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Berlin, la caída 1945, el ataque Ruso

Extracto del libro del mismo titulo del post de autoría de Antony Beevor. Excelente libro, altamente recomendable para quienes quieren conocer historia sobre la segunda guerra mundial, que de manera magistral recrea los últimos días de la caída del nazismo y como los rusos liderados por Stalin tratan por todos los medios llegar a Berlin antes que los americanos y los británicos para reafirmar su supremacía en Europa y convertirse en la potencia mundial que fue la Unión Soviética duranete el período de la guerra fría.



El Ejército Rojo, a pesar de todos sus empeños y el talento con que contaba para el camuflaje, no podía esperar esconder el colosal ataque que estaba a punto de desencadenarse en los frentes del Oder y el Neisse. El primer frente bielorruso de Zhukov y el 1° ucraniano de Konev debían atacar el 16 de abril. El 2° frente bielorruso de Rokossovsky no tardaría en seguirlos, desde el norte, tras atravesar el bajo Oder. Las fuerzas soviéticas contaban con un total de dos millones y medio de hombres, respaldados por 41.600 cañones y morteros pesados, 6.250 carros y cañones de asalto autopropulsados y cuatro ejércitos del aire. 1 Nunca antes se había congregado tal cantidad de potencia de fuego.



Durante todo el 15 de abril, los soldados del Ejército Rojo observaron las posiciones alemanas "hasta que nos dolieron los ojos" por si acudían refuerzos de última hora o tenía lugar cualquier otro cambio. Sobre los montículos del Oderbruch habían empezado a aparecer algunas flores de abril, aunque en el río seguían flotando grandes trozos de hielo, así como ramas y maleza que se enredaban entre los escombros de un viaducto en ruinas. En los pinares de la ribera oriental, "misteriosamente silenciosos" por el día, las ramas cortadas servían de camuflaje a miles de vehículos blindados y cañones.

Más al sur, en el frente del Neisse, en el primer frente ucraniano, se organizaban actividades políticas sin descanso hasta el último momento. "Los miembros activos del Komsomol enseñaban a los jóvenes soldados a amar sus tanques y a intentar emplear todo el potencial de sus potentes armas". 4 Saltaba a la vista que nadie había asimilado el mensaje de Aleksandrov, ni siquiera los departamentos políticos. El mensaje de venganza de la última consigna no dejaba lugar a dudas: "No habrá compasión: han sembrado vientos y están a punto de recoger tempestades".

Aun a pesar de que se había dicho a los oficiales que no dieran órdenes cuando quedaran tres horas para el ataque, el SMERSH estaba decidido a que no hubiese deserciones de última hora por parte de los soldados del Ejército Rojo, lo que podría poner en alerta al enemigo. El representante del SMERSH que acompañaba al primer frente bielorruso ordenó a todos los agentes políticos que supervisaran a todos los hombres apostados en primera línea para identificar a los que pareciesen sospechosos de ser "inestables en lo moral y lo político". 9 En una operación anterior, el SMERSH había arrestado a los que habían sido acusados de hacer comentarios negativos acerca de las granjas colectivas. 10 Se colocó un cordón especial para evitar "que nuestros hombres huyan a territorio alemán" e impedir que el enemigo pudiese capturar a ninguno de sus soldados para interrogarlo. Sin embargo, todo fue en vano: el 15 de abril, un miembro del Ejército Rojo capturado por los alemanes al sur de Küstrin confesó que la gran ofensiva iba a dar comienzo a primera hora del día siguiente.

Dada la proximidad de la derrota, los alemanes contaban con razones aún más justificadas para temer que sus soldados desertaran o se rindiesen a la primera oportunidad. El grupo de ejércitos del Vístula dio órdenes, firmadas por Heinrici, de separar a los hombres procedentes de una misma región, porque raras veces hacían algo por evitar la deserción de un paisano. 11 Cierto oficial del regimiento de guardias de la Grossdeutschland al mando de un batallón improvisado pudo observar que sus jóvenes soldados tenían pocas intenciones de luchar por el nacionalsocialismo. "Muchos deseaban que los hiriesen con tal de ser enviados al hospital de campaña". Permanecían en sus puestos movidos de una "obediencia de cadáver" inspirada por el temor a una ejecución sumaria.



Algunos oficiales, tan enojados como resentidos, se las ingeniaron para recordar a los veteranos los horrores del frente oriental y lo que comportaría el que los rusos lograran avanzar hasta Berlín. "No puedes imaginar —escribió a su esposa un teniente superior— el odio tan grande que se ha despertado aquí. Te prometo que les vamos a ajustar las cuentas. Esos violadores de mujeres y niños van a descubrir una nueva experiencia. Resulta difícil creer lo que han hecho esas bestias. Hemos jurado solemnemente que cada uno de nosotros matará a diez bolcheviques. Que Dios nos ayude a lograrlo".

A pesar de que los comandantes soviéticos no albergaban la menor duda de que lograrían romper las filas alemanas, se hallaban preocupados en extremo ante la posibilidad de que los estadounidenses y los británicos llegasen primero a Berlín, eventualidad que consideraban peor aún que una humillación. Berlín pertenecía a la Unión Soviética, tanto por derecho de conquista como por ser la potencia que más había sufrido.

