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Argentina:Conquistar America del Sur

Argentina:Conquista America del Sur



ATENCION:ESTO ES MUY LARGO,PERO ESTA BUENA LA INFO...IMAGINENSE QUE ARGENTINA HUBIERA LLEGADO A HACER ESTO...

El General Perón: expansionismo argentino
en la 2ª Guerra Mundial


La doctrina militar argentina ha sido una de las principales instigadoras históricas de la política expansionista platense contra el vecino del Oeste, con el consentimiento de prácticamente todos los demás movimientos políticos argentinos, dependiendo del período histórico de la respectiva controversia limítrofe que se desate. Un caso históricamente muy relevante sería propiciado por el famoso General y futuro presidente argentino, Juan Domingo Perón, cuando se propuso con todo desparpajo invadir el territorio chileno hacia 1944, según quedara confirmado con la desclasificación de archivos secretos a fines del pasado siglo.

En 1933, la Argentina fue reincorporada a la Sociedad de las Naciones, desde donde había sido retirada en 1921. El nuevo estatus que le permitió participar del foro de países mediadores en la guerra del Chaco (Estados Unidos, Argentina, Chile, Brasil, Perú y Uruguay), a pesar de que en años posteriores, también se ha sabido que Buenos Aires colaboró secretamente contra Bolivia en dicho conflicto, apoyando estratégicamente al Paraguay al ver comprometidos sus intereses en la región ante un eventual triunfo de La Paz en la contienda. Con esta creciente importancia diplomática como activo nacional, había llegado al poder el Presidente Agustín P. Justo en 1932, aunque la internacionalización aumentó los sentimientos europeístas que dominaban a la sociedad argentina, a la par de profundizar sus enemistades con los Estados Unidos.

En marzo de 1935, Santiago firmó con Buenos Aires un acuerdo que le permitía a los argentinos aproximar sus tierras interiores hacia el Pacífico a través de redes ferroviarias Zapala-Curacautín y Salta-Antofagasta, además de la ampliación de la carretera Mendoza-Los Andes. Aunque el sentido de estos acuerdos tenía un acento comercial, había fuertes motivaciones estratégicas de parte de la Casa Rosada por asimilar a Chile ampliando los sistemas aduaneros y absorbiendo la capacidad portuaria. Pero los problemas económicos del Plata comenzaron a postergar estos planes, para fortuna chilena. Quizás, estos acuerdos fueron la chispa que encendió nuevos intereses argentinos por conectar al Pacífico y vencer el bloqueo que el territorio chileno ha representando históricamente para tales pretensiones.

Terminado el Gobierno de Justo, en 1938, asumió Roberto M. Ortiz en medio de fuertes agitaciones y conflictos partidistas protagonizados por los flamantes Frente Popular de Izquierda y Frente Nacional, casi en los extremos del espectro político, luego de disuelto el Partido Comunista. El inicio de la Segunda Guerra Mundial sorprendería al Plata en este duro transe, declarándose completamente neutral en 1939. El 3 de julio de 1940, asumiría la Presidencia don Ramón Castillo, cuando la entropía política alcazaba otro pico, haciéndole imposible gobernar sin recurrir continuamente al estado de sitio, y sin lograr impedir que, el 3 de junio de 1943, fuese depuesto por el General Arturo Rawson. Tres días más tarde, asume el mando el General Pedro Pablo Ramírez.

Pero no paró allí el descalabro moral, militar y político de la Argentina. En febrero de 1944, Ramírez es depuesto por el General Edelmiro Farrell Balcarce, en medio de un caos agobiante y de un colapso total del sistema administrativo público. Farrell colocó a su mano derecha, el General Juan Domingo Perón, en la vicepresidencia, pasándolo al Ministerio de Guerra. Situados frente a un momento crucial tanto internamente como ante el resto del mundo por los hechos de la Segunda Guerra, los militares argentinos estimaron que debían definitivamente jugarse un lado del arco. Y así, el General Farrell buscó por todos los medios mantener su acercamiento con el Tercer Reich, antes y durante la guerra, profundamente influido por Perón, quien apostó al triunfo germano y, según se especula, hasta ofreció a los estadistas alemanes invadir por su propia iniciativa los demás países de Sudamérica, empezando por Chile, para luego adherirse a la causa del Eje.

No les fue tan bien a la dupla Ferrell-Perón en sus intentos por seducir a la Europa fascista, sin embargo. El gobierno alemán, aunque les apoyaba mientras no rompieran relaciones con el Eje, nunca tomó en serio las proposiciones expansionistas ni el deslizamiento ambiguo de ofertas de alianza, lo que ofendió a más de uno de los soberbios militares argentinos. Sin embargo, el terco Perón redobló su deseo garantizarse la hegemonía argentina en Sudamérica y procurar mantener una conveniente distancia de Estados Unidos y de sus intereses, país del que era un abierto opositor, al menos en un principio, pues más tarde se haría uno de los principales buscadores de un acuerdo con los yanquis.

Se recordará que unos años antes, Estados Unidos presionó casi despiadadamente a Chile y Argentina para que rompiesen con el Eje, haciendo que ambos países fuesen identificados en el concierto internacional como dos bastiones de apoyo al fenómeno nazi-fascista en América Latina y el mundo, según veremos más abajo.


El siniestro Grupo
de Oficiales Unidos (GOU)


La base expansionista del movimiento iniciado por el General Perón, sin embargo, partía del convencimiento de que ninguna nación llega a ser potencia mundial sin tener acceso al menos a dos océanos, y de ahí su interés de extender la soberanía argentina hasta el Pacífico, pasando por sobre Chile. Su estrategia era similar a la de Mitre, hacía un siglo atrás, al fomentar en parte sentimientos aliancistas y conciliadores entre ambas repúblicas, pero para provecho exclusivamente ligado al interés argentino. En este caso, la idea era agitar a los círculos militares de los demás países sudamericanos promoviendo alzamientos y rebeliones, como había ocurrido en Bolivia el 20 de diciembre de 1943, golpe que colocó en el Palacio Quemado a Gualberto Villarroel y a las fuerzas políticas del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Víctor Paz Estenssoro, mala copia del nazismo germano que había llegado al ridículo de plagiar parte de los textos del programa de gobierno del partido nacional socialista alemán para presentarlo como suyo en junio de 1942.

Para poder extender esta red funcional por los cuarteles de América Latina, sin embargo, Perón debió idear algún tipo de organización acorde a estos objetivos y que pudiera trabajar paralela a los cuadros de mando militares, sin llegar a confrontarlos. Asimismo, para cumplir con los señalados propósitos, actuaría en compañía y apoyo de una suerte de cofradía militar integrada por los "gorilas" más duros entre los uniformados, profundamente enemigos del poder político civil, autodenominado Grupo de Oficiales Unidos o GOU, en otras ocasiones llamado también GMU (Grupo de Militares Unidos), o simplemente Oficiales Unidos, que extendió sus redes sobre todos los países vecinos, pero siempre fue liderado por uniformados argentinos e incluso altos miembros de la Armada de ese país. De esta manera, los contactos del GOU se extendieron eficazmente por casi toda Sudamérica.

