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Cómo interpretar el Corán

Cómo interpretar el Corán

El libro sagrado de los musulmanes concentra hoy una serie de recelos y prejuicios sobre el supuesto dogmatismo de la cultura islámica. Este informe cuestiona ese estereotipo, con una mirada abierta y pluralista. Experto en religión, Tariq Ramadan, de la Universidad de Oxford, explica por qué el Corán no es un dogma cerrado. Por su parte, el argentino Hamurabi Noufouri, repasa la gran influencia de las ideas en muchas manifestaciones culturales de la Argentina. Todo en el contexto de una explosiva polémica en Europa por un filme que ataca al Corán.

Por: Tariq Ramadan



El Corán es para los musulmanes el Texto de referencia, la fuente y la esencia del mensaje que el creador transmitió a la humanidad. Es la última de una larga serie de revelaciones dirigidas a los seres humanos en el transcurso de la historia. Es la Palabra de Dios, pero no es Dios. El Corán da a conocer, revela y guía: es una luz que responde a la búsqueda de sentido. El Corán es reminiscencia de todos los mensajes anteriores, los de Noé y Abraham, los de Moisés y Jesús. Como ellos, recuerda e instruye a nuestra conciencia: la vida tiene sentido, los hechos son signos.

Es el Libro de todos los musulmanes del mundo. Paradójicamente, sin embargo, no es el primer libro que debería leer alguien que busca conocer el Islam. (Una vida del Profeta o cualquier libro sobre el Islam sería una mejor introducción.) La razón es que es al mismo tiempo extremadamente simple y de una gran complejidad. La naturaleza de las enseñanzas espirituales, humanas, históricas y sociales que se extraen del mismo pueden entenderse en distintos niveles. El Texto es uno, pero sus lecturas son múltiples.

El Corán habla de una manera singular a la mujer o al hombre cuyo corazón haya hecho propio el mensaje del Islam. Es la Voz y el Camino. Dios habla a su ser interior, a su conciencia, a su corazón, y los guía por el camino que lleva al conocimiento de él, al encuentro con él: "Este es el Libro, sobre eso no puede haber duda alguna; es un Camino para quienes tienen conciencia de Dios." Más que un mero texto, es un compañero de viaje que se recita, se canta o se escucha.

En todo el mundo musulmán, en las mezquitas, en las casas y en las calles, pueden oírse magníficas voces que recitan las Palabras divinas. Aquí no puede haber distinción alguna entre los sabios religiosos y la gente común. El Corán le habla a cada uno en su lenguaje, de forma accesible, como a tono con su inteligencia, su corazón, sus preguntas, su alegría y también su dolor. Eso es lo que los ulemas llamaron leer o escuchar como adoración. Cuando los musulmanes leen o escuchan el Texto, se esfuerzan por llenarse de la dimensión espiritual de su mensaje: más allá del tiempo, más allá de la historia y de los millones de seres que pueblan la tierra, Dios le habla a cada uno de ellos, llama y recuerda a cada uno, invita, guía, aconseja y ordena. Dios le responde a ella, a él, al corazón de cada uno, sin intermediario, en la más profunda intimidad.

No hacen falta estudios ni diplomas, maestros ni guías. Aquí, mientras damos nuestros primeros pasos, Dios nos llama con la simplicidad de su cercanía. El Corán pertenece a todos, sin distinciones ni jerarquías. Dios responde a todo el que llega a su Palabra. No es raro observar que mujeres y hombres, pobres y ricos, educados e ignorantes, orientales y occidentales, guardan silencio, miran a la distancia, perdidos en la reflexión, retroceden, lloran. La búsqueda de sentido encontró lo sagrado; Dios está cerca: "De hecho estoy al alcance de la mano. Respondo al llamado de quien me llama cuando éste/a llama."