La vista del Oderbruch y de la escarpadura de Seelow que tenía el general Chuikov, comandante del 8° ejército de guardias, desde su puesto de mando adelantado de la estribación del Reitwein era inmejorable. No le agradó en absoluto que el mariscal Zhukov decidiera unírsele para observar desde allí el bombardeo de apertura y el primer ataque. Chuikov ordenó al capitán Merezhko, oficial del estado mayor que había estado con él desde Stalingrado, regresar al Oder y guiar hasta aquella posición al comandante del frente y a sus acompañantes.

El general Kazakov disponía de 8.983 piezas de artillería, a razón de doscientos setenta cañones por kilómetro en los sectores de avance o, lo que es igual, un cañón de campaña cada cuatro metros aproximadamente. Había obuses de 152 y de 203 milímetros, morteros pesados y regimientos de lanzacohetes Katyusha. El primer frente bielorruso contaba con unas reservas de siete millones de proyectiles, de los que se lanzaron 1.236.000 el primer día. Este exceso de artillería y la aplastante superioridad de sus fuerzas habían tentado a Zhukov a subestimar la magnitud del obstáculo al que se enfrentaban.

Zhukov gustaba de visitar en persona la primera línea de frente a fin de estudiar el terreno antes de una ofensiva de cierta envergadura; sin embargo, en esta ocasión había dependido en gran medida de las fotografías de los equipos de reconocimiento, guiado sobre todo por la presión constante a que lo había sometido Stalin. La visión vertical que le proporcionaban tales documentos no lograba revelar que las cumbres de Seelow, que dominaban la cabeza de puente que había situado en el Oderbruch, constituían un accidente geográfico mucho más formidable de lo que él había estimado. Por otra parte, estaba ilusionado con una nueva idea: habían dotado a las primeras líneas con ciento cuarenta y tres reflectores con la intención de cegar a los defensores alemanes en el momento del ataque


Zhukov miró su reloj: eran exactamente las cinco de la mañana, hora de Moscú es decir, las tres, hora de Berlín.
"Toda la zona se iluminó por la acción de miles y miles de cañones, morteros y nuestros legendarios Katyushá". En toda la guerra no se había visto un bombardeo tan intenso. Los soldados de artillería del general Kazakov trabajaban a un ritmo frenético. "Un trueno aterrador hacía temblar cuanto nos rodeaba —escribió el comandante de cierta batería del tercer ejército de choque—. Tal vez se dé por sentado que a quienes servimos en la artillería no pueda asustarnos una sinfonía como aquélla. Sin embargo, en esta ocasión, yo también deseé llevar tapones en los oídos. Tenía la sensación de que mis tímpanos estaban a punto de reventar". 3 Los artilleros habían de recordar la necesidad de mantener la boca abierta a fin de equilibrar la presión de sus oídos.

Al estruendo de la primera descarga, algunos reclutas alemanes se despertaron en sus trincheras convencidos de que se trataba de otro Morgenkonzert (concierto matutino), que era el nombre con que se conocía el fuego de hostigamiento que tenía lugar de madrugada. Sin embargo, los soldados que poseían experiencia en el frente oriental habían adquirido cierto Landserinstinkt que les hizo saber que se trataba del gran ataque.

Los suboficiales daban órdenes a voz en grito para que sus hombres se colocaran de inmediato en sus puestos: Alarm! Sofort Stellung beziehen! 4 Los que sobrevivieron no olvidan la opresión en las entrañas ni la sequedad de la boca. "Ahora sí que estamos perdidos", murmuraban para sí.

Los pocos que se hallaban atrapados en las trincheras de la zona que sirvió de blanco a la artillería y aun así vivieron para contar el terrible bombardeo sólo pudieron emplear más tarde palabras como "infierno" o "terremoto". Muchos perdieron por completo el sentido del oído. "En cuestión de segundos —recordaba Gerd Wagner, del 27° regimiento de paracaidistas— murieron mis diez camaradas".

Cuando él recobró la conciencia, se encontró herido en el humeante cráter formado por un proyectil. Apenas fue capaz de arrastrarse hasta la segunda línea. Pocos lograron escapar con vida de aquella descarga, que aplastó trincheras y enterró a sus ocupantes, tanto vivos como muertos. Ahora que ha pasado más de medio siglo, siguen hallándose cuerpos de cuando en cuando.

En ocasiones, los supervivientes no sólo quedaban desorientados por entero, sino también destrozados en lo emocional y lo psicológico. Tras el bombardeo, cierto corresponsal de guerra de la compañía de propaganda de las SS se encontró con un soldado que vagaba aturdido en un bosque tras haber arrojado su arma. Al parecer, aquélla era su primera experiencia en el frente oriental, después de haber pasado la mejor parte de la guerra "afeitando oficiales en París".

Aun a pesar de que apenas quedaba un metro cuadrado en las posiciones alemanas ante las cumbres de Seelow que hubiese quedado sin remover, las víctimas no eran tan numerosas como pudiera haberse esperado. El general Heinrici, avisado por el soldado del Ejército Rojo al que habían apresado al sur de Küstrin para someterlo a interrogatorio, había llevado al grueso de las tropas del 9° ejército a la segunda línea de trincheras.
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