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cabezas cortadas



Si Guillotin levantara la cabeza seguramente la escondería por temor a convertirse en protagonista de algunos de los escalofriantes ensayos que se realizaron como consecuencia de su terrible idea de decapitar a todos los condenados a muerte en la Francia del siglo XVIII. La curiosidad humana quería comprobar qué ocurría tras separar la cabeza de un ser humano, quería saber si esta era capaz de conservar la consciencia.



Durante un debate sobre la pena de muerte celebrado el 10 de octubre de 1789 en la Asamblea Constituyente de París, el médico Joseph-Ignace Guillotin propuso que todos los condenados a muerte fueran decapitados. Guillotin consideraba injusto que en aquellos momentos la decapitación estuviera reservada en Francia únicamente para los miembros de la nobleza (se suponía que era el mejor método de ejecución) y que el resto de los ajusticiados fueran ahorcados y, generalmente, expuestos para que los pájaros se comieran sus cadáveres. Su intención era igualar a todos los ciudadanos ante la ley y construir una máquina de decapitar infalible que llevara a cabo su función en un instante y no hiciera sufrir al reo más de lo necesario, pues para que la decapitación mediante espada o hacha no se convirtiera en una espantosa carnicería era necesario que el verdugo fuera un experto en esta técnica y que el condenado se encontrara muy firme, lo que, evidentemente, no siempre ocurría. De hecho, la historia ofrece numerosos ejemplos de verdugos torpes que sometieron a sus víctimas a una horrible agonía tras repetidos y dolorosos intentos. María Estuardo, reina de Escocia, decapitada el 8 de febrero de 1587, y Robert Devereux, segundo conde de Essex, ejecutado el 25 de febrero de 1601, recibieron cada uno tres golpes de hacha y Margaret Pole, octava condesa de Salisbury, sufrió el 27 de mayo de 1541 nada más y nada menos que ¡once hachazos! hasta que su cabeza quedó separada de su cuerpo.


La máquina de decapitar.


El asunto fue consultado con el doctor Antoine Louis, secretario de la Academia de Cirugía. El 20 de marzo de 1792, siguiendo las recomendaciones del doctor, la Asamblea aprobó la construcción de la máquina de decapitar, que se encargó a Tobias Schmidt, un ingeniero alemán que se dedicaba a construir instrumentos musicales. En los convulsos días de la Revolución Francesa la guillotina pasó de ser un instrumento de justicia a convertirse en uno de represión política o de ajuste de antiguas cuentas. Se estima que 2.500 personas fueron guillotinadas en París (2.217 durante los últimos cinco meses del reino del Terror de Robespierre), aunque el número total en Francia pudo acercarse fácilmente a 30.000. Contrariamente a lo que se piensa, Guillotin no murió en la guillotina, sino que dejó este mundo el 26 de marzo de 1814 en su domicilio, con la cabeza firmemente unida a su cuello, a causa de un carbunco en el hombro, lamentando hasta el último momento que su loable idea de una muerte rápida e indolora acabara cobrándose la vida de tantos inocentes y que su nombre pasara a la historia como el inventor de tan infame máquina de matar. De hecho, sus familiares y descendientes estuvieron durante décadas solicitando que se cambiara el nombre al instrumento hasta que, hartos del asunto, fueron ellos quienes modificaron su apellido.



Además, probablemente Guillotin estaba equivocado al afirmar que la máquina de decapitar aseguraba la falta de sufrimiento del reo, porque ¿no es el mayor de los sufrimientos que la cabeza cortada sea consciente durante unos atroces segundos de lo que le ha ocurrido, que contemple su propio cuerpo mientras se desangra o a la multitud increpándola mientras el verdugo la muestra cogida del cabello? ¿Hay peor sufrimiento que sobrevivir a un cuerpo despegado?

