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Cómo era Marcelo Bielsa de niño: anécdotas para entender el

De familia de abogados, se inclinó desde muy chico por el fútbol; aquellos años comenzaron a definir su personalidad; las historia más locas del pequeño Loco




Don Pedro era un hombre bonachón. Durante la semana trabajaba como obrero industrial en una empresa de tractores, mientras que los fines de semana se vestía de héroe para los niños de la esquina de Mitre y Viamonte, en Rosario. Chofer, tutor, entrenador, mánager y protector. Cumplía todas las funciones administrativas y de coordinación en Estrella Azul, el equipo informal del barrio. Fue un sábado por la mañana cuando descubrió realmente la admiración que producía en ese grupo de amigos, en el que ninguno superaba los 12 años de edad. Como cada fin de semana, marcharon temprano en busca de un espacio libre en el Parque de la Independencia, a pocas cuadras de donde vivían, para poder patear un rato la pelota. Claro, no era nada fácil: chicos de todos los rincones de la ciudad se acercaban allí con el mismo objetivo. Aunque ese día fue diferente, encontraron un lugar perfecto casi sin buscar. La soledad de aquel espacio no llamó la atención. Entre gritos y risas, luego de repartir sus camisetas, una mezcla de las Racing y Vélez, se desparramaron sobre la improvisada cancha, armada con buzos como palos y esas líneas imaginarias que apuestan a la buena voluntad de los intérpretes. Pero la bocina de un patrullero policial irrumpió en la escena, acallando cualquier otro tipo de ruido. Bajaron dos oficiales, que lucían orgullosos sus impecables uniformes tan característicos de los años sesenta.


-Ustedes rompieron unos árboles, ¿quién es el mayor a cargo?-, preguntó uno de los policías.


Los ojos de los niños no dejaban de crecer a la par del asombro. No era cierta la acusación, aunque la denuncia de los vecinos, que estaban cansados de los niños devenidos en futbolistas, fue suficiente para el accionar policial. Don Pedro dio un paso al frente para ponerse a disposición de los oficiales. Lo tomaron uno de cada brazo y comenzaron a caminar hacia el móvil. Los chicos, que lograron salir del estado de shock, reaccionaron ante tamaña injusticia. Rodearon a los mayores, mientras gritaban para que liberen a su entrenador. Pero el pequeño Marcelo, rápido de reflejos, entendió que con las quejas poco iban a lograr. Así fue que decidió tirarse de cabeza al piso y agarrarse fuerte de la botamanga de uno de los policía, que no detuvo su marcha, al tiempo que subía la voz con su reclamo. Pataleó y se enfureció, captando la atención de todos. El intento, sin embargo, fue fallido. Pese a no cumplir el objetivo, algo quedó claro esa mañana rosarino: era un niño diferente al resto.


El rostro del pequeño Marcelo.

El pequeño Marcelo es Bielsa, que hoy, a los 59 años, sorprende a los franceses con sus modos, sus forma de ver el fútbol y, más importante aún, sus resultados: es líder de la Ligue 1 con Olympique de Marsella, que venía de malas temporadas. Antes lo había hecho en los bancos de Newell's, Vélez, la selección argentina -con un traspié del que nadie se olvida-,Chile -ídolo absoluto- y Athletic de Bilbao. Pero fue mucho antes de su exitosa carrera como entrenador que el rosarino forjó su particular personalidad. canchallena.com hizo un repaso por los años de su infancia. Cómo vivió, quién era, qué le interesaba. Historias que lo bautizaron Loco.

"Cuando lo veo en la pantalla de TV, en las conferencias de prensa, es un reflejo inmejorable de cuando era chico: irascible y temperamental. Aunque con un perfil inverso al que muestra, porque era un tipo muy simpático, de reírse mucho. Siempre alegre y de buen humor. Eso se pudo ver alguna vez en un video de la intimidad de Newell's o de la selección. Ya desde chico mostraba sus locuras, era un loco. Pero nunca fue un loco malo", cuenta Hugo Vitantorino, integrante de Estrella Azul e hijo de Don Pedro, en conversación telefónica con este medio.



Los tiempos de pantalones cortos y medias altas son un recuerdo muy lejano para este amigo de Bielsa de la infancia. Luego de algunas pruebas -entre fallidas y exitosas- en las inferiores de Newell's, se inclinó por el mundo de la música. En Rosario, desde hace 25 años, dirige la escuela MusiMedios. Pero los recuerdos de aquellos años sesenta los guarda en su cabeza como imágenes que se repiten un clásico del cine. Y en su palabras aún se evidencia una gran admiración y cariño por Bielsa, al que -asegura- nunca volvió a ver después de aquellos días de amistad. "La familia de Marcelo se mudó del barrio cuando él tenía 12 o 13 años. Mirá qué raro, pero nunca más volví a tener contacto con él, ni siquiera me lo crucé en la calle, pese a vivir en la misma ciudad. Con sus hermanos, Rafael y María Eugenia, tuve trato mucho tiempo después por temas que tiene que ver con mi actividad", revela.

Era obsesivo, jamás jugaba por jugar, tenía una veta competitiva muy alta


Algo notó Hugo en Marcelo. No era una percepción personal, sino común a todas las personas que tenían protagonismo en la vida de ese niño: el fútbol, para él, era todo. Dormía con su pelota, caminaba con su pelota, iba a la escuela con su pelota y jugaba al fútbol con su pelota. Todo es todo. Bielsa ya tenía una marca registrada, que perdura en el tiempo. "Era obsesivo, jamás jugaba por jugar, tenía una veta competitiva muy alta", asegura Vitantonio, quien recuerda con nostalgia: "Mis padres lo querían mucho. Si hay algo que me genera cada vez que lo veo, es una referencia hacia ellos".



