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cuentos cortos

hola a todos aca les dejo algunos cuentos cortos....estan buenos








El Club del Fracaso
cuento corto

El Club de Fracaso tiene una historia tan interesante como dudosa, y tanto le cabe este último adjetivo que es hasta dudosa de ser interesante.

Según comentó alguien en una de esas reuniones que tienden a disiparse en la memoria de los presentes, el club en sí no es más que la unión errática y desordenada de personas y personajes que “no”. En aquel momento alguien tuvo la intención de preguntar “que no qué”, pero las dos terceras partes de las inquisiciones que realizamos en cualquier conversación están de más si nos tomamos un breve respiro para pensarlas.

Igual que nos ocurre cuando alguien es muy detallado en su narración, yo tuve entonces la sensación de conocer perfectamente aquel lugar. Como si hubiera estado o como si estuviera ahí.

Es difícil hallar datos generales, aunque no específicos, del club. En algunos casos, miembros fervorosos saltan de sus filas hacia otros clubes y en otros vuelven a él luego de ser expulsados de otras logias. Lo que sí es totalmente corroborable es que el club tiene una cifra de miembros que ningún libro de actas podría llegar a asentar ya sea por su movilidad o por su cantidad.

En el recuento oscilante de los tiempos dicen que hubo, hay y habrá historias fabulosas que realmente se destacan dentro del inmaterial edificio de la sede social del club al que nadie es gustoso de pertenecer, aunque son de remarcar también aquellos que se niegan a abandonar sus filas.

Había, hay y habrá, por millones, socios que pagan la cuota a regañadientes. Un infinito número de abonados a fracasos de diferentes tamaño y calidad : pequeños, grandes, intencionales, casuales, y hasta un número indeterminados de socios que habiendo obtenido la invitación de otros clubes se niegan a reconocerse en otro lugar que no sea el del Club del Fracaso. Este último un caso casi tan común como el de los que siendo inevitablemente parte del Club fingen pertenecer a otras instituciones, y en algunos casos circulan por los pasillos con credenciales apócrifas o distintivos falsos que, al extremo, terminan en autoconvencimiento.

Nadie prestó nunca demasiada atención a las historias del club. No obstante son destacables; ningún otro club podría haber existido de no poseer éste la masa de asociados más grande la historia de la humanidad.

Recuerdo una de sus salas. Generalmente y a pesar de su arquitectura compleja y soberbia en tamaño, los que por allí frecuentan suelen dar vueltas en no más de dos o tres salones. El estilo victoriano que los arquitectos y artistas le han dado es poco cierto ya que siempre se esta construyendo, redecorando, reparando y variando las formas desde el mismo fracaso de los que intentan darle una y no alcanzan a completarla ya sea por fallas en los cálculos de material, distracciones en la proyección, torpeza en la factura o accidentes mínimos interpuestos entre los bocetos y la realización.

No deseo detenerme en el aspecto de la instalaciones ya que de hecho todos, alguna vez al menos, hemos formado parte del Club.

Al entrar por sus enormes puertas la sensación de soledad se percibe de inmediato. La conciencia de que allí habita la mayoría no se condice con el espíritu del recién llegado o del que ha tratado de salir y se vio apenas saliendo de una habitación para entrar en otra. La oscuridad y la decoración lo asemejan a un castillo repleto de falsas paredes, puertas bloqueadas, pasillos laberínticos y escaleras que giran para terminar donde empiezan.

En uno de los salones, quizás el más visitado por los más animosos, se encuentra una larga galería de socios que, en algunos casos, ayudan al visitante a suavizar su sensación de desesperanza con una inútil percepción de identificación representativa del Club.

Allí, vagando en soledad entre la más inmensa multitud, se escuchan las historias más desgarradoras y también las más absurdas, sin con esto decir que no las exista combinadas. Un clásico dentro de los indescifrables murmullos es la cita de algún mínimo detalle que hizo la diferencia entre pertenecer a este club o estar disfrutando de algún otro.

