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Conflictos entre Chile y Argentina en el siglo XIX

Entre 1828 y 1847 Chile denunció una serie de apremios y agresiones por parte del gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata y la Confederación Argentina que pusieron las relaciones en extremo tirantes.

Corría aquel primer año cuando el ciudadano chileno Domingo S. Godoy denunció presiones y atropellos contra su persona por parte del gobernador de Mendoza, Juan Rege Corvalán, que lo acusaba de llevar a cabo acciones de espionaje y de alterar el orden público.

Entre 1831 y 1832 residentes de esa nacionalidad en la capital cuyana sufrieron violencias que pusieron sus vidas en peligro.

En vista de que en Buenos Aires los reclamos del gobierno de Santiago no fueron atendidos, Chile suspendió el tráfico comercial con la Confederación, perjudicando de ese modo la salida de productos cuyanos hacia el Pacífico y por ende, toda la economía regional.

Ante semejante decisión, en Buenos Aires se alzaron voces de protesta, argumentando que un acercamiento de las provincias de Cuyo a la nación trasandina podría poner en peligro la integridad nacional. Se comenzó a mirar con recelo a los chilenos residentes en Mendoza a quienes se acusaba, sin demasiados fundamentos, de fomentar las incursiones de indios y la anarquía, razón por la cual, se les impuso a partir de ese momento, aranceles y tributos gravando el paso de su hacienda, que perjudicaron notablemente sus intereses, incautándoles ganado y obligándolos a cumplir el servicio militar.

A los residentes se les llamó los "transplantados" y se les privó de una serie de derechos civiles. A los ganaderos se les trataba como delincuentes y de hecho, hasta el famoso político nacional Vicente Pérez Rosales, pasó por una peligrosa situación al interior de Curicó, cuando fue abordado por agentes argentinos que invadían el territorio entonces chileno de los potreros cordilleranos. El audaz intelectual relata con detalles esta insólita experiencia en su obra "Recuerdos del Pasado: 1814-18101.

Pero eso no era todo

Como la Argentina en formación republicana se encontraba entonces agitada por una dolorosa convulsión y por la anarquía interna, el Presidente de Chile J. J. Prieto, llegó al absurdo de solicitar a su representante en Mendoza, el Teniente Coronel Juan de Dios Romero, que no ventilara demasiado los abusos contra los chilenos para no crear más problemas al débil orden político de la Argentina. Como era de esperar, con esta actitud pusilánime y complaciente, los abusos crecieron en orden exponencial para 1840, motivando una intervención de parte del Ministro Manuel Montt, por carta al Gobernador de Mendoza del 3 de noviembre, que no logró ningún resultado. Le siguió, entonces, una carta del Canciller al Gobierno de Mendoza, a la sazón bajo la dictadura de Juan M. de Rosas. La carta chilena 7 de noviembre de 1841, solicitando únicamente "protección y exenciones" para los chilenos residentes, ni siquiera fue contestada por el mandatario argentino2.

Llegaron los días del Fraile Aldao, el cruel gobernador de Mendoza que impuso más trabas y presiones a los residentes trasandinos como prohibir la circulación de diarios oriundos de ese país, disponer que todo reclamo que el gobierno de Santiago tuviese que hacer fuese directamente a Buenos Aires y sujetar a los tribunales de la capital del Plata a todos los chilenos residentes en la provincia. Cuando Santiago cortó el tráfico comercial en respuesta a esas medidas, Aldao impuso pesados gravámenes a los ganaderos de ese origen que llevasen sus reses a pastar a los valles cordilleranos, como lo venían haciendo desde los tiempos de la colonia, cuando esas tierras les pertenecían.

Muerto Aldao lo sucedió Pedro Pascual Segura, individuo mucho más civilizado que intentó dar solución a los problemas que padecía la comunidad chilena en su provincia, sin embargo, pese a esa buena predisposición, en marzo de 1845, una partida militar argentina integrada por una docena de individuos, penetró en el vecino país y se encaminó directamente a la propiedad de Manuel Jirón, en las afueras de Talca, para exigirle el pago de impuesto por el pastoreo de su ganado en los valles cordilleranos (potreros de El Yeso, Los Ángeles, Montañés y Valenzuela), que Chile reclamaba como propios por hallarse al sur del río Diamante pero que había desdeñado en todas sus constituciones nacionales desde 1822 al limitar su jurisdicción a la Cordillera de los Andes.

Amenazado con la incautación de todo el ganado, Jirón pagó en efectivo y poco después de que los argentinos se marcharan, corrió hacia la capital de su país para denunciar la agresión de la que había sido víctima.

Enterado de los hechos, Montt se dirigió a la Cancillería de Buenos Aires recordándoles que el territorio de los potreros utilizados por Jirón era chilenos, el 7 de abril de 1846. Recién hubo una respuesta argentina el 14 de julio, en la que se avisaba que Buenos Aires solicitó antecedentes del caso a Mendoza. Vale advertir que en este primer momento Argentina no mostró ninguna clase de reparos o incomodidades por el hecho de que el ministro chileno acababa de definir tales territorios como pertenecientes a su país. Al no haber respuesta en los meses siguientes, la Cancillería de Chile volvió a dirigir un oficio, esta vez a la capital de Cuyo, el 13 de octubre.

