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Daniel Basilio - El Mimo (cuento)



Está sucediendo otra vez, eseee… ¡ahhh! techo – bicicletas - ruedas – techo – ruedas – bicicleta, ahhhhhh ¡es la grieta que divide el techo en partes desiguales!
El chillido es insoportable, centenares de cuchillas y uñas frotándose en un pizarrón. Una imagen aterradora me acecha: la bicicleta, sí, una bicicleta, es que si tiene dos ruedas es imposible que ambas estén infladas al mismo nivel.
De vez en cuando sucede lo mismo; cuando apenas nos despertamos y, durante unos segundos, una dulce e ingenua felicidad nos invade. Nuestra mente está en blanco y durante un instante parecemos libres. Inmediatamente después, sin embargo, nos encontramos despiertos en la cruel cárcel de la razón y la memoria. Recordamos el por qué de nuestro infortunio. Se activa en nuestras mentes, de la misma manera que se cargan datos en un disco rígido, el recuerdo. Es entonces cuando nos volvemos absurdos nombres y apellidos, números de DNI, esposos, hermanos, hijos, padres cornudos, pelotudos, artistas, deportistas, abogados, médicos, forros, hijos de puta, autos, materia fecal descomponiéndose en un inodoro, un hombre en la eterna espera de aquello que nunca llega. Nos sentimos miserables, muy miserables. Pasamos gran parte de nuestra vida adorando papeles e intercambiamos fluidos y comentarios vacíos de sentido con otros seres a los que reconocemos como extraños a nosotros pero que ansiamos que nos amen en profundidad cuando sólo mostramos la superficie. Y es que al vernos al espejo reconocemos un monstruo y ningún monstruo, créanme, quiere que lo vean como tal. Cuando el mundo parece cada vez más conectado a través de la tecnología nuestros corazones parecen estar más distantes que nunca, somos como electrones que apenas se chocan y repelen. Tratamos de unificar nuestros sentimientos a través de palabras que, paradójicamente, solo acrecientan la brecha entre nuestro mundo interior y el de los otros. Vivimos frustrados; las sensaciones son siempre las mismos, las excusas para justificarlos van rotando, son múltiples: el rumbo incierto que han tomado nuestras vidas, aquello que hicimos, aquello que no hicimos, algún amor perdido, alguno encontrado, alguna pelea con amigos o familia. La imposibilidad de hacer lo que se ama ya sea por falta de recursos o de iniciativa propia (¿Hay alguna diferencia?). Por miedo o pereza. Por rutina o falta de disciplina.

El sueño, la belleza atemporal y su camino a la cárcel.
Entre medio de estas dos sensaciones contrapuestas tenemos tiempo para encajar quizás sólo un par de ideas o pensamientos antes de recordar por qué somos infelices. Generalmente, utilizo ese tiempo para pensar en sexo sucio, pero hoy es uno de esos días especiales, los Días de Pared. Días de Pared porque en el mejor de los casos, que no es éste, las paredes se van achicando. La cosa no queda ahí, los sonidos de tizas chirriando suben por mi abdomen y giran luego por mi entrepierna hasta alcanzar la nuca. Los ángulos que sostienen el techo se quiebran irregularmente, Sí, irregularmente, como si hubiera alguna concordancia entre ese yummm que sube hasta mi nuca y los niveles del techo. Y luego, como frutilla del postre, las percusiones minan mi mente con bajos discordantes. Esta especie de transición me lleva al extremo de no tolerar aquello que no este encuadrado en una perfección euclidiana. Le doy importancia de forma vehemente a detalles aparentemente absurdos: el hecho de que la goma de una bicicleta no esté inflada al mismo nivel que su par es algo que no podría soportar, y aún no teniendo bicicletas alrededor pensar en esa posibilidad me da escalofríos. Lo mismo o quizás peor ocurre con la música: no puedo dejar de pensar cuando escucho una canción que quizás los instrumentos no van al mismo tiempo y aunque en el oído común percibamos que efectivamente todos coinciden en el fondo es probable que no sea así. Después de todo el oído humano sólo percibe entre veinte y veinte mil Hertz. Debe haber imperfección, siempre la hay. ¿Acaso la imperfección no es perfectamente imperfecta? El tema de la percusión es lo que más me enloquece. No puede dejar de pensar que en el disco Unplugged de Kiss, Peter Criss y Eric Singer tocan sus baterías al mismo tiempo; lo mismo sucede en algunas giras de Phil Collins ¿Pero es realmente factible esto? ¿Cabe la posibilidad de que uno de los dos vaya a destiempo? De ser así, ¿Existe realmente una discordancia entre la pieza que tocan los bateristas si con nuestra limitada capacidad de oír no la percibimos? ¿Podrán los perros o cualquier otro animal percibir alguna anomalía? Que importa. El hecho de esa pequeña imperfección existiera me vuelve loco.