Pero el grupo no era solamente otro de los comunes y frecuentes clubes militares argentinos asociadas al "gorilismo" y a las conspiraciones de asalto al poder. Formados en la oscuridad y el ostracismo de los cuarteles desde antes de la llegada de Farrell a la Casa Rosada, hacia principios de 1943 emergieron de los regimientos convencidos de que el conflicto del Viejo Mundo iba a reordenar el mapa planetario y la Argentina debía tomar posiciones al respecto. Algunos historiadores les asignan una inspiración nazista, basados en el apoyo secreto entre el Gobierno argentino y el régimen alemán. Sin embargo, el fundamento militarista argentino que había visto la luz en el GOU tenía más bien una relación emuladora con el fascismo italiano, tal vez por la vieja relación cultural entre Italia y Argentina, sin grandes propuestas filosóficas o de reordenamiento social como sucedía en el caso del Tercer Reich, sino más bien aspiraciones de carácter político y militar, donde el retorno del poder político a manos de los uniformados figuraba como primera y explícita prioridad.

En la declaración de principios del GOU aparentemente redactada por el propio Perón o bajo su supervisión, su "Manifiesto Secreto" ("secreto" en la parafernalia argentina, porque en la práctica no lo fue tanto y llegó rápidamente a la Superioridad Militar de Chile por la vía oficial), fechado el 3 de mayo de 1943, se lee -entre una plegaria de alabanzas a la Argentina- que la guerra mundial en curso iba a establecer un nuevo orden de poderes y bloques, con Alemania en el control de Europa y Estados Unidos en América. Sudamérica necesitaba, por lo tanto, de una nación monitora para este nuevo orden, y sólo Argentina y Brasil podían disputarlo, por lo que era imperioso garantizárselo al Plata a la brevedad posible. Decía dicha proclama (los destacados y subrayados son nuestros):

"Camaradas:

La guerra ha demostrado palmariamente que las naciones no pueden ya, defenderse solas. De ahí el juego inseguro de las alianzas, que mitigan, pero no corrigen el grave mal. La era de la Nación va siendo substituida paulatinamente por la era del Continente. Ayer los feudos se unieron para formar la nación. Hoy, las naciones se unen para formar el Continente. Esa es la finalidad de esta guerra.

Alemania realiza un esfuerzo titánico para unificar el continente europeo. La nación mayor y mejor equipada deberá regir los destinos del continente. En Europa será Alemania.

En América del Norte la nación monitora por un tiempo será Estados Unidos.

Pero en el sur no hay nación lo suficientemente fuerte para que sin discusión se admita su tutoría. Sólo hay dos que podrían tomarlas: Argentina y Brasil.

Nuestra misión es hacer posible e indiscutible nuestra tutoría.

La tarea es inmensa y llena de sacrificios. Pero no se hace patria sin sacrificarlo todo. Los titanes de nuestra independencia sacrificaron bienes y vida. En nuestro tiempo, Alemania ha dado a la vida un sentido heroico. Esos serán nuestros ejemplos.

Para realizar el paso que los llevará A UNA ARGENTINA GRANDE Y PODEROSA, DEBEMOS APODERARNOS DEL PODER. Jamás un civil comprenderá la grandeza de nuestro ideal, habrá pues, que ELIMINARLOS DEL GOBIERNO Y DARLES LA ÚNICA MISIÓN QUE LES CORRESPONDE: TRABAJO Y OBEDIENCIA.

Conquistado el poder, nuestra misión será ser fuertes: MAS FUERTES QUE TODOS LOS OTROS PAÍSES REUNIDOS. Habrá que armarse, ARMARSE SIEMPRE, venciendo dificultades contra las circunstancias interiores y exteriores. La lucha de Hitler en la paz y en la guerra nos servirá de guía. Tenemos ya al Paraguay; TENDREMOS A BOLIVIA Y CHILE. Con la Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile nos será fácil presionar al Uruguay. Luego, las cinco naciones unidas atraerán al Brasil, fácilmente, debido a su forma de gobierno y a grandes núcleos de alemanes. Entregado el Brasil el continente sudamericano será nuestro. NUESTRA TUTORÍA SERÁ UN HECHO, un hecho grandioso, sin precedentes, realizado por el genio político y el heroísmo del Ejército argentino.

¿Mirajes? ¿Utopías? Se dirá. Sin embargo, dirigimos de nuevo nuestras miradas hacia Alemania. Vencida se le ve firmar en 1919 el Tratado de Versailles que la mantendría bajo el yugo aliado en calidad de potencia de segundo orden por lo menos cincuenta años. En menos de veinte años recorrió fantástico camino. Antes de 1939, estaba armada como ninguna otra nación y en plena paz había anexado a Austria y a Checoslovaquia. Luego en la guerra se plegó a su voluntad la Europa entera. Pero no fue sin duros sacrificios. Fue necesario una dictadura férrea para imponer al pueblo los renunciamientos necesarios al formidable programa. Así será en Argentina.

Nuestro Gobierno será una dictadura inflexible aunque al comienzo hará concesiones necesarias para afianzarse sólidamente. Al pueblo se lo atraerá, pero FATALMENTE TENDRÁ QUE TRABAJAR, PRIVARSE Y OBEDECER. Trabajar más, privarse más que cualquier otro pueblo. Sólo así podrá llevar a cabo EL PROGRAMA DE ARMAMENTO INDISPENSABLE PARA LA CONQUISTA DEL CONTINENTE. El ejemplo de Alemania: por la radio, y por la educación se inculcará al pueblo el espíritu favorable para emprender el camino heroico que se le hará recorrer. Sólo así llegará a renunciar a la vida cómoda que ahora lleva. Nuestra generación será una generación sacrificada en aras de un bien más alto: LA PATRIA ARGENTINA, QUE MÁS TARDE BRILLARÁ CON LUZ INIGUALABLE EN BIEN DEL CONTINENTE Y DE LA HUMANIDAD ENTERA.

¡Viva la Patria! ¡Arriba los corazones!"

De aquí se entiende, entonces la aflijida desesperación de Perón por llegar al Pacífico, resucitando con el tiempo todas y cada una de las reclamaciones argentinas en territorio chileno que habían quedado bajo tierra: Beagle, Palena, Laguna del Desierto, Antártica, etc.

En otra sincronía con personajes como Bartolomé Mitre, el General Perón también había estado residiendo en Chile antes de darse al frenesí de la expansión territorial, en su caso no como exiliado, sino como agregado militar argentino, ocasión en la que fue tratado como un amigo más a pesar de haberse visto involucrado en oscuros escándalos en Talcahuano y en el intento de robo planos militares con el famoso escándalo de espionaje argentino en Chile en 1938. Esta proximidad le permitiría contar con elementos simpatizantes en las Fuerzas Armadas chilenas para los objetivos del GOU.


Gestación de un plan para invadir Chile.
Las rupturas con el Eje

Poco antes de ser derrocado, el Presidente Ramírez había comenzado a tomar la senda de la ruptura argentina con los países del Eje, declarándola el 26 de enero de 1944. Pero tan pronto asume Farrell, las relaciones fueron restauradas y la política antinorteamericana no se disimuló en lo absoluto, haciendo que Perón alcanzara de inmediato un protagonismo abismante. La embestida de los Estados Unidos contra esta voltereta sería feroz.

A la sombra de Perón operaba un formidable aparataje, en uno de los más largos y oscuros episodios de la historia argentina, en donde tuvo participación la más insólita cantidad de personas, incluyendo algunos chilenos de dudoso prestigio y, por supuesto, la figura de la actriz Eva Duarte, su futura esposa, una mujer que a pesar de ser venerada como una verdadera santa en la sociedad argentina, manifestó reiteradas carencias de escrúpulos, un sorprendente afán de venganza y hasta participó de hechos reprochables que no nos corresponde traer a colación, aún cuando tuvieron incidencia en los acontecimientos que relatamos y se sospeche de su secreta voluntad tras la mayoría de las decisiones tomadas por el duro general argentino.