En reacción a las denuncias chilenas, una comisión técnica creada a fines de 1846 en Buenos Aires, compuesta por Carmen José Domínguez y el Teniente Nicolás Villanueva, publicó sus resultados de observación en terreno del área en controversia. Como era de esperar, concluyeron en una pobrísima exposición basada en la relación de los ríos de la comarca, en la que se pretendía demostrar que tales terrenos cordilleranos eran enteramente argentinos, aunque sin especificar si pertenecían o no a la Provincia de Cuyo, pues se encontraban al Sur del límite natural de esta región, correspondiente al río Diamante. La razón de esto es muy sencilla: para aquel entonces, la Argentina ya estaba comenzado la disputa con Chile por el territorio de la Patagonia Oriental3.

En el mes de marzo de 1847, un grupo de huasos, encabezados por un tal Labra, atravesaron la frontera patagónica para asistir a una serie de rodeos y cobrar las correspondientes cuotas a los ganaderos chilenos de la región. El 13 de marzo atravesaban el potrero de El Yeso cuando fueron atacados por cinco individuos armados con sables, machetes y fusiles, que los esperaban para cobrarles una suerte de peaje destinado al gobierno de Mendoza.

Después de trabarse en lucha, tres de los argentinos acabaron heridos decidiendo Labra llevarlos a todos detenidos a Talca. Cuatro de los cinco rufianes fueron puestos a disposición de la Intendencia pero durante el juicio que se les entabló, aseguraron ser inocentes y no tener ninguna relación con los hechos que se les imputaban.

El inexperto juez de letras la ciudad les creyó y ordenó, entonces, apresar a Labra, mientras los argentinos salían libres por falta de méritos. La Corte Suprema dictaminó una sentencia de un año para el comisionado chileno contando los días que ya llevaba detenido, el 19 de enero de 1848, estando preso hasta el 17 de marzo siguiente.

El órgano judicial sin embargo, manifestó sus dudas por la decisión del juez de dejar libres a los argentinos detenidos sin continuar con el proceso correspondiente... Increíblemente, estos reaparecieron a las pocas semanas en los potreros cordilleranos, cobrando nuevamente tributos en pleno territorio chileno. Sus nombres eran Domingo Muñoz, Pascual Orellano, Domingo Pino y Cruz Becerra4.

Durante todo 1848 y hasta el fin de su gobierno, Juan Manuel de Rosas continuó cobrando impuestos a los ganaderos chilenos que hacían pastar sus rebaños en un territorio que aún no estaba delimitado y así continuaría ocurriendo después de su caída, en 1852.

Choque armado entre patrullas argentinas y chilenas en Lonquimay 1883

De ese modo llegamos al 15 de enero de 1883, a solo un año y medio de que Chile cediera a la Argentina sus derechos sobre la Patagonia cuando otro pelotón, al mando del sargento mayor Miguel Emilio Vidal, a quien se considera el fundador de Junín de los Andes, penetró en la región de Relmiro persiguiendo a una partida de cuatreros, sin dar el parte correspondiente a las autoridades chilenas. Según parece, actuaron con mayor violencia “…que los delincuentes que se habían refugiado por años en esos territorios, asesinaron (a) varias personas y robaron rebaños de ganado bovino, tomando también algunos rehenes. Como el territorio permanecía sin resguardo chileno, continuaron sus truhanerías avanzando hacia Corininé. No bien la noticia llegó al Cuartel General del Ejército del Sur, en Villarrica, el Coronel Urrutia denunció los hechos notificando a Villegas el 17 de enero, recordándole la situación de la divisoria de aguas”5.


Volcán Lonquimay en cuyas inmediaciones se produjo el serio incidente de 1883

El tal Urrutía era un coronel que tenía a su cargo el Cuartel General del Ejército del Sur en Villarrica y por consiguiente, se hallaba al mando de la zona. Por eso, el 17 de enero, le escribió al comandante en operaciones del Ejército Argentino en Neuquén, Gral. Conrado Villegas: “Creo que sólo por un error o falta de conocimiento del terreno, han podido llegar fuerzas de su mando a los puntos que ya dejo referidos en los cuales, como Ud. habrá podido notarlo, las aguas corren hacia en poniente para caer en nuestros ríos”6.

Villegas se apresuró a enviar su respuesta informando que los muertos durante la incursión argentina eran cuatreros indígenas que habían llevado a cabo correrías en su propio territorio y escapado al otro lado de la frontera. Sin embargo, el cacique de la región desmintió categóricamente los hechos informando que ningún miembro de su comunidad se dedicaba al robo de ganado porque quienes incurrían en ese delito eran castigados con la muerte.

Coincidentemente, una comisión encabezada por el cirujano del ejército chileno, mayor Francisco J. Oyarzún, se encontraba en territorio argentino explorando los alrededores del lago Huichi Laufquen, al sur del monte Qetru-Pillán, a 45 kilómetros al este de la frontera, a efectos de estudiar las nacientes de los ríos del lugar. Tuvo lugar entonces un cordial encuentro con un destacamento argentino que patrullaba el sector. Los uniformados de ambos países se saludaron afablemente y se intercambiaron alimentos y tabaco, situación que el Dr. Oyarzún aprovechó para hacerle llegar al comandante argentino, coronel Enrique Godoy, una nota en la que daba cuenta de su presencia en el lugar, agregando que en unos días más, pasaría por el cuartel para saludarlo. Lejos estaba de imaginar el desenlace de aquella historia.

