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algunos datos importantes de la guerra de malvinas

Malvinas: Argentina sabía que Chile espiaría

Antes de iniciarse la batalla, ya operaba. Muchos ingleses con pinta de turistas.

Militares argentinos con mandos de importancia en el diferendo del Beagle y en la Guerra de Malvinas admiten que ni bien se recuperaron las islas, Argentina sabía que Chile colaboraba con Inglaterra.

La conclusión se extrae de una ronda de consultas realizadas por este diario a oficiales de alta graduación del Ejército. Estos mandos -cuatro en total- están hoy en situación de retiro con grado de general de brigada, uno, y de coronel, los restantes. Dos de estos últimos pertenecen al arma de Inteligencia. Como capitán y mayor respectivamente, en noviembre/ diciembre del '78,al momento de intensificarse el despliegue de fuerzas argentinas para una eventual guerra con Chile por las islas del Beagle, ambos integraron grupos comandos que se filtraron en el vecino país para recoger información durante semanas.

- Lo hicieron ellos y lo hicimos nosotros... Quedan las anécdotas. Un día, en Tierra del Fuego, los chilenos nos detuvieron a un oficial que vestido de paisano, a caballo y arriando una chivas, todas las mañanas aparecía cansinamente cerca de las posiciones que ocupaban fuerzas chilenas. Lo pararon, se dieron cuenta de que de hombre de campo solo tenía el sexo, lo cagaron a patadas, se quedaron con las chivas y nos lo devolvieron sin ganas de seguir espiando -comentó con humor una de las fuentes al recordar el final con aroma de guerra que tuvo el bélico '78 para argentinos y chilenos.

Como se sabe, la semana anterior reverdeció el tema de la colaboración que Chile prestó a Inglaterra durante la Guerra de Malvinas. Por segunda vez en cuatro años, el entonces jefe de la Fuerza Aérea Chile Fernando Matthei reiteró detalles de esa colaboración.

- Lo único nuevo de su declaración es su afirmación que, en iguales circunstancias, volvería a hacer lo mismo comentó una de las fuentes militares.

De la consulta realizada a las fuentes, se extraen las siguientes conclusiones:

* Ya en diciembre del '81, cuand el tándem Lepoldo Galtieri / Jorge Anaya comenzaron a dibujar la recuperación de Malvinas, el poder militar sabía que Chile jugaría de alguna manera junto a Gran Bretaña.

* Para el 14 de abril del '82, ya recuperadas las islas y con la flota británica rumbo al Atlántico Sur, Argentina supo que los servicios de inteligencia chilenos-ingleses tenían tareas en común.

Tales eran la características que iban asumiendo esas labores, que Argentina estuvo a punto de plantear el caso en la reunión que el 19 tuvo el TIAR. Sin embargo, no lo hizo. Esa renuencia se fundó -según las fuentes- en que las pruebas no tenían la contundencia que requería la denuncia. Sin embargo, el 22, a tres días de que Gran Bretaña atacara en Georgias, Argentina supo que el grado de colusión Santiago-Londres era firme y se plasmaba con decisiones que no pasaban inadvertidas para la inteligencia argentina.

* Ya para esos días, el contralmirante Horacio Zaratiegui, que desde Ushuaia comandaba el Area Naval Austral, cosechaba información sobre el tema a "partir de gente propia" instalada en Punta Arenas y otros enclaves militares de la Patagona chilena. Se notaban-por caso- una inusitada llegada de turistas ingleses a la región y actividad en áreas militares que, aunque muy disimulada, reflejaba algo inhabitual en esos espacios.

* Hacia fines de abril, el contralmirante Zaratiegui advirtió sobre la posibilidad de que comandos ingleses atacaran depósitos de combustibles de Armada y Fuerza Aérea Argentinas. "Hoy sabemos que los planes británicos para tirarnos en el continente eran más amplios, pero Zaratiegui se pasó noches enteras suiguiendo electrónicamente movimientos en el extremo más sur de la frontera que siempre dedujo que fueron helicópteros británicos con comandos, que por alguna razón no pudieron actuar, y volvían a Chile", dijo otras de las fuentes consultadas. Estas sospechas se vieron fortalecidas con la caída de un Sea King británico cerca de Punta Arenas.

* Las fuentes descreen que Augusto Pinochet, por entonces dictador de Chile, no supiera de esta colaboración. En sus declaraciones, Matthei dijo que no lo informó para no involucrarlo como presidente. "Es imposible que no supiera, era el mando total, nada se movía ni se hacía sin que él no lo supiera", se dijo a este diario.

En su lógica

POR CARLOS TORRENGO

De cara a la Guerra de Malvinas, Argentina era un desafío inquietante para Chile.

Chile no ignora que la historia suele pegar brincos insólitos. Argentina -por caso- podía salir airosa del conflicto. Ya por una negociación exitosa para sus intereses, ya por derrotar a los británicos. Si esto sucedía, ¿qué le impediría a Leopoldo Galtieri y compañía apoderarse de las islas del Beagle? ¿O qué los condicionaría a tomar iniciativas de esa naturaleza sobre espacios que, en aquel entonces, eran materia de disputa entre Argentina y Chile?

Cuatro años antes de Malvinas, Argentina había rechazado el resultado del laudo británico sobre el Beagle: las islas eran chilenas. Ahí, Argentina rompió reglas y apuró la guerra con el país vecino. En lo más digno que hizo el Vaticano en décadas, la impidió.

Pero Argentina, desoyendo lo acordado, tardó en retirar las tropas que había desplegado en la frontera. Y en los años '79 y '80, bravuconeó reiteradamente sobre esas áreas.

Sólo la serenidad que Chile mostró ante esas situaciones evitó problemas graves.

Ya en camino de Malvinas, Argentina sabía que el resultado de la mediación papal sería desfavorable para sus intereses en el Beagle.

¿Qué lectura debía hacer Chile de aquellas conductas? ¿Qué relación debía establecer entre ese pasado, la decisión Argentina sobre Malvinas y -a modo de suma- el fallo de la Santa Sede?

Y otro elemento que siempre inquietó a Santiago: en Argentina, el poder militar estaba distribuido entre muchos caciques. Mucha autonomía dando vueltas. ¿Acaso el general Luciando Benjamín Menéndez no había aceptado la intervención del Vaticano con mandíbulas apretadas? "Mande a sus generales, póngalos en regla", le había dicho al borde del grito Augusto Pinochet a Jorge Rafael Videla cuando en el '78 éste le confesó sus limitaciones para que los militares argentinos enterraran el hacha de la guerra.