En tanto, las cosas en Chile no marchaban por buen camino. Un reducido intento revolucionario del 5 de septiembre de 1938, había culminado en una de las más repugnantes y espantosas masacres de la historia local, en el edificio del Seguro Obrero, donde 59 muchachos nacional socialistas partidarios de la Alemania Nazi, más dos funcionarios públicos que fueron confundidos como parte de la revuelta, acabaron asesinados por oficiales de seguridad pública y por un extraño civil que parecía dirigirlos, en una matanza espeluznante que salpicó con la sangre de la responsabilidad a altas autoridades de la época, incluyendo el propio Presidente Arturo Alessandri Palma, próximo a terminar su mandato. Como se estaba en pleno período electoral y se le señalaba implicado con el conato nacionalista, el General Carlos Ibáñez del Campo bajó su candidatura y los nacionalistas entregaron su apoyo al candidato del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda. Su triunfo frente al oficialista Gustavo Ross Santa María, ex ministro de Alessandri, resultó tan estrecho que no hay duda de que fueron los nacionalistas chilenos los que lograron llevarlo a La Moneda, permitiendo la primera conquista del poder por parte de las fuerzas populares en Chile.

El clima generado por las circunstancias políticas al estallar la guerra, entonces, no eran del todo favorable al interés de los Aliados, sino más bien de la Alemania, país con más de un vínculo en la realidad histórica chilena. Los cines se convirtieron en focos de riñas cuando los de uno u otro bando se manifestaban en las proyecciones a favor o en contra de las noticias traídas a las salas antes de cada función, con el desarrollo de la guerra. Y en su interés por no distanciarse de los países del Eje, varios chilenos incautos, algunos de ellos prestigiosos políticos y militares, solidarizaron ingenuamente con la bandera de batalla del GOU y de Perón. Ello, a pesar de que en una carta al adicto chileno Coronel Silvestre Urízar, fechada el 6 de abril de 1944, el propio Perón le dice confesando las mismas pretensiones bioceánicas estratégicas de la Argentina que un siglo antes profesaba Domingo Faustino Sarmiento, respecto de que "Un país no puede ser verdaderamente grande si no cuenta con dos océanos por lo menos".

Dado el ambiente de desorden e intervencionismo que estaba dominando al continente, Chile y otros países llamaron a la III Conferencia Consultiva de Cancilleres, que se realizó en Río de Janeiro entre el 15 y el 28 de enero de 1942. Todos los países asistentes acordaron romper sus relaciones exteriores con los países del Eje, y pusieron su mirada inquisitiva inmediatamente sobre los "germanófilos": Argentina y Chile. El 8 de octubre, el Subsecretario de Estado norteamericano, Summer Welles, acusó formalmente a ambos países de permitir actividades hostiles del Eje, y el Presidente Franklin Délano Roosevelt respaldó después estas denuncias. El aislamiento de ambas repúblicas en el continente comenzó a hacerse total, entonces.

Coincidió que, desde poco antes de la súbita muerte del Presidente Aguirre Cerda, un poderoso grupo periodístico chileno denominado "Prensa Aliada" unía fuerzas desde el liberalismo y parte de la izquierda para presionar al Gobierno interino del vicepresidente Jerónimo Méndez para romper con Alemania, quien se excusaba de hacerlo alegando su carácter de gobernante provisorio. El ambiente envenenado por las cuestiones internacionales se trasladó, así, hasta la sociedad chilena. Un hecho literalmente caído del cielo les llegó a los defensores de los aliados en Chile, cuando el 13 de marzo de 1942, faltando menos de un mes para que Juan Antonio Ríos asumiera la presidencia, el submarino alemán U-404 hundió al transporte chileno "Toltén" de la Compañía Sudamericana de Vapores, unas 30 millas de New York y mientras procedía desde Baltimore para hacer escala en su ruta a Europa. Murieron 27 personas en este desastre del que han corrido cantidades de especulaciones, especialmente por el hecho de que el vapor neutral navegaba imprudentemente con sus luces apagadas por exigencia norteamericana, convirtiéndose automáticamente en una nave sospechosa a los ojos de los alemanes, como lo demuestra en su estudio "¿Quién hundió al Toltén?" el Comandante Kenneth Pugh Gillmore en la "Revista de Marina" Nº 878 de enero-febrero 2004, lo que arrastra sobre este transporte chileno la misma clase fama negra que pesa sobre incidentes de guerra naval como el "Maine" y el "Lusitania".

Se comprenderá el ambiente de indignación y agresividad en que encontró Ríos al país al llegar a La Moneda el 2 de abril siguiente. Su pensamiento militante del radicalismo chileno no le permitía confiar aún en Washington, y su proximidad con la colonia alemana en Chile, en parte por el origen de su esposa, tampoco le hacían fácil pensar en entregar con tranquilidad los intereses del país a la causa aliada. De hecho, durante su administración llegó a emitir algunas amenazas a la Casa Blanca por la presencia de sus submarinos en el Sur de Chile y parece existir evidencia de misteriosos desembarcos de alemanes fugitivos que llegaron a costas chilenas en submarinos, también en territorio del Sur, al final de la guerra. Por la ruptura se inclinaban insistentemente los ministros Raúl Morales Beltramí (Interior), Ricardo Matte (Hacienda) y Oscar Schnacke (Fomento); mientras que el propio Presidente Ríos y el Canciller Ernesto Barros Jarpa, antes de ser relevado por Joaquín Fernández y Fernández, representaban el ala de resistencia a la ruptura dentro del Gobierno. Sin embargo, con la enorme gritadera hábilmente manejada por la "Prensa Aliada" totalmente ignorante de los pormenores de la tragedia del "Toltén", Ríos no tuvo más remedio que dar curso al corte de relaciones con el Eje tras una vertiginosa sesión del Senado del 19 de mayo, ratificándola al siguiente día y en una nueva declaración hacia el 20 de enero del año siguiente.

Pero, a pesar de la ruptura, secretamente buena parte de la población militar y civil chilena no compartía esta decisión y continuaba desconfiando de los Estados Unidos, percibiendo claramente la imposición de los aliados en las cuestiones latinoamericanas. Inclusive, la declaración de guerra por parte de Chile hacia los países del Eje logró ser postergada hasta el final del conflicto, en abril de 1945. Mientras, algunos continuaban esperando revertir con ansias esta situación cuando la ocasión permitiera. Aparentemente, la presencia de la colonia germana en Chile, porcentualmente superior los demás países del continente por su proporción con la población local, había generado una serie de suspicacias entre los países aliados protagonistas de estas presiones diplomáticas.

El escritor chileno Miguel Serrano, por ejemplo, cuenta en sus "Memorias de Él y Yo" cómo intentó convencer hasta el último instante y casi con el lápiz para firmar la ruptura en la mano, al Canciller Fernández y Fernández, su tío, buscando hacerle desistir de esta decisión que el Presidente Ríos había tomado también en contra de su propia voluntad, al punto de ser varias veces acusado de "germanófilo" por los partidarios de la ruptura. Además, Estados Unidos había publicado en Chile incluso las siniestras "listas negras", donde aparecían importantes figuras de la época señaladas como individuos peligrosos proclives al Eje, como Carlos Keller, Jorge González von Marées y el propio Serrano.