Comenzó un diálogo. Un diálogo intenso, permanente, constantemente renovado, entre un Libro que habla de la infinita simplicidad de la adoración del Único, y el corazón que hace el intenso esfuerzo necesario para liberarse, para encontrarlo. En el fondo de cada corazón que se esfuerza está el Corán. Ofrece la paz e inicia en la libertad.

En realidad, el Corán puede leerse en varios niveles, en campos muy diferentes. Antes, sin embargo, el lector debe saber cómo se conformó el Texto. El Corán se reveló en secuencias de diversa extensión, a veces como capítulos enteros ("suras"), en un lapso de veintitrés años. En su forma final, el Texto no sigue un orden cronológico ni temático estricto. Dos cosas llaman la atención del lector en un primer momento: la repetición de relatos Proféticos y las fórmulas e información referidas a situaciones históricas específicas que el Corán no aclara. En ese primer nivel, la comprensión exige un doble esfuerzo por parte del lector: si bien la repetición es, en un sentido espiritual, un recordatorio y una revivificación, en un sentido intelectual nos lleva a intentar una reconstrucción. Los relatos de Eva y Adán, o de Moisés, se repiten varias veces con elementos diferentes, si bien no contradictorios: la tarea de la inteligencia humana consiste en recomponer la estructura narrativa, unir todos los elementos, permitiéndonos comprender los hechos.

Texto y contexto

Sin embargo, también debemos tener en cuenta el contexto al que esos hechos hacen referencia: todos los comentaristas, sin distinción de escuelas de jurisprudencia, coinciden en que determinados versículos del Texto revelado (en particular, aunque no sólo, aquellos que se refieren a la guerra) hablan de situaciones específicas que habían surgido en el momento de su revelación. Si no se tiene en cuenta la contingencia histórica, es imposible obtener información general sobre tal o cual aspecto del Islam. En esos casos, se invita a nuestra inteligencia a observar los hechos, a estudiarlos en relación con un entorno específico y a derivar principios de los mismos. Es una tarea exigente, que requiere estudio, especialización y extrema prudencia, o, para decirlo en otras palabras, extrema modestia intelectual.

El segundo nivel no es menos exigente. El texto Coránico es, en primer lugar, la proclamación de un mensaje cuyo contenido tiene, por sobre todas las cosas, una dimensión moral. En cada página vemos surgir la ética, las bases, los valores y la jerarquía del Islam. Lo más probable es que una lectura lineal desoriente al lector y dé lugar a incoherencias, hasta a contradicciones. En nuestros esfuerzos por determinar el mensaje moral del Islam, lo apropiado es abordar el Texto desde otro ángulo. Mientras los relatos de los Profetas se extraen de las narraciones que se reiteran, el estudio de las categorías éticas nos exige, en primer lugar, abordar el mensaje en el sentido más amplio y después derivar los principios y valores que constituyen el orden moral. Los métodos a aplicar en este segundo nivel son exactamente los opuestos a los primeros, pero los completan y permiten a los sabios religiosos avanzar de la narración de un relato profético a la codificación de su enseñanza espiritual y ética.

Queda, sin embargo, un tercer nivel, que exige una completa inmersión intelectual y espiritual en el Texto y en el mensaje revelado. Aquí la tarea es deducir los preceptos Islámicos que rigen los asuntos de la fe, la práctica religiosa y sus principios fundamentales. En un sentido más amplio, la tarea es determinar las leyes y reglas que harán posible que todos los musulmanes tengan un marco de referencia para las obligaciones, las prohibiciones, las cuestiones esenciales y secundarias de la práctica religiosa, así como las de la esfera social. No basta con una lectura simple del Corán: no sólo es necesario estudiar la ciencia Coránica, sino que es esencial el conocimiento de segmentos de la tradición profética. No se puede aprender a orar a partir de una lectura simple del Corán. Debemos recurrir a la tradición profética autorizada para determinar las reglas y los movimientos corporales de la plegaria.

