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Argentina tiene un problema muy grave

La Argentina tiene un problema muy grave. Por un lado, el Gobierno, que retomó la iniciativa política, está cada vez más encerrado en las decisiones unilaterales de Néstor Kirchner. Se trata de un hombre al que Eduardo Duhalde acaba de llamar “necio” y que no parece haber escuchado el mensaje de las urnas. Por el otro, a la oposición le falta un líder, y todos los que aspiran a suceder a Cristina no se interesan por el ahora. Carlos Reutemann, Mauricio Macri y Julio Cobos, por citar a los más importantes presidenciables, están pensando más en su futuro que en el aumento de las tarifas de gas y de luz, la discusión sobre las facultades delegadas o la polémica sobre la baja de retenciones a la soja, el trigo y el maíz. En verdad, están poniendo toda su energía en un proyecto personal con vistas a diciembre de 2011, cuando se realicen las elecciones para suceder a Cristina.

Al mismo tiempo, la simulación del diálogo político le hizo ganar tiempo a una administración que no terminaba de reaccionar.

– Somos unos boludos. Le dimos aire a un perverso que estaba moribundo después de la derrota. Y ahora sacó la cabeza de nuevo. A los perversos no hay que darles aire. Hay que ignorarlos. Porque toman el poco oxígeno que les das y lo usan para aniquilarte– levantaba la voz Elisa Carrió, enfurecida, en el living de su casa, durante la tarde del último viernes.

Se trata de la voz extrema en contra del diálogo. Pero casi toda la oposición sabe que la convocatoria del Gobierno obedece más a una jugada de distracción que al deseo de resolver los problemas. En el medio de la crisis de la Coalición, el presidente de la Unión Cívica Radical, el senador Gerardo Morales se atrevió a preguntarle a Carrió, antes de su viaje a Disney:

– ¿Y si le decimos que no al diálogo, no nos van a acusar de golpistas?

Y la diputada nacional electa respondió:

– Es que el ámbito natural para el diálogo es el Parlamento. Desde el Congreso tenemos que dar la batalla para obligar el gobierno a hacer lo que la gente le pide.

El vicepresidente Julio Cobos, quien no da puntada sin hilo, aprovechó la discusión para mostrarse como un dirigente dispuesto a dialogar, aunque la Presidenta no le atiende el teléfono.

Pero la realidad hoy pasa por otro lado.

El descontento por la suba de los servicios públicos está empezando a crispar a una parte de la clase media que ya salió a la calle con las cacerolas después del corralito de Domingo Cavallo y Fernando de la Rúa. La prolongación del conflicto del Gobierno con el campo genera un hartazgo cuya dirección es todavía incierta.

El ex jefe de gabinete, Alberto Fernández, trabaja desde afuera para que dirigentes como Cobos, el senador Ernesto Sanz y el presidente de La Federación Agraria, Eduarzo Buzzi, comprendan que si la intransigencia de la oposición en el congreso coloca al Gobierno en una situación de debilidad, el escenario puede ser utilizado por Kirchner como excusa para ensayar una jugada impensable.

El ex presidente está tan enojado con él, que en vez de escucharlo lo manda a espiar y saca de la administración a todos los que considera albertistas.

La Argentina tiene un problema muy grave.

Y son contados con los dedos de una mano los dirigentes que se dan cuenta del estado de las cosas.
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