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Así escribí la biografía de Cristina Fernández.

"A ella le va a dar mucha vergüenza leer 'eso' ", soltó la editora de Cristina Fernández, la verdadera historia, en una de las reuniones previas a su lanzamiento. Una frase inocente que, sin embargo, me hizo tambalear. "¿Te vas a meter con 'eso'?", bombardeó, ladeando la boca en señal de desaprobación, la fuente peronista que, en 2008, me había acercado la primera versión de que Cristina, en verdad, no había conocido a su padre biológico. "Si no lo sabe, la va a destruir", sentenció desde el sentido común una amiga mía, ajena al mundo del periodismo.

Destruir. Eso sí que había sido duro de escuchar. La palabra deambuló sin respuesta por mi cerebro varios meses. Bien sabía yo que estaba lejos de querer destruir a alguien y, sin embargo, algo de todo aquello me alcanzaba: ¿qué derecho tenía yo a meterme con el tema del padre de la Presidenta? Esa fue una pregunta que me hice mil veces, a lo largo de la investigación, que duró un año y medio. Debate interno que, hace apenas unos días, Jorge Lanata pareció saldar con rapidez y naturalidad, mientras hacíamos una entrevista sobre este libro "Pero, si ibas a escribir sobre ella, ¡esa historia la tenías que contar!", concluyó encongiéndose de hombros, como dando por hecho lo que es obvio. Dos días más tarde, Nelson Castro me dijo, más o menos, lo mismo.

¿Cómo era que, para ellos, contar 'eso' era algo tan obvio? ¿Sería porque son varones y más pragmáticos?

A duras penas, yo había llegado a la misma conclusión unos meses atrás. Fue una tarde con temperatura de refrigerador, mientras caminaba por el cementerio de Río Gallegos. La visita me había llevado hasta la pequeña ventanita enrejada detrás de la bóveda de Arturo Kirchner (tío de Néstor) de la que tanto me habían hablado mis fuentes. Se trataba de una abertura por la que no entraba ni un gato, pero que, sin embargo, había sido capaz de disparar en Cristina las peores fantasías de profanación del cuerpo de Kirchner, en su primera noche de viuda. Guiada por esa obsesión, al día siguiente había mandado a Lázaro Báez a ocuparse de cubrir el inofensivo agujero "para que Néstor estuviera seguro" el tiempo que permaneciera en aquella morada prestada. Fue entonces cuando entendí que Kirchner había sido para ella, además de un marido, una suerte de padre sustituto, al que no había discutido jamás, aunque en la superficie parecía que sí. Y entendí, sobre todo, que las circunstancias de su vida personal habían alumbrado las de su vida política.

El lema de "lo personal es político" alcanzaba su significado cumbre en la pareja patagónica. No importaba que Cristina tuviera un gran carácter: finalmente, y aunque pataleara como una adolescente, era ella la que se rendía a sus caprichos, opiniones y, sobre todo, a su forma de fusionar política y negocios para fabricar poder. En una palabra, Cristina podría haber confrontado con Kirchner sobre el lado oscuro del "proyecto". No lo hizo.



Aquella misma tarde conocí el mausoleo napoleónico y, al entrar, me topé con un televisor encendido, que me generó una sensación de irrealidad. A metros del féretro del ex presidente, la pantalla emitía, sin cesar, fragmentos de programas periodísticos junto con tapas de Clarín mostrando al visitante los "momentos destituyentes" que había tenido que atravesar el fallecido. Imposible pensar a Cristina como ajena en la decisión de instalar aquel compilado fúnebre.

En noviembre de 2013, me alojé al lado de su chalet, en El Calafate. Apenas llegué al lugar en el mundo de Cristina Fernández tomé un taxi que manejaba un ex policía que, años atrás, había sido uno de sus custodios: así de cerca está todo en el pago chico de la Presidenta.

Desde su hotel boutique, Los Sauces, separado apenas por un arroyo del chalet presidencial, podía ver perfectamente, en la parte superior de la casa de ladrillo y piedra, el cuarto vidriado con techo de metal negro en el que Kirchner había pasado la última noche de su vida. Me recuerdo conectando aquella postal del parque imponente, desde la Casa del Viento -una de las cinco que tiene Los Sauces-, con la vivienda precaria de la calle 4 y 32, en Tolosa, donde ella había nacido. Imposible dejar de ver allí una vida de película.

Recorrí muchísimas veces la autopista Buenos Aires-La Plata y, cada vez que atravesaba la calle 32 hacia Tolosa, sentía una curiosidad bulímica.

