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Atracción divina

El Señor (Dios) se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.
Jeremías 31:3

Vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.
Efesios 2:13

Atracción divina

En el año 1666 Newton, el gran matemático, se fue al campo para refugiarse de una epidemia que azotaba la ciudad de Cambridge. Parece ser que allí, mientras paseaba, comenzaron sus investigaciones sobre la ley de la gravedad. Se preguntó si esa atracción estaba limitada a la superficie del globo y qué tipo de fuerza sostenía a la luna en su órbita alrededor de la tierra. Empezó a hacer unos cálculos que luego dejó de lado y que más tarde retomó para sacar sus conclusiones. La hipótesis que había formulado se convirtió en el principio de la gravitación universal.
Newton descubrió la atracción terrestre, pero además discernió el amor de Dios que atrae el hombre pecador para perdonarlo y elevarlo hasta él. Estaba totalmente convencido de que el hombre no puede descubrir a Dios por sí mismo; es necesario que Dios se revele al hombre. Su Biblia siempre estaba abierta sobre la mesa; era el libro que más leía. A esta lectura concienzuda, hecha con oración, prestó la misma atención que al estudio de la naturaleza, sin ideas preconcebidas, tratando de recibir la verdad a través de las Santas Escrituras.
Todavía hoy Dios puede revelarse a cada uno de nosotros mediante su Palabra, que nos habla de su amor. Dios atrae los hombres hacia Jesucristo, el Salvador, para darles a conocer su perdón y la vida eterna. Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). ¡Reciba ese amor!