Los dos grupos se separaron y mientras los argentinos se retiraban hacia su acantonamiento, los chilenos continuaron con sus trabajos, suponiendo que en cualquier momento llegaría un enviado con la respuesta del coronel Godoy.

El mensaje nunca llegó. Los chilenos finalizaron sus tareas y emprendieron el regreso hacia el otro lado de la cordillera, ignorando que mientras lo hacían, eran vigilados por hombres armados que en un determinado momento les cortaron el paso y les exigieron con dureza una explicación por su presencia en la región. Como los argumentos no fueron concluyentes, el jefe de la partida obligó a Oyarzún a firmar una declaración bajo amenaza de arresto, permitiéndoles luego seguir viaje. El oficial cirujano firmó pero dejó constancia en la nota que se retiraba de motu propio.

Un mes después de este incidente, diez soldados argentinos penetraron en la Araucania chilena bordeando el río Ricalme, a escasos metros al sur del volcán Lonquimay y alcanzaron las nacientes del río Bío Bío, asolo 30 kilómetros del destacamento chileno de aquella región, que por aquellos días, se hallaba al mando del comandante Manuel Antonio Cid. No contentos con el vil acto de piratería de tierra firme, los argentinos siguieron avanzando hacia laguna Gualletué, contorneándola y desde allí marchando al Alto Biobío, donde continuaron con las calaveradas tomando cautivas a dos muchachas indígenas y a tres muchachos (al parecer, para satisfacción de bajos impulsos), con los que partieron de vuelta por río Rucanuco, donde se empalma con el Biobío, para evitar así cualquier contacto con fuerzas chilenas que pudieran encontrarse haciendo vigilancia. La noticia de la invasión y los secuestros corrió como el rayo entre las comunidades locales, generando una explosión de ira y de deseos de venganza. El ambiente se convirtió velozmente en un polvorín y los indígenas comenzaron a organizarse para cobrárselas a los invasores7.

Casi al mismo tiempo, un segundo pelotón argentino atravesó la frontera y levantó su vivac a orillas de la laguna de Gualletué, encendiendo fogatas que, en horas de la noche, llamaron la atención de los habitantes del lugar. Se trataba de unos dieciséis individuos al mando de un teniente coronel de apellido Díaz. Por entonces, la zona del Lonquimay se hallaba dentro de la jurisdicción de la Compañía de Guardias Nacionales, cuyo destacamento estaba a cargo del teniente Domingo Rodríguez, un individuo inexperto que tenía a su mando 67 hombres que habían sido enrolados tras la movilización nacional de 1882.

Los pobladores, casi todos aborígenes de las etnias mapuche y araucana, corrieron a dar aviso a Rodríguez, advirtiéndole que en caso de no tomar medidas, serían ellos quienes se ocuparían de expulsar a los invasores. Los argentinos no lo sabían pero se hallaban rodeados por gran número de guerreros indígenas que los vigilaban atentamente.

Rodríguez cometió una serie de imprudencias, la peor, no dar cuenta al comandante Cid de lo que estaba sucediendo y ponerse en marcha al frente de 32 de sus hombres para adentrarse en los llanos aledaños a la cordillera hasta alcanzar la confluencia de los ríos Bío Bío y Rucanuco. Al llegar a ese punto dobló en dirección al campamento argentino, siempre seguido por numerosos guerreros indígenas deseosos de expulsar a los merodeadores de su tierra y una vez en el lago Gualletué, se detuvo. Allí se le presentó el cacique Quempo, señor de la región, quien le ofreció la ayuda de su gente pero el oficial no lo creyó necesario ya que estaba seguro de que todo era una confusión y que aquellos los extranjeros se retirarían pacíficamente. Por esa razón siguió adelante y a la vista de los argentinos, comenzó a cruzar las aguas del Rucanuco dispuesto a parlamentar. Sin embargo, de manera repentina, aquellos apuntaron y abrieron fuego.

Los chilenos cruzaron la vertiente y buscaron cobertura mientras desde la espesura cercana se les seguía tirando. Según sus partes, Rodríguez envió un parlamentario con bandera blanca pero los argentinos respondieron con más fuego, generando una enorme confusión.

En este punto la Corporación de Defensa de la Soberanía comienza sus versiones de opereta y sus acostumbradas contradicciones, intentando ridiculizar y minimizar la acción de los argentinos y ensalzar la acción de los chilenos hasta lo risible. Creyendo sentir la violenta avanzada de filos a sus espaldas e inconscientes de que los chilenos también se devolvieron sobre sus pasos, los invasores argentinos arrancaron como almas que se las lleva el diablo. Para su fortuna, jamás llegaron a enterarse siquiera de lo cerca que los cientos de indígenas que les tenían rodeados y que alcanzaron a divisar sólo al final del incidente, estuvieron de abalanzarse contra ellos, en lo que habría sido una carnicería segura. La gresca terminó, así, tan rápida y extrañamente como empezó8.