Todo esta por aquí, todo alrededor de uno, y por más que las historias son tan interesantes como las que más, nadie presta mayor atención a ellas si no una vez que el egresado, ya perteneciente a otro club, las utiliza como serie de anécdotas que sirven para aumentar la admiración de los nuevos compañeros del Club de la Victoria, Club de la Fama, Unión del Éxito, etc. Algo así como “antes de llegar aquí pertenecí diez años al Club del Fracaso”.

Recuerdo por ejemplo a Edison enumerar las veces que había estado dando vueltas por los pasillos del club, pero claro, todo esto una vez que ya no lo frecuentaba. Y aun más impresionantes eran los casos post morten, ya que mucha gente ignora que Van Gogh murió en las instalaciones del club y su cadáver fue requerido por otros clubes tiempo después de muerto como ocurrió con los casos: Melville, Kafka, Trosky, Marilyn Monroe, y una lista escalofriante de nombres cuya permanente inquietud (inclusive dentro del club) les valieron el traslado aunque ellos jamás se enteraron.

Así y por montones, la ciencia, el deporte, el arte, la política y demás actividades perpetúan incoherencias temporales que, reacomodadas, unos llaman justicia y otros azar.

La imposibilidad de llevar un registro hace que sea una tarea humanamente inviable : casos como el del hombre que no pudo asesinar a su esposa por esta fugarse con su amante dos minutos antes, el del músico que perdió su mano derecha luego de componer el primer rock and roll que nadie llegó a escuchar o el del general revolucionario que no contó con aquel espía, se mezclaban en una maraña de subjetividad.

El caótico club puede jactarse de haber visto a Jesucristo y a Hitler, a Charles Manson y a Gandhi, al chico aquel que sentía como su amor no era correspondido y la señora que acaba de ver el número de su cartón de lotería volver a formar parte de la mayoría cuasi absoluta.

Reprobados, derrotados, ignorados y desafortunados bailan la cadencia del ritmo machacante y antimusical de las intenciones que mueren en si mismas.

Nadie nota que en los pasillos vagan los destinos disconformes y los espíritus conformistas. Nadie nota que allí va un personaje que Shakespeare había imaginado para una obra y luego descartó, nadie pone la vista en aquel que acaba de llegar tarde a la audiencia para una puesta en Boadway.

Viera alguien el desanimado té que reúne a aquel ladrón sorprendido por la policía, a la adolescente engañada por Cupido, al futbolista quebrado antes de llegar a ídolo, a la escritora abandonada por las musas y al señor derrotado en las urnas de las elecciones de su pueblo.

De todos los salones del Club del Fracaso el más terrorífico quizás sea este. El salón de los espejos. Uno de los más frecuentados. A pesar de su nombre, estos reflejos son tan engañosos como aquellos que había en los viejos parques de diversiones. No somos quienes nos ponemos frente a ellos los que nos reflejamos. En este salón los fracasos propios se transforman combinándose para dar reflejos comunes que a la vez son menos dolorosos. Allí se observa el fanático del equipo que acaba de perder la final del campeonato, allí ve su rostro el soldado que recibe la orden de retirada y el televidente que acaba de ver salir de pantalla para siempre su programa favorito.

Muchas veces he oído preguntas flotando en el ambiente; preguntas del tipo ¿por qué a mi? ¿Qué hubiera pasado si elegía otra opción?, las respuestas nunca llegan a escucharse concretamente. Lo cierto es que él club genera el rumor de algo en movimiento constante ya que está permanentemente recibiendo y despidiendo socios por millones y a velocidades sorprendentes.

No recuerdo si estuve en aquella reunión donde alguien lo nombró, pero si sé que estuve en el club. Ahora no sé bien que me habrá llevado a pensar en aquellos tiempos, quizás conozco de memoria sus pisos y deseaba reconocerme como parte de algo. Lo cierto es que mi paso por él no es en vano aunque sea permanente. Aprendí que como todo Club tiene sus reglas y se también algunos de los pecados que no debería cometer.

