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Confesiones de una madre Otaku

Esta podría ser una buena, sobre todo muy madura, explicación de por qué me convertí en una mamá otaku (Otaku: aficionado y obsesionado a la animación y cultura japonesa).

Pero estaría mintiendo flagrantemente: creo que siempre fui otaku de closet.

Empiezo por platicarles que mi hija mayor, Murasaki, es un ejemplo de lealtad como nunca antes he visto: su fanatismo por Dragon Ball empezó a los 2 años y medio y permanece intacto a sus casi 16. Su primera palabra no fue "mamá", sino "Goku" (y la segunda: "Gohan", y la tercera: "Bulma")

Con eso debió haber bastado para detestar la mentada caricatura -"no mamá, no es caricatura, es un anime", me corregiría dos años más tarde, con encantador aire docto-sin embargo, madre consentidora, le seguí el rollo y hasta la llevé al cine a ver la primera película animada de Dragon Ball. Entonces, Murasaki contaba cuatro años e insistió en hacerse acompañar de su Goku de peluche. Jamás olvidaré la reacción de los chiquillos arremolinados en la sala, todos ellos varones de entre seis y trece años, cuando vieron aparecer a aquella niñita con vestido rojo y un Goku entre los brazos: ¿Qué hace esa niña aquí?

-¡Ja, machitos desde chiquitos!- les dije yo. Murasaki, ni en cuenta.

Los problemas comenzaron cuando a los cinco empezó a aficionarse también a Ranma 1/2. Ni siquiera me molesté en ver de qué iba la dichosa caricatura... perdón, anime, hasta que un día en que no tenía nada que hacer, me senté hacerle compañía... y lo primero que vi fue a un viejito libidinoso cuyos ojos se transformaban en corazoncitos palpitantes ante la visión de un coqueto brassier tendido en una ventana.

Como nunca me ha gustado hacer aspavientos, me limité a preguntarle a Murasaki: Oye, por qué se le ponen corazones al viejito ése cuando ve ropa interior.

-Porque está enamorado de los brassieres y los calzones -me contestó, tapándose la boquita prar reírse. Eso no fue lo peor: me habló del personaje central que pasaba de hombre a mujer con solo un chorro de agua, y posteriormente preguntó: ¿por qué mamá? ¿cómo puede ser posible que un hombre se convierta en mujer si la mujer no tiene pene?

Por respuesta le dije que esa caricatura -perdón, anime- me parecía muy fea, que mejor se concentrara en Dragon Ball.

Conforme Murasaki crecía, más le gustaban los animes. Yo seguía consencuentándola, no tanto porque compartiera sus gustos, sino porque no olvidaba que también yo había sido niña... y también sentía una debilidad muy especial por lo que entonces llamábamos "caricaturas japonesas".

La afición de Murasaki fue adquiriendo tintes problemáticos conforme avanzaba de grado escolar, pues en la escuela empezaron a cuestionársela, llegando incluso a sugerirle que eran cosas eran satánicas, particularmente el tal Pockemón que tenía cuernos..."lo mismo me decían de Los Pitufos", fue mi respuesta cuando Murasaki me preguntó si era verdad lo que decían. Y si bien yo no le veía el menor problema a que a la nena le gustaran los monitos ojones y se la pasara dibujándolos y se disfrazara de vez en cuando, sus maestros llegaron a sugerirme que la remitiera a un paidopsiquiatra, cosa que no hice (la llevé con una psicóloga con la que supo entenderse muy bien...porque a la psicóloga también le gustaban los animes).

Pero la presión social es muy fuerte... y la ignorancia también, así que, habituada a irme directo a fuentes especializadas y tratar de comprender por mí misma los diversos fenómenos que componen mi vida, desde el AS de mi hija pequeña, hasta cómo se construyen jardines, me puse a leer todo lo referente a lo que mi hija calificaba, sin pelos de la lengua, como "arte". "Es mi arte", se defendía Murasaki cuando alguna maestra la reprendía por dibujar monos japoneses. Y en medio de mi investigación -donde, por cierto, descubrí que en efecto se trataba de un "arte" japonés, ni más ni menos, tan respetable como cualquier otro- me surgió la idea de escribir un libro... pero no quería que fuera un libro exclusivo para mi hija mayor, sino también para mi hija pequeña que, por cierto, no siente la mínima atracción por los mangas y los animes, así que opté por incluirla como personaje y explorar, a través de la historia, el síndrome que la caracteriza.

Ese es el origen de Sho-shan y la dama oscura. La investigación incluyó sesiones intensivas de caricaturas anime, la mayoría de las cuales compartí con Murasaki... algunas las tuve que ver en solitario ante la advertencia de la violencia excesiva o de contenido sexual, porque para escribir una novela relacionada con el tema, había que dominarlo de palmo a palmo, no quedarse en lo superficial o en lo "bonito".

Escribiendo esta novela, no solo terminé compartiendo la afición de mi hija mayor, sino que me convertí en una mamá otaku. Murasaki expuso por primera vez con mangakas profesionales a los 14 años, sola confeccionó su disfraz de Gran Sayamán. No es por nada, pero causó sensación tanto con su trabajo como con su atuendo y yo me convertí, por el simple hecho de ser su mamá, en "Milk" (que es la madre de Gohan, es decir, el Gran Sayaman). Al advertir que había mujeres de mi edad, incluso mayores -una lucía monísima con su disfraz de Elfen Lied, sus orejitas y su pelo teñido de rosa-, disfrazadas de personajes anime, lamenté no haber secundado a mi hija y no disfrazarme, en serio, de la gruñona Milk (aunque mi anhelo más grande, he de reconocerlo, es disfrazarme de la Cardenala de Trinity Blood)

Independientemente de lo anterior, considero que antes de escandalizarse, llorar y reprocharle a los hijos que sean otakus, o emos, o rockeros o lo que sean, hay que respirar hondo y recordar que también fuimos jóvenes -como aquella canción de La Maldita Vecindad, donde el hijo rocker le recuerda al padre represor que fue pachuco y también lo regañaban-; que las aficiones de los hijos, bien encaminadas, pueden resultar en algo bueno y noble y que ante todo estamos para ayudarlos a hacer realidad sus sueños y ambiciones. Por lo pronto, a Murasaki le debo haber escrito Sho-shan y la dama oscura, la más divertida (y profunda) de mis novelas.

P.D: Cuando Murasaki me comentó que su ídolo era Akira Toriyama, yo le contesté: el mío es Haruki Murakami, a lo que ella respondió, arrugando el ceño: ¿y ése, de qué manga es creador?, de ninguno, le dije, es el mejor novelista del mundo... y también es japonés.
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