En medio de este clima incendiario, hacia mediados de 1943 los grupos nacionalistas chilenos comenzaron a acoplarse al interés de los militares por provocar una ruptura y tomar el poder restaurando las relaciones con el Eje, golpe planificado en un principio para el primer semestre de 1944. Tendría características parecidas a otros conatos revolucionarios del nacionalismo, como el intento 1938, el levantamiento del General Oriosto Herrera en agosto del año siguiente o el del Coronel Ramón Álvarez en 1941. Un apoyo logístico y estratégico prometido en reserva desde la Argentina, sin embargo, debía haber parecido ahora una carta de triunfo ante la desesperación de los nacionalistas chilenos. Se ha especulado mucho que entre estos rebeldes habrían estado importantes figuras políticas de la época, como el ilustre estadista Jorge Prat Echaurren y el anciano ex Presidente Luis Barros Borgoño, fallecido justo por esos días en que se gestaba la rebelión, en julio de 1943. La idea era deponer al Presidente Ríos y colocar una Junta que restaurara del inmediato las relaciones con Alemania, Italia y Japón para proceder a buscar una sólida alianza de resistencia con la Argentina, como la ofrecían ladinamente los agentes de Perón y del GOU. No obstante, no había un ánimo particular contra Ríos, pues ya era un secreto a voces que las presiones diplomáticas le habían obligado a torcer el brazo.

En el seno de las andadas conspiracionales, agentes chilenos ligados al GOU lograron establecer así los vínculos directos con Perón y con las intenciones de su oficialidad de formar un frente de resistencia en el Cono Sur de apoyo al Eje, no sabemos si ignorando realmente que este propósito sólo era el primer peldaño del General en su proyecto de expandir a la Argentina sobre las costas chilenas. Esto sucedía bajo cuerdas cuando todavía gobernaba Ramírez en el país platense. Lo único cierto es que suponía que un alzamiento similar al que había tenido lugar en Bolivia iba a caer también sobre en Santiago. Como era de esperar, Perón corrió a ofrecer ayuda militar y asistencia a los conspiradores.

Se podría haber creído sinceramente en la voluntad argentina de ayudar a Chile en aquellos difíciles y peligrosos momentos. Sin embargo, conforme avanzaron los días de 1944, el camino se vuelve oscuro y difuso, resultando imposible determinar con claridad qué ocurrió, a partir de los escasos documentos históricos con que se cuenta para rearmar este episodio. Los nacionalistas se replegaron y los militares parecieron volver tranquilamente a los cuarteles. El mentado golpe no ocurrió y lejos de aparecer alguna clase de ayuda desde Buenos Aires, veremos que la Casa Rosada protagonizó su propia ruptura con el Eje ese mismo año, desarrollando desde ahí en adelante una política que incluso llegó a tener rasgos de zalamería con el otrora despreciable y odiado "enemigo" de los Estados Unidos, país que parece haber sido el causante del aborto de estos planes golpistas.

Tendrían que pasar más de cincuenta años para saber lo que realmente había ocurrido.


Chile al borde
de una invasión militar en 1944


Todo este vacío de información cambió drásticamente a partir de 1997. Archivos desclasificados por el FBI y la CIA norteamericanas, aportaron un colosal registro sobre lo que estaba sucediendo realmente en esos días, dando cuenta que la inteligencia de los Estados Unidos ya estaba al tanto de que Argentina planeaba un ataque militar directamente sobre la zona de Magallanes, ascendiendo al Norte y tomando control de todo el Sur Chile cuanto menos. Esta estrategia era la misma que planeaban usar más de treinta años después, a propósito del conflicto del Canal Beagle.

La excusa platense para esta acción vil y artera no iba a ser otra que la de "apoyar" a los golpistas chilenos, pero en realidad aprovechando que los militares tendrían las fronteras prácticamente abiertas una vez iniciada la asonada y ocupados de las complicaciones de un alzamiento para penetrar el país, tomar control de los territorios estratégicos y probablemente instalar un gobierno afín a los intereses del Plata en la región. Según esperaba Perón, los militares y revolucionarios chilenos -encantados con sus falsos ofrecimientos- permitirían en el caos que los militares argentinos ingresaran a Chile, especialmente en la zona austral y del Beagle, por su valor estratégico.

La documentación confidencial de los norteamericanos asegura, además, que a principios de 1944, las fuerzas militares de Perón estaban peligrosamente cerca de la frontera, concentradas en río Gallegos y esperando la orden de atacar Punta Arenas y Puerto Natales, tomando posesión del Estrecho de Magallanes. Otro grupo esperaba en Mendoza la hora de penetrar la cordillera a la altura de la ciudad de Los Andes. Precisamente en esos días se había acordado realizar en Santiago y sin más dilación el alzamiento, con la expectativa de recibir el apoyo militar prometido por los "camaradas" argentinos.

A pesar de todo, el Presidente Ríos siguió terco como un roca y jamás se dejó seducir por las ofertas de integración y fuerza común de Perón ni de Farrell. Hoy sabemos que la Casa Blanca había advertido oportunamente al Gobierno chileno del peligro que asechaba. A la sazón, la Argentina continuaba insinuando relaciones amistosas a La Moneda, mientras subterráneamente preparaba su azote confiando en la inminente rebelión de los militares, los nacionalistas y los conservadores. Algunos archivos hablan incluso de la fecha precisa: el 15 de febrero de 1944. Nosotros tenderíamos a pensar, sin embargo, que la fecha era más bien el día anterior, por corresponder al aniversario de la reincorporación de Antofagasta en 1879, de alto valor histórico en la tradición de las Fuerzas Armadas de Chile.

Las postergaciones sucesivas a la asonada que debía tener lugar en enero, permitieron que Farrell y Perón, al conquistar el poder en marzo siguiente, pudieran comenzar a gestar desde el propio gobierno una intervención en Chile, aunque siempre entre las sombras. Como hemos dicho, se valían inteligentemente de algunos oficiales y autoridades que manifestaban posiciones de rebeldía hacia los Estados Unidos. No obstante la fractura con el Eje, es casi seguro que la mayoría de ellos desconocía por completo las reales intenciones de la oficialidad argentina, de atacar las demás naciones y disolver sus fronteras asimilándolas en una expandida Nueva Argentina del "Manifiesto" del GOU.

La cuenta estaba en regresión después de aquel verano. La tensión de los pocos que sabía lo que iba a ocurrir, debe haber sido angustiante esos días, especialmente para Ríos y Fernández, que habían quedado entre la espada y la pared por el eco de un conflicto internacional. Estados Unidos, en una reacción final por aplastar las intenciones de Farrell y Perón, redoblando la presión sobre Argentina y buscando provocar la ruptura e incluso la caída del flamante Gobierno. Hacia mediados de año, la Casa Rosada ya ni siquiera esperaba la asonada golpista que supuestamente sacaría a Ríos del poder, sino que planificaba lisa y llanamente la invasión con o sin el consentimiento de los conspiradores, urgido Perón de resolver la necesidad de la expansión al Pacífico antes de que Estados Unidos lograra frustrar sus planes,

Finalmente, agobiado por el incesante martillar norteamericano y por la evidencia de que los países del Eje estaban cada vez más lejos del triunfo bélico, Perón también se retractó y Farrell, sin otra salida, acató la ruptura con los enemigos de los Aliados, haciendo naufragar todos los expansionistas que veían en Chile la salida definitiva al Pacífico. Parte de la decisión se debió, también, al agobiante estado de la administración política argentina y a las rupturas entre los propios militares duros, demasiado ambiciosos y desconfiados como para preservar cualquier clase de cofradía.

