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Cristina e Isabel Perón.



La Presidente debiera haber hablado en su mensaje del pasado lunes cómo fue que el único argentino a quien no podía pasarle nada el fin de semana del 18 de enero, el fiscal Alberto Nisman, que la había denunciado por encubrimiento del caso AMIA, apareció muerto de un balazo en la cabeza en el baño de su departamento.


Sobre eso, la Presidente no dijo una sola palabra. Tampoco hizo mención alguna a la responsabilidad en esa muerte de las fuerzas de seguridad que tenían en sus manos la protección y la vida de Nisman, fuerzas que dependen de ella.

En cambio, Cristina Fernández elaboró en su discurso una larga serie de mentiras, que poco a poco quedaron en evidencia por la investigación judicial, que fueron desde el supuesto regreso apresurado de Nisman de sus vacaciones, hasta la abierta denuncia del nombre de un culpable del asesinato, que la Presidente ya había elegido en una inédita interferencia presidencial en una investigación criminal.

La Presidente fue más lejos:
1. Se ensañó con el fiscal que ya no podía defenderse;
2. Lo humilló al afirmar que su denuncia no parecía escrita por un abogado,
3. Eludió mostrar la más leve piedad hacia sus familiares, en especial hacia las dos nenas hijas de Nisman,
4. Deslizó, con un lenguaje retorcido y sinuoso un comadreo sobre la intimidad del fiscal.
Fue una actitud que rozó la bajeza.


También, en lo que ya es un clásico en su mente retorcida, atacó a los medios de comunicación.

La puesta en escena del discurso presidencial, silla de ruedas, blanco níveo, visible fotografía junto al malogrado ex presidente Néstor Kirchner, y el fuerte contenido del discurso presidencial, remitió de inmediato a los días más feos de la historia argentina.
Como Cristina Fernández, la ex presidente Isabel Perón también eligió varias veces mostrarse en un contexto de debilidad para lanzar mensajes de fuerza.



Las comparaciones son aborrecibles. Pero también son siempre inevitables.


La imagen presidencial del lunes pasado nos recuerda de inmediato al 5 de noviembre de 1975, cuando, internada en la Pequeña Compañía de María y cubierta por una chalina blanca, víctima tal vez de una colecistitis, Isabel lanzó un durísimo discurso en el que reafirmó su autoridad presidencial y cargó contra los medios: “El país –dijo entonces– sufre una agresión interna y externa del terrorismo periodístico y de rumores difamatorios”.

Aquel país no es el de hoy. Muy mal estaríamos si lo fuese.

En aquella Argentina olvidable las muertes ocasionadas por la guerrilla y por los grupos parapoliciales eran diarias y se contaban por decenas.

También es cierto que aquel gobierno no era el de hoy.

La viuda de Perón vivía entonces acorralada por el poder militar que ya había decidido derrocarla e instaurar el terrorismo de Estado.

Pero hoy, si el gobierno de la presidente Fernández vive hoy algún tipo de oeligro, es el que ella elaboró sus tremendos errores. En todo caso, y por el contrario, vive las mieles ya descompuestas de lo que ella ha dado en llamar década ganada.

No, aquel país no es el de hoy ni estos son paralelismos absurdos, sino coincidencias llamativas.
La Presidente no pudo explicar la muerte de Nisman de la misma forma que la viuda de Perón no supo explicar las muertes que asolaban al país. Las voces bárbaras que entonces festejaban la sangre, sonaron parecidas a las que en estos días se alegraron, como ella y D¨Elía con la muerte de Nisman y lo pusieron por escrito.


Los treinta y cinco días en los que, hasta el lunes, la Presidente se mantuvo aislada, invisible y muda, semejan las alocadas ausencias de Isabel de la Casa Rosada, recluida en Olivos y rodeada sólo por sus íntimos.

Los bandeos que pegó el Gobierno inmediatamente después de la muerte del fiscal, que impulsaron primero la teoría del suicidio para cambiar de golpe a la del homicidio, sonaron parecidos a los golpes de timón, bruscos y ridículos, que daba aquel Gobierno en estado de descomposición para librarse de su propio encierro.

La decisión de cambiar el nombre a la Secretaría de Inteligencia adoptada el lunes por la Presidente, indica que algunas de las más importantes medidas de gobierno las dictan la violencia y la dura realidad, tal como sucedía con el gobierno de 1975, y no una planificación meditada y debatida.

Separa a una y otra mandataria un abismo intelectual que sería inútil, y tedioso, describir. Cristina es culturosa y leída. La otra una bruta sin remedio.



Sin embargo, tal como hace cuarenta años hizo Isabel, la Presidente hace ya tiempo que no habla para el país que preside. Lo hace, sí, para dirigirse a sus ministros, a sus funcionarios, a las autoridades de su partido, a la militancia que, exactamente igual que en 1975, son absolutamente incapaces o impedidos de elaborar o expresar un pensamiento propio, toman sus expresiones, sus ideas y sus ataques como palabra sagrada y las repiten una y otra vez, a menudo torpemente enriquecida con agregados propios.

Así, la denuncia del fiscal, según un ministro del Ejecutivo proclive a los dislates mañaneros, fue hecha para tapar el éxito turístico en las playas. Y luego, la conmoción social y política que provocó la muerte de Nisman horas antes de ratificar su denuncia ante el Congreso, fue para el mismo funcionario una cortina para ocultar la estabilidad cambiaria.

El doloroso desempeño del Partido Justicialista en la conferencia del jueves 22 de enero, con el cadáver de Nisman todavía tibio, en la que jueces, fiscales y medios de comunicación fueron acusados de tramar un complot con fines inconfesables y no revelados, no hace sino evocar el idéntico papel que el PJ de hace cuarenta años cumplió con lamentable resultado en aquellos días difíciles de la Argentina, además de persistir en la recurrente visión, ayer y hoy, de asechanzas y desestabilizaciones a la vuelta de cada esquina.

Ni hablar del inimputable Coordinador del Pensamiento Nacional que mezcló la denuncia y muerte del fiscal con la alteración de un verano idílico en la playa del relato donde están todos los argentinos.

Acá se acaban las coincidencias. Aquel gobierno terminó en desastre. El actual terminará su mandato, la Presidente entregará la posta a quien la suceda y el país seguirá su curso democrático.

Podría ser un adiós con la frente más alta si el Gobierno encara de una buena vez y como debe el tremendo drama cívico, político y social que desataron la denuncia del fiscal Nisman y su muerte trágica y todavía misteriosa.

Pero su maldad no lo permite.
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