Como resultado del enfrentamiento hubo seis chilenos muertos y tres gravemente heridos, entre los primeros el cabo primero Vicente Merino, el cabo segundo Benito Muñoz y los soldados Genaro Leiva, José Mercedes Oliva, Juan de Dios Campos y José de la Cruz Aranda. Entre los segundos se encontraban el cabo primero Juan A. Poblete y los soldados Gregorio Aranguiz y José Raimundo Pérez. Los argentinos perdieron dos hombres, los soldados Esteban Godoy y Pedro Leal en tanto el soldado Domingo Risso sufrió heridas de cierta consideración, que debió ser llevado a rastras por sus compañeros argentinos a falta de cabalgaduras, cuando comenzaron a huir de las balas y de una carga de bayonetas chilenas ordenada por Rodríguez, pero que en la práctica fue inútil y sólo aceleró la decisión del Teniente de emprender también la retirada, con sus mal preparados hombres9.

¿Cómo es posible que quien carga a la bayoneta contra una tropa que se retira llevando a la rastra al menos un herido desista del ataque y emprenda la retirada, sin asestar el golpe definitivo que hubiera acabado con quienes les acababan de matar media docena de hombres y herido de gravedad a otros tres?

La realidad es que quienes emprendieron la retirada fueron los chilenos al ver como sus filas comenzaban a ser diezmadas y que lo hicieron con tal imprudencia y falta de profesionalidad, que el propio Rodríguez terminó por ser sancionado y enviado detenido al fuerte de la villa de Los Ángeles por: “...haber desobedecido las órdenes que tenía de no tomar medida alguna por sí mismo y de avisar al comandante Cid, siempre que atravesaran tropas argentinas (...) por haber mandado contestar el fuego y cargar cometiendo así un acto de impericia inconcebible”10.

Al ver que sus tropas se retiraban, el cacique Quempo les salió al cruce para increpar duramente a su jefe y amenazarlo con acabar ellos con los invasores si no se los obligaba a abandonar el lugar de inmediato. Siguiendo el relato de la Corporación de Defensa de la Soberanía, “Cuando regresaban a Licura tras la balacera, los chilenos volvieron a ser alcanzados por el iracundo y belicoso Quempo quien insistió en atacar por su cuenta a los argentinos, a quienes seguía rodeando con sus hombres y vigilando mientras emprendían retirada. Sólo cuando el Comandante Cid intercedió ante el guerrero indígena, éste logró ser convencido de que una masacre o virtual persecución de los argentinos hasta su territorio sólo agravaría las cosas”11.

Con Rodríguez detenido y la primera columna argentina aún en territorio chileno, el comandante Martín Drouilly le ordenó a Cid que estableciera contacto con su par trasandino, Manuel Riubal, comandante del Fuerte Codigüe, para que explicara lo que había acontecido.


Infanteria de Línea argentina 1880

Por nota fechada el 19 de febrero de 1883, el oficial chileno apuntó lo siguiente:

No obstante lo ocurrido, el infrascrito se encuentra siempre animado del deseo de llegar adelante las buenas relaciones iniciadas entre el que suscribe y su colega comandante del fuerte Ñorquín12.

De ese modo, los militares de ambos lados de la cordillera intentaron minimizar la gravedad de lo que había ocurrido y echar paños fríos sobre el asunto. Sin embargo, la bizarra Corporación de Defensa de la Soberanía, aún cuando sus tropas se dieron a la fuga provocando la indignada reacción del cacique Quempo, pretende dejar a Chile como el heroico y abnegado guerrero y a la Argentina como la nación ridícula y sainetesca al decir, aún después de explicar que los pobladores de la región habían sufrido el robo de su ganado, el secuestro de dos muchachas y tres jóvenes “para satisfacción de bajos impulsos” de sus capototes y de reconocer que quienes tenían a su cargo la defensa militar de esas regiones intentaron por todos los medios mantener oculto el incidente:

Sin embargo, cuando los detalles de la escaramuza llegaron a oídos de la patriotería bonaerense, se produjo una absurda e incomprensible reacción tremendista, que sólo es explicable en el contexto de la falta de héroes de un pueblo y la orfandad de estos referentes epopéyicos en su historia, desde los tiempos de la Independencia. Sin perder tiempo, los nacionalistas se volcaron a los medios para describir lo que llamaron exageradamente” el Combate de Lonquimay”13.

¿De que falta de héroes puede hablar una nación que siempre ha rehuido el combate y ha cedido cerca de 1.200.000 km2 sin disparar un solo tiro, tal como la misma Corporación lo detalla exhaustivamente en su sitio, en sus publicaciones y conferencias? ¿Cómo puede hablar de heroísmo una nación qué ha visto profanar su territorio, asesinar y secuestrar a su gente, sustraerles sus pertenencias y permitir todo tipo de atropellos, incluso el arriado de su bandera, sin reaccionar? ¿De que orfandad de héroes puede hablar Chile cuando su tierra fue liberada por extranjeros luego de que su primer intento de emancipación, la Patria Vieja, sucumbiese tan ignominiosamente? ¿Quiénes son sus héroes?, ¿Carrera que se mantuvo a la distancia en Rancagua y no participó en la gesta de la Independencia terminando sus días míseramente como ladero de Alvear antes de ser fusilado como sus hermanos u O’Higgins, el de los desastres de Rancagua y Cancha Rayada y el gran ausente en Maipú?

