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China Nacion que paso de la Edad Media a Superpotencia 1

El impacto de China en el futuro de Asia y del mundo

Que la emergencia de China está cambiando el mundo a toda velocidad es una evidencia.
También es verdad que se trata de un proceso que aún puede experimentar altibajos
importantes y que, por lo tanto, no puede darse por concluido en modo alguno. Sea
como fuere, su lugar y función en el sistema internacional dependerá de su evolución
interna y de la actitud hacia ella de cada uno de los principales polos de poder mundial.
En igual sentido, el de China superpotencia, dándolo como un hecho inevitable, es uno
de los vaticinios más reiterados de los últimos años. ¿Pudiera no llegar a serlo? Existen
dudas al respecto, ya que las incertidumbres de la situación internacional y las
fragilidades internas derivadas de su propio proceso son lo suficientemente graves como
para fundamentar cierta cautela. De lo que no hay duda es que China está presente cada
vez más en nuestras vidas. Simplemente ojeando la actualidad a lo largo de 2008,
podemos comprobar su protagonismo informativo: la revuelta en Tibet, los Juegos
Olímpicos, el episodio de la leche contaminada, la detención de Hu Jia o el impacto de
la crisis financiera, dan cuenta de la intensificación de las miradas hacia China, con
variados y múltiples motivos.

Y no solo está cada día más presente, sino que el perfil de esa presencia también cambia
velozmente. Si hasta hace poco, su imagen estaba asociada a los juguetes, a los textiles,
a las tiendas todo-a-cien o a los restaurantes de comida china (cuya rápida proliferación
algunos asociaron a la diversificación de riesgos de las triadas chinas ante la inminencia
y irreversibilidad de la retrocesión de Hong Kong), ahora su perfil es otro y más
complejo. China, por ejemplo, es una potencia espacial que a finales de septiembre
último abordó su primer paseo estelar y sus objetivos para 2020 incluyen la creación de
una estación autónoma y, quizás, pisar la Luna; en los deportes, hemos visto su
medallero en Beijing, que consolida los avances registrados en Atenas, universalizando
algunas figuras como Yao Ming y algunos más; en lo tecnológico, sus pasos son cada
vez más firmes, como hemos podido comprobar con la construcción de la vía férrea a
Tibet, salvando complejas dificultades técnicas, o el impulso de su industria aeronáutica

(China construye hoy los helicópteros ligeros más rápidos del mundo y la capacidad de
sus aviones va en aumento). En el ámbito de la cultura, su proyección también es cada
vez mayor y los Institutos Confucio alargan su presencia en todo el mundo acaparando
la atención de numerosos gobiernos. Por último, ha pasado de ser país receptor de
inversiones a ser también inversor en determinadas áreas como América Latina o África,
si bien con un perfil ciertamente bajo (con un volumen inferior, por ejemplo, al aplicado Taiwan)


Nada de esto es casual. Es fruto de un doble éxito. En primer lugar, económico, en
virtud de esa tasa media de crecimiento del 9,8% a lo largo de treinta años, que la ha
convertido en la cuarta economía del mundo. En 1979 exportaba por valor de 10.000
millones de dólares, mientras que en 2007 lo hacía por valor de 1,2 billones. Sus
reservas de divisas equivalen a 1,9 billones, siendo las más importantes del mundo. Las
estimaciones de diversos organismos la señalan ya como la primera potencia económica
del mundo en apenas dos décadas más. No obstante, debiéramos tener en cuenta que el
proceso aún está en sus comienzos pues la economía china representa aún la tercera
parte de la economía japonesa y la octava parte de la estadounidense, si bien estos
porcentajes habría que ponderarlos tanto en función de lo engañoso de las estadísticas
chinas como de los efectos correctores de la actual crisis de la que saldrán inevitables
ajustes. En cualquier caso, a China le queda aún mucho trecho para crecer y desarrollar
al máximo sus potencialidades, un proceso que, culminado con éxito, derivará en una
potencia de gran capacidad económica y productiva.


En segundo lugar, cabe hablar también de un éxito más global, de carácter sistémico. En
efecto, a diferencia de los países del Este europeo que optaron por la terapia de shock
como instrumento para llevar a cabo la transición de una economía planificada a otra de
mercado, China eligió su propio camino, optando por el gradualismo, la
experimentación y la visión estratégica. Con la excepción del pinchazo de 1989
(sucesos de Tiananmen), lo cierto es que la estabilidad ha presidido esta inmensa y
delicada transformación. Además de esta crisis, la más visible y mediática, las sombras
del proceso se manifiestan en otros dominios como los desequilibrios territoriales, las
desigualdades sociales y el escaso avance en materia social, por ejemplo. En 2007, de
un total de 177 países, China se encontraba en la posición 81 en el Índice de Desarrollo
Humano del PNUD. Las desigualdades, por otra parte, constituyen una auténtica bomba
de relojería. En 2007, el PIB per capita de Shangai era 13 veces mayor que el de la
provincia de Guizhou, por ejemplo, que ya era 10 veces mayor en 2005 (las
desigualdades aumentan a pesar de los esfuerzos por contenerlas). El coeficiente Gini de
China se sitúa en el 0,48, un límite de riesgo que advierte de las profundas tensiones que
habitan en su interior, ocultas en ese magma de prosperidad que nos ciega en el exterior.
Por otra parte, entre el campo y la ciudad, las cifras oficiales constatan una diferencia de
renta en 2007 de 4.140 yuanes frente a 13.786, datos que explican y justifican el
malestar por el desigual reparto de la prosperidad generada en las tres últimas décadas y
que ha disuelto de un plumazo el igualitarismo reinante en el periodo inmediatamente
anterior



