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¡Bienaventurado el hombre!

Bienaventurado el varón que… en la ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.
Salmo 1:1-3

¡Bienaventurado el hombre!

(Lea el Salmo 1)
El libro de los Salmos empieza con una exclamación llena de intensidad y dulzura: “Bienaventurado el varón”… Esta expresión nos habla de la felicidad que hallamos cuando leemos y meditamos las Santas Escrituras; cuando nos tomamos el tiempo para escuchar a Dios quien nos habla a través de su Palabra, la Biblia. Un tiempo para meditar, para profundizar en el sentido de esa Palabra y reflexionar sobre lo que su mensaje implica en mi vida.
Así como un árbol plantado junto a un río vive del agua que absorbe mediante sus raíces, el creyente vive de esa Palabra que irriga sus pensamientos, vivifica su corazón y le hace llevar fruto para Dios en su vida.
El fruto producido por el árbol es signo de vida: la vida de Dios debe ser visible en el creyente. Eso va más allá de las obras. Hace lo que es justo y verdadero, lo que agrada a Dios y es bueno para su prójimo.
¿Qué orientará mis pensamientos y me dará fuerzas para tener esa vida llena de fruto? La Palabra de Dios es la que primeramente me da la felicidad y me dice quién es Dios y qué planes tiene para mí. La Palabra de Dios debería llenar nuestro corazón. ¿Guía ella nuestra vida diaria? Perdón, generosidad, ayuda a los demás, visitas, oraciones, alabanzas… son algunos de los frutos que Dios desea ver en cada uno de sus hijos, y que contribuyen al gozo del que se deja guiar así. La Biblia dirige nuestra mirada hacia Cristo, el único que manifestó todos los caracteres descritos en este salmo.
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