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Convirtiendo sillas rotas en productos nuevos

El pasado 10 de Agosto se llevó un encuentro poco común en la ciudad de Amsterdam, el Cherry Pear Marathon. Alrededor de 10 diseñadores, la mayoría latinoamericanos residentes en Holanda, fuimos reunidos en el recinto del Mediamatic, una institución cultural que desde 1983 ha alojado diferentes iniciativas y proyectos que experimentan con la tecnología y sus límites.
Fuimos citados por la mexicana Gabriela Bustamante, organizadora de Cherry Pear Marathon, quién nos tenía preparado un reto que para muchos podría sonar absurdo: Tomar una silla rota para convertirla de nuevo en un producto utilizable y deseado. Habían pocos límites y reglas, el objetivo era terminar el día con un objeto final.


Rodeados de curiosidad, ideas y un poco de ansiedad fuimos presentados con una colección de sillas, cada diseñador tenía que escoger una, hacerla suya y transformarla en algo nuevo. Dicen por ahí que la creación es esencialmente un acto de amor; quizás es por eso que algunos de nosotros nos enamoramos a primera vista de nuestra silla, otros, sin embargo tuvieron que trabajar la relación, explorar las formas y cualidades de las diferentes opciones. No fue nada fácil, Gabriela no había bromeado cuando dijo sillas rotas, algunas de ellas parecían haber pasado lustros en sótanos húmedos y olvidados. Otras parecían no estar tan mal, hasta que uno intentaba sentarse en ellas claro, entonces mostraban las cualidades que las hicieron dejar de ser sillas para pasar a ser bultos inservibles a los ojos de sus anteriores dueños. Pero no para nosotros, ese día se trató de brindar segundas oportunidades, de demostrar que aún las sillas rotas, con un poco de ingenio y creatividad, pueden convertirse de nuevo en algo útil y especial.


No pasó mucho tiempo antes de que la reunión se volviera un circo de bocetos, desarmadores, lijas y partes de sillas que ya nunca volverían a su lugar original. Cada uno de los diseñadores presentes nos dimos tiempo para pensar en lo que queríamos lograr, pero el tiempo era poco y había que aventurarse para poder lograr lo que nos habíamos propuesto.


No necesariamente tenían que volver a ser sillas, podrían volverse en obras de arte, artículos de decoración, o en algo completamente diferente. Justamente fue eso lo que pensó el colombiano Pablo Calderón, que en un par de horas logró transformar una simple silla blanca en una trituradora de papel nueva y funcional, si así es, usted leyó bien. Pablo pasó un par de minutos lijando y preparando su silla para salir a la calle y proponer a las personas que se encontrara en su camino un intercambio por la misma. No buscaba dinero, sino otro objeto que los desconocidos estuvieran dispuestos a dar en cambio por la silla. Después de un par de horas e intercambios en los que estuvieron involucrados una bicicleta, pesas para hacer ejercicio y artículos automovilísticos llegó a la trituradora de papel. La cuál se convirtió en la transformación final de la silla.




Otros fuimos más ortodoxos, pero no menos creativos. El mexicano Diego Alatorre, por ejemplo, le devolvió la vida a una silla que todos dábamos como muerta. Pasó horas desarmándola cuidadosamente, lijándola y creándole un nuevo tejido para el asiento y respaldo. No le fue precisamente fácil volverla a armar, hubo que improvisar, por ejemplo, con nuevos travesaños de bambú hechos a la medida y claro, más de un par de golpes del martillo. Todo para terminar con una silla funcional que combina un tejido radiante con un color de madera que solo los años pueden dar.



Karla Rosales hizo algo similar con una silla que seguramente había pasado desapercibida aún en su época funcional. Después de pasar todo el día intentando rehabilitarla bajo diferentes principios y materiales logró dar en el clavo y la transformó en una pieza ideal para una lectura en el jardín en un día de verano.



Y nos pasamos el día con historias similares. El mexicano Ignacio Carmona decidió convertir un par de sillas en una instalación irónica y crítica a la adicción al trabajo y al estar frente a la computadora.



Marcela Izaguirre, mexicana también, transformó un banco sin mucha gracia en un florero colorido y con tintes mexicanos.



La misma Gabriela Bustamante rehabilitó una silla utilizando material de desperdicio y metáforas religiosas que solo pueden ser percibidas observando a la silla cercanamente.




Yo por mi lado me la pasé regenerando el asiento de una silla haciendo un tejido con estambre que después cubrí con paja de un establo cercano.



Todos estábamos ahí buscando un lograr nuestro objetivo divirtiéndonos al hacerlo, lo cual obtuvimos sin lugar a dudas. Sin embargo creo que ese día sucedieron cosas más importantes. En primera demostramos que un objeto solo pierde su valor cuando su dueño decide abandonarlo, lo cual creo que es un principio clave para lograr un mejor entendimiento sobre la sociedad de consumo en la que vivimos y hacia a dónde nos puede llevar. En segunda (y quizás la de mayor importancia) creo que fue un logro muy importante que una mexicana como Gabriela Bustamante lograra reunir a diseñadores latinoamericanos residentes en Holanda para un ejercicio creativo como este. Creo esto de cierta manera deja ver el potencial de este tipo de asociaciones y el impacto que pueden llegar a tener dentro y fuera de nuestros países de origen. Lo cual no es para nada menor.
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