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¿Cómo se siente ser humano?








Hace casi medio siglo, el filósofo Thomas Nagel publicó un famoso artículo titulado “¿Cómo se siente ser murciélago?”. La pregunta que yo deseo plantear es: ¿Cómo se siente ser humano? En realidad, el perspicaz escrito de Tom Nagel publicado en The Philosophical Review trataba sobre el ser humano y, de manera muy marginal, sobre murciélagos. Entre otros aspectos, Nagel expresaba un profundo escepticismo frente a la tentación de los científicos observacionales de identificar la experiencia de ser un murciélago o, de manera similar, un ser humano, con los fenómenos físicos asociados que se producen en el cerebro y en otras partes del cuerpo, fácilmente accesibles mediante una investigación externa. El sentido de ser un murciélago o un humano difícilmente pueda limitarse a presentar ciertas contracciones en el cerebro y en el cuerpo. La complejidad de lo primero no puede resolverse mediante la simple trazabilidad de lo segundo (aunque resulte muy tentador hacerlo).


La vanguardia del enfoque de desarrollo humano está basada también en una distinción, aunque algo diferente al contraste epistemológico básico propuesto por Nagel. El enfoque pionero que Mahbub ul Haq introdujo a lo largo de la serie de Informes sobre Desarrollo Humano que se iniciaron en 1990 es aquel que se ubica entre, por un lado, la dificultad para determinar la riqueza de la vida humana, incluidas las libertades que los humanos razonablemente valoran, y, por otro lado, la práctica mucho más simple de llevar un registro de los ingresos y de otros recursos externos que las personas (o las naciones) tengan. El producto interno bruto (PIB) es mucho más fácil de constatar y medir que la calidad de vida de las personas. Sin embargo, la libertad y el bienestar humanos, y su relación con la justicia y la equidad del mundo, no pueden reducirse a la simple medición del PIB y la tasa de crecimiento, como muchos desearían.


La complejidad intrínseca del desarrollo humano debe reconocerse, en parte porque no deberíamos desviarnos y alterar la pregunta; ese fue el aspecto central que impulsó la atrevida iniciativa de Mahbub ul Haq de complementar, y en cierto punto suplantar, el PIB. Aunque esto vino acompañado de un punto aún más difícil, que también es un componente ineludible de lo que se ha denominado el enfoque de desarrollo humano”. Para nuestra conveniencia, podemos usar muchos indicadores simples del desarrollo humano, como el IDH basado solo en tres variables y utilizando una regla muy simple para ponderarlas, pero la búsqueda no debe terminar allí. No debemos despreciar aquellos atajos que resulten útiles y explotables —el IDH puede indicarnos mucho más sobre la calidad de vida de las personas que el PIB—, pero tampoco debemos darnos por satisfechos con los resultados inmediatos arrojados por tales atajos en un mundo de prácticas cambiantes. Valorar la calidad de vida es un ejercicio mucho más complejo de lo que puede capturarse a través de un único número, independientemente de
a prudencia que apliquemos al seleccionar las variables y el procedimiento de ponderación que utilicemos.



El reconocimiento de esta complejidad conlleva otras implicaciones importantes también. El papel fundamental del razonamiento público, que el Informe sobre Desarrollo Humano de 2013 resalta especialmente, surge en parte al reconocer la complejidad del análisis. Solo quien tiene puesto el zapato puede saber dónde le duele, por lo que solo podremos evitar los dolores si damos a los demás la posibilidad de opinar y participar ampliamente en el debate público. Solo podrá apreciarse y valorarse correctamente la relevancia de diversos aspectos de la evaluación del bienestar y la libertad de las personas si se mantiene un diálogo constante con la población, que luego se vea reflejado en la formulación de políticas públicas. La relevancia política de tales iniciativas, como la conocida Primavera Árabe y movimientos masivos de otras partes del mundo, va acompañada de la importancia epistémica de la capacidad de las personas de expresar, en diálogo con otras personas, aquello que las aflige y las injusticias que desearían eliminar. Tenemos mucho que debatir, entre nosotros y con los funcionarios públicos encargados de formular las políticas.






Las responsabilidades dialógicas, si son debidamente valoradas en todas las líneas de gobernanza, deben incluir la representación de los intereses de quienes no están presentes para expresar personalmente sus inquietudes. El desarrollo humano no puede mostrar indiferencia ante las generaciones futuras simplemente porque todavía no están aquí. Los seres humanos somos capaces de pensar en los demás y en sus vidas; y el arte de una política responsable consiste en abrir el diálogo sobre preocupaciones egocéntricas y limitadas hacia una comprensión social más amplia respecto de la importancia de las necesidades y las libertades de las generaciones, tanto actuales como futuras. No se trata solo de incluir estas preocupaciones dentro de un tipo de indicador único, saturando, por ejemplo, el ya sobrecargado IDH (el cual, en cualquier caso, solo representa el bienestar y la libertad actuales), sino de garantizar la inclusión de estas preocupaciones en los distintos debates sobre desarrollo humano. Los Informes sobre Desarrollo Humano pueden contribuir a esta apertura a través de explicaciones y de la presentación de cuadros con información relevante.


El enfoque de desarrollo humano es un gran avance en el difícil ejercicio de comprender los logros y carencias de la vida humana, y de reconocer la importancia de la reflexión y el diálogo, para con ellos aumentar la justicia y la equidad en el mundo. Tal vez nos parezcamos a los murciélagos en cuanto a que el patrón de medida del impaciente científico observacional no puede llegar a nosotros fácilmente, aunque sí somos capaces de razonar y hablar sobre la polifacética naturaleza de la vida humana, tanto nuestra como de los demás, presente y futura, de maneras en que los murciélagos no son capaces. Ser humano es parecido a ser murciélago y también muy diferente.


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