Chile estuvo, así, al borde de una invasión militar argentina durante varios días de 1944, especialmente entre los meses de junio a agosto, lo que hubiese significado un completo desastre, de proporciones inmedibles, pues se recordará que por aquellos años el país vivía una gravísima crisis de abastecimiento militar, que lo dejaba virtualmente expuesto a cualquier agresión extranjera.

Aparentemente, la eficacia de las presiones contra la Casa Rosada y la sospecha de que los Gobiernos de Estados Unidos y de Chile ya estaban al tanto de los detalles del plan golpista, había abierto los ojos a los conspiradores obligándoles a postergar las cuestiones golpistas otra vez, en esta ocasión definitivamente. Lo que, como hemos dicho, no fue óbice para que Perón siguiera delante con sus planes de expansión, pues Buenos Aires se negó a resignarse con renunciar a las aspiraciones territoriales sobre suelo chileno que había estado tan cerca de satisfacer.

Respecto de lo anterior, el embajador norteamericano Claude Bowers escribía urgentemente al Presidente Franklin D. Roosevelt, el 20 de junio de 1944, que la capital chilena podía estar cerca de ser bombardeada desde Mendoza. Hoy se sabe, además, que se habría organizado una secreta red de espías e instigadores infiltrados en las Fuerzas Armadas de Chile, incluso desde los tiempos del Gobierno de la Alianza Popular de Aguirre Cerda. Tan grave era la situación de Chile que, de hecho, el Canciller Fernández y Fernández, pidió al Ministro Hull cooperación bélica de los Estados Unidos para cuando se concretase la invasión argentina, dando una dramática voltereta a la la política que hasta entonces había sostenido el Presidente Ríos y que le valiera el anatema de "germanófilo". Todo por culpa de la insufrible posición en la que el expansionismo de la Argentina había puesto al vecino.

A su vez, un informe del agregado naval de los Estados Unidos en Chile, del 5 de agosto de 1944, también desclasificado décadas más tarde, señalaba que algunas autoridades entreguistas del Gobierno de Chile partidarias de la ruptura con Alemania, habían llegado a extremos humillantes en su deseo de evitar el conflicto, ofreciendo a Argentina fallos internacionales y hasta una isla de regalo, la Nueva, a cambio de la desmilitarización de la zona magallánica y de la renuncia de Argentina a sus pretensiones sobre el Canal Beagle.

Obviamente, y como no podía ser de otra manera, la respuesta fue un rechazo instantáneo, pues la ambición era mucho mayor. Por fortuna, los entreguistas fueron desplazados y el Gobierno de Ríos logró contenerlos, bloqueando cualquier intento de entendimiento con la Argentina basado en transacción de territorios.

Los archivos desclasificados
de la CIA sobre Perón


Como hemos dicho, los Archivos Desclasificados del FBI entre 1996 y 1997, aportaron abundante material sobre los planes de Perón para provocar la rebelión nacionalista en Chile y aprovechar las circunstancias para la invasión. Una acción traicionera que, afortunadamente, no llegó a concretarse, por no haber tenido oportunidad. Algunos de estos informes involucraban textos de mensajes enviados por el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, como vimos, lo que demuestra que el Gobierno estaba en conocimiento de las intenciones de Perón.

Siendo el Presidente Ríos tan adverso a la política de los Estados Unidos, resulta, por lo tanto, toda una paradoja que haya resultado ser precisamente esa la nación que logró evitar la agresiva invasión del supuesto aliado natural y vecino estratégico de Chile: la Argentina. Algo digno de meditar, considerando también cómo años más tarde, la infame agresión argentina contra Chile en el Canal de Beagle acabó empujando a este país al lado de los intereses británicos sobre islas Falkland o Malvinas en lugar de los del vecino, durante la guerra de 1982.

A partir de octubre de 1997, la revista chilena "Qué Pasa" publicó una colección de reportajes especiales con la información desclasificada por el FBI, incluyendo una edición titulada "Los Planes de Perón para Dominar Chile" (serie "Los Archivos Secretos del FBI Sobre Chile", Capítulo V) donde aborda el tema. A continuación, reproducimos algunos extractos, tomados de los cuerpos de textos de los archivos del FBI referidos a los planes de Perón:

"Fui informado por el agregado legal de La Paz que había recibido un informe del FBI que señalaba lo siguiente: 'Rumores en Bolivia sobre una revolución similar que ocurrirá dentro de dos semanas en Chile...'." (Telegrama enviado por el Secretario de Estado Norteamericano Cordell Hull a través del Embajador de EE.UU. en Chile a las autoridades chilenas, el 22 de diciembre de 1943, advirtiéndoles de la asonada planificada desde Argentina).
"...Argentina está fervorosamente preparándose para la guerra. De eso no hay duda, porque la afirmación ha sido hecha en conversaciones entre seguidores de Perón y la gente en el poder en Argentina... ansían la dominación del continente desde ese país". (Carta del Embajador de EE.UU. en Chile, Claude Bowers, al Presidente Roosevelt, el 20 de junio de 1944).

"Recientemente traté el tema con autoridades del gobierno chileno en cuanto a si podían contar con nuestro apoyo en caso de que Chile fuese atacado por el actual régimen argentino. Le dije a Fernández que en caso de hacer la petición, Chile podría contar con nosotros..." (Carta secreta del Embajador Bowers al Presidente Roosevelt, el 12 de agosto de 1944).
"Las muestras de amistad hacia la oficialidad chilena han sido acompañadas por actividad militar argentina sin duda dirigida contra Chile. Las tropas andinas que desfilaron en Buenos Aires están estacionadas en la frontera de los Andes a la altura de Mendoza. Se están construyendo nuevas barracas del Ejército cerca de territorio chileno en Mendoza y la Patagonia. Además, se han destinado grandes sumas de dinero para la construcción de nuevos caminos en Mendoza. Esta técnica de ofrecer simultáneamente amistad y agresión militar, es ahora un método clásico de los regímenes totalitarios, no sin efectos". (Comentarios vertidos en un informe confidencial emitido por el Secretario de Estado Norteamericano, Cordell Hull, a la Casa Blanca, a mediados de 1944).
"...Sus primeros planes (de Perón) contemplan Uruguay, Chile, Paraguay y Bolivia. Por razones geográficas, Chile está en mayor peligro y bajo amenaza. No posee aviones de guerra para poder defenderse y la ciudad de Santiago podría ser bombardeada con facilidad desde Mendoza, pues Argentina tiene desde 1938 una gran cantidad de aviones bombarderos". (Fragmento de nota confidencial del Embajador Bowers al Presidente Roosevelt, el 20 de junio de 1944).
"Existen dos posibles soluciones: o se llega a un acuerdo para que (Chile) le entregue acceso al Pacífico a Argentina, o que continúen separados, y se preparan para una eventual guerra para asegurarse los fines necesarios". (Extracto de una declaración de Perón durante un discurso ante el Ejército Argentino, reproducida en uno de los informes secretos de 1944 emitidos por el Departamento de Estado de EE.UU. aquel mismo año).
Aquella negra página de Perón develada por estos informes de inteligencia, fue superada con el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Pero como sudece con todos los afanes expansionistas no satisfechos, sólo fue momentáneamente.

El expansionismo, fruto de la experiencia, tomaría ahora un nuevo rostro, que ya corresponderá a otra historia.


