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Arturo Umberto Illia Francesconi, mejor presidente argentino

-Arturo Umberto Illia nació el 4 de agosto de 1900 en Pergamino, 220 km al norte de la ciudad de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires. Su padre, Martín Illia (1861-1948), era oriundo de Samolaco, Val Chiavenna, provincia de Sondrio, Lombardía y su madre, Emma Francesconi, de Gratacasolo, provincia de Brescia, Lombardía, Italia.

-En el año 1918 comenzó sus estudios de Medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

-De 1963 a 1966 ejerció la Presidencia de la Nación, y luego del golpe militar del 28 de junio de 1966, se trasladó a Martínez, donde residió alternando con viajes a Córdoba. Continuó una intensa actividad política en el seno de la Unión Cívica Radical, hasta su muerte, el 18 de enero de 1983.



La administración radical del presidente Illia abarcó desde fines de 1963 hasta mediados de 1966. Al iniciarse esta presidencia, la economía atravesaba una difícil situación:
- Una fuerte recesión y una elevada capacidad productiva desocupada
- La recesión estaba acompañada de una importante inflación
- La disminución de los ingresos fiscales provocó un deterioro del sector público
- El sector externo estaba debilitado y enfrentaba vencimientos de obligaciones en el corto plazo

En ese período las exportaciones alcanzaron niveles superiores a los años anteriores, alcanzando en 1966 un nivel superior en un 60% al obtenido en 1961.



Por otra parte las importaciones se mantuvieron en un bajo nivel todo el período. Así, considerando el período de 4 años, el balance de pagos en cuenta corriente tuvo un superávit de U$S 500 millones que ayudó a enfrentar la pesada carga de la deuda externa.

La política económica evitó devaluaciones masivas y adoptó un prudente ajuste periódico y en pequeñas proporciones del tipo de cambio (denominado Crawling Peg). Se reimplantaron controles cambiarios sobre las transferencias de capital, lo que permitió reducir la deuda externa sin obtener importantes refinanciaciones.

En el sector externo se adoptaron una serie de medidas prometidas en la campaña electoral, que implicaron la anulación de los contratos de petróleo, el final del acuerdo firmado con el FMI y el rechazo a la intervención por parte del Banco Mundial. Estas actitudes provocaron una drástica ruptura de la línea de entendimiento con la comunidad financiera internacional, que redundó en una salida de capital que entre 1963 y 1966 representaron un promedio de U$S 100 millones anuales.


Anulación de los contratos petroleros.

La mejora del balance comercial permitió desarrollar una política expansiva de la demanda global a través de la oferta monetaria, el gasto público y los aumentos de salarios.

La oferta monetaria aumentó un 29% en 1963 y un 40% en 1964. Los aumentos de salarios excedieron al costo de vida e incrementaron el salario real en un 8% entre 1963 y 1965.

El elevado margen de capacidad ociosa existente permitió elevar rápidamente la actividad industrial, que creció a un 15% anual en 1964 y 1965, mientras que el PBI lo hizo en un 8% en cada uno de esos años. El desempleo se redujo a la mitad.
La tasa de desempleo descendió del 8,8% al 5,2% entre 1963 y 1966. (García Vázquez)

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Sin embargo, el gobierno de Illia no tenía buena prensa. Menospreciando el creciente poder de las comunicaciones, el punto más vulnerable -y pareciera que incurable- del radicalismo, el presidente se jactaba de no gastar un solo peso de los contribuyentes en publicitar sus actos de gobierno ni en intentar personalmente convencer a nadie de la bondad de su gestión administrativa. Pensaba que el pueblo se daría cuenta solo de las bondades de su administración y se quedó encerrado en esa terrible ingenuidad, frente a un adversario de la magnitud política del peronismo.



Es que en su primer viaje por Europa, Illia había visto de cerca el apogeo de los regímenes totalitarios de Hitler, Mussolini, Franco y Stalin y, por su acendrada vocación democrática, le aterraba pensar en la manipulación informativa. Eso explica su falta de diálogo con los medios, la subestimación de una oficina encargada del área informativa que habría servido para neutralizar los efectos mediáticos del Plan de Lucha de la CGT iniciado en febrero de 1964.

En apenas dos meses se produjo la toma de diez mil fábricas y talleres. Mientras la población asistía impávida a esa descontrolada gimnasia sindical -estimulada desde los comandos militares-, la conspiración castrense programaba la toma del poder.

Dos meses después, a Perón se le ocurre volver de su exilio madrileño, pero por pedido del gobierno argentino es detenido en Brasil y debe regresar a España. Es ésta una nueva y muy dura crítica al gobierno de Illia, quien a pesar de todo le estaba cumpliendo al secretario general de la CGT, José Alonso, la promesa de ir eliminando la proscripción.



La proscripción del peronismo en el origen de aquel Gobierno le servía de pretexto a la alianza militar-sindical para descalificarlo. Pero era una excusa perversa, pues el golpe de Estado del 28 de junio de 1966 se haría finalmente para impedir las elecciones en la provincia de Buenos Aires, donde el peronismo hubiese podido ganar la gobernación y ampliar su bloque parlamentario, terminando de reintegrarse pacíficamente al sistema. Era lo que buscaba Illia. Su desalojo, en cambio, cerró los caminos, acunó a la guerrilla con sus asesinatos y generó la feroz represión que todos conocimos.

Hoy la figura de Illia emerge de las tinieblas de nuestra historia política como un punto de referencia indiscutible. Todos terminarían pidiéndole disculpas, desde los militares que lo destituyeron hasta los periodistas que lo difamaron.