Y es que la guillotina separa el tronco de la cabeza sin lesionar directamente el asiento de la consciencia, el cerebro, donde terminan los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Este órgano esencial del Yo queda intacto tras la decapitación y, a pesar de que la falta de suministro de sangre provoca la muerte de las neuronas, esta no se produce instantáneamente, sino que el cerebro cuenta con las suficientes reservas de oxígeno como para ser consciente durante algunos segundos. Así, tras una parada cardiaca se tarda cuatro segundos en perder el conocimiento si la persona está de pie, ocho si está sentada y doce si está tumbada. Estas diferencias reflejan la acción de la gravedad, que provoca que la sangre del cerebro se drene en mucho menos tiempo si la persona está de pie. Así, en el caso de los guillotinados (cuyos cuerpos permanecían tumbados hasta el fatal golpe), no es descabellado pensar que durante algunos interminables y espantosos segundos de indescriptible horror las cabezas eran capaces de ver, de oír y de sentir todo lo que acontecía alrededor y los reos eran plenamente conscientes de lo que les había ocurrido y poseían la inconcebible y paradójica consciencia de su propia muerte.



Historias de cabezas cortadas.
En la Francia revolucionaria corrieron espantosas historias acerca de la vida de las cabezas cortadas. El verdugo de París entre 1778 y 1795, Charles Henri Sanson, contó en sus memorias que el 17 de julio de 1793, tras la ejecución de la joven asesina de Marat, Charlotte Corday, un carpintero que había trabajado todo el día en las reparaciones de la guillotina llamado François Legros cogió su cabeza, la enseñó al pueblo y le propinó una bofetada, tras lo cual la cabeza se sonrojó, mostrando un inconfundible gesto de indignación. También se dijo que cuando las cabezas de dos rivales de la Asamblea Nacional fueron colocadas en el mismo saco, una de ellas mordió a la otra con tanta fuerza que fue imposible separarlas.

La cuestión comenzó a preocupar a médicos y científicos como el famoso Antoine Lavoisier. Como último servicio a la ciencia, el célebre químico dio instrucciones a sus ayudantes para que observaran su cabeza después de ser guillotinado el 8 de mayo de 1794, pues era su intención parpadear mientras mantuviera la consciencia, cosa que hizo durante nada más y nada menos que 20 segundos.

En 1795 el diario Paris Moniteur publicó una carta del célebre anatomista alemán Soemmering, dirigida a su colega Charles Ernest Oelsner y titulada Sur le supplice de la guillotine, en la que le decía estar convencido de la persistencia de la consciencia en las cabezas separadas de sus cuerpos y de que “si siguiera circulando el aire por sus órganos vocales, esas cabezas hablarían”. Añadía que le importaba poco, “para juzgar lo horrible de esto, saber si dura algunos segundos o una hora entera”.

Después de experimentar con las cabezas de animales decapitados, el doctor Jean-Joseph Sue dejó expresado ese mismo parecer en Opinion du Chirurgien Sue, Professeur de Médecine et de Botanique sur le supplice de la guillotine et sur la doleur qui survit à la décollation. Contra semejante idea se alzaron autores como Cabanis, Gasteiller, Petit o Sédillot, que defendieron la guillotina argumentando que el ejecutado ya estaba muerto –antes de que rodara su cabeza– desde el mismo instante en el que la cuchilla golpeaba con su enorme contundencia la médula y el bulbo raquídeo antes de cortarlos y que las expresiones faciales, los parpadeos y los movimientos oculares y de los labios eran simples reflejos en los que no intervenía la consciencia. Sin embargo, en 1804 Giuseppe Mojon experimentó con varias cabezas y llegó a la conclusión de que cerraban los ojos si se las exponía a la luz solar, que si se les pinchaba la lengua con una aguja la retraían inmediatamente con un gesto de dolor y que si se les hablaba, los ojos se movían hacía el lado de donde procedía la voz.



