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Arreglar la tierra arrasada que dejaron los K tomará 4 años.

El control del gran déficit fiscal

La nueva administración divulgó lo que pretende alcanzar en cuanto a reducir el déficit fiscal y la inflación en el mediano plazo, es decir durante su eventual primera gestión. El objetivo – dado a conocer – es eliminar el déficit primario y alcanzar una inflación de un solo dígito anual para 2019.

Exactamente todo lo contrario de lo que se proponían sus antecesores.

En el corto plazo los objetivos son más moderados: que el déficit primario baje algo a cambio de tener en 2016 una inflación menor que en 2015. Llegar al equilibrio de las cuentas fiscales en 2019 es un objetivo sensato pero muy exigente que se han autoimpuesto, considerando que al mismo tiempo pretenden alcanzar una inflación de un solo dígito anual en ese mismo año, algo congruente con cuentas fiscales equilibradas.

Pero los problemas más serios son los inmediatos. La nueva administración aspira a bajar el déficit fiscal primario de 5,8 puntos del PBI en 2015 a 4,8% en 2016. Como lo primero que hicieron fue rebajar impuestos y aumentar gastos, el déficit primario pasó desde 5,8 hasta 7,1 puntos del PBI.

Entonces la realidad es que deberán bajar 7 hasta 5%. Cabe preguntarse si el objetivo de bajar el déficit primario un punto del PBI contra lo recibido en 2015 o dos puntos contra lo aumentado por el ellos mismos no es poco.

Anunciaron una rebaja de 1,5 puntos del PBI en el gasto en subsidios y otros 0,8 puntos en gastos generales. Las tarifas de energía todavía no se conocen ni tampoco se especificó como es el plan global de ahorro e inversiones.


Con muy buen criterio la nueva administración prefiere no mencionar este tema en forma pública.




Pero no pueden ocultar que si el nivel de reservas disponibles era negativo, el déficit fiscal es de un insólito 6% del PBI y la emisión monetaria para cubrirlo excede todo límite razonable, el nivel de pobreza supera el 15% y se oculta, uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, la inflación era ya mayor al 25% y una de las mas elevadas del mundo, la moneda estaba artificialmente sobrevaluada, las cifras oficiales sobre cualquier tema eran falsas, el 43% de la población económicamente activa cobra de los diversos gobiernos, se instaló la mayor presión impositiva mundial, la emisión de moneda fue necesaria principalmente para subsidiar desde la oculta pobreza extrema el transporte público y comercial en forma corrupta hasta la filmación de películas nacionales, pasando por la creación de elefantes blancos improductivos la mayoría con el nombre de un presidente muerto, corrupción estatal y privada apenas inferior a Venezuela y Nigeria, la obra pública paralizada, el narcotráfico instalado con total comodidad y complicidad a 500 metros de la Casa de Gobierno y un equipo económico que al retirarse destruye toda la información a su paso, quema los discos de las computadoras o los borra por completo en todos los ministerios y no ofrece ninguna información a sus sucesores.

Claramente puede afirmarse sin error que el ejército derrotado ha dejado Tierra Arrasada.

Objetivos de inflación en el corto plazo. No son claros ni convalidados por la realidad.

La nueva administración se exige a si misma alcanzar para diciembre de 2016 un 20 / 25% anual, más baja que la de 2015 (28,5% anual). Es muy optimista porque 2016 es un año donde los precios relativos tienen que llegar a nivelarse: subió el tipo de cambio, van a subir las tarifas de electricidad y gas y se renegocian salarios.

La inflación del primer trimestre será muy alta: puede acumular 9%, alrededor de 3 % por mes y proyectarse a 32% anual en marzo. La inflación es más baja que cuando se devaluó en enero 2014, pero para bajarla a 20 / 25% anual en diciembre habría que antes de abril llegar al 1.3% promedio por mes. Eso implica que – al finalizar el año habría casi estabilidad de precios, lo que extrapolando significaría llegar al dígito anual de inflación en 2017 y no en 2019.

Aquí – claramente – hay un contrasentido empujado por deseos ilusorios no bien justificados, especialmente porque las remarcaciones de precios entre diciembre y enero 2016 fueron del orden del 250 por ciento en carnes y del 144 por ciento en productos de almacén algo exorbitante e injustificado. En productos de primera necesidad, la remarcación de los hipermercados llegó a superar el 120 por ciento, en verduras y frutas el 190 por ciento y en productos de higiene, el 159 por ciento. Los mencionados son los incrementos máximos del precio al público en las principales cadenas de hipermercados, lo cual demuestra que la cultura inflacionaria con más de tres generaciones ha calado demasiado hondo en los empresarios y barrido con todos sus escrúpulos, porque esos aumentos son absolutamente arbitrarios ante las variables macro económicas. Resultaron puramente especulativos justo en el momento del cambio de administración, cuando nadie puede controlarlos.



