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Cada vez son más los africanos que llegan y se quedan

Vienen desde hace más de una década, pero en el último tiempo su población aquí se multiplicó. Y en el caso de los senegaleses, creció diez veces. Cómo y por qué emprenden su aventura argentina.



“Hay barrios en los que no podés caminar dos cuadras sin ver a un senegalés”, dice Ousmane Badji, nacido en Dakar, la capital de Senegal. Ajeno a las estadísticas, este actual vecino de Palermo ilustra de forma práctica un proceso que se acelera: la llegada de inmigrantes africanos al país.

Aunque se hizo más evidente en los últimos años, la más reciente oleada migratoria desde África hacia la Argentina comenzó hace un par de décadas. Y no es fácil traducirla en números: muchos entran al país por pasos fronterizos no habilitados, y el censo de 2010 no dio estadísticas sobre residentes africanos por nación de procedencia.

Con todo, hay datos no oficiales que grafican su presencia cada vez más importante. Como, por ejemplo, que hoy viven unos 2.000 senegaleses en la Ciudad de Buenos Aires, según Ndathie “Moustafa” Sene, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina. O que los africanos en el país son, en total, unos 10.000, de acuerdo a estimaciones de Otitigbe Oghoerore Alegbe, a cargo de la Asociación de Nigerianos en el Río de la Plata. O que “últimamente está viniendo más gente de Camerún porque Europa se está cerrando” y “se integran más acá porque en otro lugar hay más competencia”, según el camerunés Maxime Tankouo, dueño del restorán El Buen Sabor Africano.

Aunque no es el único país de procedencia, Senegal es clave a la hora de entender este fenómeno: mientras desde 2004 hasta 2012 se resolvían menos de 100 permisos de residencia anuales de ciudadanos senegaleses en la Argentina, de 2013 a esta parte hay más de mil por año. Es la nación africana con más trámites de radicación anuales por estas pampas y está en el “top 20” entre todas las comunidades inmigrantes del mundo que viven aquí, según la Dirección Nacional de Migraciones.

Nigeria es otro de los países de origen en esta oleada, aunque en la actualidad en mucho menor medida. “En los noventa éramos 1.500. Hoy no llegamos a 300. Con la crisis de 2001, muchos se fueron de acá a Estados Unidos aprovechando el pasaporte argentino”, explica Oghoerore. Sin embargo, “varios se quedaron y además empezaron a llegar los que yo llamo ‘exploradores’: vienen y, si les va bien, se instalan acá definitivamente”.

Entre los que arriban a la Argentina desde África figuran también ciudadanos de Costa de Marfil, Camerún, Ghana y Gambia. Eso sólo durante la última de varias corrientes migratorias, porque “la presencia de africanos en territorio argentino data de los siglos XVII y XVIII con esclavizados y, en los siglos XIX y XX, con caboverdeanos”, precisa Manuel Aldaz, director de la Fundación Ciudadanos del Mundo, que asiste a inmigrantes y refugiados.

Contrario a lo que muchos podrían pensar, buena parte de los recién llegados de África dejan una posición nada despreciable en su país, e incluso vienen con un título (o varios) bajo el brazo, como Alioune Nndiaye, que se licenció en Lengua y Ciencia Moderna en Dakar, y acá estudió Administración de PyMEs con orientación en Recursos Humanos en el IAC.

“Muchos hablan en varios idiomas, tienen el secundario como mínimo y son de clase media, pero no consiguen trabajo por su aspecto y por eso laburan en la calle”, sostiene Federico Pita, presidente de la organización Diáspora Africana en la Argentina (Diafar) y especialista en migraciones africanas. Oghoerore coincide: “Varios tienen coche, casa y mujeres en Nigeria. Pero vinieron porque son comerciantes y querían crear acá un mercado con África, aunque al llegar encontraron demasiadas trabas”.



Otra creencia extendida es que los inmigrantes africanos siempre entran al país en pateras o como polizones en aviones. Sin embargo, es común que vuelen directamente desde sus lugares de origen, o bien “llegan con visa a Brasil, porque allá hay un consulado senegalés, y desde ahí cruzan a la Argentina irregularmente con lanchas, canoas o camiones”, explica Aldaz. El continente africano tiene escasa representación diplomática en nuestro país. Y viceversa: los senegaleses que quieren obtener visa argentina, por ejemplo, deben viajar hasta Nigeria, a seis horas en avión.

En este panorama las mujeres aún están rezagadas. Pita analiza: “esta inmigración es de varones jóvenes, en su mayoría solteros. Las mujeres que vinieron son excepciones, y en general llegan ya con pareja”. O se quedan en su país, como Assette, la esposa de Nndiaye.

A todo esto, resta una pregunta: ¿por qué vienen a la Argentina? O, mejor dicho, ¿por qué se quedan? “Por la calidez humana que hay. Cuando tenés un problema, no necesitás ir a buscar a tu compatriota para recibir ayuda”, asegura Oghoerore. Badji lo ve de forma práctica: “No tengo problemas y sí más oportunidad de trabajar o crecer más profesionalmente. Por eso me conviene quedarme, al menos por ahora”. Nndiaye lo resume en cuatro palabras: “Acá hay paz y vida”.


Maxime Tankouo, Camerún: “Tuve que bancarme muchos prejuicios y ninguneo”

Cuesta encontrar un hueco para que Maxime Tankouo (39) pueda dar la entrevista: últimamente apenas duerme, entre el trabajo en su restorán camerunés El Buen Sabor Africano y su servicio de catering. “Me levanto a las 8 y, desde hace dos semanas, me acuesto a las 7. El trabajo es intensivo y sin parar. Un día normal, duermo de 3 a 8”, cuenta, estoico.

