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Cortala con el narcisismo Cristina, por favor.

Narcisismo agudo

La Presidenta frente al mundo: critica, reta y enseña con su ejemplo.

Ni arquitecta egipcia ni abogada exitosa: maestra ciruela.

Ver a la Presidenta dictar cátedra con su dedito levantado en las Naciones Unidas genera vergüenza ajena. Una cosa es defender la soberanía nacional con firmeza. Eso genera orgullo. Pero otra muy distinta, ridícula, es observar su arrogancia, que señala las pajas en los ojos ajenos del planeta sin inmutarse ante la viga que tiene en el propio.



Lo reta a Barack Obama porque no sabe cómo combatir el terrorismo más sanguinario e irracional de la historia, y en Argentina se le quema el rancho para apresar a un sencillo motochorro en la Boca que se pasea por los canales de televisión.

Hasta Sergio Berni confesó que tocó “los timbres de varios juzgados y no pudo conseguir una orden de detención”.


Desautoriza a monseñor Guillermo Karcher diciendo que el Papa sólo habla por sí mismo y, de inmediato, Ella habla en nombre del Papa.

Aprendió que al que madruga Dios lo ayuda. Dice como al pasar, fingiendo que está mas allá de todo y con aires de superada, que no tiene miedo por haber sido amenazada por Estado Islámico.

No aporta un solo dato judicial ni efectivo.

Maneja con frivolidad un tema gravísimo que tiene al mundo en vilo. Pero de inmediato duda de su existencia real. Repite un argumento típico del infantilismo revolucionario de los 70 y sugiere que los criminales que cortan las cabezas de los infieles cristianos y que tanto angustian al papa Francisco son “una puesta en escena cinematográfica” inventada por los que les venden los pertrechos bélicos porque “mi país no fabrica armas”.


La Presidenta no registra las proporciones, pierde la dimensión de los acontecimientos. El trastorno narcisista que tiene le provoca un grandioso sentido de la autoimportancia con fantasías de éxito ilimitado.

Cristina dice que Argentina se convirtió en un “triple leading case”. Es una manera de decir que todo lo que le pasa de malo al mundo a nosotros nos pasó antes, lo solucionamos gracias a Él y a Ella y ahora nos atacan porque envidian nuestro éxito, obtenido con recetas propias. ¿Se puede llegar a ese límite de ombliguismo? ¿Se puede creer, como la villana de Blancanieves, que el espejo es el único interlocutor válido?

Acusa a periodistas, que llama “marionetas”, y a gobiernos de cambiar de enemigos todos los días, y parece olvidar la velocidad con que dinamitó las buenas relaciones que ella misma había construido con Alemania.

“My god”, dice Cristina, y en esto tiene razón. ¿Desde qué lugar la Presidenta puede decir que “el mundo está patas para arriba y no veo en los grandes líderes ideas para que nos saquen de esto”? Obama, Merkel, Dilma, entre otros, podrían decirle: “Se aceptan sugerencias, Cristina. Queremos escuchar sus brillantes ideas. Pero primero acomode un poco su propia casa”.

La brecha que más preocupa a los argentinos no es la del dólar cocaína que supera en 80% al oficial: el “gap” que parece “too much”, es la distancia que separa los saberes técnicos de los funcionarios con sus responsabilidades históricas. La brecha que existe entre los que proclaman afuera como verdad revelada y la economía de adentro que se cae a pedazos en todos sus indicadores. Ese quiebre habla de la nueva etapa. Del más de lo mismo que nos espera: más inflación, recesión, emisión, desocupación y autoritarismo. Esto habla de la parábola descendente del Gobierno. Hasta que las PASO alumbren una nueva esperanza en 2015.
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