Una única lectura hizo Chile de esta historia a la hora de Malvinas: Argentina se nos viene encima. Entonces, apoyó a Gran Bretaña.

Hizo lo que tenía que hacer.

Mal que pese de este lado de Los Andes.

http://www.rionegro.com.ar/arch200509/05/n05j10.php

Irak y Malvinas, errores de inteligencia

LONDRES (ANSA).– La Guerra de las Malvinas (1982) y el conflicto bélico en Irak (2003) fueron consecuencia de sendas fallas en los servicios de Inteligencia británicos, según afirmó el ex canciller de Margaret Thatcher lord Peter Carrington.

Según el ex diplomático, la “invasión” argentina de las islas Malvinas, en abril de 1982, “fue causada por fallas de inteligencia, similares a la invasión de Irak”.

Mientras aumentaba la crisis por las Malvinas (Falkland para los ingleses) a comienzos de 1982, lord Carrington, que como canciller estaba a cargo de los servicios de Inteligencia británicos, recibió la información de los espías ingleses de que el general argentino Leopoldo Galtieri no tenía planes de invadir las islas del Atlántico Sur.

“Sobre las Malvinas, la información de inteligencia que se recibió fue que Galtieri no tomaría ninguna acción para recuperar las islas hasta que se agotara el resto de las opciones en las Naciones Unidas. Lo cierto fue que los servicios de Inteligencia estaban errados”, afirmó el ex ministro de Relaciones Exteriores británico.

“Uno nunca debería basar sus políticas solamente en los datos de la Inteligencia. El señor Blair cometió el mismo error al justificar la invasión con la información de espionaje disponible en su momento sobre Irak”, agregó.

Carrington, que hizo las declaraciones cuando se conmemora en Gran Bretaña el 25° aniversario desde el fin del conflicto del Atlántico Sur con la Argentina, dijo que no lamenta haber renunciado a su puesto en 1982. “Lo que sí lamenté fue la invasión”, continuó. Y aunque el diplomático inglés afirmó que los servicios de Inteligencia británicos deberían ser responsables por que se desatara la guerra de las Malvinas, el “verdadero villano” fue Galtieri.

“Fue como Robert Mugabe en Zimbabwe. Jugó con la temática racial para tratar de escapar de las dificultades domésticas, y al invadir (las Malvinas) nos dejó sin otra opción que ir a la guerra”, concluyó.

Carrington renunció a su puesto el 5 de abril de 1982, en momentos en que la Task Force británica zarpaba hacia las Malvinas desde el puerto de Portsmouth.

http://www.lanacion.com.ar/exterior/nota.asp?nota_id=895077

La querra que no se vio...

Debajo de las aguas del Atlántico Sur se libró, durante el conflicto de 1982, una batalla invisible y desigual de la que hasta ahora no se conocía prácticamente nada: los poderosos submarinos británicos contra dos vetustos sumergibles argentinos. Esta investigación revela que, aún así, la Argentina no estuvo lejos de asestar los golpes que podrían haber torcido el rumbo de la guerra.

Las dos operaciones submarinas entre dos fuerzas disímiles, separada por un abismo tecnológico y militar. La Argentina estuvo, no obstante, cerca de comprometer el desarrollo de la operación británica en el Atlántico sur. La precariedad instrumental les jugó en contra.

A comienzos de 1982, la fuerza submarina de la Armada Argentina se encontraba en una etapa de transición, con un inventario mas bien modesto: solo cuatro unidades. Dos de ellas eran veteranos sumergibles del tipo GUPPY, de origen norteamericano, construido a fines de la segunda guerra mundial y transferidos a la Argentina en 1971: el ARA Santiago del Estero, que había agotado su vida útil y esperaba pacientemente el fin de sus días en el calor de algún horno de fundición, y su gemelo, el ARA Santa Fe, aún en servicio, pero atravesaba dificultades casi análogas.

Para entonces, y como reemplazo de estas unidades, se estaban construyendo en Alemania Federal modernos submarinos tipo TR-1700, mientras que en el país se inauguraba oficialmente el "ASTILLERO DOMECQ GARCIA", una enorme planta modelo pensada para construir localmente (nunca lo haría) varias unidades más de este tipo. La primera unidad tenia que ser entregada en 1984 (demasiado tarde).




Dos contra todos

La respuesta argentina a la real armada británica, que dentro de la OTAN tenia un rol específico en la guerra antisubmarina, quedaría entonces a cargo de los sumergibles convencionales tipo 209 ARA San Luis y ARA Salta, incorporados a la flota ocho años antes del enfrentamiento.

La participación del Salta tuvo la duración de un suspiro. Antes del intento de recuperación de las islas Malvinas había estado en talleres.

La versión oficial de su rápida desafectación da cuenta de que, durante las pruebas realizadas por este submarino en aguas del Golfo Nuevo, bajo el mando del Capitán de Fragata Manuel O. Rivero, fue registrada una inusual generación de ruido, circunstancia que lo hacia fácilmente detectable a los sonares enemigos. Se adujo que el problema no podía ser solucionado antes de que finalizaran las acciones bélicas.

De esta manera, solo quedaron en pie un submarino moderno el San Luis y un veterano el Santa Fe. A pesar de que inicialmente el San Luis evidenció complicaciones técnicas en unos de sus motores diesel, su comandante, el Capitán de Fragata Fernando M. Azcueta, se encontraría en condiciones aceptables de zarpar.



Las penurias del Santa Fe

El viejo Santa Fe zarpó de la base Naval Mar del Plata el 27 de marzo del 82´. llevaba a bordo la Unidad de Tareas 40.1.4, compuesta por 13 buzos tácticos. Su misión original era la captura del faro San Felipe en Cabo Pembroke (en Malvinas), y la demarcación de la playa de desembarco para los vehículos anfibios que participarían de la operación Rosario, el 2 de abril.

Durante la noche del 31, por el periscopio del submarino se observaron las luces encendidas de Puerto Argentino. De pronto, el equipo de comunicaciones enmudeció. Hubo que perder tiempo arreglándolo. A las 1:53 del 2 de abril llegó la confirmación desde el continente: deberían seguir con la operación. Media hora después se lanzaban al mar los botes de goma, llevando a los buzos a la costa.