Experimentos con guillotinados.
Ya en 1812 el doctor Legallois había especulado con la posibilidad de que una cabeza cortada pudiera sobrevivir si se le suministraba sangre oxigenada. Sin embargo, hubo que esperar a 1857 para que Brown-Sequard le devolviera la vida a la cabeza cortada de un perro, que mostró “movimientos dirigidos por la voluntad” durante un cuarto de hora después de realizarle una transfusión. Un hombre especialmente interesado en la consciencia de las cabezas cortadas fue el pintor An-toine Joseph Wiertz (1806-1865). A mediados del siglo XIX se escondió bajo el cadalso instalado en la Place Saint-Géry de Bruselas, en la que iba a ser guillotinado un asesino. Iba en compañía de dos testigos y del doctor D., un hipnólogo a quien había dado instrucciones para que le indujera un trance de sugestión hipnótica durante el cual se pudiera identificar con la mente del reo. Según se recoge en Catalogue Raisonné du Musée Wiertz, precede dune biographie du paintre par le Dr.L. Watteau (1865), cuando oyeron caer la cuchilla, el pintor fue presa de una gran agitación y dijo: “¡Piensa! ¡Ve!” “¿Quién?“, preguntó el doctor. “La cabeza. Sufre horriblemente. Piensa y siente, pero no sabe qué le ha ocurrido. Busca su cuerpo y siente que debe unirse con él. Todavía espera el golpe supremo de la muerte, ¡pero la muerte no llega!“. Entonces los testigos vieron cómo la cabeza caía en la cesta, con la sangre escapando a borbotones de ella. Wiertz volvió a hablar, ya más calmado: “Vuelo a través del espacio. ¿Estoy muerto? ¿Es esto el final? ¡Si tan solo me dejaran unirme con mi cuerpo de nuevo! ¡Tened piedad! ¡Devolvédmelo y podré vivir de nuevo!“. Con horror, los testigos vieron en ese momento cómo la cabeza cortada abría los ojos de pronto y les lanzaba una mirada que expresaba el más espantoso de los sufrimientos. El pintor dijo entonces: “Todo lo terrenal se desvanece. Veo a lo lejos una luz brillando como un diamante. Siento que me invade la paz..“. Después guardó silencio y, aunque seguía en trance, dejó de responder a las preguntas del doctor. Tocaron la cabeza cortada y vieron que se había quedado fría. Había muerto. Wiertz plasmó esta experiencia en sus cuadros Últimos pensamientos y visiones de una cabeza cortada (1853) y Una cabeza cortada (1855). En 1884 Jean-Baptistc Vincent Laborde llegó a un acuerdo con la Prefectura de Policía, que le llevó a su laboratorio la cabeza del asesino Gagny apenas siete minutos después de visitar a Madame Guillotine. Conectó sus arterias a las de un perro vivo y, según informó, la cara adoptó una expresión similar a la que tenía en vida. Parece ser que estos espantosos experimentos eran tan frecuentes que el doctor Paul Bert pidió su prohibición, alegando: “No hay duda de que cuando se aprobó esta ley no se tuvo en cuenta la imaginación de cualquier ingenioso médico para torturarlos después de ser ejecutados“.

Sangre oxigenada.
Uno de los casos mejor documentados fue aportado por el doctor Beaurieux (publicado en Archives d’Anthropologie Criminelle, tomo XX, 1905). El asesino Languille fue guillotinado en Orleans (Francia) a las 5.30 am del 28 de junio de 1905 y su cabeza cayó en la cesta en posición completamente vertical, lo que contribuyó a sellar en parte la hemorragia y a prolongar la presencia de sangre cargada de oxígeno en el cerebro. Sus párpados y sus labios se contrajeron espasmódicamente hasta quedarse quietos. Entonces el doctor le llamó por su nombre y sus párpados se abrieron lentamente, “como los de un hombre que despierta“. Y sus ojos le miraron hasta que volvieron a cerrarse. “Era indudable que esos ojos estaban vivos y me miraban“, escribió Beaurieux. El doctor volvió a llamarlo, con el mismo resultado, pero a la tercera vez que lo intentó ya no obtuvo respuesta. En total pasaron unos 30 segundos.



les aclaro que el vídeo es bastante perturbador... cada quien con sus puntos de vista... pero como un comentarios personal asumo que es un camino que la ciencia no debería tomar.

link: https://www.youtube.com/watch?v=bQLPdI_KRS4

En 1955 los doctores Piedelievre y Fournier realizaron un estudio para la Academia de Medicina de Francia a través del cual llegaron a la espantosa conclusión de que tanto la cabeza como el cuerpo sobrevivían a la decapitación “durante minutos, incluso horas, en sujetos sin taras“, y que, por lo tanto, “para el médico no queda más que esta impresión de una horrible experiencia, de una vivisección mortal, seguida de un enterramiento prematuro“.



