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Amores que matan - Anecdota

Algunos historiadores opinan que la anécdota es la hermana menor de la historia. En ella se conjugan realidades e imaginación; objetividad y subjetividad.

Por: Lic. Nilda Correa de Garriga
Don Juan Sosa y León, era en 1724 uno de los más ricos y nobles caballeros de la jurisdicción de San Fernando del Valle de Catamarca. Poseía en encomienda un buen número de indios e indias, y por merced real extensas tierras de "pan de llevar".

Las labranzas que tenía en la Chacarita eran las más renombradas, pues ninguna producía mejor y más algodón ni tenía mayor cantidad de peones e indios mitayos.

Don Juan, noble, hermoso y apuesto, se llevaba la mirada de las estiradas damas catamarqueñas, cuando en el día de San Juan, caballero en brioso corcel, hacía flamear el estandarte de Castilla por las calles de nuestra embrionaria ciudad.

Al lado de aquel ilustre gobernador de Tucumán, Don Esteban de Urizar y Arespacochega, hizo campañas en contra de los indios del Chaco, obteniendo por su brillante conducta el grado de maestre de campo.

Emparentado con los Nieva y Castilla, -una tía suya estaba casada con Don Esteban de Nieva y Castilla, Teniente de Gobernador-, y con los Carreño de La Rioja, había desempeñado altos puestos civiles al lado de tan nobles familias.

Entre los numerosos mitayos que tenía Don Juan, hallábase una hermosa flor, una morena hija del indómito Calchaquí. Sumárumi la llamaban los suyos -en lengua quechua es piedra preciosa-, por Juana la mestiza la conocían los españoles.

Juana presentaba todas las perfecciones físicas de la raza a la que pertenecía, juntamente con la gracia y donaire español debido a la sangre castellana que como una mestiza corría por sus venas.

Indios, mestizos, negros, mulatos y españoles suspiraban por esta flor calchaquina que sólo tenía desdenes en su boca para sus adoradores.

El capataz de la hacienda, Sebastián Orquera, mulato antipático, de crueles instintos y de peores antecedentes había albergado por Juana una brutal pasión, amor que aumentaba a medida que crecía el odio que por él sentía la joven india. Este odio se debía a que Orquera, a ratos perdidos se dedicaba a verdugo de las penas de azotes a que solía condenarse a algunos infelices súbditos del Cabildo. Una de tantas veces que ejercía tan infame oficio, le tocó aplicar cincuenta azotes a un viejo indio, abuelo de Juana, acusado de haber faltado a la enseñanza de la doctrina en día festivo; al mulato Orquera se le fue la mano, pues en lugar de los cincuenta azotes ordenados, casi llegó a los cien, dejando al viejo indio en el más lastimoso estado.

La bella india no podía pues, tolerar las ternezas del aborrecido capataz; además su corazón ya tenía dueño. Juana no pudo ser indiferente a los galanteos de su joven y bello patrón. Don luan de Sosa y León descendió del alto pedestal en que su orgullo y vanidad castellana lo había colocado, para amar a la hermosa flor indígena con la sinceridad que podía esperarse de las relaciones tenidas entre tan alto caballero y tan humilde doncella.

Cuando el mulato Orquera se percibió de lo avanzados que estaban los amores de su patrón con la bella desdeñosa, su furor no tuvo límites y juró vengarse. Con la más pérfida habilidad logró que su señor supiera de las pretensiones que tenía sobre la muchacha, llegando hasta hacerlo creer que era correspondido por ella, y en su seno se hallaba el fruto de tan venturosos amores. Sin entrar en averiguaciones, Don Juan convirtió su amor en desprecio y odio hacia la mísera criatura y llegó a despedirla ignominiosamente de su casa.

Juana y su abuelo construyeron un ranchito, contiguo a la hacienda de donde fueron arrojados. Don Juan cuyo orgullo había sido herido en lo más vivo, al considerarse engañado y desbancado por su capataz, despidió a este también y empezó a perseguir a la desdichada Juana a quién ordenó trasladar su rancho lejos de la hacienda, cosa que ésta no efectuó, porque sin duda pensaba que más tarde se manifestará su inocencia.

Pocas semanas hacía que Juana moraba en su pobre rancho; un día se encontraba sola entregada a las tareas de su hogar, pues el abuelo había salido a recoger leña; cuando más descuidada estaba, se presentó de improviso el mulato Orquera. La muchacha dio un grito y trato de huir, pero el mulato no le dio tiempo. La tomo, la ató a un algarrobo con una cuerda que llevaba y comenzó a azotarla de una, manera muy cruel sin conmoverse por los gritos y gemidos que la infeliz profería. Cuando su brazo se cansó tomó un tizón del fogón y prendió fuego a los vestidos de la víctima. En el momento que ejecutaba esa atrocidad sintió que por diferentes rumbos se acercaba gente y no teniendo tiempo para huir se metió en un espeso tunal.

Atraído por los gritos de la infeliz india había llegado Don Juan de Sosa y León, quien visitaba sus rastrojos y quedó horrorizado ante el espectáculo que veían sus espantados ojos. El noble hidalgo descendió de su caballo y corrió a socorrer a la mujer que ya era cadáver.

En esto estaba cuando llegó fatalmente el viejo indio, el abuelo, y creyendo que el Señor Sosa era el asesino de Juana huyó despavorido gritando ¡Asesino! ¡Asesino!. El mulato Orquera había presenciado todo.