En cuanto a la Argentina, es sabido que buenos y malos, le sobran nombres que a lo largo de dos siglos, han trascendido sus fronteras para despertar interés en el extranjero, entre ellos, el mismísimo general San Martín y aquellos que forjaron la libertad y emancipación de Chile, tal el caso de su primer presidente y verdadero padre de su Armada, el almirante Manuel Blanco Encalada; su hermano Ventura, Juan Martínez de Rozas, Bernardo de Vera y Pintado, el vicealmirante Patricio Lynch, Benjamín Muñoz Gamero, Rudecindo Alvarado, según hemos dicho en páginas anteriores y tantos más.

Tan presurosa fue la retirada del contingente del teniente Rodríguez, aún cuando contaba con el apoyo de toda una tribu indígena que conocía ampliamente el lugar, que menos de diez días después, la misma patrulla argentina con la que se había enfrentado, la que según la Corporación de Defensa de la Soberanía de Chile “huyó de las balas y de una carga de bayonetas chilena” y “que jamás osó cumplir la parte más dura de semejante delirio”, seguía en la zona, retirándose recién el 25 de febrero. La página de la mencionada Corporación habla incluso de “un tercer destacamento” que, como siempre ocurre cuando debe justificar lo injustificable, eleva mágicamente el número de sus integrantes a 100 efectivos, más o menos como en el caso de Laguna del Desierto en 1965, una habilidad innata en los chilenos.

Tras conocerse en Santiago y en otras ciudades del país la noticia no solo de la escaramuza sino de que la escasa fuerza argentina aún permanecía al oeste de la cordillera “…la indignación popular estalló por todo Chile”14.

El embajador argentino ente el gobierno de Santiago, Dr. José Evaristo Uriburu, fue llamado por el canciller Luis Aldunate Carrera para dar explicaciones de lo que había acontecido, respondiendo el primero con sobrada habilidad, que lo ocurrido había sido “…un hecho imprevisto y no ocasionado a levantar dificultades en las relaciones de nuestros Gobiernos (y) que el suceso en cuestión nunca alcanzaría tal trascendencia que llegase a alterar la confianza ni las cordiales relaciones de los dos países”15.

Finalmente, el gobierno argentino, encabezado por el general Julio Argentino Roca, terminó por reconocer que el territorio en el que habían sucedido los trágicos acontecimientos pertenecía a la República de Chile “…pues la frontera era allí la divisoria de aguas, por lo que mientras el lago Gualletué o el río Biobío siguieran siendo de vertiente pacífica” y se disculpó16.

En 1897 los chilenos fundaron Villa Portales iniciando el poblamiento y colonización de una región famosa por su explotación minera, ganadera y turística y pese a que la Corporación de Defensa de la Soberanía insiste estúpidamente con que historiadores y militares argentinos se refieren “pomposamente” al incidente como el “Combate de Lonquimay”, el mismo es completamente desconocido por la opinión pública en general ya que jamás se lo trata, ni estudia, ni se lo utilizó como argumento durante los turbulentos días de 1978,cuando todo servía para desprestigiar al país vecino.

Lo que resulta evidente es que le hecho debió haber motivado una reacción mucho más violenta en Santiago dada la violación de su territorio, la muerte de sus ciudadanos y los hechos de intimidación a los que fue sometida su población, pero no fue así. Para justificarse, historiadores, analistas y foristas de esa nacionalidad vuelven a la carga con que en esos momentos Chile se encontraba enfrascado en una guerra contra Bolivia y Perú y que no podía abrir un nuevo frente con la Argentina, cuidándose muy bien de decir que después de la batalla de Tarapacá, en mayo de 1880, la primera se había retirado de la contienda y que desde 1882, las acciones de guerra prácticamente habían finalizado, limitándose a combates esporádicos contra fuerzas de milicianos que resistían en las sierras.

Lo mismo acontece cuando se refieren al Tratado de 1881, al decir que Chile “se vio forzado a ceder sus derechos sobre la Patagonia Oriental por causa de la guerra”, cuando no había ninguna contienda que le impidiese defender esos territorios entre 1878 y 1879.

Pero retrocedamos un poco en el tiempo.

Después de la fundación de Punta Arenas en 1843, Chile inició la penetración en la Patagonia Oriental organizando una serie de expediciones que también tenían por finalidad, alcanzar las costas del Atlántico. Son de destacar las de Benjamín Muñoz Gamero, Felipe Hess, Vicente Gómez (1855), Francisco Fonck, Fernando Hess (1856), Guillermo Cox, Emilio Errazuriz (1856-1857), Guillermo Cox, Enrique Lenglier (1862) y Francisco Vidal Gómez (1863) y Juan Tomás Rogers (1877), ya mencionadas.

En 1875 Chile estableció un fuerte y una estación naval en las bocas del río Santa Cruz, pretendiendo de ese modo consolidar su soberanía en la región. En 1876 la cañonera “Magallanes” que tenía su base allí, apresó al buque francés “Jeanne Marie” que extraía guano con una simple autorización del cónsul argentino en Montevideo.