En 1928 el científico Sergéi S. Brukhonenko, del Instituto Químico-Farmaceútico de Moscú, soprendió a la comunidad científica durante el Tercer Congreso de Fisiólogos de la URSS al presentar la cabeza cortada de un perro que, conectada a su aparato, permanecía con vida. La cabeza parpadeó cuando la mesa sobre la que se apoyaba fue golpeada con un martillo, las pupilas se contrajeron al ser expuestas a una luz, se relamió cuando se le puso en los labios ácido cítrico e incluso se tragó un pedazo de queso que, para horror de los presentes, cayó por el extremo seccionado del esófago. Los experimentos de Brukhonenko fueron recogidos en el documental Experiments in the Revival of Organisms (1940), que puede verse en Internet. Su demostración fue tan asombrosa que poco después Brukhonenko fue convocado para realizarla frente a A. V. Lunacharsky, entonces ministro de Educación ruso, estando también presentes científicos de otros países. La noticia de la cabeza que seguía viva después de ser separada de su cuerpo causó una enorme conmoción en el público europeo. El dramaturgo irlandés George Bernard Shaw publicó una carta en los periódicos Berliner Tageblatt y The New York Times en la que sugería que el experimento fuera practicado en científicos afectados por enfermedades incurables, cortándoles las cabezas y manteniéndolas vivas mediante circulación artificial para que pudieran seguir trabajando por el bien de la humanidad. Incluso decía que él mismo se sentía tentado a cortarse la cabeza “de manera que pueda dirigir obras y escribir sin preocuparme por enfermedades, sin tener que vestirme o desvestirme, sin tener que comer, sin tener que hacer otra cosa que producir obras maestras del arte dramático y la literatura“.

Perro con dos cabezas.
En 1954 otro ruso, el doctor Vladímir Demikhov, fue más lejos al injertar la cabeza y las piernas delanteras de un cachorro en un perro adulto. El perro de dos cabezas murió al cabo de seis días debido al rechazo de los nuevos tejidos, el principal problema que debe superarse para trasplantar un órgano. Durante los siguientes 15 años Demikhov realizó otras 24 intervenciones similares, pero ninguno de los perros sobrevivió más allá de un mes. En 1964 el doctor Robert White, del Cleveland Metropolitan General Hospital (Ohio, EE.UU.), extrajo el cerebro de un perro y lo insertó bajo la piel del cuello de otro tras unir sus sistemas sanguíneos. Sin embargo, como el cerebro aislado no tenía ningún medio de expresarse, fue incapaz de determinar si poseía algún tipo de consciencia. En marzo de 1970 decidió trasplantar las cabezas cortadas de cuatro monos a los cuerpos decapitados de otros cuatro, uniendo sus sistemas vasculares. Entre tres y cuatro horas después las cabezas despertaron y sus electroencefalogramas mostraron signos de una actividad cerebral normal. Sus ojos se movían siguiendo a los investigadores, a quienes intentaban morder, y masticaban los alimentos puestos en sus bocas. Sin embargo, dada la imposibilidad de unir los miles de millones de fibras nerviosas de sus médulas espinales, los monos estaban paralizados del cuello para abajo. No obstante, White insistió en que el trasplante de cabeza podría ser la solución para los tetrapléjicos, muchos de los cuales mueren debido a complicaciones propias de la inmovilidad de sus cuerpos, sobre todo debido a problemas pulmonares. White pensó que con un trasplante de cabeza, aunque siguieran sin poder moverse, sus nuevos cuerpos, donados por pacientes en muerte cerebral, pero sanos por lo demás, les proporcionarían unos años extra de vida.
Cuando sus experimentos fueron divulgados, fueron rechazados tanto por la comunidad científica como por los defensores de los derechos de los animales. Necesitó protección policial y se le negaron los fondos para seguir sus investigaciones. A pesar de ello, durante su carrera realizó una treintena de experimentos similares y a finales de los años noventa del pasado siglo dio una serie de conferencias acompañado de Craig Vetovitz, un hombre de 48 años afectado de tetraplejia desde los 19 que estaba dispuesto a ser el primer humano en someterse a lo que White llamaba “un trasplante de cuerpo“.