A la hora de evaluar los impactos, no debemos perder de vista que el objetivo general
del proceso de reformas que vive China presenta dos dimensiones clave. De una parte,
sin vocación mesiánica de ningún tipo y afirmando su propia soberanía, explorar una
vía singular al desarrollo (el socialismo con peculiaridades chinas), como intentara Mao
en su día alejándose de la URSS convencido como estaba de que no podía haber “dos
soles en el cielo”. De otra, recuperar la grandeza perdida, objetivo que se expresa en dos
variables. De una parte, el desarrollo; de otra, la soberanía. En cuanto al primero, la
evolución del peso de China en el PIB mundial ilustra a las claras su decadencia y
resurgimiento: 33% en 1820; 22% en 1870; 9% en 1913; 4% en 1950; 3,4% en 1980;
6% en 2007; 6,6% en 2008. Las guerras del opio simbolizan el ecuador de esa
decadencia.



El empeño en la soberanía, que explica en cierta medida el auge del discurso
nacionalista, tiene también dos dimensiones: hacia dentro y hacia fuera. Es decir, no
solo se trata de recuperar la capacidad plena para decidir libremente y sin cortapisas
sobre los asuntos globales o la gestión de sus intereses internacionales, sino también de
recuperar el control sobre aquellos territorios que llegó a perder en virtud de su
decadencia histórica. La unificación es, por ello, la otra cara, inseparable, de la
modernización china, y sin ella, esta última nunca será completa. Consumada en
relación a Hong Kong (1997) y Macao (1999), queda pendiente la isla de Taiwán,
inmersa en un proceso de acercamiento fluido en lo económico, pero limitado en lo
político ante las insuficiencias de la fórmula “un país, dos sistemas”, núcleo duro de la
posición continental. Estamos ante una diferencia importante respecto a los procesos
vividos en los países del socialismo real, donde el cambio de modelo llevó aparejado en
numerosos casos la desmembración territorial, ya que en China, por el contrario, esa
transformación se desarrolla en paralelo a un proceso de afirmación de su soberanía y de
recuperación de buena parte de su dimensión histórico-territorial.

Estos objetivos se traducen, en lo económico, en el programa de las llamadas cuatro
modernizaciones (industria, agricultura, defensa, ciencia y tecnología), y en lo político,
en la reiteración de los cuatro principios fundamentales (perseverancia en el socialismo,
dictadura del proletariado, dirección por el Partido Comunista y vigencia del marxismoleninismo
pensamiento Mao Zedong), formulados por Deng Xiaoping para evitar la
deriva capitalista del proceso modernizador. En realidad, de las cuatro modernizaciones
ya se hablaba en 1964, durante la etapa conocida como de “restauración burocrática”, el
periodo intermedio entre el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, con Mao
marginado del poder, Liu Shaoqi en la presidencia de la República y Deng Xiaoping al
frente de la secretaría general del PCCh. Liu Shaoqi, el auténtico ideólogo y cabecilla de
la “línea negra”, acabó falleciendo en la cárcel en 1968. Recientemente, la actual cúpula
china le homenajeó en pleno con motivo de cumplirse el 110 aniversario de su
nacimiento.




El logro de los objetivos finales y el nivel de impacto global de este proceso va a
depender de la gestión de una agenda cuyos contenidos principales hoy día y a futuro
(básicamente en los próximos diez años, que conformarán una década decisiva)
podríamos resumir de la siguiente forma. En lo económico, dos son las preocupaciones
fundamentales. De una parte, el cambio en el modelo de desarrollo; de otra, la reducción
de los desequilibrios y las desigualdades. En cuanto a lo primero, cabe señalar que
China ambiciona ser algo más que el taller del mundo. Su modelo de crecimiento se ha
basado en tres claves principales: inversión exterior, mano de obra barata y orientación
de la producción hacia la exportación. Ese modelo ha llevado consigo importantes
costes que han sido despreciados y, además, si China ambiciona ser una potencia global,
debe incorporar a su modelo claves indispensables como el factor ambiental, el
tecnológico, el uso racional de la energía, la potenciación del mercado interior, el
impulso al campo, etc., elementos que en efecto están presentes en la caracterización de
ese nuevo modelo y que le permitirían superar buena parte de las fragilidades del
presente. La actual crisis financiera extrema la urgencia de este proceso, pues los
efectos se centran en las exportaciones, sector inmobiliario, etc., afectando al empleo de
forma ostensible (en Shenzhen o en Pudong, se habla ya de varios millones de
desempleados). Estas circunstancias aconsejan la aceleración de esta transformación,
proceso complicado en una economía de las dimensiones chinas. En cuanto al segundo
elemento, la intensidad de las desigualdades y desequilibrios que ha generado el actual
proceso de transformación son bien conocidas y se concretan en abismales diferencias
de desarrollo entre el este y el oeste del país, con la consiguiente pérdida de cohesión
territorial que exigirá grandes esfuerzos para ser corregida.

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