Se que la desesperación, a pesar de ser la recepcionista, no es buena consejera a la hora de transitar sus pasillos. Se que nunca debería olvidarme que aún estando lejos siempre se puede volver. Se que las puertas siempre están abiertas para todo el mundo y también aprendí que no debo creer jamás en la certera frase de oxidadas letras que da la bienvenida en su entrada principal : “Aquí esta tu destino porque tu destino no podría ser otro”.



por José M. Pascual



El Pescado
cuento corto

Es conocido el aprecio que algunos sectores de la sociedad tienen por los artistas. Más aun cuando se trata de artistas muertos; los cuales, lógicamente por su estado, por decirlo de alguna manera, son más “inofensivos”, pues su obra a través del tiempo se alinea de manera menos traumática a “la cultura” cuando esta es entendida como “La Cultura”.

Recuerdo una anécdota que me contó el doctor Von Kraft en categoría de testigo respecto de un suceso donde algunos de estos componentes se hicieron presentes.

Von Kraft había asistido a una fiesta en la mansión de Rudolf Krol, un destacado hombre de la sociedad bávara que había incrementado su fortuna de manera notable en la Alemania dividida de la post guerra. El motivo de la reunión social era festejar los treinta años de casado que llevaba con su esposa Ruth.

Conociendo el exquisito gusto por el arte que su esposo tenía, Ruth contrató para la celebración a un artista desconocido, pero que en los círculos intelectuales más selectos de la época era categorizado como uno de los más grandes exponentes del Avant Gard. Alguien se lo recomendó para sorprender a su marido y ella pidió que lo consiguieran para aquella ocasión.

La fiesta estaba en la plenitud del ceremonial. Los comensales intercambiaban halagos. Los mozos surtían de espumante a los invitados. Los mejores vestidos, las joyas más caras, las medallas más brillantes estaban en aquel salón de las afueras de Munich a orillas del río Isar.

En momentos en que la mujer hablaba de su hallazgo ante un pequeño grupo de personas que, formando un semicírculo, la escuchaban atentamente, el artista hizo su entrada por la enorme puerta de vidrios biselados que comunicaba el salón con un jardín que parecía una imitación a escala del de alguno de los de Versalles.
Hombre alto, robusto, de barba desprolija, aparecía en la sala con un enorme pescado sobre su escarchado hombro. Su torpeza era todo movimiento, su ropa era suciedad y su físico enorme. Mirada dura salida de pequeños ojos claros, cabello rojizo asomándose debajo de un gorro de lana y un gesto pétreo de emotividad indescifrable. El pez muerto tenía grandes ojos inyectados de sanguíneo color, escamas grandes y duras como de metal plateado y una flexibilidad que delataba el tiempo que llevaba fuera del agua.

El murmullo redujo su volumen a silencio y todas las miradas se concentraron en él. Todos tomaron distancia. Krol caminó hasta el frente del improvisado grupo de espectadores y Ruth se congeló con una sonrisa mezcla de sorpresa y orgullo sin fundamento.
El hombre sacó una petaca de su bolsillo y, con la mano que tenía libre, disparó un trago a su boca de buzón. Observó detenidamente a su auditorio y fue haciendo pasos laterales hasta ubicarse a dos metros del majestuoso piano de cola que dominaba el centro del salón. La gente se dejó llevar por una imaginaria fuerza centrífuga que los arrimó a las paredes. Krol, unos pasos adelante del resto como dando a conocer su calidad de anfitrión.

El robusto artista, como recortado de un paisaje portuario, miró el piano de reojo y en un ademán bastante rudimentario gritó anunciando el final del profundo silencio: -Voy a tocar una melodía que espero disfruten. Dis friuten.