Llegados a este punto, la pregunta inevitable es si esta clase de experimentos han sido llevados a cabo en humanos. La única referencia fue ofrecida por el número del 5 de diciembre de 2003 del diario ruso Pravda, en el que se comentaba la obra de Beliaev. Allí se decía que a mediados de los años setenta del pasado siglo dos neurocirujanos alemanes llamados Walner Kraiter y Henry Courige habían conseguido mantener con vida durante veinte días una cabeza humana cortada. Un hombre de cuarenta años fue llevado a su hospital después de un accidente de tráfico en el que había sido prácticamente decapitado, por lo que decidieron unir la cabeza a un soporte vital. Según el periódico, aunque la cabeza no podía hablar los doctores se comunicaban con ella leyendo sus labios. También se decía que en 1989 un tal doctor Truman Doughty, de Phi-ladelphia, había amputado la cabeza de su esposa, enferma de un cáncer terminal, en un desesperado intento de mantenerla a su lado. Unida a un sistema de circulación ex-tracorpórea, la cabeza era incluso capaz de hablar gracias a una bomba que suministraba aire a sus cuerdas vocales. A pesar de que su esposa se había mostrado de acuerdo, el doctor había mantenido el secreto durante años, temiendo ser acusado de asesinato, “y solo recientemente el mundo ha conocido este increíble experimento“. Quien esto escribe no ha podido contrastar esta información, por lo que, en principio, la prudencia aconseja no prestarle credibilidad alguna.

cabezas criogenizadas.
Sí es cierto, sin embargo, que empresas de criopreservación como Alcor Life Extensión Foundation o KrioRus ofrecen a sus clientes la posibilidad de criogenizar únicamente sus cabezas, que son separadas de sus cuerpos en el momento de su muerte. La técnica se llama neuropreservación, es mucho más barata que criopreservar el cuerpo entero y, según dicen, favorece la preservación del cerebro porque todo el proceso de crioprotección (la sustitución del agua intra-celular por soluciones que eviten su congelación) puede ser optimizado para este órgano. Además, las cabezas son más fáciles de mantener y de trasladar en caso de emergencia, lo que evita los casos de “descongelación” que han ocurrido en alguna ocasión con los cuerpos enteros. Lo que se pretende es que en un futuro la medicina avance lo suficiente para crear nuevos cuerpos a partir de los tejidos preservados o para desarrollar un cuerpo clonado donde pueda ser trasplantado el cerebro del paciente. O incluso para transferir esa mente a un cerebro artificial. Algo que, seguramente, ni usted ni yo veremos. A no ser que nos criopreservemos, claro está…




Y, entre tanta cabeza sin cuerpo, concluiremos con la increíble historia de Mike, el pollo sin cabeza. El 10 de septiembre de 1945 el granjero Lloyd Olsen, de Fruita (Colorado, EE.UU.), se dispuso a sacrificar a Mike para agasajar a su suegra, que se encontraba de visita. Sin embargo, a pesar de que el hacha le separó la cabeza del cuerpo, el pollo siguió vivo y se convirtió en una estrella de los sideshows o ferias de monstruos, compartiendo escenario con la mujer barbuda o la ternera de dos cabezas. Olsen le alimentaba con una mezcla de leche, agua y granos de maíz que le suministraba a través del esófago mediante un cuentagotas. En ocasiones el moco formado en sus maltrechas vías aéreas le dificultaba la respiración, por lo que el granjero se lo succionaba con una jeringa, pero, por lo demás, Mike era tan feliz como cualquier otro pollo. En la cima de su popularidad El pollo milagro recaudaba 4.500 dólares a la semana (una enorme cantidad para la época), tenía un seguro de vida de 10.000 dólares y apareció en revistas tan importantes como Time y Life. Un año y medio después los Olsen hacían noche en un motel de carretera de Phoenix (Arizo-na) cuando Mike empezó a ahogarse. Lloyd buscó deseperadamente la jeringa, pero no la encontró porque la había olvidado en la feria en la que lo habían exhibido el día anterior, así que nada pudo hacer por salvarle. Su examen post mórtem reveló que el hachazo había dejado intacto el troncoencéfalo, la estructura nerviosa que regula funciones vitales como el latido cardiaco, la respiración o los reflejos, lo que había permitido a Mike seguir con vida, ya que las aves no dependen tanto de las estructuras cerebrales superiores como los mamíferos. Probablemente, un brusco espasmo de los vasos sanguíneos había impedido que muriera desangrado. Un caso entre un millón. De hecho, el éxito de Mike hizo que muchos se lanzaran a decapitar a sus pollos, aunque ninguno logró vivir tanto como Mike. Uno llamado Lucky vivió once días, pero durante una de sus alocadas carreras cayó en una estufa y murió abrasado. Después de todo, no era tan afortunado.