Gestación del complot
de las "Patitas de Chancho" en 1948

Terminada la Segunda Guerra, el resquemor contra los resultados del conflicto y contra el triunfo aliado persistió en Chile por lagos años, además de las intenciones de reestablecer un iluso frente de resistencia diplomática junto a la Argentina, ante el nuevo orden mundial que los países ganadores estaban estableciendo con su repartija planetaria post Conferencia de Yalta. Tenían razón, pues previeron que la polarización Estados Unidos-Unión Soviética iba a conducir a una situación de tensión inevitable en América y todo el resto del mundo, la que en años posteriores sería llamada "Guerra Fría".

Sin embargo, las desconfianzas hacia Perón se habían multiplicado mucho más de lo experimentado después del escándalo de espionaje de 1938, dados los rumores que circulaban sobre sus verdaderas intenciones tras el apoyo a los revolucionarios de 1944. El General argentino sabía de esto y, a la par de planificar su llegada a la Presidencia de la República, reformuló su aspiración de intervención contra Chile, esta vez valiéndose de los elementos argentinistas del mundo militar santiaguino, no sólo para servir como enlaces o nexos, sino directamente para actuar como saboteadores en favor del interés argentino de expandirse urgentemente hacia el Pacífico.

En 1946, apoyado por los "descamisados" de la Confederación General del Trabajo y fruto de una maquinación electoral siniestramente montada desde hacía tres años, Perón llegó a la Presidencia de la República Argentina de la mano de Eva Duarte, o Evita Perón de ahí a la posteridad. Convencido de que la invasión a Chile sólo llegaría a éxito si era dosificada y no realizada de un sólo golpe, tras el fracaso del año 1944, procuró casi de inmediato múltiples invasiones en toda la frontera con Chile y construyó una notable red de puestos fronterizos, fábricas de armamentos y hasta nuevas carreteras para movilización de tropas, correspondientes hoy a las rutas entre Jujuy y Gallegos, y la de Río Grande y Ushuaia. De sus conceptos de antaño donde Chile era una nación suficientemente "blanca" para postular a la fusión con el elemento argentino (?), los chilenos pasaron a ser enemigos "naturales" de la Argentina y muchos episodios de expulsiones arbitrarias e injustificadas tendrán lugar en aquellos años, contra inmigrantes chilenos acusados de "pungas" (ladrones, carteristas).

Astuto y buen conocedor de la mentalidad simplista del chileno, Perón logró convencer al Presidente Gabriel González Videla de restaurar el sistema de "cordillera libre" que había imperado entre ambas naciones entre 1856 y 1866. Mientras, secretamente movilizaba a sus fuerzas del GOU para establecer nuevos reclutas entre los militares descontentos con La Moneda. El tratado de apertura comercial de fronteras fue firmado el 13 de diciembre de 1946 por el Enviado Extraordinario Jaime Larraín García-Moreno.

Cegados por los dogmas americanistas que creyeron cumplir con estos acuerdos, el tratado en proyecto fue ampliamente celebrado por la clase política chilena. Sólo algunos uniformados visionarios y de extraordinarios dotes, como el ilustre General de División Ramón Cañas Montalva, experto y avezado estratega y uno de los pioneros en los estudios de la geopolítica, advirtieron lo que se venía encima. No es casual que Cañas Montalva haya sido, precisamente, uno de los que reveló los verdaderos planes de Perón, cuatro años antes, casi al borde del alzamiento contra Juan Antonio Ríos, llamando desesperadamente a la cordura de sus camaradas, según lo han reconocido algunos de ellos en años posteriores. Ahora, convertido en el Comandante de la II División del Ejército, escribiría en un elocuente informe fechado el 27 de julio de 1947 para el mandatario, estas extraordinarias líneas:

"La frontera abierta sólo dejará de ser un peligro cuando la franquicia corresponda a naciones o zonas perfectamente equilibradas por su potencial".

"Nuestras concesiones no pueden prestarse a incrementar nada que favorezca en mayor proporción el crecimiento de la Patagonia actualmente argentina, sin antes asegurar la nacionalidad, vitalidad y progreso de provincias como Chiloé, Aysén, Magallanes y Territorio Chile-Antártico, desarrollo que debe buscarse en preferencia en directa relación con el resto del país y la política del Pacífico".

"Si ha sido la "hermandad" el espíritu que ha orientado a la Argentina en estos últimos propósitos al parecer progresistas, ¿a qué obedece la etapa de "extrema militarización" operada en Patagonia, con anterioridad a la de la "frontera o cordillera libre" que ahora, a renglón seguido, propicia?".

Estas palabras resultaron tan reveladoras, que abrieron de un sólo chispazo los ojos a González Videla, haciéndose postergar el acuerdo de "cordillera libre". La noticia cayó como bomba en el Presidente Perón, cuyo afán expansionista no tardaría en mezclarse con su sed vengativa, al ver perjudicados los intereses de su patria por el retroceso de La Moneda.

Pasaron los meses. En septiembre de 1948, el antes citado escritor chileno y por entonces articulista del diario "El Trabajo", órgano asociado al movimiento nacionalsocialista criollo, Miguel Serrano Fernández, se enteró por terceros de la existencia de un secreto plan de sedición fraguado entre civiles y militares bajo una pretendida (o ingenua) inspiración nacionalista, y en el que se encontraba el General Carlos Ibáñez del Campo. Según confesaría años más tarde en el segundo volumen de sus "Memorias de Él y Yo" (1997), quien le informó del intento de asonada fue Oscar Jiménez Pinochet, camarada nazista de los años de la Segunda Guerra pero que, años más tarde, terminaría vinculado a la izquierda y asumiendo como Ministro de Salud de la Unidad Popular, durante el Gobierno de Salvador Allende.

Como la mayoría de los nazistas chilenos aún no le perdonaban al General Ibáñez del Campo no haber intervenido para impedir la Masacre del Seguro Obrero diez años antes y habiendo conocido Serrano como testigo privilegiado el calvario por el que había pasado en 1944 su tío, el ex Canciller Fernández y Fernández, el sagaz poeta y literato comprendió de inmediato que las manos conspiradores eran oscuras fuerzas ajenas a la tradición nacional y solicitó una audiencia urgente con el Presidente González Videla, en la que le informó personalmente de esta situación, aunque admitiendo no conocer los nombres de los conspiradores, pues había pedido a Jiménez Pinochet no entregarle nombres pues "No deseaba delatar a nadie".

Sobre la reunión con el Presidente, Serrano anota en sus memorias:

"Si no es por mi intervención, el complot resulta. Vi al Presidente y éste me recibió en su oficina en La Moneda. Me tomaron preso y me soltaron; también a Oscar Jiménez y a Sergio Onofre Jarpa. De Oscar respondo por su lealtad total. Jamás traicionaría a nadie. Decidí volver a ver a Gabriel González Videla y le visité en el Palacio del Cerro Castillo, en Viña del Mar. Arrellanado en un sillón, casi como un muchacho, nervioso, escuchando mi opiniones e interrumpiéndome de pronto, para declararme:

"- Mire, no hable más, no diga nada más. Usted es un joven puro, nada sabe de política. Esto es muy sucio y yo me he embarrado hasta el cuello..."

Hacía un gesto rápido con su mano. Nos despedimos y no nos veríamos más".