El 12 de abril, el San Luis recibía la orden de zarpar hacia el norte de las islas, pero fuera de las zonas de exclusión total de 200 millas que había dispuesto Gran Bretaña en torno del archipiélago.

Al regresar el Santa Fe a su apostadero habitual, su comandante, el Capitán de Corbeta Horacio Bacain, recibió la orden de alistarse para una patrulla que duraría 60 días, a cuyo efecto embarcaría suficiente combustible, comida y armas.

Debido a la antigüedad del sistema de control de tiro del submarino, los torpedos solo serían efectivos sobre blancos ubicados a menos de 2000 yardas. Como misión inicial de su patrulla, el submarino debía transportar 20 infantes de marina para reforzar la guarnición en Georgias del Sur.

Zarparon la noche del 16 de abril, bajo condiciones extremadamente precarias.

Apenas salió del puerto de Mar del Plata, en el Santa Fe se manifestaron varios desperfectos técnicos.

Y todavía quedaba por delante un recorrido de casi 1500 millas.

Días después, la fuerza de tareas británica emprendía su travesía hacia el teatro de operaciones desde la isla Ascensión, una base norteamericana en el Atlántico Sur (mitad de camino entre Gran Bretaña y Las Malvinas).

El grupo de buques, incluidos los portaaviones Hermes e Invincible, entró rápidamente en estado de alerta antisubmarina debido al avistamiento de supuestos periscopios en las proximidades, que fueron seguidos de varios contactos de sonar. Entre sus tripulaciones cundió el nerviosismo.



Dos misiones

El 23 de abril, el Santa Fe fue informado desde el continente sobre la presencia de buques enemigos. Pese a la proximidad de los británicos, el Capitán Bicain aún tenia restringido el uso de sus torpedos para el caso de ser atacado. Difícilmente tenia posibilidad de maniobrar para poder disparar eficazmente su armamento si era detectado. Y el submarino nuclear HMS Conqueror, estaba en el área dispuesto a consumar su destrucción.

Tras burlar el bloqueo ingles, en la oscuridad de la noche de la jornada siguiente el Santa Fe emergió frente a la Bahía Cumberland y comenzó el desembarco en Grytviken (Is. Georgias) de los hombres y abastecimiento de refuerzo.

Cerca de la madrugada, cuando la tarea había sido completada, zarpó navegando en superficie para ganar velocidad y alejarse. Llevaba una segunda misión mas importante y ultrasecreta: atacar la línea de reabastecimiento británica entre Ascensión y la fuerza de tareas, en aguas de Las Malvinas. El plan era esconderse en las innumerables Caletas de las Georgias de Sur y efectuar las reparaciones que fueran necesarias, además de recargar sus baterías.



Blanco de tiro

Entre las nubes bajas y la neblina matinal que rodeaban las islas, apareció de pronto, un helicóptero proveniente de la fragata HMS Antrim que avistó al Santa Fe.

En unos segundos el submarino se vio asediado por otros cuatro helicópteros que le dispararon un torpedo, dos cargas de profundidad y cuatro misiles, además de ráfagas de ametralladoras.

Como toda defensa, su tripulación, desde la vela del submarino, respondió a los ataques con unos viejos rifles que tenia a bordo.

La lluvia de plomo caída sobre el Santa Fe provocó daños en su casco que lo obligaron a regresar a Grytviken, donde horas mas tarde se produjo la rendición de la guarnición Argentina. Durante el combate, un misil que atravesó horizontalmente la vela, sin explotar, le amputó una pierna a uno de los marinos Argentinos.

Luego de atacar, y aprovechando la distracción de los británicos por un incidente que les había costado la vida al suboficial Felix Artuso, tripulantes del submarino lograron burlar la guardia y abrieron disimuladamente válvulas y escotillas de la nave, provocando su hundimiento. No solo el Santa Fe quedo inutilizable sino que también el muelle.

El Santiago del Estero, una virtual chatarra, fue secretamente sacado a remolque de la Base de Mar del Plata y trasladado hacia Puerto Belgrano. La maniobra buscaba confundir a la inteligencia británica, que lo creería en operaciones. Y, efectivamente, aunque el viejo submarino no podía moverse, creyeron durante el conflicto que estaba operando en patrulla de alta mar , lo cual los obligo a mantener constante vigilancia y desvío de recursos bélicos.

La perdida de el Santa Fe dejaba a la fuerza de submarinos, bajo el mando del Capitán de Navío Eulogio Moya Latrubesse, con solo una unidad operativa: el San Luis, que el 29 de abril recibió la noticia de que se habían las reglas de enfrentamiento. Quedaba autorizado a disparar libremente sus torpedos en las zonas de patrulla al norte de las islas, pero dentro de la zona de exclusión.

El almirante ingles Sandy Woodward, comandante de las fuerzas navales para la Operación Corporate, había desplegado el 1 de mayo un grupo de tres buques y helicópteros antisubmarinos cerca del área designada para el submarino argentino, después de asumir como valido un informe brindado por la inteligencia británica, que había interceptado y descifrado el mensaje dirigido desde Mar del Plata al comandante del San Luis.

Eran las 22:05 hs cuando, a unas 10000 yardas del blanco escogido y optima posición del disparo, el Capitán Azcueta dispuso el lanzamiento del moderno torpedo SST-4 FILOGUIADO.

Fueron 3 interminables minutos durante los cuales se aguardo el sonido de la explosión, pero esta no llego.

El cable que unía al torpedo se había cortado.

Los ingleses detectaron la aproximación del torpedo y se lanzaron furiosamente sobre el San Luis, la cacería duraría más de 20 hs, pero no fue infructuosa.

Mas adelante, cerca de las 19 hs del 8 de mayo, tuvo lugar un nuevo contacto. Esta vez no era en la superficie.

En las pantallas de la sala de control del San Luis se observo un desplazamiento inteligente debajo del agua a una velocidad de 6 a 8 nudos, y a una distancia cerca de 3000 yardas.

Resultaba difícil la identificación del barco. Igual se disparo un torpedo Mk37 antisubmarino.

