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[28/04/2008] Arañas con ruleros - En el borde

Fernando Peña

Hay lugares de Buenos Aires que tienen monstruos debajo de las baldosas, energías poderosas debajo de la tierra. Vibraciones llenas de maleficios y dragones que echan fuego por la boca. Son lugares en donde se encuentran putas malas y deshonestas, chorros, charlatanes, vividores, arbolitos, dealers, junadores, campanas, pungas, vendedores ambulantes, contadores de cuentos y vecinas. Estas últimas son las más peligrosas, las peores, las más dañinas, las más curiosas. Las vecinas. Las santas vecinas. Más malas que cualquier malandra. Distorsionan la realidad de las cosas. Se encargan de que nada esté bien y de que todo este peor de lo que está. De meternos esa sensación de que el mundo está podrido como la fruta que vende don Carlos. Esa de que la vida ya no vale la pena ser vivida. Se arrastran despacito como yararás por el barrio, usan collares de perras y gruñen cuando algo no les gusta. Las hay de Villa Adelina, de Moreno, de Recoleta y de San Isidro. Son buitres carroñeros que opinan de todo, de cómo se debe vivir, de qué se debe decir, cuándo, cómo, con qué tono y a quién. Odian por odiar y aman por amar nomás… Comen sin hambre porque están aburridas y vomitan con el estómago vacío porque las entretiene. Se alimentan de lo que ven y creen que también alimentan a los demás relatando eso que creen que vieron. Estas hienas son chicatas profesionales, pocas veces lo que ven es lo que es, sus cámaras fotográficas están rotas y sacan fotos borrosas de todo el panorama. Sus fotos son casi siempre equivocadas, las miran como miran la televisión y después las comentan por encima. Todo lo comentan, son grandes comentaristas, te comentan por arriba, sin hablar, porque lo de ellas no es hablar, comentan nomás, lo de ellas es comentar, total, quevahacer.

La sordera es otra de sus grandes discapacidades, nunca escuchan bien, ni siquiera los chismes y menos lo que se dijo en la radio. Sienten por el oído. Es por el único lugar por donde sienten. Te comentan que sintieron por la radio tal o cual cosa y sintieron cualquier cosa. Lo grave es que lo retransmiten por su propia emisora agregándole sal, pimienta, canela y clavo a eso que sintieron como el culo. Estas mujeres reparten panfletines a granel comentando que, “sacaron la vacuna contra el cáncer, parece. Sentí hoy que dijeron por la radio de Oro”, esperanzando a otras gansas que las escuchan con atención. Estas lurpias se encargan de limpiar sobre lo limpio, de barrer bajo la alfombra y de lavar la vereda cuantas veces sean necesarias para sentir algo que doña tal dijo, ver qué don entra y qué don sale, y filmar la película de por dónde le está pasando la lengua el muchachito de la otra cuadra a la muchachita de al lado. A las aprendices mediocres de Lucifer tampoco les tiembla la mano a la hora de envenenar un perro que les abre la basura o darle carne con vidrio molido a un gatito que maúlla cuando no lo quieren sentir maullar.

Este ejemplar extraño no tiene sexo y, si lo tiene, es en forma de masturbación, tal vez alguna zanahoria que le importa un pepino le sirva para ese menester. La lectura no es algo que se encuentre dentro de sus pasatiempos, da trabajo, desconcentra y quita tiempo para ir a comprar, barrer y espiar aunque ande mal de la vista. Eso sí ojea mucho en la peluquería un poco de todas las revistas. De la farándula de cotillón porteña o de la monarquía rancia del continente viejo. Regatea y revuelve, se queja hasta de su propia queja, frunce el ceño por todo y para todos, cose y descose, se tiñe y tiñe todo de un color raído, añejo y viejo. Vive de recuerdos hermosos que nunca existieron y destruye el futuro. Se enferma y enferma. Le duele acá al costado y le arde allá abajo. Se rasca donde no le pica y pica en todas partes. Da codazos y murmulla, se para en la vidriera para chusmear lo que hay y entrar sin comprar. A estas Cachavachas les gusta la sangre, los últimos momentos y ni hablar de los alertas. Sí, señoras y señores, las detesto… Son nocivas y malvadas, inconvenientes, de baja calaña. No construyen ni aporta. No dan ni donan. Nunca aplauden. Nunca celebran, sólo festejan. No conviven ni viven. Existen. Por eso nunca mueren, se mudan. Son una peste y contagian. Deberían prohibirlas o ponerles un anillo en el tobillo al nacer. Cortarles la lengua o extirparles el cerebro que les pesa al divino botón. Amputarles las manos y dejarles muñones ya que lo único que escriben son notitas con recados, mandados e instrucciones. Háganme el favor de salir a cazarlas a todas, se las identifica por su rictus y porque largan el humo del Derby por la nariz… Ahora sepan disculpar, me tengo que ir, ¡se me pasan los fideos y paro el lavarropas!

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