González Videla transmitió la información al Ministro de Interior, Almirante Inmanuel Holger, y al de Defensa, Guillermo Barrios, quienes alertaron a su círculo más cercano y de confianza. La confirmación de lo asegurado por Serrano llegó cerca de un mes después, cuando el Coronel Carlos Mezzano, Director de la Escuela de Infantería, informó a sus superiores que en su unidad habían elementos planificando una revolución. Un joven suboficial de la Escuela se ofrecía voluntariamente para avalar las sospechas de Mezzano ante los Ministros.

Sin perder más tiempo, se instruyó al Fiscal Militar de Santiago, Teniente Coronel José Nogués Larraín, para investigar los hechos denunciados. Los resultados de este trabajo serían publicados unos años después en el extraordinario trabajo "Lo que Supo un Auditor de Guerra", de Leónidas Bravo (Editorial del Pacífico, 1955). Allí, el auditor revela que los autores de esta conspiración fueron varios grupos distinguibles de la siguiente manera:

Los miembros de la logia masónica "La Montaña", una rama a la que se habían integrado varios militares y también algunos civiles, todos miembros de la francmasonería tradicional.

Integrantes del grupo de Acción Chilena Anticomunista, o ACHA.

Suboficiales de la Escuela de Infantería, de la Escuela de Unidades Motorizadas y de la Escuela de Aviación. Al parecer, estos tuvieron gran participación en la gestación del complot, mismo que fraguaron mientras se reunían semanalmente en restaurantes de San Bernardo al tiempo que comían "causeo" de patas de cerdo cocidas, comida muy popular en Chile que le valiera al plan sedicioso el apodo del complot de las "Patitas de Chancho". En la investigación, se determinó que estos platillos habían sido pagados por civiles participantes de la conspiración.

Oficiales del Ejército y la Fuerza Aérea, muchos de los cuales no pudieron ser juzgados y sólo se les solicitó acogerse a retiro.

Según el Auditor Bravo, el único nexo claro entre todos ellos era el aparente líder de la conspiración, Coronel de Aviación (R) Ramón Vergara Montero. Su intención era rodear La Moneda con tanques y los aviones sobrevolarían el Palacio, cuya ocupación quedaría a cargo de la Infantería. Originalmente, se había pensado en mantener a González Videla en la Presidencia pero exigiéndole un Gobierno dictatorial. Sin embargo, conscientes de que no aceptaría, resolvieron que llamarían al poder al General Carlos Ibáñez del Campo, gran amigo del General Perón, dicho sea de paso.

Aunque el Juez Militar, General Santiago Danús, consideró que Ibáñez del Campo no estaba relacionado con el complot, el Auditor Bravo cree que sí, basado en que una de las reuniones de octubre de 1948, había tenido lugar en avenida República, en la casa de la suegra del militar y ex Presidente.

Se comprueba participación
de la Argentina tras los conspiradores


Para cuando Serrano había denunciado ante el Primer Mandatario las intenciones de esta nueva generación de conspiradores, éstos ya tenían urdida la mayor parte del plan golpista, por lo que la advertencia no pudo caer en mejor momento para el Gobierno. Algo asombroso y, en cierta forma, culpable de las olas de especulaciones que rodearon este caso, lo representaría la extraordinaria sorpresa de que los hilos que íntimamente había movido esta maraña de sediciones y ambiciones, eran conducidos por algún misterioso y lejano titiritero desde la República Argentina, como quedó demostrado con las investigaciones. De esta manera, las intenciones de Perón para con Chile volvían a quedar al descubierto en un nuevo escándalo internacional.

La huella más gruesa conducía por la masonería y la camaradería militar hacia Buenos Aires muy similar a los vínculos logrados por el GOU pocos años antes, pero se perdía súbitamente en el camino.

"Acerca de la intervención extranjera en el movimiento -escribe el Auditor Bravo-, cabe advertir que es muy difícil, por no decir imposible, delimitar hasta dónde llegó; aun más, no se puede precisar si se efectuó o no una acción directa, pero la actuación de diversas personas, algunas de las cuales ocupaban en su nación cargos de importancia, no permitió dudar que esta influencia realmente existió".
En efecto, la sentencia del proceso hace referencia al Informe de fojas 584 del Comando en Jefe del Ejército, recordando casi literalmente los puntos del "Manifiesto" de Perón y del GOU, unos años antes (los destacados son nuestros):

"...permiten a este Comando en Jefe sostener su convicción en cuanto a que existen influencias de tal naturaleza -por supuesto difíciles de evidenciar en forma inobjetable, toda vez que estarían encomendadas a personas de excepcional inteligencia-, que denotaría EL RASTRO DE ELEMENTOS AJENOS A LA NACIONALIDAD CHILENA, en los sucesos que investiga el señor Fiscal;"

"Esta convicción se basa, fundamentalmente, en el conocimiento de los PROPÓSITOS DE HEGEMONÍA POLÍTICA Y ECONÓMICA SOBRE SUDAMÉRICA de ciertos grupos ideológicos cuya pública e insistente exteriorización tiene, a su juicio, todo el carácter de una amenaza".

Agregando más evidencias a este sorprendente juicio, el Comando en Jefe reproduce el texto de la proclama militar argentina del 3 de mayo de 1943 que hemos visto más arriba, correspondiente al "Manifiesto" del GOU, agregado a fojas 591 del expediente. Además, señala un informe del General de Carabineros Manuel Alvear Figueroa, en fojas 565, donde se revela que el Cónsul de Argentina en Concepción, Luis Zervino, le habría confesado:

"...que se había impuesto que había en Chile un movimiento revolucionario militar para derrocar al actual Presidente el que él estimaba inepto para tan alto cargo, que esta situación no podía durar mucho y que yo como un jefe de culto y patriota debería interesarme por tomar parte en este movimiento que sería la salvación de Chile".

Otra prueba altamente comprometedora para Buenos Aires señalada en el sumario, en fojas 891 a 910, establece que el Cónsul argentino Roberto Bruñi, en una reunión de homenaje a un miembro del Club de Carabineros del 29 de octubre, había arengado imprudentemente a los oficiales en la sede del club con el siguiente mensaje incendiario:

"...lamento que Uds. no puedan contar también con un Perón, ya que la mal encaminada política de González Videla, no permite a este país el desarrollo de una verdadera democracia, como en la República Argentina".

También se indica que en declaraciones del mismo tenor habrían incurrido el Cónsul argentino Roberto Tixi Massa (oficio de fojas 675) y el dirigente nacionalista argentino Emilio Gutiérrez Herreros, quien hizo una extraña gira política por Chile predicando la necesidad de hacer "una revolución nacionalista de tipo violento", según lo reconocería también Serrano (fojas 511). Parte de las actividades de Gutiérrez fueron informadas en el diario chileno "El Trabajo", cuyo ejemplar aparece adjunto en fojas 880.

Tal vez, lo que puso la mayor prueba de la existencia de una alta mano militar argentina tras este grosero plan sedicioso, fue el escape de uno de los procesados, Enrique Cox Chávez, quien huyó a la Argentina atravesando la cordillera a la altura de Curicó. Según lo estableció el informe reservado del Servicio de Investigaciones de Chile, también adjunto al expediente del caso, al otro lado de la frontera lo esperaba un vehículo del Ejército argentino, que lo llevó hasta Mendoza y desde allí partió a Buenos Aires con recursos proporcionados por sus propios salvadores.

Terminaba de esta manera el complot de las "Patitas de Chancho", probablemente uno de los mayores escándalos de intervencionismo y violación de soberanía en las tristes relaciones contemporáneas entre Chile y Argentina, hoy hecho casi desaparecer por los enjuagues de la historia "políticamente correcta". Empero, las intenciones finales de Perón siguen siendo poco claras. ¿Asegurarse en Santiago un gobierno proclive al de Buenos Aires? ¿Repetir con desparpajo la experiencia de 1944, planificando directamente una nueva invasión?.