Datos extras.
El 7 de septiembre de 1880, el doctor Dassy de Ligniéres (Francia) se atrevió a hacer algo a lo que siempre se había negado Brown-Sequard. Se hizo con la cabeza del asesino Menesclou y, nada más y nada menos que tres horas después de que hubiera sido separada de su cuerpo, le realizó una transfusión con la sangre de un perro vivo. Según notificó, la piel recobró el color y los párpados y los labios se movieron. Concluyó que “durante dos segundos el cerebro pensó” y que esa cabeza separada del cuerpo “había oído las voces de la muchedumbre. El decapitado se sintió caer en la cesta. Vio la guillotina y la luz del día“.

A finales de 1925 el escritor ruso Alexander Beliaev publicó la novela La cabeza del profesor Dowell, en la que una enfermera es contratada para cuidar la cabeza de dicho profesor, mantenida viva separada de su cuerpo gracias a un complicado equipo. Tal vez el escritor obtuvo la inspiración del trabajo del científico Sergéi S. Brukhonenko, del Instituto Químico-Farmacéutico de Moscú, que desde 1923 trabajaba en la fabricación de un aparato capaz de
mantener vivos órganos separados del cuerpo. Lo llamó autojector y consistía en un sistema de válvulas capaz de suministrar sangre oxigenada, un claro precursor de los aparatos de circulación extracorpórea utilizados hoy en día.

EL PRIMER TRASPLANTE DE CABEZA HUMANA

Un neurocientífico italiano asegura que ya contamos con la tecnología para hacerlo. Y por disparatado que parezca, muchos científicos están de acuerdo



Donante
Se realizan incisiones profundas en los cuellos de ambos pacientes, separando cuidadosamente todas las estructuras anatómicas.

Quedan al descubierto las venas carótidas y yugulares, y la columna.
El cuerpo del donante respira y transmite sangre a los tejidos por medio de diferentes equipos



Receptor
Los músculos se etiquetan con diferentes colores para facilitar la reconexión. La glándula tiroidea del receptor no se quita.



La columna se corta entre las vértebras cervicales C5 y C6 de ambos pacientes y se expone la médula espinal. Para cortar limpiamente esta última, se utiliza el microscopio.

Se enfría la cabeza del receptor del cuerpo a 10ºC.
El cuerpo del donante no se enfría; lo que se hace es descender la temperatura de la médula a 10ºC, para no dañar los órganos y que la temperatura de conexión sea similar entre ambas partes.



En una hora debe reconectarse al flujo sanguíneo para que la intervención tenga éxito.

La cabeza se mantiene firmemente colocada en la camilla.
La reconexión comienza, pero ya no se hace con los “pacientes” recostados, sino que el cuerpo se coloca en vertical, atado en la camilla, y la cabeza se va colocando directamente desde arriba.
Para reconectar ambos sistemas vasculares se utilizan pequeñas cánulas en las carótidas y yugulares. Luego, se unen y cosen.
Es importante que durante la transferencia se cierren los vasos sanguíneos, para evitar embolismos. Cuando se realiza la unión, el flujo sanguíneo del cuerpo se restablece automáticamente en la cabeza del receptor.



Hay que coser la duramadre, una de las tres capas que rodea la médula espinal y el cerebro.

Luego se estabiliza la columna por medio de cables, fijaciones y cualquier otro tipo de sujeción, tanto anterior como posterior.
Se unen los nervios vago y frénico.
Se conectan el esófago y la tráquea.
Se utilizan las etiquetas de colores del paso 3 para unir los músculos.
Paso final: unir la piel.

Para reconstruir las arterias vertebrales hay que unir las dos espinas. Esta es la parte que se creía imposible. Sergio Canavero sugiere utilizar pegamento de glicol directamente en el torrente sanguíneo del paciente, de modo que las fisuras se llenen.



Sabes de quienes he recibido más cartas y llamadas solicitando información?”, pregunta desde Italia, Sergio Canavero. “De transexuales.” Y suena lógico. Este neurocientífico, director del Grupo de Neuromodulación Avanzado de Turín, ha asegurado en un trabajo publicado en Surgical Neurological International que ya contamos con la tecnología para realizar un trasplante de cabeza completo. Y propone hacer el primero en menos de tres años.