Me recuerdo parada en esa esquina donde nació Cristina pensando que es imposible entenderla - y tal vez entender a la Argentina- sin conocer aquella parte de su historia. O sin conocer Tolosa. Porque sólo revisando su vida pre Kirchner, se entiende por qué a esta mujer, que hoy es más rica que Obama, la sigue hiriendo que le digan "grasa", tal como le confesó, en una entrevista a solas, al joven de Pro, Pedro Robledo: un término que la conecta con sus vivencias de la adolescencia y su primera juventud.

Aunque el término exacto que le dedicaban las familias "bien" de La Plata a aquella chica de Tolosa era "piruja", una palabra que desconocía pero que me la repetían los entrevistados que fueron testigos de la juventud de Cristina. Experimentó esa discriminación de clase a los 16 años, cuando se puso de novia con el rugbier Raúl "El Lagarto" Cafferata, hijo de una familia conocida de la burguesía platense. Aquel noviazgo, que duró cinco años, significó para ella un pase a otra clase social, aunque a la vez la convirtió en un blanco de desprecio por parte de aquel círculo de la "aristocracia" local, cuyos miembros se creían más de lo que eran.

Explorando aquel tramo de su vida pre Kirchner se entiende también cómo los enojos añejos (no curados) pueden llegar a dividir a un país.

Un día de marzo, mientras buscaba información por las calles de Tolosa, di con una fuente clave en la vida personal de Cristina: una vecina de Ofelia Wilhelm, la madre de la Presidenta, testigo privilegiada de su infancia. Pasé casi toda una tarde tomando mate con ella, en su casa, que aún conservaba huellas visibles de la trágica inundación de 2013. Luego de un par de horas de charla, la mujer se levantó y dijo: "Esperá que te voy a traer algo". No sabía bien qué era ese "algo", pero tuve la corazonada de que era importante. Cuando volvió, tenía en sus manos un manojo de fotos envueltas en una bolsa arrugada y medio rota. Y adentro un tesoro periodístico que había vivido, por décadas, en el fondo de su armario: fotos inéditas de la infancia de Cristina Kirchner. Una particularmente, llamaba la atención. Era la típica foto escolar, en blanco y negro, en quinto grado, en donde se la ve sentada, muy erguida y arreglada, con un delantal impecable, abrochado hacia delante, igual al de su maestra. Apenas tenía 10 años y parecía que ya había asumido. Fue la única imagen que la vecina de los Wilhelm Fernández quiso ceder.

Otra tarde recorriendo Gallegos, di con la casa de María Inés López, una asistente que frecuentó la casa familiar de los Kirchner -la misma en la que hoy vive Máximo con su familia- durante diez años. Con ella tuve una charla que me mostró cómo el kirchnerismo también se puede contar a través de historias pequeñas. Y cómo Cristina, que no tiene amigas, sólo puede trabar vínculos de cierta intimidad con personas que están a su servicio. Así se entiende cómo, en lugar de organizar cenas en Olivos con Horacio González y los intelectuales de Carta Abierta, prefiere cenar con su personal trainer o con su custodio personal.

No podía concebir escribir una biografía crítica de Cristina Fernández sin el punto de vista del kirchnerismo. Así que también los entrevisté: algunos aparecen identificados; en otras ocasiones, figuran sólo sus posiciones, mientras que una minoría, por su cercanía con la Presidenta, fue amparada bajo el off the record. Cuando terminaba mi investigación, me reuní con un dirigente cercano a Cristina, en un bar de Flores. "Cuando vayas a contar el libro, andá al programa de Sietecase, de Maxi Montenegro o de Zloto y Tenembaun - me aconsejó, didáctico - ésos son los que van a perdurar porque tienen una postura más intermedia".

Con la excepción de estos casos -las fuentes K- o de personas que brindaron información delicada, existió un esfuerzo deliberado para que todos los entrevistados hablen con nombre y apellido.

Cuando pensábamos en la tapa y el título, me asaltó la duda sobre la conveniencia de usar el Fernández.



- ¿Te gusta más Kirchner o Fernández? - le pregunté a un taxista hace poco más de un mes.

El hombre pensó unos segundos y luego me dijo algo que a mí jamás se me hubiera ocurrido pensar.

- Me gusta mucho más Cristina Fernández porque de Cristina Kirchner ya sabemos demasiado.

Detrás de todo libro, hay un contralibro: eso lo descubrí cuando empecé a escribirlos. El contralibro es la historia detrás de la historia que, a veces, es aún más jugosa que la narración visible. Y que a menudo avanza y se entreteje con vida propia.
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