Lamentablemente, los vínculos ideológicos con el nazismo le costaron a Miguel Serrano cero reconocimiento por su desinteresada y patriótica labor en 1948, al advertir al Gobierno de la avalancha que se le venía encima y permitir que Chile evitara otra peligrosa trampa política. A pesar de ello, en una oportunidad, el Presidente González Videla declaró en La Moneda: "Si yo aún me encuentro aquí, es gracias al señor Serrano".



Otro de los tantos clichés del entreguismo chileno en la historia: un huaso y un gaucho se abrazan fraternalmente a los pies del Cristo de la Paz, en la portada de la revista "Nuevo Zig Zag" del 28 de febrero de 1953, celebrando la reciente visita del General J. D. Perón a Chile, donde fue recibido con honores. Se creía entonces que el amor y la hermandad iban a ser suficientes para resolver delicados asuntos como la invasión argentina a Palena y los hostigamientos a los colonos chilenos en la frontera. El General Ibáñez del Campo llegó a hablar de "borrar la cordillera de un plumazo" para consagrar la hermandad... Sin embargo, poco después de publicada esta revista, Perón reinició agresivamente su política invasora y sus sucesores la continuaron por largo tiempo, llegando a su extremo más aberrante y grosero con la penetración armada a Laguna del Desierto y el asesinato del Teniente Hernán Merino, en 1965...


El "plan nuclear argentino"
y una bomba atómica imaginaria

Hacia 1946, los argentinos había comenzado a proyectar la construcción de un pretendido Centro Experimental Atómico en la Isla Huemul, del lago Nahuelhuapi. Se dice que otro estaba proyectado también en algún lugar de Tierra del Fuego. Perón volvería a aparecer detrás de estos proyectos, tentado con darle a América Latina un gran ejemplo de liderazgo y poder.

A la sazón, el General estaba obsesionado con la idea de que Argentina produjera un potencia bélico propio, de naturaleza nuclear. Un equipo de charlatanes autodenominados "científicos" y contratados por gobierno, aseguró a la Casa Rosada haber descubierto que las aguas estancadas del Lago Agrio, en paso Copahue, habían acumulado naturalmente niveles insólitos de agua pesada, además de ser muy rico en uranio. Esto fue una revelación para Perón, que puso de inmediato manos a la obra, llamando al Coronel González para tomar el mando del Ejército en la zona de Los Baños, hacia fines de la década. González pasó a ser Jefe del Servicio Atómico Argentino de isla Huemul. La delicada situación financiera del Plata no fue obstáculo para que instantáneamente se canalizaran cantidades de recursos hacia este delirante proyecto.

El único problema era que, para acceder a las aguas del lago, había que internarse por una parte del territorio chileno de la frontera. Para perón a esas alturas, eso no significaba nada en su currículo de agresiones e intervencionismos contra el vecino. Resolvió no hacerse mayores dificultades e invadir impunemente la zona de Volcán Copahue, para abastecerse de uranio y agua pesada, proveyéndose también de carbón para las plantas proyectadas, desde Río Turbio, donde tendría lugar otra de la grandes controversias limítrofes, pues los argentinos penetraron el subsuelo chileno y atravesaron subterráneamente la frontera en años posteriores, en su afán por aumentar la producción.

Pero, en la medida que se disipaba el humo de la pólvora de los años cuarenta, Buenos Aires debió comenzar a lidiar con una serie de problemas internos derivados de la mala gestión gubernamental, poniendo momentáneamente de lado los programas atómicos cuyo único objetivo, como podrá sospecharse, era lanzar bravatas y mostrarse temible ante la comunidad continental y especialmente contra Brasil y Chile, a quien el General no le perdonaba dos desmantelamientos consecutivos de sus planes de hegemonía en el Cono Sur ni el súbito aborto al plan de "cordillera libre".

En medio del incipiente cataclismo económico argentino, en marzo de 1951, Perón creyó tener entre manos una carta segura para guardar las apariencias ante Chile y Brasil. Apoyado por los diarios y los medios de comunicación bonaerenses, anunció por cadena radial nacional la siguiente plétora de afirmaciones fantásticas y rayanas en la patología alucinante:

"Estados Unidos desarrolló la bomba atómica y energía atómica bajo presión de la necesidad y el peligro provocados por la guerra".

"La fisión nuclear de uranio era por entonces la única posibilidad de producir energía atómica".

"La Argentina, durante el mismo período, se dedicó intensamente a establecer si valía la pena copiar la fisión nuclear o si era preferible correr el riego de crear un camino nuevo que condujera a superiores resultados, pero que también podía conducir al fracaso".

"En oposición con los proyectos extranjeros, los técnicos argentinos trabajaron sobre la base de reacciones termonucleares, que son idénticas a aquéllas por medio de las cuales se libera energía atómica en el Sol".

"Los resultados de éstos y otros ensayos previos, condujeron a que el 16 de febrero del corriente año, se efectuaran con pleno éxito los primeros ensayos que, sobre esta nueva base, llevaron a la liberación controlada de la energía atómica".

"Será interesante que los técnicos de los países extranjeros sepan que en el transcurso de nuestros trabajos en el reactor termonuclear, los problemas de la llamada bomba de hidrógeno han podido ser estudiados intensamente. Con sorpresa pudimos comprobar que las publicaciones de los más autorizados científicos del extranjero están enormemente lejos de la realidad. Afortunadamente, hemos logrado suplantar el oneroso proceso "tritón" con la aplicación de materiales menos costosos y de más fácil obtención..."

"He querido informar al pueblo de la República, con la seriedad y veracidad que es mi costumbre, sobre un hecho que será trascendental para su vida futura y no lo dudo, para el mundo."

Increíblemente, esta afirmación propagandista y seudo científica fue el caldo de cultivo de varios mitos argentinos aún persistentes, como el de secretas "armas nucleares secretas" que poseería esta nación, según la leyenda urbana. Era, no obstante, un intento por hacer creer que Argentina poseía armas de este tipo propias (y más potentes que las de EE.UU., según sugiere), destinado a intimidar a las naciones vecinas y a causar agitación en la prensa.

Ante el revuelo desatado, se comenzaron a exigir más antecedentes y pruebas sobre el misterioso programa de armas nucleares de la Argentina. No hubo respuestas de las autoridades, por lo que la incertidumbre llenó los medios noticiosos sedientos de primicias. Sin embargo, al poco tiempo el supuesto plan nuclear debió ser escondido vergonzosamente, al igual que el pretendido Heisemberg argentino de esta imaginaria bomba atómica: el Profesor Richter, considerado por muchos como un embustero alemán que prácticamente desapareció de la vida pública a partir de aquel momento. La excusa para estas reservas fue que el carácter secreto de los supuestos "experimentos" obligó a dar órdenes a la prensa de no volver a hablar de la bomba nuclear, que a todas luces era un fraude y un montaje circense. Así lo reconoció también el autor Raúl Damonte Taborda en "¿A Dónde va Perón?". La revelación de las supuestas notas técnicas de Richter sobre el proyecto y los edificios desmoronados que quedan en isla Huemul, demuestran que el plan nuclear argentino era un engaño de proporciones y un oscuro negocio con dineros fiscales. El proyecto acabó cancelado en medio de una gran pol
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