Transcurrieron 12 interminables minutos hasta que se escucho una explosión. No existen confirmaciones publicas de las consecuencias de este lanzamiento. Tal vez, el torpedo dio contra una desafortunada ballena. Tal vez, contra un submarino británico.



Una nueva decepción

Como parte de los nuevos desembarcos británicos en las islas el almirante Woodward ordeno a la fragata Alacrity que recorriese, la noche del 10 de mayo, de sur a norte y en toda su longitud del estrecho de San Carlos, que separaba las islas Soledad y Gran Malvina. Debía descubrir si sus aguas estaban minadas y si existían defensas costeras que pudieran comprometer las operaciones. El comandante de esta fragata , Capitán Chris Craig, estaba convencido que se dirigía a una misión suicida. No fue así.

Durante su silenciosa y tensa travesía, detecto un barco de superficie. Ordeno preparar el cañón de 4.5 pulgadas y luego de algunos minutos efectuó una serie de disparos, haciendo desaparecer el contacto de sus pantallas. Había hundido al transporte naval argentino Isla de los Estados, cuya misión era restablecer de pertrechos a las guarniciones militares argentinas. Perdido el secreto de su misión, el Capitán Craig ordeno poner máxima potencia a sus motores para salir del estrecho y alcanzar a toda velocidad la seguridad de aguas abiertas, donde, además, lo esperaba otro barco británico.

En la boca del estrecho estaba el San Luis, al que se le apareció, como caída del cielo, la oportunidad (sin saberlo) de vengar al Isla de los Estados.

Las condiciones de ataque parecían inmejorables para el submarino argentino.

De los dos blancos, la fragata y el Alacrity, escogió a este, que estaba ubicado ente el submarino y la costa.

Luego de preparar manualmente la información para el lanzamiento (la computadora seguía fuera de servicio), decidió lanzar dos torpedos SST-4 a una distancia de 5000 yardas.

Era la 01:30 del 11 de mayo. Uno de los torpedos no salió del tubo y el otro volvió a sufrir el corte del cable de guiado después de dos minutos y medio del lanzamiento. Poco después, sin embargo, registró una explosión lejana. Posiblemente contra una roca del fondo del mar.

La velocidad que llevaban las fragatas británicas impedían al Capitán Azcueta intentar un nuevo lanzamiento. No comprendía que pasaba con sus torpedos. Informo a su base sobre el ultimo ataque y, dos días mas tarde, sin posibilidad de solucionar los percances, recibió la orden de regresar a Mar del Plata. No volvería a combatir.



Temor en pie

Así y todo, los británicos seguían temiendo a la amenaza submarina argentina, por lo que tuvieron un inmenso despliegue de medios y armamento antisubmarino hasta el fin del conflicto.

De hecho, los conflictos 820, 824 y 826, de helicópteros antisubmarinos, registraron la mayor cantidad de horas de vuelo de todas las aeronaves que participaron en la guerra, operando desde los dos portaaviones y desde otros buques adaptados con cubiertas de vuelo. Durante mayo, Gran Bretaña mantuvo en el aire constantemente a no menos de cuatro helicópteros antisubmarinos.

Tal era el extremo de la preocupación que, según recientes revelaciones periodísticas británicas, fueron enviados espías a los astilleros alemanes para comprobar el grado de avance en los submarinos TR-1700 que allí se construían para la Argentina.

A su vez, los submarinos nucleares británicos lograron efectivizar el factor de disuasión esperado de ellos a partir de un hecho clave en la guerra: el hundimiento del Crucero General Belgrano, el 2 de mayo, por parte del Conqueror.

Los submarinos ingleses cumplieron además misiones de patrullaje, de bloque y de pantalla de alerta aérea temprana, avisando a los buque de fuerza principal la aproximación de las aeronaves argentinas.

También infiltraron en las tropas espaciales para recoger información de inteligencia sobre las fuerzas argentinas apostadas allí. Esta misión fue realizada a fines de mayo con un submarino convencional, que resultaba mas adecuado para esas costas.

Pero las fuerzas navales británicas no las tuvieron todas consigo. El improvisto cambio de aguas de diferentes temperaturas y salinidad ocasionó serios problemas a los sonares y a sus operadores, circunstancia agravada por la poca profundidad de las aguas que rodean al archipiélago.

Ni la flota de superficie ni sus modernos submarinos nucleares sub-Killer estaban preparados para un escenario de esas características. Gracias a ello, el San Luis nunca se encontró bajo peligro importante, pese a operar dentro de la zona de exclusión. Esa fue su única ventaja dentro de una lucha marcadamente desigual.


La batalla del rumor mediático

La guerra de las Malvinas presenta una curiosa dualidad: de un lado puede observarse como la última conflagración del siglo pasado.

Una situación colonial en juego, el monopolio y la censura de la información, así como el intento de colocar una única racionalidad posible -la de la fuerza- por encima de las negociaciones diplomáticas, apuntalan esa mirada. Así lo cree la semióloga argentina Lucrecia Escudero. Pero, a la vez, precisa la investigadora, se trata de una guerra mediática por excelencia, totalmente "moderna", al desarrollarse lejos del teatro de operaciones de todos los actores.

Una guerra que para el gran público sólo adquirió visibilidad por medio de la imagen o la palabra.

Los contornos difuminados de un submarino quedan como constancia de la peculiar batalla informativa del otoño de 1982.

En su libro Malvinas: el gran relato. Fuentes y rumores en la información de guerra, Escudero recuerda que el 31 de marzo, dos días antes del desembarco argentino en las islas, Clarín publicó una noticia que parecía proceder de Londres: los ingleses habían enviado a aguas australes al submarino atómico Superb.

El Foreign Office se abstuvo de comentar la versión. La prensa argentina había concluido que se estaba frente a la filtración de noticias militares estrictamente reservadas. En vísperas del desembarco, el Superb, consignó ese diario, glosando agencias extranjeras, desplazaba 45.000 toneladas.

El 4 de abril, algunos medios europeos señalaron que el mismo sumergible estaba por zarpar hacia los mares del Sur a la cabeza de la Task Force. El 5 de abril, la agencia de prensa DAN (pool de agencias del ex bloque socialista) lo había avistado a 250 km del archipiélago. Un día más tarde, la Armada argentina verificó su presencia en la zona, junto con otro sumergible atómico, el Oracle.