De a poco las paredes se van acomodando y las armonías van dejando una sensación de alivio que relaja mi mente; suerte de mis oídos puedo volver a deleitarme con el maravilloso bajo de Marcus Miller. Es que a mi vecina pseudo hippie se le da ahora por escuchar jazz barato, al menos de olvidó ya de Kenny G.

Es hora de salir a caminar



Aún puedo sentir el sabor pastoso en mi boca, seguramente fue un día caluroso, aunque no tanto como ayer, la vereda no está tan pegajosa. A decir verdad, hace frío.

Durante el día todos transitamos las calles (o transitan) queriendo sortearlas lo más rápido posible. Los rostros desdibujados de la rutina viven y pasan en ellas la mayor parte de su vida sin siquiera detenerse a contemplar la altura de algunas edificaciones maravillosas o las siluetas que algunos rascacielos o árboles privan de la luz solar. La luna luce tan perfecta hoy que parece ser sintética, nada real puede ser tan maravilloso.

Cuando el sol se oculta la ciudad entra en una artificialidad macabra. Las plazas y avenidas, casi desérticas, y los semáforos se convierten en testigos de la irrealidad de un mundo absurdo. Afiches de mujeres en bolas me piden que tome leche de soja, quizás no sea mala idea. Pero hoy no, prefiero un café.

Nunca me siento tan libre como en la noche, amo cruzar la plaza y ver las sombras de los árboles en movimiento reflejarse en las luces de los faros.

Pero en los últimos tiempos, mis noches no son del todo tranquilas y no por los Días de Pared, algo que a ésta altura puedo manejar, sino por una presencia perturbadora, una sombra cazadora, casi imperceptible antes los ojos corrientes, siempre intimidados ante la majestuosidad crepuscular. Buscando seguridad en la luz, no saben cruzar la noche. Pero para quien se sabe SDS (Señor de las Sombras) no hay lugar mas claro que la oscuridad. Y cuando alguien invade tu claridad, dejás de ser invisible.

Esa cosa puede oler mi miedo. No habla, no escribe, no canta, no silba, y probablemente nunca lo vaya a hacer; tampoco es que le importe. Su falta de conexión con la realidad, quizás intencional o por el mero hecho de ser inherente a su naturaleza circense, me resulta repugnante. Algunos dirían lo contrario, que ésta raza subnormal intenta, con cinismo mordaz, desentrañar lo más oscuro de nuestra sociedad. Yo digo que es un escape, una muy buena manera de querer negar la esencia de su especie. Algunas culturas lo llaman mimo, hombrecitos anónimos que muestran destreza o torpeza por igual, sus remeras rayaditas y arsenal creativo encandilan a miles de personas pero ¿por qué? ¿Sólo por qué no hablan?

Desde entonces las noches se han vuelto una silenciosa intervención de alguien que invade mi espacio.
Nuestro primer encuentro nos lleva al veintisiete de mayo; el mimo fingía atar una soga a un semáforo y hacer fuerzas para tumbarlo. Mis experiencias con gente de rostro pintado habían sido variadas hasta entonces; de pequeño me atemorizaban los payasos debido a Pennywise, el monstruo espacial que devoraba niños. De más está decir que desde entonces no volví a pisar un circo. Más adelante, en la pubertad, me fascinaron los discos de Alice Cooper y la película “El Cuervo”. Hasta aquella fría noche otoñal nunca había tenido ninguna experiencia definitoria sobre mi gusto hacía ellos. Pero claro, un mimo no es un payaso, no cantará ni intentará seducirme con globos o flores de colores. El mimo hará todo sigilosamente, su rostro se verá grotesco pero jamás podré adivinar sus verdaderas intenciones.