Hace 13 años, antes de ganar fama por sus fritos de acelga con carne o sus pescados a la parrilla con mandioca, era un recién llegado de Duala, la capital económica de Camerún, que había hecho escala en Panamá, donde había sido recomendado para un equipo de fútbol. “Pero Panamá no era el lugar que quería, no llegué a probar. De ahí fui a Brasil y de ahí a la Argentina”, rememora.

Atraído por “la noche porteña, las mujeres y las oportunidades que había acá”, se instaló en Buenos Aires,
aunque al poco tiempo se quedó sin dinero y tuvo que vivir en la calle unas semanas. Lo que no lo hizo desistir: al poco tiempo logró abrir un locutorio con maxikiosco e Internet. Y en 2008, ayudado por sus amigos, instaló un restorán de comida africana en Villa Crespo, que en sus inicios no resultó como esperaba: “Me tuve que bancar muchos prejuicios y ninguneo. Por casi un año no fue nadie. Pero perseveré y después vino un periodista que me hizo una nota. Ahí despegó”.

Hoy, ya con mujer (Paula), hijos (Franco, de 9 años, y Selena, de 4), y Boca “circulando por sus venas”, como él mismo describe, puede destacar lo que le gusta de los argentinos: el culto a la amistad y el asado. “Al restorán van amigos que se conocen desde hace muchos años. Cuando me piden que les saque una foto, me emociono tanto que siempre sale torcida”, reconoce.


Alioune Nndiaye, Senegal: “Soy más maduro que la discriminación. El que maltrata sólo lo hace por ignorante”

Llegó en 2008 desde Khombole, una ciudad de 12.000 habitantes en el oeste de Senegal. Acá vivió primero en Boedo y después en Once. Y hace cuatro años que vende bijou en Retiro: “Es lo que hay y hay que vender. Hay que aceptarlo y vivirlo”, dice Alioune Nndiaye (28), rodeado de kioscos de revistas, locales que ofrecen sándwiches y tortas y gente apurada que lleva valijas.

Ya conoce a sus clientes, les habla, se ríe con ellos. “Chau, mi amor”, saluda divertido a una mujer que iba a comprarle pero se arrepintió.

“Vine para aprender idiomas. Sabía algo de español y había estudiado un poco de la historia argentina”, explica este graduado en Lengua y Ciencia Moderna en la Universidad Cheikh-Anta-Diop (la más importante de Senegal) e informática en el IAC, donde actualmente estudia Administración de PyMEs.

En sus ocho años de estadía argentina pudo conocer un poco el país: Tucumán, Córdoba, Neuquén. “Acá hay paz y vida. Aunque no es mi tierra”, reconoce. Acá tampoco está su Assette, con quien se casó en Senegal pero que no trajo a la Argentina porque, dice, “en este país mandan las mujeres”.

Si tuviera que partir de vuelta, ahora desde Buenos Aires, se llevaría varias cosas. Entre ellas, “la forma de tratar a los nenes. Los tratan mucho mejor que en Senegal”.
Y si de tratos se habla, Nndiaye no escapa a la discriminación que muchos de los nacidos en su continente sufren aquí. Pero lo toma con filosofía. “Soy más maduro que la discriminación. El que maltrata sólo lo hace por ignorante. Si me dicen algo malo, no me afecta, porque sé que no soy como ellos dicen”, razona, antes de saludar a otra clienta.



Son las tres de la tarde y está sentado en un bar de Palermo, cerca del restorán donde entrará a cocinar especialidades armenias en breve, hasta las doce o una. Viene de toda una mañana de quehaceres en un hotel de Recoleta. “La vida siempre es sacrificio. Sin trabajo no hay nada”, contesta Ousmane Badji (28) cuando se le pregunta cómo hace para tolerar esa jornada agotadora y, además, estudiar gastronomía.

Vino hace siete años, impulsado por su padre, que llegó a Buenos Aires a principios de la década pasada. Después de terminar la secundaria, trocó Dakar por San Telmo sin saber decir ni “hola”, y enseguida empezó a trabajar como bachero en un local de cocina italiana. Recuerda que no quería que nadie lo ayudara con el idioma. “A mí me gustaba no tener a nadie que me ayudara en francés, mi lengua. Quería aprender a hablar con la gente, para aprovechar el tono y el lunfardo de acá”, cuenta en un acento más neutro que el de la mayoría de sus coterráneos.

Con siete años de permanencia en la Ciudad, Badji sabe de primera mano cómo fue creciendo la inmigración africana acá. “Cuando llegamos, no había casi nadie de mi país, y para saludar a alguno teníamos que viajar de un barrio a otro”.

De su llegada guarda memorias buenas y otras no tanto: “Cada vez que pasaba o entraba al colectivo o al subte me miraban mucho, algunos me sonreían y otros, los más viejos, me tocaban. Era muy raro. Ahora lo hacen mucho menos”. Pero prefiere reparar en los amigos que hizo acá, con su título de gestión hotelera que obtuvo tres años después de llegar, con sus horas en el gimnasio (“entreno como un loco”, reconoce) o mirando un partido de River.
“Extraño Senegal, pero allá hay mucha gente y poco laburo, entonces la mayoría trata de salir afuera a buscar algo mejor. Por ahora no me veo volviendo, estoy bien acá”, explica. Y se va a trabajar.
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juanmaking

bolitas, paraguas, perucas, chilotes, negros africanos, que asco esto loco

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scooby_r

@EmperadorJapones es por la mentira de la patria grande y el narco sur , que vayan a cagar , el que quiera entrar que pase por migraciones y diga a que vienen y por cuanto se queda , aca en tucuman tambien se lleno de grones

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