La Poderosa cañonera Magallanes

Vale recordar que por entonces, la Argentina apenas alcanzaba a ocupar una porción de la provincia de Buenos Aires y que su jurisdicción llegaba hasta Carmen de Patagones, la ciudad de San Luis y la mitad de lo que hoy es territorio de la provincia de Mendoza hasta el río Diamante.

La presencia chilena en cambio, llegaba hasta el Estrecho de Magallanes y abarcaba el territorio al sur del río Santa Cruz al tiempo que sus expediciones recorrían toda la región. La captura de la “Jeanne Marie” fue denunciada por el subdelegado de la Armada Argentina en las tierras del sur, Carlos María Moyano, lo que provocó la reacción del gobierno porteño.

La desastrosa gestión del plenipotenciario chileno Diego Barros Arana en Buenos Aires incitó al gobierno argentino a posar su mirada en territorio patagónico, aún cuando apenas había iniciado la ocupación de la llanura pampeana que hasta el momento, se hallaba en poder de los indios.

Por entonces, Chile disponía de una importante escuadra de mar integrada por los blindados “Cochrane” y “Blanco Encalada” de 3000 tn, dotados de dos cañones de grueso calibre, seis medianos y dos livianos de tiro rápido; el “O’Higgins” de 1100 tn, con tres cañones de grueso calibre y seis livianos, la corbeta “Abtao” de 2100 tn, provista de tres cañones de 150 lb, un cañón Parrot de 20 y cuatro de a 32 libras; las cañoneras “Magallanes” de 950 tn, armada con un cañón de 64 lb, dos de 4" y uno de 7’; Chacabuco” de 1100 tn, con tres cañones de grueso calibre y cuatro livianos y “Covadonga” de 630 tn,con dos cañones de 70 lb, dos de 9 lb y tres de 40.

En contraposición, la Argentina solo disponía de una flotilla fluvial integrada por diez unidades de menor calado, los monitores “Los Andes” y “El Plata” de 1670 tn, con dos cañones de grueso calibre y seis medianos; las cañoneras “Uruguay” y “Paraná” de 550 tn, con cuatro cañones de mediano calibre; las bombarderas “Constitución”, “Bermejo”, “Pilcomayo” y “República” y dos pequeños avisos de 100 tn sin artillería. Por consiguiente, las diferencias entre una armada y otra eran enormes en cuanto a tonelaje y poder de fuego.

Tal era la diferencia entre una escuadra y otra que mientras la argentina totalizaba 6240 toneladas y 38 cañones, la chilena prácticamente duplicaba esas cifras con 15.375 toneladas y 64 piezas de artillería.


La Escuadrilla del Comodoro Py navega hacia Santa Cruz

Tal era la ausencia argentina en los remotos parajes del sur que sus bases navales se hallaban ubicadas en Zárate, en el río Luján y Buenos Aires, en tanto Chile las poseía en Valparaíso, Talcahuano, Punta Arenas y las bocas del río Santa Cruz.

En ese estado de cosas llegó la noticia de la captura del buque norteamericano “Devonshire”, el 11 de octubre de 1878, que al igual que el “Jeanne Amelie”, extraía guano con la autorización del gobierno del Plata. Otra vez hubo tensión y una vez más los dos países estuvieron al borde de la guerra.

El gobierno argentino, encabezado por el Dr. Nicolás Avellaneda, dispuso el envío de su flotilla hacia el sur, al mando del comodoro Luis Py. En vista de ello, el presidente chileno Aníbal Pinto hizo lo propio con su escuadra al tiempo que enviaba hacia Buenos Aires al capitán Arturo Prat para iniciar tratativas con su par trasandino y al teniente coronel Diego Dublé Almeida, ex gobernador de la región de Magallanes y Santa Cruz, en calidad de agente secreto, para recabar información sobre el estado y situación de las fuerzas armadas argentinas, en especial su flota. Es la propia Corporación de Defensa de la Soberanía, la encargada de detallar los resultados de la gestión del “agente encubierto” Dublé quien, demostrando una absoluta falta de profesionalidad, se presentó ante las autoridades de Buenos Aires luciendo su uniforme, decisión que acabó con su arresto, encarcelamiento y condena a muerte. Salvó su vida gracias a las gestiones del general Julio Argentino Roca, por entonces ministro de Guerra y Marina, quien creyó oportuno mantener al oficial con vida, para presionar a su gobierno. De ese modo, el torpe funcionario fue recluido en prisión y sometido a malos tratos y humillaciones hasta que el conflicto finalizó favorablemente para la Argentina.

La escuadra de Buenos Aires zarpó el 8 de noviembre al mando de Py. Durante su trayecto, las unidades realizaron maniobras y ejercicios de zafarrancho de combate al tiempo que las tripulaciones se dedicaban a preparar las minas con las que se pensaba cerrar el acceso al río Santa Cruz.

En Cabo Corrientes, frente al incipiente poblado de Mar del Plata, un fuerte temporal dispersó las naves que recién el 13 de noviembre, gracias a la habilidad del comodoro Py, lograron reunirse frente a las bocas del río Negro, punto en el que el comandante debía abrir el sobre secreto que contenía las disposiciones del ministro Roca. Py remontó el río Negro hasta Carmen de Patagones y después de comunicar sus órdenes a las dotaciones de las embarcaciones, procedió a arengar a la marinería.