El Superb también fue divisado por un piloto brasileño cerca de Florianópolis (Estado de Santa Catarina, al sur del Brasil), quien ofreció una prueba fútil: una foto ilegible.

La confusión no había llegado aún a su clímax: Le Monde habló de varios submarinos y el 12 de abril, Clarín anunciaba la llegada a la zona de sumergibles soviéticos.

Cuando la flota británica estaba realmente en los umbrales del teatro de operaciones, el Superb se esfumó de escena para darle lugar a los verdaderos buques y submarinos.

El 23 de abril, el Daily Record dijo que el Superb estaba fondeado en costas escocesas. Nunca se había ido de ese lugar.

Sólo en ese momento se reconoció en Buenos Aires que todo había sido un ardid.



Con la colaboración de todos

"¿Quién inventó el submarino? ¿Los servicios secretos británicos, para minar la moral de los argentinos? ¿Los comandos argentinos, para justificar su política agresiva? ¿A quién le había servido la difusión del rumor?", se preguntó Umberto Eco en el prefacio del libro de Escudero.

La manera en que creció la historia del Superb a partir de un rumor y "gracias a la colaboración de todos" despertó el interés del autor de La estructura ausente.

Cada uno aportó su grano de arena en la "construcción" del submarino.Así, según Eco, pudo demostrarse "cómo nos sentimos continuamente tentados a dar forma a la vida con el uso de esquemas narrativos". Un posible mundo mediático puede ser tan eficaz que puede llegar hasta modificar el curso del mundo "real".

Pero para que un relato circule como creíble, precisa Escudero, es necesario una suerte de acuerdo social. "En esto consiste el valor programático de la mentira a gran escala."

http://www.mailxmail.com/curso/vida/guerramalvinas/capitulo4.htm

LOS EFECTOS POSITIVOS DE LA GUERRA DE MALVINAS


(Por César González Trejo)

El más grave problema que afecta a la Argentina no es la inseguridad, ni el desempleo, ni la inflación, ni la corrupción, ni el presupuesto educativo, ni el deterioro de la salud pública, ni la deuda externa, ni los accidentes de tránsito, etc, etc.

Todos estos males que nos afectan son consecuencias, o síntomas de algo mucho más grave.

El problema esencial de los argentinos, es nuestro fracaso en producir una élite dirigente que sepa pensar (valga la redundancia).

Porque los rasgos esenciales del pensamiento son la creatividad, la libertad y la honestidad.

Nuestras élites de producción simbólica – ya que los símbolos son el material esencial de trabajo de las élites-, son miméticas, lacayas y deshonestas.

Esto se verifica en cualquier ámbito del sistema de producción simbólica, sean oficinas de redacciones, Universidades, círculos políticos, ámbitos artísticos, culturales o científicos. Más allá de los disfraces “progres” – o precisamente por ellos-, casi todos los individuos o grupos que integran el sistema son empleados más o menos jerarquizados, del dinero y del prestigio que les otorga el Imperio.

Los últimos grandes pensadores argentinos han muerto. A quienes pretendemos pensar y producir simbólicamente – e influir sobre la realidad de la que formamos parte-, nos queda (por ahora), repensar lo que ellos pensaron, o negarlos.

Hay excepciones, pocas, pero no ocupan los lugares claves, como mucho, se los “soporta” en ámbitos marginales de las Universidades, de los medios de comunicación, de la política, de la cultura, de la ciencia, del sistema educativo.

Brasil, en cambio, pone a sus pensadoras y pensadores, en el lugar más alto de su sistema de producción simbólica. No los ata al desgaste cotidiano de la acción política, sino que los coloca en un escenario supra-político: sus ideas son rectoras para el conjunto de las élites que gobiernan.

Entre ellos, citemos dos casos conocidos en ésta, su vecindad: Helio Jaguaribe y Moniz Bandeira.

Hoy, domingo 16 de marzo de 2008- el principal diario de la Argentina publica un reportaje a Luis Alberto Moniz Bandeira, realizado por Eleonora Gosman. Si bien el tema central de dicho reportaje es la coyuntura política regional, a partir de la crisis colombiana, el eminente pensador brasileño reflexiona sobre las consecuencias de la guerra de Malvinas.

El pensamiento de Moniz Bandeira sobre las consecuencias de la guerra de Malvinas en las élites gobernantes brasileñas, contrastan dramáticamente con las estupideces repetidas hasta el hartazgo por los re-productores simbólicos argentinos, tomadas como verdades consagradas por la pretendida “dirigencia” política argentina.

Vale la pena reproducir textualmente las afirmaciones de Moniz Bandeira, a ver si alguna idea (¡aunque sea una sola!), se cuela por vergüenza en la cabeza de “nuestros” “intelectuales” –y también, por qué no, de “nuestros” “dirigentes”-:

“Hasta la guerra de Malvinas, las hipótesis de guerra del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas brasileñas eran las guerras internas o de guerrilla; los conflictos regionales, con uno u otro país de América del Sur ( la Argentina entre los principales); las guerras en otro continente, donde Brasil debería enviar contingentes, como en la República Dominicana en 1965; y, finalmente, la posibilidad de ataque de países comunistas y una conflagración generalizada.

Desde la guerra de Malvinas, la hipótesis de guerra con los Estados Unidos se tornó objeto de estudio en las Fuerzas Armadas.

El entonces ministro de la Aeronáutica del gobierno del presidente Joao Figueiredo, el brigadier Délio Jardim de Matos, admitió en 1982 que el conflicto en el Atlántico Sur introdujo una nueva hipótesis de guerra no prevista hasta aquel momento. Se trataba de "un conflicto que involucrara a Brasil y un país del bloque occidental, situado en el hemisferio norte, mucho más poderoso económica y militarmente, debiendo Brasil en tal situación contar con sus propios recursos". Por lo tanto, la defensa de la Amazonia es fundamental para las Fuerzas Armadas brasileñas. Cualquier tentativa de invasión y ocupación por una potencia extranjera constituye un casus belli”.

La claridad de esta reflexión, nos ahorra cualquier comentario. Los acontecimientos políticos, económicos, diplomáticos y en materia de Defensa ocurridos en la Región en la inmediata post-guerra de Malvinas, son irrefutables.

