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Análisis Wolfenstein The New Order



Wolfenstein: The New Order es uno de esos casos curiosos de la industria del videojuego en el que nunca se sabe muy bien si concederle un aprecio extra por el valor y la sorpresa o no. Cuando tantos jugadores pedían que se rescatase el estilo del FPS de antaño no se referían a que llegase GoldenEye rehecho entre pasillos y QTEs, sino a que algo se pareciese más a aquel GoldenEye original, una aventura que, delimitase nuestras acciones en varias fases, pero que dentro de cada una nos permitiese libertad de acción para cumplir los objetivos. Y la verdad, que fuese precisamente Wolfenstein quien diese este salto hacia atrás para renovar la fórmula, no daba mucha confianza teniendo en cuenta tanto que el original estaba completamente en otra onda (resumido rápidamente como 'Doom con nazis'), y la última entrega de 2009 es algo de lo que mejor no acordarse. Pero este nuevo estudio parece saber muy bien lo que hace.




Cualquiera lo diría de cara a las ventas, claro. Cuando ahora los grandes shooters están dejando cada vez más de lado la campaña individual y la tendencia clave es el multijugador, Wolfenstein: the New Order ofrece exactamente lo contrario, y lo único que encontraremos online es una tabla de récords entre amigos para ver quién tiene un mayor porcentaje de compleción del juego. Y aún así, saben lo que hacen en cuanto a juego se refiere. Decir que ha sabido heredar algo de Dishonored puede parecer una exageración o una sacada de contexto sólo por cómo coge los cuchillos Blazkowicz, pero se ve algo del juego de Arkane en esos escenarios llenos de posibilidades en los que sí que es cierto que nos permiten utilizar el sigilo o la fuerza bruta. No es sólo una ilusión de libertad que se terminaría por reducir a disparar con ametralladoras o con pistolas silenciadas.



Wolfenstein: The New Order ofrece una campaña larga y variada que querremos repetir, porque sí, hay muchas partes de satisfactoria acción descerebrada y una IA limitada cuando avanzamos por pasillos estrechos y los nazis sólo se ponen en línea para ser desmembrados a medida que avanzas con una escopeta en cada mano, pero en más de una ocasión nos pondrá en un apuro y podremos ver cómo las unidades enemigas se despliegan de forma inteligente por los escenarios más abiertos y te flanquean por diferentes pasillos mientras que los robots gigantes te van destrozando las coberturas con ataques frontales. De repente te hace despertar y pensar, y te hace aprender a utilizar todas las armas (pocas, pero muy diferenciadas) en cada momento. Y aunque pueda parecer que el juego hace jugar de forma algo antinatural, cumplir determinados requisitos de muertes enemigas con ciertas armas o bajo ciertas condiciones, nos va desbloqueando potenciadores y aumentos de munición para el personaje que pueden ayudar a decantar nuestra balanza entre el sigilo o la destrucción.



Y querrás repetir la campaña, no sólo para ver las diferencias en la trama tras una decisión del prólogo, sino porque estos niveles abiertos también ofrecen mucha exploración y muy bien recompensada. Quizás con indicadores de más (una vez derribados los comandantes de cada zona y conseguido el mapa, todos los items ocultos aparecen señalados en él), pero el juego alienta con acierto a que queramos descubrir los entresijos de este mundo ficticio en el que Alemania ganaba la Segunda Guerra Mundial gracias a una avanzadísima tecnología desconocida, y es ese elaboradísimo 'What if...' el que hace que queramos saber más del mundo de Wolfenstein: The New Order y no la propia historia de los personajes.

Porque el problema de este nuevo Wolfenstein es que se toma demasiado en serio para unas cosas y se desacredita él mismo con otras. Nunca se llega a meter de lleno a la hora de hablar de los horrores de la guerra, el holocausto y demás, y cuando lo intenta, parece a modo de chiste entre lunáticos y diálogos de personajes que no parece que hayan sufrido mucho por llevar años en campos de concentración. Y es más, cada vez que pretende mostrar algo supuestamente impactante, lo hace cortando el ritmo del juego. Que no está mal atender a diálogos que encaminen a una nueva misión dentro de una nueva zona, desde luego tiene que haber transiciones, pero a partir de la mitad del juego nos hacen pasar antes de cada misión por la base de la resistencia para ir de un lado a otro buscando objetos, unos por la trama y otros secundarios. Y hasta el propio Blazkowicz se ríe con un «No soy el recadero de nadie». Pero lo es. Y lo es en secciones que no harían más falta que una secuencia para hacer avanzar la trama de una misión a otra.



Pero estos pequeños pedacitos de solaz son los que en parte ayudan a ver el detalle que han puesto en este mundo en el que los nazis conquistan la Tierra entera y hasta la Luna. Detalles como ver todo el proceso de conquista a través de recortes de periódico que nos cuentan el bombardeo atómico a Norteamérica, la conquista de China o la construcción de un colosal puente entre Gibraltar y África para agilizar la invasión. Vemos Londres convertida en un montón de bloques de hormigón (o Übercemento, como aquí llaman), Berlín convertida en la capital de la ostentosidad, e incluso podemos apreciar la evolución de la propaganda motivacional y detalles como que bajo el reinado nazi, no sólo habría cambiado la tecnología y no habríamos visto muchos avances en pos de otros diferentes, sino que no habríamos tenido ni la misma música, como dejan entrever entre los secretos coleccionables del juego, con vinilos de lo que porían haber sido los Beatles o los Beach Boys bajo el régimen nazi.



Es la originalidad de un mundo tan bien construido frente al nulo desarrollo de unos personajes que no interesan mucho. Se pierde algo de interés por el camino, pero se recupera cuando después de esos parones entre capítulos nos llevan a asaltar todo tipo de bases y súperconstrucciones entre agradecidas lluvias de plomo y ese empujón a explorar cada rincón tras limpiar un área de enemigos. Una grata sorpresa, pero también un gran ejemplo de que no sólo hay sitio para los shooters que siguen la moda.
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