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Cultura y Pensamiento Nacional



Ser o no ser

Cultura y pensamiento nacional no son categorías estáticos ni definitivas; son cambiantes, según las circunstancias; resultan tumultuosos y contradictorios, siempre en permanente construcción y replanteos, con flujos y reflujos, con éxitos y fracasos. Y lo es más aún hoy, en épocas de comunicación instantánea y de interacción en las redes sociales

Esa es la cuestión, ser o no ser una Nación soberana. Para lograrlo, deberemos remontarnos desde el fondo de la historia para comprender los distintos procesos formativos del país, sus participantes y sus intereses, sus contradicciones, sus acuerdos y discrepancias, sus momentos de violencia, incomprensión y suma crueldad.

Podrían ensayarse múltiples interpretaciones acerca de esta evolución histórica hasta el actual proceso conducido por el kirchnerismo. Lo cierto es que nada es casualidad. Lo que escandaliza a ciertos pensadores y comunicadores- la “crispación”, la interpelación a ciertos poderes establecidos, por ejemplo- no sería otra cosa más que la exteriorización de viejas luchas por el poder a través de la política. Y cada antagonista tiene una visión del mundo, es decir una ideología que, en el fondo, sirve a la defensa de sus intereses. Líderes como Rosas, Yrigoyen, Perón, Frondizi o Néstor y Cristina Kirchner son emergentes de esas corrientes populares y nacionales que disputan poder para imponer un pensamiento hegemónico que represente a las mayorías.

Ahora bien, cultura y pensamiento nacionales no son estáticos ni definitivos; son cambiantes, según las circunstancias; resultan tumultuosos y contradictorios, siempre en permanente construcción y replanteos, con flujos y reflujos, con éxitos y fracasos. Y lo es más aún hoy, en épocas de comunicación instantánea y de interacción en las redes sociales. “El mundo es un pañuelo”, dirían en mi pueblo.

Pero en esta etapa de afirmación nacional en el nuevo siglo, resulta oportuno sistematizar un pensamiento que identifique y represente a la Nación argentina, semejante y diferente a las demás naciones latinoamericanas y del resto del mundo. Esa particularidad, por lo tanto, es lo que nos hace únicos; nos guste o no, es lo que hay.

Es cierto que el pensamiento - en tanto humano- es universal y no tiene fronteras, pero también hay que reconocer que, como sintetizaba magistralmente Arturo Jauretche, el pensamiento nacional no es más que lo universal visto con nuestros propios ojos.

Somos hombres, personas en contexto, ciudadanos bajo ciertas normas institucionales, con problemáticas particulares que por lo tanto, requieren soluciones singulares, dentro de los límites del Estado Nación, categoría aún vigente, aunque las nuevas maneras del imperialismo travestido y posmoderno pretenda convencernos de lo contrario luego de la caída del muro de Berlín.

Las ideas y la cultura trascienden lo que habitualmente se considera “cultura” (asimilable a “alta cultura”) e incluye desde la forma del pensamiento, las relaciones sociales, la gastronomía, la moda, la industria y el comercio, la música, los bailes, la literatura y la economía, las expresiones populares. En fin, cultura es todo lo que el hombre hace con su mente y sus manos para transformar a la naturaleza y transformarse a sí mismo. Responden a distintos estadios productivos y de acumulación de poder, que van desde la Argentina del saladero a la agro exportadora del modelo de la generación del ´80, desde la todavía inconclusa industrialización nacional desarrollista a las políticas neoliberales y neocoloniales dictadas desde los centros imperiales (que aún hoy perduran)

Si el reciente mundial de fútbol pudo encolumnar a distintas clases sociales en un solo grito, ¿por qué resultaría imposible resignar intereses sectoriales en favor del interés nacional? Aunque esta gesta colectiva parezca un revival de la “teoría de la dependencia” de los ´70 y en realidad ese mundo ya no exista, la noción del Estado nacional aún persiste y la plena realización de quienes la habitan –todos, o la gran mayoría- es una necesidad ineludible.
El “mundo uno”, tarde o temprano, será inevitable, pero solamente cuando las naciones convivan en un plano de igualdad, según su propia manera de ser, es decir, su peculiar desarrollo económico, integración social, distribución de la riqueza, acceso a la educación y el pleno goce de los bienes simbólicos. Parece utópico, pero nada nos impide pensarlo, debatirlo y si fuera necesario, luchar para conseguirlo. Es una obligación para todo argentino de bien, piense como piense.