Esta semana se dieron a conocer los datos de la evolución del nivel general de precios del mes de diciembre, según estimaciones de la Dirección de Estadísticas de la Ciudad de Buenos Aires. De acuerdo a esta fuente (la cual será tomada como referencia oficial hasta el relanzamiento del IPC por parte de las nuevas autoridades del INDEC), los precios minoristas se habrían incrementado un 3,9% en el último mes del año pasado, 2 puntos por encima del registro de noviembre, aunque evidenciando un traslado de la devaluación a precios cercano a la mitad del de enero de 2014 (11% vs 21%), pese a que el salto cambiario del último mes (34%) fue mayor al de hace ya casi dos años (23%).

Estos datos no están en línea con la realidad de todos los días.

Modificar esa situación casi de oligopolio justamente de los sectores más beneficiados y no caer en una micro visión monetarista es responsabilidad del nuevo equipo, cuya eficiencia está a prueba en un examen muy complejo porque deberán desarticular una cultura inflacionaria muy arraigada y no perder nunca de vista que la emisión monetaria es una realidad a la vez que una justificación para los que no saben moderar sus ambiciones.

Lo cierto entonces parece no encajar con una inflación de 1% por mes o menos en el segundo semestre del año.

Al equipo económico actual no hay que subestimarlo, pero se debe discrepar en cuanto a que el discurso – que no es absoluto monetarista y claramente no dejarán libres todos los mercados – deben ajustarse con las medidas más agresivas disponibles para evitar que los empresarios les festejen el discurso y al mismo tiempo saboteen la política monetaria aprovechando que los precios pueden ser fácilmente cartelizados por los formadores.

¨Nadie hará nunca nada que primero no le convenga a él o a su empresa¨, escribió Peter Drucker, una perogrullada como tantas que ha escrito, pero que debe tenerse en cuenta siempre, y esta vez no se tuvo en cuenta.



Como financiar el déficit

Por más que el Tesoro combine emisión monetaria con otras fuentes para financiar su déficit y que achique la expansión monetaria absorbiendo dinero con letras, con un déficit tan alto y con la suba del tipo de cambio y las futuras subas de las tarifas, no será sencillo bajar rápidamente la inflación. Los empresarios locales no tienen competencia entre sí por precio porque el mercado es muy chico y pueden manejarlos. Ese aspecto no parece figurar en la agenda del control de la inflación.

Reducir la inflación muy rápido es algo deseable pero si se lo hace más rápidamente que el déficit fiscal se dejan de recaudar impuestos, el peor de todos el inflacionario.

Para que el déficit fiscal primario baje el Tesoro tendría que hacer crecer el gasto público mucho más lentamente sabiendo que no es posible desacelerar el gasto por la inercia de lo comprometido por la administración anterior.

Se anunció que en 2016 se emitirán alrededor de $ 180 mil millones y para llegar a cubrir el déficit se tomarán $ 150 mil millones con nuevo endeudamiento. A eso habrá que agregar el pago de la deuda tomada en 2014 y 2015 que alcanza a $ 100 mil millones.

Total $ 430 mil millones que al cambio de hoy son US$ 30.700 millones.

Si la opción fuera financiar colocando deuda externa, generaría un desorden en el mercado cambiario. Serían $ 150 mil millones de nuevo endeudamiento o US$ 11 mil millones. Serían dólares adicionales a los necesarios para pagar los vencimientos de deuda pública en dólares del año (otros US$ 10 mil millones).

Hoy, tal como están las negociaciones con los holdouts, es imposible que la nueva administración pueda conseguir US$ 20 mil millones en los mercados de capitales para el problema fiscal en pesos y dólares del Tesoro.

En caso de que los consiguiera tendrían que vender los dólares en el mercado cambiario para hacerse de los pesos generando una oferta de dólares desorbitada a causa del déficit fiscal. Semejante oferta de dólares provocaría un enorme desequilibrio del sector externo y atraso cambiario. Todo lo expuesto no toma en cuenta que las provincias pueden hacer lo mismo y agravar en $ 30 mil millones el problema.

Si el déficit se financia con deuda interna, las consecuencias serían muy graves sobre el crédito al sector privado con la consecuente recesión. Se generaría un fuerte traspaso del crédito al sector privado porque la capacidad prestable de los bancos se destinaría a comprar títulos públicos, negocio con menor riesgo y alta rentabilidad.

El mercado de crédito local es casi inexistente e insuficiente para financiar un déficit fiscal de 5 puntos del PBI y además prestarle al sector privado. Imposible.

Bajar la inflación absorbiendo pesos y subiendo las tasas genera resultados transitorios y a la larga baja de actividad y empleo.

No será fácil.
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