Tomó el animal inerte por la cola y comenzó a azotarlo con singular bestialidad sobre las teclas. Las escamas se pegaban en el marfil y en el ébano entrando torpemente en los espacios entre tecla y tecla. Graves y agudos, tonos violentos al oído, sacudidos por el flexible cuerpo del pescado. Un ojo voló hacia dentro de la caja, el otro, dos golpes después cayó sobre la alfombra. El artista aferraba sus manos a la cola; con un pie daba saltitos rítmicos mientras mantenía la otra barrosa suela de bota sobre el taburete forrado de fino terciopelo azul.
Cuando se cansó, tiró lo que quedaba del pez con un movimiento brusco dentro de la caja. Sonaron las cuerdas más graves. Se quedó mirando como esperando el aplauso.

Krol que hacía rato había superado el tamaño de los ojos de un búho y había dejado caer su copa con el primer destono, sólo atinó a decir: - ¿Quién dejó entrar a este tipo a mi fiesta?

El gigantesco pelirrojo bajó la cabeza, introdujo su mano en la caja del piano y rescató uno de los ojos del pescado, después caminó dos pasos y recuperó el que yacía en la alfombra. Un ojo en la diestra y el otro en la siniestra. Miró a Krol un instante y se acercó a él con paso firme y decidido. Cuando estuvo a treinta centímetros del dueño de casa, lo miró con su peor cara e hizo un concentrado arrebato amedrentador seguido de un sutil “Bhuu” que sonó dulce y gracioso. Krol apretó sus párpados esperando un golpe. El artista, suavemente apoyó sus pulgares en las cuencas oculares del asustado anfitrión. Después de eso se retiró de la sala riendo sonoramente. Ruth no podía cerrar la mandíbula. Algunos sonreían por lo bajo. Otros se mantenían horrorizados. Después de un rato algunos comenzaron a dialogar sobre vanguardias y arte clásico. Nuestro anfitrión quedó por un tiempo duro como una estatua; parado en medio del salón y con los ojos del pescado ocupando el lugar de los suyos.



por José M. Pascual





Caen Bombas
cuento corto

Caen Bombas



Las sirenas que anunciaban el bombardeo comenzaron a sonar. La gente corría, las tiendas cerraron sus puertas, las madres llevaban a sus niños flameando en busca de un refugio y la tarde se convirtió en un agudo sonido de alarma con agitadas marchas y contramarchas desesperadas.

Nicolás North, empleado del correo, fue uno de los tantos sorprendidos por las sirenas cuando estaba a mitad de camino entre su trabajo y su casa. Cruzaba hacia el este de la ciudad después de haberse detenido como todos los días a comprar el diario y algunos panes para acompañar su cena en la soledad del cuarto que alquilaba en el barrio de los artesanos.

Volvía con las manos en los bolsillos de su sobretodo, con las noticias y los panes bien calzados bajo el brazo, cuando lo sobrepasó el pánico general. Trato de correr, lo llevaron tres veces por delante y le golpearon en las piernas con un niño. Caminó con pasos largos hasta la esquina y en medio de la confusión vio, a mitad de cuadra, un buen lugar para ponerse a resguardo de las bombas. Ya se escuchaba el motor de los bombarderos cuando no pudo caminar más; sus piernas se clavaron al piso como si no respondieran a sus ordenes, y entonces algo brillante le nubló la visión.

El brillo se hizo intenso, lo cegó, se hizo destello, y el tiempo se detuvo. La gente que aún estaba en la calle quedó perfectamente detenida en la precisa actitud que mostraban hacía unos segundos. A North le llamó la atención estar como si se pudiera estar dentro de una fotografía de tres dimensiones. Un niño había quedado flotando en el aire quieto, exactamente un segundo después de que su madre le diera un tirón en el débil bracito para que avanzara con mayor velocidad. La mujer sólo contactaba con el pavimento de la calle a través del tacón del zapato de su pie derecho. Las naranjas que un hombre acababa de dejar caer en su desesperada carrera, se mantenían ingrávidas: tres a centímetros del suelo y una apenas estallando incompletamente contra la vereda. El humo de un camión cargado con verdura dibujaba en el espacio una nítida figura que se mantuvo perfectamente limitada al instante en que el brillo había interrumpido el camino de North.