La investigación en trasplantes de cabeza, que en realidad debería llamarse donación de cuerpo, ya que es la cabeza la que “recibe” un cuerpo nuevo, comenzó en la década de 1940. En aquellos tiempos, el científico ruso Vladimir Demikhov experimentaba con perros construyendo falsas quimeras, como sus canes de dos cabezas. En total, Demikhov realizó más de 20 intervenciones de este tipo, con las que creó un terrorífico ejército de animales bicéfalos. Hoy, estos experimentos se consideran una aberración; pero gracias a ellos se comenzó a investigar en las técnicas de trasplantes. Este científico ruso, muerto en 1988, fue quien logró llevar a cabo el primer trasplante de corazón en un perro, en 1946, el pionero en trasplantar un pulmón en cualquier mamífero, un año más tarde, y en 1953 realizó el primer bypass coronario.

El mono con dos cabezas

Todo ello permitió que en 1967 el cirujano sudafricano Christiaan Barnard realizara por primera vez un trasplante de corazón en un ser humano. El propio Barnard reconocía que “si existe un padre de los trasplantes de corazón y pulmón, ese título lo ostenta, sin duda, Demikhov”. Y no fue el único que le consideró un pionero. En los años 70 el doctor Robert White, inspirado por los experimentos de Demikhov, realizó el primer intercambio de cabezas en primates, trasplantando con éxito la cabeza de un mono Rhesus al cuerpo de otro. El pequeño simio sobrevivió durante varios días, pero al no poder conectar la médula espinal a la cabeza, falleció. El doctor Jerry Silver, de la Universidad Case Western Reserve, estuvo presente y sus memorias no son agradables. “Recuerdo que la cabeza se despertó”, asegura Silver, “y su expresión facial era de un dolor terrible. No me olvido tampoco de la ansiedad y la confusión que se podía ver en su rostro. Cuando los médicos intentaron alimentar al animal, la comida cayó al suelo. Fue terrible. La cabeza siguió viva, pero por poco tiempo”.

El dolor que experimentó el mono es algo en lo que Cavanero ya ha investigado. “Se produce cuando se secciona la médula espinal”, explica, “y se llama dolor central. Es algo que no deberías desearle ni a tu peor enemigo”.

Por eso, este obstáculo, la reconexión de la médula, es la piedra angular en la que se basa el trabajo de Canavero: “Cuando leí los papeles de White, me pregunté si lograría hacer un trasplante. Y comencé a interesarme en la regeneración neuronal. En 1986, George Bittner, del Departamento de Zoología de la Universidad de Texas, demostró que se podía restablecer la conexión entre las partes seccionadas de la médula utilizando polietilenglicol (PEG), un polímero que actúa como adhesivo. Me resultó interesante, pero durante treinta años nadie escribió sobre eso”. Lo extraño es que en 2013 el antes mencionado doctor Silver reconectó la médula de una rata gracias a este pegamento. Así que, ¿obstáculo salvado? En absoluto. Para el propio Silver: “Aún estamos a años luz de poder realizar una intervención similar en humanos. Falta mucho para que consigamos unir todas las piezas de modo que el sujeto recupere finalmente la movilidad completa”.

Canavero no está de acuerdo: “Desde hace 50 años sabemos que no es necesario reconectar todo el circuito nervioso para tener motricidad completa; basta solamente entre un 10 y un 30%. Nosotros creo que podemos reconectar hasta un 60%”.

Otros avances parecían imposibles y...



Las afirmaciones de Canavero han generado, obviamente, mucho revuelo. Algunos, como el propio Silver, aseguran que es imposible. Otros, como Anthony Warrens, de la Sociedad Británica de Trasplantes, señalan que “conectar una cabeza a un cuerpo es un sinsentido hoy en día. Toda la idea es muy extraña”. Mientras tanto, aquí, en España, las opiniones están muy divididas. Manuel Martín Loeches, profesor de Neurociencia Cognitiva de la Universidad Complutense de Madrid, asegura: “No lo veo nada descabellado, y en realidad el único dilema sería el de quién es el “titular” de lo que salga: ¿el dueño original de la cabeza o el del cuerpo? Voto por el de la cabeza, es lo único que vale de verdad para que haya un ‘yo’. Tengo mis dudas respecto a cómo enlazar el sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) con todos los nervios periféricos, pero tampoco lo creo imposible, hoy día, pues se ha hecho con los de las manos. Resumiendo: lo creo factible, me caben pocas dudas”.

