, la cuanta, saldada. Pero Ericson consideraba aquel saldo como una cuestión personal y no quería compartirla con nadie.

La armada británica reaccionaba con todas sus energías. Los cincuenta destructores retirados del servicio y prestados por los Estados Unidos a Inglaterra en septiembre de 1940 vinieron a reforzar la flota protectora de los convoyes. La utilización más inteligente y el perfeccionamiento de los aparatos detectores de submarinos tuvo como consecuencia la destrucción de muchos de estos terribles enemigos. A finales de 1940 Doenítz comprobó que, lejos de permitirle aumentar sus fuerzas para reforzar así las posibilidades de las «jaurías», las nuevos construcciones apenas bastaban para cubrir las bajas, que se elevaban ya a 31 submarinos. Pasados los meses de invierno, la lucha se reanudó en la primavera de 1941; pero los submarinos alemanes ya no obtuvieron los éxitos prodigiosos del año anterior.
Este fracaso —relativo, puesto que los ingleses perdieron 325.000 toneladas en el mes de abril— era imputable a la elaboración de una estrategia conjunta por el Almirantazgo británico. El 6 de marzo de 1941, Churchill proclamó que la batalla del Atlántico estaba entablada, y dio sus famosas instrucciones en las que se daba una prioridad absoluta a la lucha contra los submarinos y los bombarderos. «¿Qué sucederá —decía el Premier en su discurso del 9 de abril a la Cámara —sí continúan nuestras pérdidas al mismo ritmo? ¿Dónde encontraremos los tres o cuatro millones de toneladas que nos faltan?... Construimos barcos mercantes cada vez en mayor escala y hacemos todo lo que podemos para acelerar la rotación de nuestros buques. Puedo asegurar a la Cámara que hemos puesto toda nuestra energía y todos nuestros medios al servicio de este fin y que ya obtuvimos resultados muy satisfactorios... Pero hay que ganar la batalla del Atlántico no sólo en las fábricas y en los astilleros, sino en el mar, sobre todo en el mar...»
Con este fin, y para proteger a los convoyes de los ataques aéreos que se iban haciendo tan temibles como los submarinos, se estobleció una colaboración más eficaz entre el Almirantazgo y la R. A. F. El 1º de abril, el control de operaciones del «Coastal Command» pasó al Almirantazgo, que pudo así coordinar la acción aérea con los desplozamíentos de los convoyes.
El «hueco» del Atlántico central, que tan terrible había sido en los últimos meses de 1940, se vio notablemente reducido por la llegada a Islandia de aviones de gran radio de acción que cubrían una gran parte de la zona hasta entonces sin protección. Paralelamente, el incremento de la flota canadiense no tardó en asegurar a los convoyes una escolta en la zona occidental del Atlántico. El 27 de mayo de 1941 salió el primer convoy, que fue escoltado durante toda la travesía del océano. En fin, los propios buques mercantes pudieron responder a los ataques de los bombarderos, gracias a sus nuevas baterías antiaéreas y algunos de ellos fueron dotados incluso de una catapulta que les permitía lanzar un avión Hurricane. En cuanto a los nuevos buques de escolta, que llevaban más combustible y gozaban, por lo tanto, de mayor radio de acción, fueron equipados en los meses siguientes con aparatos de radar y de detección submarina perfeccionados. Era de esperar que después de la «belle époque» de los submarinos iba a empezar por fin un período de menos peligro para la flota mercante inglesa. La protección reforzada de los convoyes y la aparición de los primeros portaaviones de escolta obligaron al Alto Mando de los submarinos y, en particular, a su jefe, el almirante Doenitz, a replantearse el problema de la utilización eficaz de los sumergibles.
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