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Brillemos donde Dios nos colocó

Yo soy la luz del mundo.
Juan 8:12

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres.
Mateo 5:14-16

Brillemos donde Dios nos colocó


Dios coloca a sus hijos, testigos de lo que él es, aquí o allá en el mundo, tal como un buen urbanista ubica farolas en las calles de una ciudad. Cuanto más oscuro es el lugar, más útiles son las farolas. Pero así como las lámparas deben estar conectadas a una red eléctrica para dar luz, nosotros también debemos estar en contacto con una fuente de energía. El Señor advirtió a los suyos: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Las lámparas no escogieron el lugar donde fueron colocadas; lo importante es que alumbren ahí donde están.
En el campo moral, el creyente alumbra en un mundo que prefiere la oscuridad, y esta luz es el resplandor de la vida de Jesús. Cada uno se encuentra en un contexto y lugar de trabajo determinados, en condiciones que tal vez quisiera cambiar, pero que no son fortuitas. Si Dios me colocó en determinado sitio, él sabe por qué lo hizo, y espera que yo reproduzca a mi alrededor las perfecciones morales de Jesús: bondad, humildad, dulzura, gozo, paciencia, abnegación. Los que no leen la Palabra de Dios deberían, en cierto modo, poder leerla en mi vida. ¿Qué se necesita para ello? ¡Que haya corriente! Que permanezca en contacto con la fuente divina, que mantenga efectiva la comunión con Dios, con el Señor.
Irradiar luz es la razón de ser del cristiano en la tierra. ¡Cumplamos con nuestra vocación!
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