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Días de furia. Se acabó el choripán.



Lo fulminó como un rayo. Eso fue lo que Cristina Fernández de Kirchner hizo durante su “Aló Presidenta” del último martes con Juan Carlos Fábrega, íntimo de su finado marido.

Incómodo, traicionado ante una humillación pública, que no esperaba y a la que no tenía manera de refutar, el ahora ex presidente del Banco Central comprendió rápidamente que su tiempo dentro del Gobierno estaba terminado de la peor manera.

Ese momento fue shockeante no sólo para Fábrega, sino también para otros funcionarios del Gobierno que asisten espantados al avance imparable de Axel Kicillof, cuya acumulación de poder lo ha transformado en un verdadero superministro.

Al menos hasta ayer, cuando fue denunciado ante la justicia por lavado de dinero.

Es bien sabido que el ministro de Economía, Ajuste, Devaluación, Inflación e Improvisación, y Fábrega se desprecian mutuamente.

Una de las causas de ese desprecio por las que Kicillof menoscababa al ahora ex funcionario es que éste no tiene título universitario.

Sorprendente y asqueroso concepto. Este hombre con título universitario es unode los tantos parásitos de la vida real.

La economía estudia el trabajo de la gente y su dinero, tópicos que son de un interés humano apenas inferior a la comida y al sexo.

Sin embargo una gran parte de lo que se escribe en términos económicos se hace utilizando un lenguaje similar al de los textos de medicina o ingeniería.

No hay duda que esta forma técnica de escribir es el resultado del esfuerzo que hacen los economistas para comunicarse entre ellos en una forma críptica. Los profesionales de casi cualquier disciplina juzgan a sus miembros de acuerdo con sus propias y esotéricas convenciones, más allá de lo que puedan pensar los comunes mortales.

De hecho, es con el fin de impedir la intromisión de la plebe que los economistas levantan meticulosamente barreras utilizando terminología especializada. A menos que se trate de macroeconomistas mediáticos o consultores que deban hacerse entender por empresarios o políticos.

Protegidos por un lenguaje poco comprensible, los economistas juegan muchas veces con sus pasatiempos estériles de moda, que en economía incluye cada vez más modelos actuariales computarizados, proyecciones tomadas con instrumentos de otras ciencias como la física, y elaboran diferentes teorías siendo últimamente las más frecuentes las que provienen de ciencias más duras como la ingeniería.

El lenguaje más artificialmente desarrollado es el de las ciencias sociales: el de la sociología es menos incomprensible que la economía. Leer o escuchar Ciencia Política sigue siendo más fácil que cualquier otro y todos podemos entender historia una materia considerada académicamente de menor prestigio. Pero estas ciencias sociales están tomando el modelo comunicativo críptico de la economía. Pronto serán ininteligibles también.

Para un académico el camino convencional a la cumbre profesional está armado mediante citas académicas apropiadas, artículos publicados en revistas que deben ser citados con frecuencia (en los lugares adecuados) y monografías abstrusas. Si el economista logra una combinación pertinente es ungido como MLA, ASA, APSA, AHA, CFA, AFA o lo que sea. A partir de entonces hablará como la voz oficial de sus hermanos.

Pero la economía trata sobre el trabajo de la gente y su dinero, algo que no puede ser precisado matemáticamente y por eso, a pesar de tener sus propios postulados y pretender alcanzar el estatus de ciencia dura, la economía apenas puede ordenar, tratar de aumentar e intentar impulsar una justa distribución de los bienes generados por una sociedad sin tener un conocimiento preciso o siquiera aproximado de los resultados que alcanzará en función de lo que ha proyectado.

Es una ciencia social y la actitud de los hombres juega un papel fundamental en los resultados proyectados que siempre, indefectiblemente deben ser tomados con pinzas.

Por esa razón son muy pocos los economistas ¨academicistas¨ los que ocupan cargos ejecutivos o políticos en forma exitosa. En cambio los que asistieron a una buena universidad y se graduaron para luego actuar en el mundo real usando sus conocimientos son muchos y exitosos.

Quienes se quedaron en el mundo académico encriptando sus comunicaciones para entenderse solamente entre si tienen escasas posibilidades de salir a la realidad y obtener resultados positivos para sí o para quienes los emplean. Y ese es nuestro problema de hoy.

El académico tiene muy claro lo que dice otro académico. Encuentra vinculaciones y si no lo logra las inventa o busca otros autores afines siempre crípticamente y tratando de llegar a nuevas teorías que de tan generales resultan inaplicables en otro ámbito que en su propia filosofía.

Algunos más tecnificados o con mayor facilidad por las matemáticas o con mejor comprensión de la utilidad de la informática (que para los fines de la economía no es más que acelerar al infinito la velocidad del cálculo) elaboran hipótesis o teorías como la del caos y las introducen mediante programadores en computadoras que les ofrecen luego miles de posibles variantes, que luego vuelven a acotar con otros softwares hasta llegar a un conjunto de resultados que ellos consideran posibles y de incertidumbre acotada.

En el mundo de hoy se ha calculado ya todo lo calculable y predicho todo lo predecible y no se conoce una sola empresa o tan siquiera un emprendedor económico que haya acertado nunca con el precio futuro de un bono, con una relación de cambio multilateral o con el precio de una simple acción mediante el esotérico procedimiento del cálculo mediante supercomputadoras con superprogramadores. De ser posible habría muchos más millonarios y menos países pobres.

