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Cuando Rommel ayudó al ISIS



Las víctimas de la Segunda Guerra Mundial aún no han terminado de contarse. No es que de repente pueda descubrirse una fosa común o que se haya encontrado algún registro caído en el olvido, es que las minas que en su día sembraron los contendientes a lo largo del desierto aún se llevan vidas por delante. Y no sólo las de los beduinos, que llevan casi 70 años sufriendo bajas entre los suyos en el desierto del noroeste de Egipto: ahora, el autodenominado Estado Islámico ha encontrado una nueva utilidad para los desechos de la guerra. O la que siempre tuvieron, en realidad: seguir causando muertes. El ISIS recicla los componentes y explosivos de minas antitanque y antipersona para convertirlos en artilugios que sirvan para su propia contienda internacional.



Ya en 2004 se detectó que varias bombas usadas por extremistas para acabar con la vida de 34 personas en un 'resort' de Taba, en el Sinaí (otro desierto en la Península del mismo nombre pero a orillas del Mar Rojo, al este del país) habían sido fabricadas con chatarra bélica de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, ha sido una práctica común que se ha acrecentado con la afiliación al Estado Islámico del grupo terrorista egipcio, Ansar Beit Al Maqdis, arraigado en la Península, y también al otro lado de la porosa frontera de Egipto con Libia. Allí donde las arenas movedizas sembradas de minas, hacen de la depresión de Qattara una barrera prácticamente infranqueable, salvo para los hombres del desierto, que, tras sentirse olvidados durante generaciones por el Gobierno central, no dudan en volver sus ojos al lucrativo y peligroso negocio de extraer ellos mismos los residuos y venderlos al mejor postor.



Y no se puede decir que el abastecimiento vaya a terminar pronto. Hay 16,7 millones de bombas en una extensión de 2.480 kilómetros cuadrados. El 22% del territorio de Egipto. El Gobierno, con el apoyo de Naciones Unidas y una inversión de 1,8 millones de euros, pretendía limpiar la zona e implementar un plan que incluía la construcción de una nueva El Alamein, la emblemática población en la que se vieron las caras la espontaneidad del alemán Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, y la eficacia disciplinada del británico Bernard Montgomery. En este rincón de África los aliados consiguieron su primera gran victoria sobre el eje italo-alemán. El Alamein marcaría el rumbo de la contienda al acabar con las aspiraciones nazis de hacerse con el norte de África. Hubo más de 80.000 bajas entre muertos y heridos.


El beduino Sultan Halebba ciego por el estallido de una mina de la Segunda Guerra Mundial en El Alamein, junto a una de sus nietos en 2010


El proyecto de limpieza en las últimas décadas era ambicioso, pero de esos casi 17 millones de minas, en tres años, entre 2007 y 2010, apenas se limpiaron 130 kilómetros cuadrados y 300.000 artefactos. El 5% del total. El Ejército asegura que desde 1981 se han eliminado casi 3 millones. Promete que en tres años se habrá limpiado el desierto, pero ya en 2010 se hablaba de un plazo de 4 años, hasta 2014 para terminar la limpieza, así que el plazo parece cuanto menos, poco realista.

Ahora, donde Rommel fracasó, el ISIS va poco a poco conquistando terreno. Se han producido al menos 10 denuncias del Ejército egipcio de que los terroristas estarían usando las viejas minas para fabricar sus propios artefactos explosivos, según ha declarado en un artículo reciente de Newsweek Fathy El-Shazly, responsable del proyecto de desarrollo y descontaminación de la costa noroeste desde su inicio.


Proyectiles encontrados durante el proceso de desminado en El Alamein, en octubre de 2014


En 2010, El Shazly explicaba a esta corresponsal que el 2,5% de las minas del desierto egipcio son antipersona. Las antitanques, mucho más mortíferas, son casi 10 veces esa cantidad. Y las preferidas por el Estado Islámico para componer sus nuevos artefactos, según ha relatado ahora a Newsweek. Lo demás son restos de mortero, balas y munición aérea de gran calibre.

A pesar de ello, no fue hasta 2007 que empezaron a tomarse medidas al respecto. ¿A qué se debió ese abandono? ¿A nadie le importaban los 150 muertos que dejaba entre los beduinos la basura bélica de la Segunda Guerra Mundial en los últimos 10 años? El Shazly ponía negro sobre blanco ya hace años: bajo ese desierto mortal yacen también “4,8 billones de barriles de petróleo, 13,4 trillones de litros de gas natural y más de 650 millones de metros cúbicos de otras reservas minerales que duplican la actual riqueza de recursos naturales del país”. El terreno se desminaba para que las petroleras (entre las que se encontraba la española Cepsa) pudieran acceder a las zonas de prospección.
Una medida que poco o nada beneficiaba a la población local, herederos sin título de tierras que acababan expropiadas y cedidas a grandes empresas que también tenían y tiene puestos sus ojos en las aguas turquesas que bañan el lugar donde el mortal desierto de El Alamein acaba. La empresa promotora del turismo del Gobierno vendió los terrenos a la emiratí Emaar (que levantó el edificio más alto del mundo, Burj Dubai, en el emirato del mismo nombre). Así, sólo esas zonas de ocio o negocio han quedado libres de minas en los últimos años. Salvo por aquellas de las que el Estado Islámico está dando una segunda vida.



La revolución de 2011, cuyo quinto aniversario celebraron los egipcios en enero de este año, abrió un paréntesis en el que casi todo quedó interrumpido, salvo las víctimas, que siguieron perdiendo piernas, ojos, vida. Ahora, muchos se llevarán las manos a la cabezo al ver el supermercado pirotécnico a merced de quien lo quiera usar y que se extiende por casi un cuarto del territorio de Egipto. Las minas del Ejército de Hitler aún no han causado sus últimos muertos.


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