Podía verse la sombra de un pájaro volando estático a unos dos metros de altura después de haber despegado del dosel de una ventana en donde las cortinas congelaron su flamear en una posición imposible. El tiempo se había detenido, sólo avanzaba el sonido del motor de los aviones y la conciencia de North.
-¿Quién eres?- pensó Nicolás North
- Un ángel, creo que ese es mi nombre más conocido, pero tengo un número irrazonable de nombres más. Particularmente pertenezco a un grupo asignado a situaciones como estas.
- Nunca había visto un ángel, no soy religioso.
- Sí. Digamos que no solemos aparecer así. Generalmente tenemos tiempo de cumplir nuestra labor de un modo más humilde e imperceptible; sensaciones, pálpitos, decisiones, circunstancias, palabras en boca de un amigo o un desconocido y muchas cosas más, pero esta vez no hubo tiempo para todo eso.
- No creo en los ángeles.
- Bueno, entonces realmente es curioso que te hayas detenido.
La figura sonrió y un hombre que estaba a mitad de cuadra reanudó su corrida hasta perderse en la esquina opuesta sin siquiera notar que él era el único con capacidad de movimiento en todo aquel paisaje.
-¿Tu fuiste quién detuvo el tiempo?
La sombra del pájaro se movió y este completo su recorrido hacia el capitel de una de las columnas que adornaban la entrada de un edificio público.
- ¿Estás anunciando mi muerte? ¿Por qué detuviste mi marcha? Si eres mi guardián has fallado, puedo escuchar como avanzan los aviones. Las bombas caerán antes de que pueda ponerme a salvo. Escucho a los aviones, ellos no se han detenido; es más: allí están.

La aparición se hizo brillo absoluto y volvió a cegar a Nicolás North, cuando desapareció, el paisaje completó su movimiento. Las naranjas estallaron contra el piso una tras otra; la madre alzó a su hijo y corrió en dirección opuesta a la que había decidido North antes del brillo; el camión lanzó un humo final y su conductor saltó de él rápidamente para buscar un sitio seguro; las sirenas reanudaron su ciclo sónico. Las primeras bombas cayeron.

Nicolás North observó como aquel caos quieto volvía a su velocidad natural. Precedido de un silbido penetrante, un estallido saturo todo lo audible. Varios segundos después, entre el polvo y las piedras que seguían lloviendo, North vio como el lugar al que se dirigía antes de presentársele el "ángel" había sido borrado de la faz de la tierra. Se sintió confundido, aturdido, y corrió desesperadamente. Casi dos kilómetros llegó a correr North sin disminuir el ritmo. Sin darse cuenta de lo mucho que había andado se detuvo agitado, su corazón latía como debió latir el del soldado que llegó a Atenas desde la aldea de Maratón. Él había salvado su vida.

En realidad, no importa agregar mayores datos a esta historia. Pudo ocurrir durante cualquier guerra o cualquier situación similar, antes o después de que él hombre perfeccionara sus fuerzas bélicas. Pudo ser cualquier ciudad, cualquier pueblo que haya vivido o no pendiente de las sirenas de alarma. Nicolás North, pudo llevar el nombre de Norman Nich, Narú Naskiri, Nasser Nalib, Nora Nesti, Nika Nakata o cualquier otro.
Ángeles como aquel suelen aparecer en momentos así, esto es del todo cierto, a pesar de que quienes los han visto olvidan el encuentro en el preciso instante en que estos desaparecen.



por José M. Pascual



fuente:http://www.canaltrans.com/cuentos/
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