El dinero habla y los únicos que ganan con este tipo de enfoque son los que venden ideas académicas incomprobables al empresario que arriesga su dinero o lo que es peor, a los políticos que las compran y aplican con los resultados a la vista.


En cuanto a la maldad de Kicillof y su madre política, ha instalado la sospecha de connivencia con su hermano, Rubén Cleofás Fábrega, a quien se acusa de operar una “cueva” de compra y venta de dólares.

El ex presidente del BCRA no se quedaba atrás: no sólo consideró que Kicillof es un soberbio e incompetente que tiene embelesada a la Presidenta, a quien le proporciona información falsa, sino que también deslizó sospechas sobre su intercesión ante el fondo Latam Securities LLC para que comprara bonos de la deuda argentina por valor de 200 millones de dólares.

Así las cosas, con la crisis económica en plena evolución agregada al inconmensurable afán de poder de Kicillof, el desenlace era inevitable. El ministro, como muchos de sus predecesores, no concebía el no poder disponer del Banco Central a voluntad. Finalmente lo logró. La expulsión de Fábrega de las arenas del poder tuvo dos consecuencias: una, política; la otra, económica.

La política alude al mensaje que este hecho representa al interior del Gobierno y, en especial del kirchnerismo vinculado con los hombres y las mujeres de la línea histórica relacionada con Néstor Kirchner.

Como la mayoría de ellos nada tienen que ver con La Cámpora –a la que en muchos casos desprecian y en otros, detestan–, presienten que les aguarda el mismo destino que a Fábrega. Anida en ellos un sentimiento de desasosiego creciente.

Están en conocimiento de la decisión de la Presidenta de introducir cambios en el gabinete. De lo que no tienen aún una idea exacta es quiénes serán los afectados por esos cambios. “Capitanich se va. No va a ser el único. Se irán otros.

Los que vendrán pertenecen a La Cámpora. Máximo ya lo hizo saber en forma terminante”, comentaba en la semana que pasó un vocero que transita a diario por las entrañas del poder. Por lo pronto, en la mira de Kicillof hay, además de la Jefatura de Gabinete, dos áreas más de interés: el Ministerio de Infraestructura y Planificación Federal, y el de Relaciones Exteriores. Poco a poco, Julio De Vido ha ido perdiendo áreas de influencia y de poder; y a Héctor Timerman, La Cámpora le copó la Cancillería hace rato.

Desde el punto de vista de la gestión que encabezará Alejandro Vanoli al frente del Banco Central, lo que viene es la política del “garrote”: mucha Gendarmería, mucha Policía Federal, mucha denuncia. En un futuro, la Policía Federal podría ser reemplazada en esos operativos por la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Es decir, mucho ruido y pocas nueces. Nada de esto ha sido de utilidad en el pasado. ¿Por qué habría de serlo ahora? Igualmente seguirán faltando dólares.

Para reemplazar a Vanoli al frente de la Comisión Nacional de Valores (CNV), Kicillof designó a Cristian Girard. En el decreto de su designación –el 1737/2014– se señala que “reúne los requisitos de idoneidad y experiencia necesarios para desempeñar dicho cargo” (sic).

En el kirchnerismo, son varios los que recuerdan que, el año pasado, este economista de 32 años con una vasta acumulación de cargos en el Estado (desde 2012 hasta antes de ayer fue coordinador de los directores estatales distribuidos en las 43 empresas en las que la Anses tiene participación, siendo además director suplente tanto en YPF Gas como en Metrogas), generó ruido en el Senado cuando fue acusado de emitir una orden para que los directores representantes del Estado quedaran exentos de pagar el impuesto a las ganancias.

Tanto fue el batifondo que el mismísimo senador Miguel Angel Pichetto, jefe del bloque del Frente para la Victoria, presentó un pedido de informes al Poder Ejecutivo para que se expidiese sobre el tema. “Este bloque no defiende a ningún estúpido que crea que no hay que pagar el impuesto a las ganancias”, sentenció Pichetto, al rechazar visiblemente contrariado el pedido de Girard. Kicillof salió a desmentir esa información, aun cuando nadie le creyó.

Dentro del Gobierno, el último “Aló Presidenta” inquietó a muchos. Hacía un tiempo que Fernández de Kirchner no hacía una exhibición tan notable de su furia así como también de sus contradicciones y de su lejanía con algunos aspectos de la realidad. Entre tantas cosas, dijo que la economía estaba bien y que si algo le pasaba a ella, no miraran hacia el Oriente, sino al Norte, es decir, a los Estados Unidos.

Valga recordar que dos semana atrás, durante la conferencia de prensa que dio en Roma luego de haberse reunido con el Papa, y después ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, había denunciado la existencia de una amenaza sobre su persona proveniente de EI, el grupo fundamentalista islámico que ha llamado a una guerra de exterminio contra Occidente.

Como ya se ha señalado en esta columna, el síndrome de Hubris –un mal del poder que no es exclusivo de la política– es un desorden de la conducta que, tal como lo describieron los doctores David Owen y Jonathan Davidson en su artículo publicado en la revista Brain en 2009, se caracteriza, entre otras cosas, porque la persona que lo sufre piensa que el único pensamiento correcto es el suyo; que todas sus decisiones son correctas; que todos los demás están equivocados; que ella es superior a todos; que la realidad es como ella cree que es y que todos los que no piensan como ella son sus enemigos.

A la luz de todo esto, ¿cabe alguna duda de que el síndrome de Hubris es un padecimiento que afecta a la Presidenta?
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