Sin embargo, cabe preguntarse por qué nuestras élites dirigentes han preferido “comprar” el discurso de Margaret Thatcher, cuando señaló a la guerra de Malvinas como un enfrentamiento entre “una democracia” –el Reino Unido-, contra una “dictadura militar” – la República Argentina-, casi sin matices.

El grado de imbecilidad de nuestras élites productoras simbólicas es aterrador, y es lo único verdaderamente transversal que se ha verificado en la Argentina : hay tantos imbéciles de derecha como de izquierda.

Pero otro pensador, también de la estatura de Moniz Bandeira, pero tampoco argentino –o, en todo caso, “argentino oriental”-, ha complementado esta visión profunda sobre las consecuencias benéficas de la guerra de Malvinas; se trata de Alberto Methol Ferré. El intelectual uruguayo afirmó, en el transcurso del Seminario “Malvinas y la Unión Suramericana ” organizado, entre otros, por la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas en la Cancillería argentina (2005):

“¿Los acontecimientos que se desencadenaron luego de la recuperación de las Islas Malvinas se consumieron en aquellos dos meses de 1982?. Yo creo que no. Aunque a veces en forma confusa, todavía se sienten sus ecos ¿Y cuáles serían los ondas disparadas por aquél acontecimiento que todavía hoy sigue tocando nuestras vidas?”

La principal de ellas, creo yo, es la causa suramericana. Más de dos décadas después, yo todavía puedo recordar la impresionante y nunca vista solidaridad que despertó aquel acontecimiento en toda América Latina. La intensidad que cobró la relación de todos nuestros países es algo que no tiene igual en la historia continental contemporánea”.

“Con Malvinas comienza un nuevo proceso de integración. Una empresa de reivindicación nacional argentina se convertía de pronto en una empresa de reivindicación nacional suramericana. Incluso Brasil, que venía de un ciclo de grandes tensiones con Argentina, - por el Paraná y los ríos interiores, por Itaipú, porque ambos eran gobiernos militares-, aún Brasil se jugó radicalmente por la Argentina ; y esto, naturalmente, empezó a desencadenar nuevos acontecimientos”.

“Yo recuerdo que en 1982 había parte de la oposición al gobierno militar uruguayo que no querían sumarse a la causa popular que se había desatado en la Argentina con la recuperación de Malvinas. Se decía que eso contribuiría a la continuidad de la dictadura militar. Yo no estaba de acuerdo. Yo decía: la decisión de los militares de tomar las Islas generó un acontecimiento. Y este acontecimiento va a llevar a la Argentina directamente hacia la democracia, es inevitable. Y es que Malvinas se había convertido en el acontecimiento con el cual el pueblo argentino recuperaba las calles en todos lados, después de años de silencio…Con victoria o con derrota en el conflicto bélico, la democratización en la Argentina era invencible. Y esto es uno de los ecos que comienza con Malvinas y aún hoy nos sigue tocando. El segundo, es la experiencia de la solidaridad que experimentaron nuestros pueblos.

Esta onda expansiva siembra el terreno para que apenas tres años después de la guerra, en 1985, con Sarney en Brasil y Alfonsín en la Argentina , se inicie el proceso de integración que luego va a desembocar en el MERCOSUR, y que en 1991 provocará efectos sobre el Pacto Andino, permitiendo que en el 2000 se realice la Primera Cumbre de Presidentes, con el objetivo de conformar la Comunidad Suramericana de Naciones”.

“El corazón de la batalla de América Latina es América del Sur. Y el corazón de América del Sur es la alianza argentino-brasilera. La energía integradora que esta relación es capaz de generar en la región se hace evidente con la experiencia de Malvinas. Este es el eco principal que nos llega desde 1982: el encuentro de los pueblos suramericanos. Podemos hacer crecer esa onda expansiva o podemos dejar que fracase. Pero según como se resuelva esta historia, sin duda, así será nuestra historia contemporánea”.

¡Roguemos que la “inteligencia” argentina se ponga al servicio de los pueblos suramericanos y a la Causa de la Patria Grande ! Y, mientras no produzcamos desde nosotros pensadores de la talla de un Moniz Bandeira o un Methol Ferré, al menos, atendamos sus reflexiones como pensadores de la Patria común suramericana.

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"Argentina no debió haber invadido las islas Malvinas"



El historiador a quien el Gobierno británico encargó la versión oficial del conflicto admite el debate interno previo a la guerra, reflexiona sobre la gestión de Thatcher y justifica el hundimiento del Belgrano.


# Por qué era necesario escribir una versión oficial de la historia del conflicto por las islas Malvinas?

—Los británicos tienen una tradición de hacer historias oficiales después de las guerras. Hubo una después de la Segunda Guerra mundial y era obvio que habría otra después de Malvinas. La idea de estos proyectos es la de permitir que un historiador independiente tenga acceso a todo el material relevante para estar seguro de que una autoridad relativamente competente va a escribir una historia con fundamento, basada en la mejor documentación posible. No es una historia oficial en el sentido de que no es lo que el Gobierno quiere hacer pensar sino que es oficial en el sentido de que ellos tienen la certeza de que el historiador tuvo acceso a la información.

# ¿Su acceso a la información fue realmente total? Porque hay archivos que fueron cerrados por períodos de 30 y 60 años.

—Sí, fue total.

# ¿Le impusieron condiciones para trabajar con ese material?

—Muchos de ellos son de naturaleza sensitiva porque conciernen a individuos y asuntos legales. Por eso tuve que tener mucho cuidado en la forma de usar el material. Pero esto no quiere decir que fui limitado en las conclusiones a las que llegué.

# ¿Debió aceptar que algunas cosas son secretos de Estado que eran imposible mencionar?

—Creo que cuando el Gobierno pide hacer este tipo de tareas sabe que hay cosas que van a salir a flote. Hay sólo materiales muy particulares de los cuales no me es permitido hablar.

# ¿Materiales sobre Inteligencia?

—Sí.

# ¿Pero usted los leyó?

—Sí. Para llegar a una conclusión final, yo tengo que formarme una opinión y decidir qué es relevante y qué no. Traté de describir cómo los planes británicos fueron hechos en el caso de la guerra de las Malvinas. Por eso hay detalles no relevantes. Cuando descubrí que un individuo cometió errores, no hice hincapié en esto porque la persona no está ahí para defenderse.