Como vemos, este tercer nivel exige una competencia y un conocimiento singulares que sólo pueden adquirirse mediante el estudio extenso y exhaustivo de los textos, de su contexto y, por supuesto, de la íntima relación con la tradición clásica y secular de las ciencias islámicas. No sólo es peligroso sino ante todo erróneo generalizar acerca de lo que los musulmanes deben o no hacer sobre la base de una lectura simple del Corán. Al hacer un abordaje literal o dogmático, algunos musulmanes quedan enredados en interpretaciones por completo falsas e inaceptables de los versículos coránicos, para cuya ubicación en la perspectiva del mensaje fundamental no tienen los medios, la ocasión ni la inteligencia necesarios. Algunos orientalistas, sociólogos y comentaristas no musulmanes siguen su ejemplo y extraen determinados pasajes del Corán, que luego proceden a analizar sin tener en cuenta las herramientas metodológicas que emplean los ulemas.

Más allá de estos distintos niveles de lectura, debemos tener en cuenta las diferentes interpretaciones que propone la gran tradición clásica islámica. No hace falta decir que todos los musulmanes consideran que el Corán es la revelación divina definitiva. Sin embargo, volviendo a la experiencia directa de los Compañeros del Profeta, siempre quedó claro que la interpretación de sus versículos es plural por naturaleza y que siempre existió una diversidad de lecturas que los musulmanes aceptan.

Algunos proclamaron con falsedad que, como los musulmanes creen que el Corán es la palabra de Dios, la interpretación y la reforma son imposibles. Esa creencia se cita luego como la razón por la que no puede hacerse un abordaje histórico y crítico del Texto revelado. El desarrollo de las ciencias del Corán –las herramientas metodológicas que crearon y manejaron los ulemas y la historia del comentario coránico—demuestra que esa conclusión no tiene fundamentos. Desde el comienzo, los tres niveles expuestos dieron lugar a un abordaje cauteloso de los textos, que obliga a todo el que acometa esa tarea a estar en armonía con su era y a renovar su forma de comprensión. Las lecturas fanáticas, dogmáticas y a menudo momificadas, reflejan con claridad no al Autor del Texto, sino la inteligencia y la psicología de la persona que lee. Así como se puede leer el trabajo de un autor humano, desde Marx hasta Keynes, de manera rígida y cerrada, se puede abordar la revelación divina de forma similar. En lugar de ello, tenemos que ser al mismo tiempo críticos, abiertos e incisivos. La historia de la civilización islámica nos ofrece amplias pruebas de eso.

En lo que respecta al Corán, no resulta apropiado ni útil establecer líneas divisorias entre abordajes sentimentales e intelectuales. Todos los maestros de los estudios coránicos sin excepción destacaron la importancia de la dimensión espiritual como complemento necesario de la investigación intelectual del significado del Corán. El corazón posee su propia inteligencia: "No tienen corazón con el cual entender", nos dice el Corán, como si señalara que no basta con la luz del intelecto. La tradición musulmana, desde los especialistas legales a los místicos sufíes, osciló constantemente entre esos dos polos: la inteligencia del corazón proporciona la luz mediante la cual la inteligencia de la mente observa, percibe e infiere significado. En su condición de palabra sagrada, el Texto contiene muchas cosas que son evidentes; también contiene los secretos y silencios que la cercanía con lo divino le revela a la inteligencia contemplativa, piadosa y humilde. La razón abre el Libro y lo lee, pero lo hace en compañía del corazón, de la espiritualidad.

Para el corazón y la conciencia musulmanes, el Corán es el espejo del universo. Lo que los primeros traductores occidentales transcribieron como "versículo", bajo la influencia del vocabulario bíblico, significa literalmente "signo" en árabe. El Libro revelado, el Texto escrito, está formado por signos, de la misma forma que el universo, a la manera de un texto abierto ante nuestros ojos, abunda en esos mismos signos. Cuando la inteligencia del corazón –y no la inteligencia analítica sola- lee el Corán y el mundo, los dos dialogan, se evocan, cada uno habla del otro y del Único. Los signos nos recuerdan el sentido: el nacimiento, la vida, el sentimiento, el pensamiento, la muerte.