El gobierno central, para escándalo de algunos sectores intelectuales, ha producido, dentro de sus posibilidades, además de otras decisiones políticas y económicas importantes para las clases postergadas, dos hechos trascendentales: la creación del Ministerio de Cultura, a cargo de la cantante popular Teresa Parodi y la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, a cargo del filósofo y ensayista, Ricardo Forster.

La decisión política de jerarquizar la creación y el fomento de la cultura por parte del Estado es evidente y bienvenida; la denominación de la flamante Secretaría, produjo cierto desconcierto y curiosidad. Pero la discusión sobre lo que fuimos, somos y queremos ser está planteada. Según el plan de trabajo presentado por la flamante secretaría están previstos cuatro programas para lo que resta del año y el 2015: “Foros de la nueva independencia”, “Imaginación política”, “Imaginación cultural” y “Diálogos de América Latina y el Atlántico”, además de publicaciones y muestras itinerantes. Debatir sobre personajes como Leopoldo Marechal o los hermanos Frondizi (Arturo, Risieri y Silvio) podrá iluminar toda una época intelectual; liberalismo y Nación una constante de disputas.

Habrá que esperar y ver cómo se desarrollan, pero Forster ha establecido ciertos lineamientos que nos alientan a pensar seriamente en sus resultados: “Creemos en la diversidad, en la pluralidad, en las convicciones, en los proyectos políticos. Por supuesto que hay disputas, diferencias, conflictos, pero hemos recorrido un camino de treinta años de reconstrucción democrática que nos da la altura suficiente para atrevernos a discutir absolutamente todo desde posicionamientos, herencias y tradiciones. Somos portadores de tradiciones intelectuales, políticas, de historias que nos pertenecen, de un largo recorrido como nación. Somos también nuestros espectros, nuestros muertos, aquellos que han dejado marcas en la sociedad argentina, que han construido con sus escrituras, con sus obras, con sus luchas, una sociedad mejor”

En esta nueva encrucijada de la historia resuenan los ecos de grandes polemistas como Sarmiento y Alberdi en el siglo XIX, de Jauretche, Scalabrini Ortiz , Ramos y Hernández Arregi en el siglo pasado; escuchamos con atención en el tercer milenio a Norberto Galasso, Horacio González, “Pacho” O´Donell o Hernán Brienza, entre otras muchas que disputan ideas con exponentes de izquierda y de derecha, curiosamente aliados contra el interés nacional.

En torno al fallo del Juez Griesa y las intenciones de los Fondos Buitre, el cipayaje vernáculo de todo pelaje ha mostrado la hilacha una vez más: es mejor y más beneficioso para el país -según su civilizado punto de vista- arrodillarse ante el imperio que dar batalla a la manera de los bárbaros, siempre irrespetuosos, siempre insurrectos e incómodos, para nada apegado a las formas.

Según lo expresado por el propio Ricardo Forster, los debates quedan abiertos. Todo dependerá del nivel de participación popular, de la movilización en las distintas regiones, de la calidad de las intervenciones, del sostenimiento en el tiempo. Un antecedente a tener en cuenta fue la discusión por la Ley de Medios en distintos foros provinciales.

Pensar es vital, todos lo hacemos; estudiar, debatir y proponer es comprometerse con un destino, aunque no de grandeza y supremacía continental, sí, de dignidad y alta autoestima, como lo demostró la celeste y blanca en Brasil cuando “hay equipo”, cuando el conjunto es mucho más que el individuo.

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