Los alguaciles de la Santa Hermandad recogieron el cadáver; el alcalde de primer voto molestó a Don Juan con algunas declaraciones, contentándose con lo que éste dijo, no obstante las declaraciones del indio viejo, pues no era posible creer que tan principal caballero y sobrino nada menos que del Teniente Gobernador fuera reo de crimen tan atroz, concluyendo por amortiguarse el recuerdo de la misteriosa muerte de la india Juana.

La tradicional enemistad que había entre la familia Nieva y Castilla y la otra familia no menos poderosa de los Barros Sarmiento, habían dividido la sociedad catamarqueña en dos bandos que se hostilizaban, llegando muchas veces a las manos. Del lado de los Nieva y Castilla se encontraban los Cubas, los Sosa, los Palacio Soria y Medrano; con los Barros Sarmiento hacían causa común los Paz, Perafán de la Rivera, los Castro, los Navarro Velasco, los Villagra.

La muerte del gobernador del Tucumán Félix de Arache y la exaltación de su sucesor Don Juan de Armasa y Aregui, trajo el entronizamiento de los Nieva y Castilla, siendo elegido uno de esta familia, Don Juan de Sosa y León, para Teniente de Gobernador y justicia Mayor.

Los del bando opuesto pusieron el grito en el cielo y trataron de estorbar su gobierno por todos los medios. El 4 de Marzo de 1733 se reunió el Cabildo para tomar juramento al flamante funcionario; el procurador de la ciudad abrió las hostilidades declarando, que siendo reo del delito de homicidio el Maestre de Campo de Don Juan Sosa y León, mal podía ser recibido de teniente de Gobernador, solicitando la venia de su Señoría, el ilustre Cabildo para entablar ante su alteza la Real Audiencia de la Plata, demanda criminal.

Aquello fue un gran escándalo; la pasión política se avivó por ambas partes, la división de las familias se hizo profunda ... El Cabildo concedió la venia al Procurador de la ciudad Don Damián de Castro y Barrionuevo para concretar la demanda en la Audiencia, con la exposición del negro Orquera y del viejo indio que declararon haber visto a Don Juan asesinar a la india. La Audiencia ordenó que el demandado diera una fianza de mil pesos, la cual para aquellos tiempos era una enormidad, los mil pesos se pagaron y el pleito siguió adelante.

Los cargos se acumulaban de tal manera sobre el desgraciado Don Juan de Sosa, que la Real audiencia mandó estrecha orden al cabildo para que el Teniente de Gobernador de Catamarca, con la custodia de soldados hiera conducido a la cárcel de la ciudad de La Plata. El susodicho fue constituido en prisión en su propia casa y guardado por gentes del partido contrario. En esto llegó un Auto del Gobernador de Tucumán, disponiendo que el oficial y soldados que guardaban a Don Juan fueran elegidos por el mismo prisionero, elección que recayó en Don Juan de Soria y Medrano para que lo acompañara a la ciudad de La Plata. El viaje se hizo con tan mala suerte que el preso llegó enfermo a San Miguel de Tucumán en cuya calle fue alojado.

Mientras la Real Audiencia comisionó al General Don Benito Pereyra como persona independiente, para la ratificación de los cargos que se encontraron en la ciudad.

Un día, cuando el juez comisionado se encontraba en plena tarea, recibió urgente llamado del Alcalde de la Santa Hermandad, avisándole que el mulato Orquera, herido de una puñalada en una pendencia, se moría, por lo que pedía declarar ante el juez. Don Benito Pereyra corrió apresuradamente acompañado de testigos, tuvo tiempo de escuchar la confesión del mulato quien declaró que próximo a comparecer ante Dios. juraba ser el ejecutor del asesinato de la india Juana y no Don Juan de Sosa como injustamente se lo acusó.

Pasaron muchos meses; la lenta justicia colonial seguía su marcha, mientras Don Juan agonizaba en la cárcel. La causa se tramitaba en Catamarca, en Salta capital de la provincia, en La Plata, asiento de la Real Audiencia y hasta en la capital de la monarquía. Por fin, un día el Cabildo de Catamarca, recibió un inmenso mamotreto de cuyo principio y fin transcribo algunos párrafos extraídos del volumen tercero de las Actas Capitulares del año 1733: “... Yo Felipe V por la gracia de Dios, de Castilla, de León, de Aragón de Navarra, etc.... A vos nuestro Gobernador y Capitán de la provincia de Tucumán y a nuestros jueces y justicia de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca... y en atención a los dichos nuestro, presidentes y oidores absolvieran y dieran por libre al dicho Don Juan de Sosa y León de los delitos que se le imputaron, le restituyamos a su buen nombre y fama y honores y en consecuencia os mandamos le soltéis de la prisión en que está y hagáis se le devuelvan los bienes embargados..."

Hemos oído contar a nuestros abuelos, que a su vez lo oyeron de sus antepasados, haber conocido una modesta cruz de madera de algarrobo, cerca de donde se encuentra el polígono del Tiro Federal, que en aquellos años el pueblo la señalaban con el nombre de la "Cruz de la india Juana".-

Extractado del libro “Anecdotario: Costumbres, leyendas y tradiciones de Catamarca”.

Fuente:
http://www.catamarcaguia.com.ar/
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