# El diario Daily Mail dice que su libro conspira contra la legitimidad del reclamo británico sobre las islas.

—No es verdad. Ellos ni leyeron el libro. Lo que trato de hacer es describir el desarrollo del debate que admite que en algunas áreas se expresaron dudas, pero también argumento a favor de la confianza en el reclamo inglés.

# Pero en el primer volumen usted cita dudas de la gente en el poder en ese entonces...

—Eso es exactamente; dudas en el Gobierno de entonces. Pero yo no fui el primero en señalar esas dudas sobre la calidad del reclamo británico. También menciono que la posición argentina era frágil entonces. Esto lleva a la conclusión inevitable de que las bases de cada reclamo han cambiado en el curso del tiempo. Además, el problema británico básico no tiene que ver con la legitimidad de sus títulos, sino sobre las dudas acerca de la conveniencia o no de mantener esas posesiones de ultramar. En cambio, en la Argentina, la posesión aparece como un tema muy importante. Estamos entonces hablando de reclamos distintos que adquieren sentido para tradiciones jurídicas muy diferentes. Yo creí que este problema debía ser explicado pero, en el resultado final, no cuestiono la soberanía británica sobre esos territorios.

# En la Inteligencia británica que usted analizó, ¿no era evidente que los argentinos estaban preparando alguna cosa en octubre, noviembre, diciembre de 1981?

—Los ingleses fueron siempre conscientes de que había rumores sobre planes rondando, pero la Inteligencia no sabía si los planes existían realmente. Si lo hubiesen sabido, no habría sido muy difícil averiguar los detalles de esos planes. Lo que no entendieron fue la vinculación entre Leopoldo Galtieri y la Armada y tal vez la Armada había conseguido que las otras dos fuerzas tuviesen la misma visión. Creo que lo que no se dieron cuenta es de que las coincidencias entre Galtieri y Jorge Anaya eran muy fuertes. Para ser justos, hay que apuntar que los británicos tenían un entendimiento razonable del curso de las cosas en el comienzo de 1982. Creo que se equivocaron al pensar que el primer movimiento de los argentinos sería apretar en las Malvinas. No vieron hasta mucho más tarde cómo el problema en Georgia del Sur se iba a desarrollar.

# ¿La inteligencia inglesa nunca anticipó el desembarco de Alfredo Astiz en Georgia del Sur o percibió el movimiento de gente armada tres meses antes del conflicto?

—No, aunque estoy seguro de que algo sabían. Un oficial en las islas —el capitán Barclay— lo notó, pero no lo relacionó con las Georgias. Y lo que informó fue visto sólo como un intento por lograr mantener el buque Endurance en las islas, que estaba a punto de ser retirado.

# Astiz fue detenido en las Georgias y seguro fue interrogado...

—Hubo un gran debate en Londres acerca de Astiz y se decidió mantenerlo como un prisionero de guerra más, a pesar de que los reclamaban judicialmente Suecia y Francia. Pero no habló mucho.

# Si los argentinos hubiesen suspendido lo de Georgia —como abogó el almirante Lombardo— ¿a Inglaterra le habría sido más difícil ganar la guerra?

—Este no es un libro sobre lo que hicieron los argentinos. Se limita a narrar lo que pensaron e hicieron los ingleses. Yo escribí un libro anterior junto con Virginia Gamba que tenía un enfoque bilateral. Sólo puedo decirle que encaré esta historia oficial razonablemente seguro de lo que iba a hallar y la mayor parte de la investigación confirmó mi presunción.

# En el comienzo de su libro usted manifiesta dudas sobre las intenciones de Margaret Thatcher, pero al final del libro la rescata y asume que ella tenía razón.

—No editorializo en el libro. No estoy tratando de decir si ella tenía razón o no. Creo que su Gobierno y su actitud fueron muy irresponsables por las decisiones que tomaron hasta 1982. Ellos intentaron algún acuerdo pero no pensaron en las implicancias de lo que un tratado significaría y retrocedieron por causa de la oposición parlamentaria. Cuando la invasión tuvo lugar, a comienzos de 1982, si el Gobierno no hubiera respondido habría caído en la humillación y el desconcierto. Nos dejaron con muy pocas opciones. Thatcher empieza a impresionar como líder político cuando demuestra una actitud de hierro. Creo que estuvo dispuesta a hacer concesiones, pero rápidamente se dio cuenta de que esto no sería posible.

# ¿Cree que ella usó algunas batallas para su beneficio político?

—Creo que en el comienzo, ella pensó que ésta iba a ser su mayor derrota política. Thatcher hubiese salido muy dañada si tocaban a la flota británica. Corrió un gran riesgo, pero no creo que lo hiciera con ese propósito. La popularidad del Gobierno estaba volviendo entonces. Hubiese sido una manera muy extraña de rescatar su popularidad, hacerlo a través de una guerra. ¡Debería haber persuadido a la Argentina de invadir!

# ¿Cómo evalúa el hundimiento del crucero Belgrano?

—Creo que el Gobierno británico estaba preocupado porque todo podía ir horriblemente mal. Después del hundimiento del Belgrano, quizá la Argentina habría estado preparada para negociaciones serias. Pero no creo que una vez que se desembarcó en las islas, Thatcher quería negociar.

# ¿Cree que hundirlo fue una decisión legal?

—Sí. La Argentina no debió haber invadido las Malvinas. Había una advertencia del 23 de abril que, hasta donde se sabe, la Argentina nunca aceptó. En cualquier caso, después del 1ø de mayo las unidades británicas estaban realizando más que un mero bloqueo y el Belgrano, se sabe, tenía órdenes de hundir cualquier barco inglés que representara una amenaza. Puede no haber sido el buque de guerra más capaz de la tierra, pero no representaba un riesgo trivial. Si se va a la batalla esto es lo que pasa: gente muerta. Lo que hizo del Belgrano algo excepcional fue que murió demasiada gente y esto tuvo consecuencias políticas. Pero, en términos militares, yo no encuentro que la decisión haya sido excepcional. Nunca entendí la teoría conspirativa sobre el hundimiento del Belgrano.

EL PLAN LOMBARDO


En la primavera de 1981, la Marina argentina estaba preocupada por su imagen: valiente, no a bordo de los barcos, sino con las capuchas, torturas, violaciones y asesinatos. Astiz era verdugo jefe en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y sus superiores estaban ansiosos por limpiar su reputación y la de ellos.