Constantes del Universo

El eco, sin embargo, es más profundo, e invita a la inteligencia humana a entender la revelación, la creación y su armonía. Así como el universo tiene sus leyes fundamentales y su orden minuciosamente regulado –que los seres humanos, dondequiera se encuentren, deben respetar al actuar sobre su entorno- el Corán establece leyes, un código moral y un cuerpo de práctica que los musulmanes deben respetar cualquiera sea su época y el lugar donde estén. Se trata de las constantes del universo, y del Corán. Los sabios religiosos usan el término "qat'i" ("definitivo", "no sujeto a interpretación") para referirse a los versículos coránicos (o a la tradición Profética autorizada, "ahadith") cuya formulación es clara y explícita y no ofrece posibilidad de interpretación figurativa. De la misma forma, la propia creación se basa en leyes universales que no podemos ignorar. La conciencia del creyente equipara los cinco pilares del Islam con las leyes de la gravedad: constituyen una realidad más allá del espacio y el tiempo.

El universo está en constante movimiento y posee una infinita diversidad de especies, seres, civilizaciones, culturas y sociedades, y lo mismo pasa con el Corán. En la posibilidad de interpretación que ofrece la mayoría de sus versículos, en la generalidad de los principios y actos que promulga en relación con los asuntos sociales, en los silencios que lo recorren, el Corán permite que la inteligencia humana comprenda la evolución de la historia, la multiplicidad de lenguas y culturas y se interne así de forma gradual por los recodos del tiempo y los paisajes del espacio.

Entre el universo y el Corán, entre esas dos realidades, entre esos dos textos, la inteligencia humana debe aprender a diferenciar las leyes fundamentales y universales de los modelos históricos y circunstanciales. Esa inteligencia debe dar muestras de humildad en presencia del orden, la belleza y la armonía de la creación y la revelación. Al mismo tiempo, tiene que manejar de forma responsable y creativa sus propios logros o interpretaciones, que son fuente de un éxito extraordinario pero también de injusticia, guerra y desorden. Entre Texto y contexto, la inteligencia del corazón y la de la facultad analítica establecen normas, reconocen una estructura ética, producen conocimiento, alientan la conciencia y desarrollan iniciativa y creatividad en todas las esferas de la actividad humana.

Lejos de ser una cárcel o una limitación, la revelación es una invitación a que la humanidad se reconcilie con su esencia más profunda y encuentre ahí tanto el reconocimiento de sus limitaciones como las posibilidades extraordinarias de su inteligencia y su imaginación. Someternos al orden del Justo y de su eternidad es comprender que somos libres y estamos plenamente autorizados a modificar las injusticias que originan el orden o el desorden de todo lo que es temporalmente humano.

El Corán es un libro para el corazón y la mente. En su proximidad, una mujer o un hombre que posea un destello de fe sabe cuál es el camino a seguir, conoce sus propias falencias. No hace falta jeque, sabio ni confidente. En última instancia, el corazón sabe. Eso fue lo que contestó el Profeta cuando se le preguntó sobre los sentimientos morales. A la luz del Libro, dijo, "Pregunta a tu corazón." Si nuestra inteligencia se pierde en las complejidades de los diferentes niveles de lectura, desde la ética aplicada hasta las reglas de la práctica, nunca debemos olvidar envolvernos en la modestia intelectual necesaria para revelar los secretos del Texto, porque "no son los ojos los que están ciegos, sino los corazones en el interior de los pechos." Ese corazón, humilde y alerta, es el fiel amigo del Corán.



El autor de este artículo es profesor de Estudios islámicos en la Universidad de Oxford y en la Universidad Erasmo, de Holanda


Traducción de Joaquín Ibarburu
© The New York Times y Clarín.


fuente:http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/03/29/01638492.html
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