Por su parte, José Aguilera, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, es ambiguo. Al principio, asegura: “Difícilmente se podría llevar a cabo una intervención así. La médula espinal es muy compleja y el resultado podría no ser bueno”. Después lo piensa más despacio: “Pero la verdad es que no lo podemos considerar inverosímil. Habría que ver el tema del rechazo de tejidos y cómo afectaría hormonalmente al comportamiento del nuevo cuerpo el cerebro”.



Son muchos los científicos que ponen en tela de juicio que de verdad contemos con la tecnología para realizar este tipo de operación, que claman que es algo imposible y que estamos jugando a Prometeo y Frankenstein. “Hace poco más de un siglo”, señala Canavero para explicarlo, “a los hermanos Wright les decían que una nave que fuera más pesada que el aire no podía levantar vuelo. La historia de la ciencia está plagada de ejemplos de imposibles que se convirtieron en realidad”.

Pero también de otros, como los coches voladores, los autobuses submarinos y los viajes en el tiempo, que apenas llegaron al cine.

Aguilera intenta aclarar esta cuestión: “Muchas veces estas ideas se lanzan para obtener notoriedad o para avanzar hacia el futuro. Es como cuando Barnard hizo el primer trasplante de corazón; quizá él avanzó demasiado deprisa. Aunque muchos científicos ya sabíamos que se podía hacer”.



La intervención completa (véase el paso a paso en la página anterior) requiere del trabajo de 100 profesionales médicos durante unas 36 horas y costaría unos 10 millones de euros. Aunque pueda sorprender, el tiempo necesario para reconectar cuerpo y cabeza es de apenas una hora. “Esto viene de conocimientos adquiridos por el doctor White en sus intervenciones”, señala Canavero. “Y pese a parecer increíble, es más que suficiente. Igual que los 20 minutos que nos llevará reunir ambas secciones de la médula. Claro, que es la parte más crítica de toda la intervención”. Según el neurocientífico italiano, tanto los costes como el tiempo se irán reduciendo a medida que progresemos en nuestro conocimiento. “Inicialmente, un trasplante de hígado”, confirma Canavero, “duraba unas 14 horas; ahora apenas 2”. Pero no es lo mismo un solo órgano que un cuerpo entero...

La pregunta es: ¿Deberíamos hacerlo?

Pese a que el objetivo de este trasplante es restablecer las funciones motoras en pacientes con condiciones médicas muy graves, como distrofia muscular progresiva, cáncer o tetrapléjicos con fallos orgánicos múltiples, Canavero señala que podría abrir las puertas a profundos dilemas éticos. “Hay mucha gente que sufre de enfermedades ahora incurables... Pero muchos pueden utilizarlo como una forma de esquivar la muerte por medio de un cuerpo más joven. El problema será regular un procedimiento que tiene el poder de dividir a la sociedad”.

Desde el Comité Español de Bioética, el Dr. Manuel de los Reyes, uno de sus miembros más reconocidos, se niega a opinar porque, asegura, no tiene suficiente información al respecto.

Por suerte, José Aguilera da en el clavo: “Los científicos estamos preparados para este tipo de debates. La sociedad no lo está. En el mundo hay miles de científicos experimentando con sustancias peligrosas y no ocurre nada. Yo he trabajado con un neurotóxico que podría haber matado a toda la población de Barcelona. Eso no significa que lo usemos. Pero la sociedad necesita participar de este tipo de dilemas”. Y a la luz de la velocidad a la que se puede acercar este logro, no queda duda de esa necesidad.

Cavanero reconoce que aún no ha progresado más debido a la falta de fondos. Pero esto se podría resolver muy pronto, confiesa, ya que el Proyecto 2045 ha contactado con él. Esta iniciativa del millonario ruso Dmitry Itskov pretende crear tecnologías que nos permitan transferir nuestra personalidad a entidades no biológicas y volvernos eternos. “Me han invitado a Moscú a exponer mis ideas”, señala Canavero, “para hablar de la posibilidad de darme fondos y poder continuar la investigación”. La primera etapa del proyecto 2045 concluye el año que viene. Quizá entonces ya sepamos si los trasplantes de cabeza son una realidad o un recurso más para la ciencia ficción.



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