Antes de que pudiera cruzar la calle ya estaba allí, parado y observándome luego de ensanchar el rostro sorprendido y tomándose exageradamente la cabeza con sus manos. Apenas lo vi traté de desviarle la mirada, pero fue imposible; antes de que pudiera doblar por la cortada ya estaba encima mío, simulando que un vidrio nos separaba. Hubiera hecho lo imposible por salirme de la situación, pero mis músculos no respondían; allí estaba yo, paralizado ante aquella mutación perversa. Una pareja que reía ante mi estado hipnótico hizo que el engendro desviara su atención. Una cuadra más lejos creí ingenuamente haberme librado de él.

Ésta noche parece haber bastante gente, eso que es miércoles, aunque quién podría perderse una nochecita veraniega. Tilo me extiende el brazo en señal de saludo y, mientras me acerco a la barra, hace señas sobre prepararme mi trago favorito, el side car, pero no ésta noche, hoy prefiero café. – Café hoy Tilo, bien fuerte- digo mientras me siento en frente de él – ¿mucha gente hoy eh?
- Si bastante, viniste temprano hoy. Nunca aparecés hasta después de las dos y media, ¿Otra vez te pasó el delirio ese de las ruedas de bicicleta no?

Asiento con la cabeza y me levanto para ir al baño. Tilo me conoce de maravilla, somos amigos desde hace años aunque el tiempo ha pasado bastante distinto para los dos: cualquiera pensaría que tiene diez años menos de su verdadera edad. A veces estamos horas juntos sin decir nada, otras, uno habla y el otro no y, casi siempre, solemos hablar durante horas de cosas que creemos la mayoría de las personas no se percatan aunque siempre terminamos admitiendo que seguramente en otro lado del mundo dos pelotudos piensan en lo mismo. Y es que en definitiva no somos tan diferentes, todos se creen singulares y “especiales” pero en realidad somos todos empaques de la misma fábrica.

- ¿Por qué hay tanta gente en la calle? Es miércoles.
- ¿Viste el barbudo ese antropólogo?
- ¿Fresno?
- Sí, ese. Bueno, está cavando un pozo.
- ¿Y?
- Nada, la gente viene a verlo de todos lados. Hace dos días que está cavando sin parar y se rehúsa a que lo ayuden, no come ni duerme. Dicen que después de volver a su casa su familia lo negó completamente, es decir, negaron su existencia.
- No sabía que tuviera familia…
- Exacto, es que parece que volvió medio loco de su última excavación. Desde que sacó ese libro tiene los humos por la cabeza. Capaz es una idea para llamar la atención
- Es lo más probable, pero no es mala idea. ¿Y por qué empezó a cavar el pozo desde ahí?
- No sé, dicen que tomo el punto de manera arbitraria, que no hay ninguna razón. Te digo “dicen” porque no habla la mayor parte del tiempo.

Es él de nuevo, me observa desde afuera formando un binocular con sus manos. Trato de ignorarlo para continuar la charla - ¿viste el partido del Arsenal hoy?
- No, me lo perdí. Sabés que no me gusta el fútbol inglés ¿Qué te pasa que mirás para afuera a cada rato?
- ¿Qué te parecen los mimos?
- ¿Mimos?
- Si
- No sé… me causan bastante desconfianza. No se puede confiar en alguien que no habla. Aunque tampoco en alguien que habla. Aparte son como medio pelotudos.
- Eso pensé. Voy a dar una vuelta Tilo, nos vemos mañana
- Nos vemos viejo, cuidado con la hamaca
Nos damos un abrazo y salgo por la puerta

El mimo sigue justo donde estaba aquella primera vez que nos cruzamos. Justo en el semáforo. Quizás si avanzo rápido no note que salí del bar, apuro mi caminar pero presiento que es demasiado tarde, pese a no emitir sonidos vocales, sus zapatos de gamuza emiten un sonido exageradamente engorroso. Tengo unas cinco cuadras hasta llegar a casa y hasta ahora, desde nuestro primer encuentro, nunca me ha seguido hasta mi departamento. Si empiezo a alentar mis pasos, el hará lo mismo y, a las dos cuadras dejará de seguirme. Al menos así fue las otras veces. Simplemente hay que ignorar su presencia por unos minutos hasta que sólo se vaya.

La zona de ubicación del bar desentona totalmente con el resto de la ciudad, son apenas dos cuadras de calles angostas y pintorescas que desembocan en una pequeña plaza cerrada sobre sí. Tiene pocos árboles, pero de los grandes; uno de ellos un arbusto con un gran agujero en el que de pequeño solía esconderme del lobo feroz de turno (casi siempre mi padre). Más atrás, en un pequeño arenero, tres hamacas se mueven siempre al compás del viento. Su rechinar y evidente imposibilidad de equilibrio en sus lados, me recuerda siempre a las paredes desgarradas de los Días de Pared. Quizás por ello, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, es que ya no me subo a ellas salvo raras excepciones. Generalmente es aquí donde el mimo renuncia a continuar siguiéndome (¿Se esconderá acaso en aquel agujero del árbol?)