Prontos a zarpar en el desempeño de una misión delicada del Gobierno de la Nación, es menester para lograr el buen éxito de ella que reine la más severa disciplina y la más perfecta armonía entre todos. El patriotismo y el deber militar nos lo imponen y espero que sin esfuerzo alguno será cumplido por todos y cada uno de vosotros. Vuestro Jefe y amigo, Luis Py 17


Comodoro Luis Py

Se hicieron a la mar el 19 de noviembre y el 21 ganaron aguas abiertas, sabiendo que se dirigían a una misión de guerra. Dos días después, las máquinas y el timón del monitor “Los Andes” presentaron averías y poco después se abatió sobre la escuadrilla una nueva tormenta que volvió a dispersarla, produciéndole nuevos deterioros. El

“Los Andes” debió seguir navegando impulsado por sus velas hasta que, finalmente, pudo solucionar los inconvenientes, por su parte, la “Constitución” perdió su arboladura y agotó el carbón y el resto de las naves sufrieron problemas menores.

El 26 de noviembre las corbetas “Constitución” y “Uruguay” alcanzaron las bocas del Santa Cruz; al día siguiente llegó el “Los Andes” y poco después lo fue haciendo el resto de la flotilla. Py tenía instrucciones precisas de desalojar a los chilenos y tomar posesión del territorio por la fuerza pero al llegar al lugar, encontró la zona completamente desierta. Según los tripulantes del buque ballenero norteamericano “Janus”, con el que se cruzaron a la altura del Cabo San Francisco de Paula, los marinos chilenos habían arriado su bandera y abandonaron presurosamente el lugar a bordo de sus barcos.

La escuadrilla argentina remontó el Santa Cruz comprobando que, efectivamente, el lugar se hallaba despoblado18. En el Cañadón de las Misiones, un indígena del lugar confirmó a los oficiales navales que de manera repentina, los chilenos habían huido y eso llevó al teniente Santiago Juan Albarracín a apuntar en su libro de anotaciones:

Divisábamos la pequeña eminencia de la margen derecha, las casillas levantadas por los marinos chilenos que éstos dejaron en pie y en buen estado al alejarse para siempre de aquellos parajes. Algo más lejos se alcanzaba a divisar un toldo habitado por un rionegrino llamado Coronel y por su esposa dolía Rosa, india tehuelche, y una numerosa prole de indiecitos. Hacia Beagle Bluff, en las proximidades de la boca del río Chico se divisaba, sobre un banco, el casco del bergantín-goleta Bouchard, perdido allí unos meses antes, y que había conducido ganado vacuno por cuenta de nuestro gobierno para poblar la región19.

Py procedió a ocupar la margen sur del río Santa Cruz, tomando posesión de la estación naval chilena en la que izó la bandera argentina y emplazó sus piezas de artillería. El 1 de diciembre hizo lo propio en el Cañadón de las Misiones reclamando para Buenos Aires todo aquel territorio, incluyendo Río Gallegos y Puerto Deseado, puntos en los que estableció nuevos destacamentos navales.

El pequeño asentamiento que el valeroso Luis Piadrabuena había levantado en la isla Pavón, fue reemplazado por el de Puerto Santa Cruz que pasó a ser la capital del Territorio Nacional de Tierra del Fuego, cuyo primer gobernador fue el teniente Carlos María Moyano y el 17 de aquel mes, alumnos de la Escuela Naval dieron sus exámenes a bordo de la corbeta “Uruguay”, asiento de la institución en el extremo austral. Las dotaciones permanecieron en el lugar durante todo ese año y el siguiente, viviendo del producto de la pesca y la caza que les acercaban los indios tehuelches. Las únicas bajas que experimentaron fueron cuatro marineros que perecieron ahogados cuando una de sus lanchas se dio vuelta y cayeron a las aguas heladas, en cercanías de la isla Pavón.

El incidente del río Santa Cruz acabó de la manera más impensada. Antes de que finalizara el año, el presidente Aníbal Pinto junto al ministro de Guerra Cornelio Saavedra (descendiente del presidente de la mal llamada Primera Junta de Gobierno porteña), convocaron al embajador argentino en Santiago, Manuel de Sarratea, para manifestarle que su país “renunciaba a la ocupación del territorio santacruceño y consentía el desembarco argentino con tal de que el gobierno de Buenos Aires formulase una declaración que dejase en claro que esa operación militar no tenía propósitos hostiles contra Chile” (¡!).

El 19 de enero de 1879 el presidente Pinto envió como emisario, al teniente coronel Diego Dublé, quien llegó a Santa Cruz al frente de un grupo de jinetes para entregar al comodoro Py un documento escrito enviado por el representante diplomático argentino ante el gobierno chileno, en el que se le comunicaba que la cuestión había sido solucionada definitivamente y que había cesado el estado de guerra entre ambas naciones, una manera tácita de reconocer la soberanía argentina en aquellas comarcas.

Los nacionalistas trasandinos argumentan que la inminencia de la guerra contra Perú y Bolivia obligó a su país a ceder Santa Cruz ya que las azufreras del norte valían mucho más que las inhóspitas regiones australes. Lo que no explican es como el torpe gobierno de su país no supo evaluar el potencial de aquel enorme territorio, así como la bioceanidad que, como ya hemos dicho, les hubiese deparado una proyección continental y marítima inconmensurable.