El jefe de la Marina, almirante Jorge Anaya, había desarrollado odio hacia los británicos tras una solitaria estadía como agregado naval en Londres. Él y sus colegas debatieron asestar un golpe en 1981 apoderándose de la más grande de las islas de Georgia del Sur, como lo habían hecho con Thule, en las islas Sandwich del Sur, en 1976. La inteligencia argentina indicaba un decaimiento en el interés británico por el Atlántico sur; destacaba el retiro de la nave de guerra Endurance y la negativa a conceder ciudadanía británica plena a los isleños de las Falkland.

Se planificó que Astiz acompañara a una expedición destinada a retirar chatarra británica de las Georgiadel Sur, cuando el Endurance partiera en marzo. Se quedarían allí durante el invierno y eventualmente alzarían la bandera argentina. Entonces, en diciembre de 1981, Anaya obtuvo una decisión más tajante del nuevo Presidente, el general Galtieri: apoderarse de las Malvinas.

El plan, preparado por el almirante Lombardo, se activaría entre mayo y julio de 1982. No habría derramamiento de sangre, sólo la remoción del gobernador y un cambio de guarnición, mientras se desarrollaban negociaciones a través de Naciones Unidas. Sería una “diplomacia coercitiva”.

Lombardo le dijo específicamente a Anaya que cancelara la operación de Astiz en Georgia del Sur, planificada para marzo, por temor a alertar a los británicos, con la posibilidad de que se frustrara la invasión principal, planeada para no antes del 15 de mayo. Anaya aceptó, pero actuó de otra manera. Al parecer no se atrevió a decepcionar a Astiz y sus colegas, cuyas bravuconadas los hacían ser más temidos que queridos en los círculos navales. Georgia del Sur siguió adelante.

CONSECUENCIAS IMPREVISTAS

Este doble juego con Lombardo fue la clave de todo lo que vino a continuación. Lombardo estaba de vacaciones en Uruguay cuando leyó que Astiz, bajo la cobertura de comerciantes en chatarra, había desembarcado en Georgia del Sur el 24 de marzo. Cuando corrió de vuelta a casa a desafiar a Anaya, se le dijo simplemente que siguiera delante de una vez con el plan de invasión. Anaya estaba ahora aterrado por los submarinos británicos y advirtió a la junta militar que, si se aparecían por las Malvinas, la Marina argentina tendría que regresar a puerto.

Sucedía que ninguna de las unidades de Lombardo estaban preparadas y Anaya le dijo que empleara las tropas o barcos que estuviesen disponibles. La toma de las Malvinas debía ser un hecho consumado antes de que los británicos pudieran reaccionar.

Que una invasión con efectivos de las tres ramas armadas haya ocurrido una semana más tarde, el 2 de abril, fue un tributo a la capacidad de Lombardo. Fue en realidad rápida y sin sangre, aunque no se dedicó tiempo ni pensamiento a ganar los “corazones y mentes”. El resto es historia. Astiz alertó en efecto a los británicos y frustró el plan de Lombardo para una invasión de invierno. El Endurance estaba todavía en aguas de las Malvinas y un submarino permanecía en Gibraltar, disponible para navegar hacia el sur. Enviar una fuerza de tareas hacia el sur en abril era viable, aunque contra el criterio de los asesores profesionales. Una vez enviada, las consideraciones políticas prohibían llamarla de regreso, incluso si el costo (y el riesgo) de recapturar las islas aumentaba. Cuando el Belgrano fue hundido, la flota argentina huyó a sus puertos, como Anaya dijo que lo haría, y Argentina perdió lo que había sido una abrumadora superioridad táctica.

Convertidas las islas en un “casus belli”, EEUU tuvo que saltar la valla y apoyar a Gran Bretaña, aunque en forma privada. Con soldados y marinos muriendo por decenas, Thatcher no se atrevió a negociar ni a llegar a un compromiso. Cuando finalmente ganó, se la transformó, de una odiada jefa de facción, en una heroína global.

Con el ascenso de los socialdemócratas en 1981 y con Thatcher profundamente impopular, era casi inconcebible que pudiera haber sobrevivido como Primer Ministro más allá de su primer mandato. En lugar de eso, ella y su partido, el Conservador, ganaron 10 puntos porcentuales y nunca más los perdieron. Vino entonces la “edad dorada” del thatcherismo. La victoria de las Malvinas revigorizó a Gran Bretaña y permitió a Thatcher presionar por la reforma industrial. En Argentina, las Malvinas pusieron fin a la “guerra sucia” y sacaron del poder a Galtieri, abriendo paso a una vacilante democracia.

“GUERRA A LO HAMLET”

¿Debiera alguien pedir perdón por la guerra de las Malvinas? Si hiciera una diferencia, la respuesta sería: Sí, los argentinos. ¿Fue una guerra legal? Sí, Thatcher, no como Blair, fue escrupulosa en cubrir su flanco legal. ¿Fue una guerra justa? Nuevamente sí: la fuerza no debe emplearse para apoderarse de personas o de territorio en contra de su voluntad y puede ser resistida a su vez por la fuerza. Pero ¿valió todo eso la pena? Esa es una pregunta diferente. La guerra debiera disuadir, pero rara vez lo hace.

Así como los Trident británicos no disuadieron a Galtieri, del mismo modo su derrota no disuadió a Sadam Hussein o a ningún otro dictador de agredir a algún vecino. Thatcher gastó 255 vidas británicas y 3 mil millones de libras esterlinas a favor de la intransigencia de 1.000 isleños, poco después de haber transado a los igualmente británicos habitantes de Diego García por un barril de oro estadounidense.

Tampoco estarán por siempre seguros los habitantes de las Malvinas, mientras pretenden ser la Gran Bretaña rural transoceánica antes que Argentina.

Las Malvinas fueron una clásica guerra a lo Hamlet. No había grandes motivos, sino un líder “dispuesto a encontrar pelea en una paja cuando el honor está en juego”. Guerras como esas no pueden medirse según su costo inmediato; nunca valen la pena. Pero, vista a la luz de los recovecos y tramas de la historia del siglo XX, todavía doy crédito a la guerra de las Malvinas y por ella podemos agradecer la traición y la fanfarronería del almirante Anaya y del capitán Astiz.

http://www.lanacion.cl/prontus_noticias/site/artic/20070326/pags/20070326193420.html
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