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Bután, el país de la Felicidad.



“La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”. No se trata del inocente lema de una novela, sino de la frase clave que proclamó en su discurso de coronación como rey de Bután Jigme Dorji Wangchuck en 1974. Desde entonces, esta pequeña nación anclada en la cordillera del Himalaya se afana por lograr la riqueza espiritual de sus ciudadanos, sin obsesionarse con la riqueza económica. ¿Serán los butaneses realmente felices con muy poca cosa?







Este pequeño país ha conseguido mantenerse inmune a la invasión exterior. En todos los sentidos. Nunca ha sucumbido a las ansias anexionistas de los gigantes asiáticos, China e India, que se alzan peligrosamente al otro lado de sus fronteras; en parte gracias al apoyo del imperio británico, de cuyo yugo supieron deshacerse con delicadeza y sin estridencias en 1949. El país tampoco se ha visto afectado por la superpoblación que afecta a los países colindantes, pues en Bután apenas viven 800.000 personas; aunque su mayor resistencia ha sido contra el tiempo. Porque por sus valles ventosos y sus escarpadas montañas parece que los años no pasaran. Sin teléfono ni moneda hasta 1960, y con televisión e Internet en algunos hogares sólo desde 1999, Bután se resiste a participar en la frenética carrera hacia la modernización y la acumulación de bienes que se ha impuesto en todos los países de… de todo el mundo.





Porque, en lugar de arriesgarse a un futuro caótico e incierto, el rey de Bután prefirió apostar por la tradición, la serenidad y el equilibrio como fuente de riqueza para sus paisanos. Así, al poco tiempo de acceder al trono, acuñó el término ‘Felicidad Interior Bruta’, y se fijó su consecución como hoja de ruta de su gobierno. Su política se basa desde entonces en cuatro pilares fundamentales: un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, la preservación y promoción de su cultura, la conservación del medio ambiente, y un buen gobierno.





Todo esto suena muy idílico, pero lo cierto es que los monarcas de Bután, primero el padre (Jigme Dorji Wangchuck) y, desde 2006, su hijo (Jigme Khesar Namgyel Wangchuck) han hecho todo lo posible por hacer felices a sus conciudadanos. Y eso que son bastante conformistas y se quejan muy poco. Pero eso no impide que sus reyes se esfuercen por ofrecer lo que ellos consideran lo mejor: desde 2004 está completamente prohibido fumar en todo el país, porque perjudica seriamente la salud; en 2006 instauraron una constitución y las primeras elecciones democráticas de su historia, por mucho que los butaneses protestasen porque decían no necesitar a nadie más que al rey; y hace poco tuvieron que desmontar el único semáforo del país, instalado sólo unos días antes, porque resultaba muy impersonal y los conductores preferían los buenos modales de un guarda.





Visto así, el rey parece una amantísima gallina clueca que cuida de sus polluelos, anteponiendo el bienestar de los demás al suyo propio. Y esto no es un decir, porque la familia real vive en una modesta casa, y se desplaza por el país para visitar a los ciudadanos y recabar información sobre cómo mejorar sus vidas: se propusieron medir el grado de felicidad del país mediante un test de más de 180 preguntas relacionadas con cultura, salud, bienestar psicológico, uso del tiempo y otras cuestiones similares; al que respondieron más de 1.000 butaneses de todas las edades. El resultado fue sorprendente, pues sólo el 3% de los preguntados declararon ser infelices, convirtiendo a Bután en uno de los mejores lugares del planeta.





Pero, ¿se puede ser feliz viviendo en un país eminentemente agrícola y dependiente de la ayuda externa, o cuando la esperaza de vida es de apenas 62 años? Parece ser que sí, pero depende mucho del barómetro que se utilice y de a quién se le pregunte. Probablemente, un españolito de a pie tendría muchos reparos a la hora de instalarse a vivir en Timbu, la capital, siempre y cuando le estuviera permitido, claro. Porque los butaneses son muy amables y hospitalarios, pero que no le toquen lo suyo que se lo cambian, y por ahí no pasan. Un dato muy revelador: viajar a Bután es muy caro, no sólo porque no hay vuelos directos, sino porque los extranjeros debemos pagar 200 dólares por cada día de estancia allí. ¡Menuda manera de fomentar el turismo, ¿verdad?! Pues, por sorprendente que parezca, sí. Porque en Bután quieren evitar a toda costa convertirse en un destino low-cost, con hordas de turistas que arrasan allá donde van, como le ha ocurrido a Tailandia o Vietnam, y es justamente ese cuidado extremo por la tradición y la naturaleza lo que convierten a Bután en el paraíso en la tierra.
Y que nadie se piense que viajar a Bután supone también hacerlo en el tiempo y aterrizar en plena Edad Media. Porque sus monarcas, grandes conocedores del exterior (no en vano el rey actual estudió en Estados Unidos…), han querido modernizar el país, siempre respetando las tradiciones, pero implementando aspectos tan importantes como la educación, la sanidad y el confort. Así que no es raro encontrarse en las calles de Timbu con jóvenes vestidos a la última, escuchando música en sus MP3 o disfrutando de una noche de fiesta en un karaoke. Y son esos mismos jóvenes los que, los días de fiesta, se visten con el atuendo tradicional para celebrar en familia la bendición de haber nacido en ese pequeño país montañoso.


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