Una vez más Chile cedía, y lo volvería a hacer dos años después con la firma del Tratado de 1881 en el que renunció definitivamente a 1.000.000 de km2 de grandes recursos e incomparable belleza.

Puna de Atacama en 1899 - Chile pierde 60.000 km2 a manos de Argentina sin disparar un tiro

Terminada la Guerra del Pacífico, Bolivia rechazó los términos impuestos por Chile para la firma de la paz. En esos momentos, el ejército chileno ocupaba la Puna de Atacama, meseta de 80.000 km2 en pleno altiplano situada al este del Salar del mismo nombre. Se trataba de un territorio conquistado durante una contienda bélica y sujeto a las leyes del país vencedor que, como primera medida, el 12 de julio de 1888 dispuso incorporarlo a la provincia de Antofagasta, como parte de su territorio nacional.

En vista de tal situación, el gobierno de La Paz, empeñado en perjudicar lo más posible los intereses de su rival, cedió la Puna de Atacama a Argentina, reconociendo sobre ella su jurisdicción a cambio de que Buenos Aires renunciase a toda pretensión sobre el territorio de Tarija. Fue entonces que la Argentina efectuó ante Chile los primeros reclamos sobre una región que hasta ese momento, ni siquiera señalaban los mapas de sus fuerzas armadas


Mapa General de la República Argentina de 1888. La Puna de Atacama aun pertenecia a Chile

El gobierno de Santiago rechazó los términos llevando la situación a tal grado de tensión que el general de división chileno Emilio Körner planteó ante sus superiores la necesidad de resolver el asunto a través de las armas ya que en ese momento, sus fuerzas estaban perfectamente equipadas y mejor preparadas, no solo por la experiencia que habían adquirido durante la reciente guerra del Pacífico sino porque, además, conocían mucho mejor el terreno, por tenerlo ocupado militarmente.

El 10 de mayo de 1889 se firmó en Buenos Aires un tratado secreto entre el canciller argentino Norberto Quirno Costa y su par boliviano Santiago Vaca Guzmán, por el que La Paz cedía la Puna a cambio de que la Argentina renunciase a sus pretensiones sobre Tarija.

Al tomar conocimiento de ello, Santiago rechazó los términos de aquel pacto y forzó a Bolivia a firmar el protocolo Barros Borgoño-Gutiérrez (18 de mayo de 1895) por el que Chile regresaba a la nación del altiplano Tacna y Arica a cambio del reconocimiento de su soberanía en la Puna. Siete meses después, Argentina y Bolivia firmaron el Tratado Rocha-Cano en el que la primera reafirmaba con vigor su jurisdicción sobre la región. De esa manera, Bolivia devolvía el golpe a sus victimarios borrando de un plumazo lo que había redactado en el mes de mayo

Fue necesario recurrir a un tribunal internacional para dirimir la cuestión y así, ambas partes (Argentina y sus vecinos trasandinos) aceptaron el arbitraje del ministro norteamericano George William Buchanan, en 1899.

“Curiosa actitud la de Chile que, habiendo ganado aplastantemente la guerra, no era capaz de imponer su posición frente a un enemigo derrotado e incapaz aventurarse en una nueva experiencia bélica”

Tras arduas deliberaciones, la Argentina logró imponer sus términos y el gobierno de Santiago aceptó mansamente el fallo, cediendo, como dice la Corporación de Defensa de la Soberanía, una enorme porción de la Segunda Región, “…ante la falta de peso e importancia internacional de Chile con relación a Argentina, nación donde Buchanan era representante diplomático de los Estados Unidos y un gran amigo del país, como lo demostró durante el proceso, en que rechazó prácticamente toda la argumentación chilena”

Aun reteniendo en su poder todo el armamento peruano requisado en la guerra y con las ganancias del salitre fluyendo hacia sus arcas, en 1899 el ejército chileno evacuó la Puna de Atacama entregando 60.000 km2 de territorio que pasaron a formar parte de la provincia de Salta.


Cesión de la Punta de Atacama

Notas

1 Corporación de Defensa de la Soberanía, Chile, “El intento argentino de invasión al Lonquimay
en 1883” (http://www.soberaniachile.cl/lonquimay.html).

2 Ídem.

3 Ídem.

4 Ídem.

5 Ídem.

6 Ídem.

7 Ídem.

8 Ídem.

9 Idem.

10 Idem.

11 Idem.

12 Idem.

13 Idem.

14Idem.

15 Idem.

16 Idem.

17 “Monitor A.R.A. ‘Los Andes’”, Flota de la Armada Argentina, Historia y Arqueología Marítima
(http://www.histarmar.com.ar/InfHistorica/ExpedicionPy/5hizamiento.htm).

18 Tal como afirma Braun Menéndez, “Las casas de la colonia Rouquaud estaban desocupadas, lo mismo

que la capitanía chilena” (Armando Braun Menéndez, op. cit, Santiago, 1959, p. 140).

19 “La Expedición Py a la Patagonia – 1878. Izamiento del pabellón argentino en Santa Cruz”, Historia y Arqueología Marítima (http://www.histarmar.com.ar/InfHistorica/ExpedicionPy/5hizamiento.htm).

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