Hoy la plaza está inusualmente concurrida, y es que un hombre ha empezado a cavar un pozo aparentemente sin motivo alguno. No soy bueno haciendo estimaciones pero calculo que deber haber al menos tres centenares de personas allí, todos hablando y gritando como si fuese una especie de espectáculo mediático.

Hay algo horroroso en el asunto, horroroso y extrañamente familiar. Él está sólo, las personas a su alrededor no son mas que murmullo carente de sentido, son rostros amorfos y chillones; monstruos que chorrean líquido entre las costuras e intentan disimular simetría carnal. Pero él es distinto al resto, y lo sabe; yo también lo sé y se da cuenta. Nuestros ojos se cruzan sostenidamente durante unos segundos, hacía mucho tiempo que alguien no me miraba tan profundamente, quizás el sienta lo mismo, o no. Me abro camino entre la masa de carnalidad forzadamente uniforme para sentarme a su lado. Nos miramos, callados, dos minutos y unos segundos más.

- Creo que encontré algo –me dice al oído-.Encontré algo pero tengo miedo de lo que pueda llegar a ser.- Hace dos horas que finjo seguir cavando ¿ves?- dice al tiempo que me muestra una funda forrada en cuero escondida entre la tierra al costado de donde cava. Los rostros amorfos alrededor parecen no darse cuenta de ello.
El mimo está justo detrás de las hamacas haciendo su habitual pantomima y deteniéndose, de vez en cuando, a observarme de reojo.
- ¿Qué hay ahí dentro?- digo, aunque en mi cabeza me doy cuenta que en verdad quise decir “qué creés que hay ahí dentro”
El hombre desenvuelve la funda y puedo ver un cuerpo, un rostro decrépito y arruinado pero inconfundible, era su mismo rostro.
Intenta ocultarlo nuevamente pero la masa chillona se escandaliza alrededor, entre medio de empujones y gritos de horror logro salirme del tumulto. El hombre se arroja al pozo, la masa chorrea flujo, las ventanas revientan. Oportunidad única, el mimo está allí parado cerca de las hamacas pero al ver mi decisión gira hacia la izquierda
Puedo oler su miedo
Mi pecho se infla como cuando era pequeño y no podía dejar de esperar a que llegaran las doce pare recibir mi regalo de navidad. Estoy cerca, pero todavía un poco lejos. Creo que ÉL advierte mi presencia, por primera vez, y durante unos instantes soy yo el que lo sigue, primera vez y última. Cruza la avenida con pasos acelerados como queriendo correr sin dar saltos y dobla en la cortada. Cerca, cerca. La sensación de haber estado aquí antes y fallado me paraliza, como otras veces, ésta puede ser una oportunidad única, de un solo paso. La criatura se detiene y da vuelta; me sonríe fríamente como quien no quiere mostrarse vulnerable ante una adversidad. Le devuelvo la sonrisa y se da vueltas agitando la mano en señal de saludo.

Antes de que pueda girar lo tomo por el cuello. El fino hilo le atraviesa la garganta inundando de colores su naturaleza binaria. Un grito mudo lo hace lamentar su condición de mimo, es que nadie lo va a escuchar gritar, nadie sabrá de su sufrimiento. ¿Alguien extrañará su pálido y rubicundo rostro? Por dentro es igual de rojo y marrón que el resto, muy decepcionante. Quizás debería limpiar sus órganos y volverlos blanco y negro. Me siento a esperar, faltan al menos dos horas para que salga el sol. Quizás fuera un momento para disfrutar de un cigarrillo, pero no fumo.

Sentado en la hamaca, después de mucho andar, contemplo el temido amanecer. Un comic se asoma entre la arena y se me ocurre que quizás dentro de miles de años, otra civilización lo encuentre pensando que esos eran los verdaderos seres que habitaban la tierra o que eran nuestros dioses, así como otras mitologías han alimentado el imaginario colectivo. Un grupo de niños pequeños se aglutina a mí alrededor, debo empezar a mover las manos, nos les puedo fallar. Soy libre, un rato más.


Romina Biassoni Ilustración
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