Marcelo, con la camiseta de Estrella Azul. Foto: Archivo


Una familia poco común


Bielsa nació en el seno de una familia acomodada de Rosario. Su abuelo Rafael fue una eminencia del derecho administrativo y hasta llegó a rechazar un puesto en la Corte Suprema, según narra más al detalle Ariel Senosiain en su libro Lo suficientemente loco. Su padre también se llamaba Rafael y era abogado, pero más por herencia que por vocación. Tenía una particularidad: no le interesaba en absoluto el fútbol, aunque se definía como hincha de Racing. Ya con Marcelo jugando en la inferiores de Newell's, comenzó a decir que era de Rosario Central, aunque sólo para llevarle la contra al Loco. Así lo explicó su hijo mayor, el ex Canciller, en una imperdible entrevista con Pura Química, en ESPN: "Lo hizo con la intención de molestar a Marcelo, era para poder tener una discusión dialéctica". Vitantonio amplía su descripción: "El padre tenía una imagen muy tranquila, nunca un gesto de euforia". Él, que nunca fue a un cancha a ver a su hijo ni como futbolista ni como entrenador, relató con sus propias palabras el porqué de su decisión: "No me interesa el deporte que a mi hijo tanto lo apasiona".

Todos éramos los locos. Cuando la gente va para un lado y vos vas para el otro, sos loco. Es una simplificación de la cosa


"Mi abuelo, mi papá, Marcelo, María Eugenia, yo. Todos éramos los locos. Cuando la gente va para un lado y vos vas para el otro, sos loco. Es una simplificación de la cosa. Pero como explicarlo es muy difícil, lo dejábamos ahí", analizó Rafael Bielsa, hermano, en la mencionada charla. ¿Cuáles eran esas actitudes del pequeño Marcelo que rompían la lógica? "Por ejemplo, no le gustaba vestirse a la mañana para ir al colegio, entonces se vestía a la noche. Dormía con saco, corbata y pantalón largo. Entonces le decían «está loco». Pero eran cosas no muy fuera de lo común", narró el actual presidente de Aeropuertos Argentina 2000, quien también tiene su lado curioso: odia verse al espejo y, por eso, ingresa de espaldas a los ascensores. Sí, una familia poco común.



Rafael, Marcelo y María Eugenia, en su infancia.


Lidia Silvia Rosa Caldera. Ese era el nombre de quien controlaba cada movimiento de la casa y de la familia Bielsa. Oriunda de Córdoba, la mujer de Rafael Bielsa padre, que trabajaba como docente, se encargó de la crianza de los tres hermanos. Tenía la dulzura de las mamás 2.0 y la dureza de las madres de esos tiempos. "Era muy formal, con la presencia de las maestras de antes", detalla Vitantonio a canchallena.com.

Cada vez que Marcelo no cumplía una orden o un deber, su madre le aplicaba un doble castigo: no podía jugar al fútbol y debía ir a practicar guitarra a su cuarto. Seguramente, todavía no entendía de relevos ni de verticalidad, pero el Loco ya sabía cómo salir de situaciones complicadas. Le pagaba unas monedas a su hermana para que tocase ella el instrumento. Así, mientras Lidia escuchaba la melodía desde la otra planta de la casa, él se escapa por los techos para irse a patear la pelota a la calle. La casa de los Vitantonio era la vía de salida.


La casa del Parque Independencia



Marcelo pasaba gran parte del tiempo en la casa de sus abuelos paternos. Las criadas solían llamarlo "el niño", un apodo muy lejano al que tenía en Estrella Azul: "El cabezón". Esa era una zona estratégica para un amante del fútbol como él. Ubicada en la calle Montevideo 2250, a esa vivienda sólo la separa una calle del Parque Independencia, donde realmente vivía el Loco. "Nosotros nos criamos jugando al fútbol. Marcelo hacía mediodía, matiné, vermouth y noche. Se estaban construyendo los tribunales. Entonces, llegaba del colegio y jugaba primero con los obreros. Después, con los chicos que volvían del turno tarde. Así hasta jugar cuatro partidos", sostuvo su hermano mayor.



Marcelo, con la camiseta de Estrella Azul.


En la calle, con un pelota acompañando el ritmo de sus no tan habilidosas piernas, Marcelo Bielsa vivió los instantes más recordados de su infancia. Entre tantos episodios, otro que también tiene a la policía como protagonista se destaca. Lo narró Rafael y lo detalló Román Iucht en la biografía La vida por el fútbol. El Loco acababa de romper el vidrio de una casa de un pelotazo, aunque ya parecía haberlo olvidado. Cuando se disponía a patear un córner, una patrulla policial atravesó el campo de juego y frenó sobre uno de los arcos. "Dejame patear", le recriminó. Eso provocó su detención. Luego de varios trámites burocráticos, su padre logró que lo dejen ir. "De acá no me voy hasta que no me devuelvan la pelota", desafió el menor. Nadie pudo creerlo hasta que vieron la cara de felicidad de Marcelo al retirarse de la comisaría con su amiga entre brazos.

Pasó casi medio siglo de las anécdotas del pequeño Marcelo, pero la esencia ya trazaba su futuro: él sólo quería ser como Don Pedro, pero los siete días de la semana.
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