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Don Quijote de la Mancha



Durante el día la calle está entredorrnida, en un sueño de asoleados murallones, viva de nuestra vida. Latiendo con el latido que le damos.
Sólo al atardecer despierta, libre ya de nosotros, y nos mira con los ojos de vidrio de sus ventanas iluminadas.





Don Quijote de la Mancha







La italiana Giuseppina Zamparo, de la localidad de Palazzolo, nacida durante la primera guerra mundial, sabía solamente que su padre fue un combatiente desaparecido.
Usaba el apellido de su madre, la que, siempre que le preguntaba por el padre, respondía:
Murió. Murió en la guerra.

Sin otras explicaciones.

Madre e hija, pobres, vivieron y trabajaron separadas en distintas localidades y con poca relación.
La madre, María Zamparo, se casó y se borró del todo de la existencia de Gíuseppína, la cual se casó a su vez, tuvo dos hijos, quedó viuda... Obsesionada por aquel padre misterioso a quien nunca había visto y cuyo nombre no conocía.

¿Cómo encontrarlo ya, ida la madre con el secreto?

Un día, haciendo limpieza general en su casita de Palazzolo, Giuseppina halló en un descalabrado baúl un libro viejo: Don Chisciotte della Manda, y entre las hojas una tarjeta postal dirigida a su madre y firmada Giuseppe y un apellido confuso.
Un letrero bien claro indicaba el lugar de procedencia: Santa Cristina de Aspromonte.
Giuseppina tuvo una corazonada. ¿No sería aquel Giuseppe de apellido confuso su ... su.;.?
Escribió al municipio de Santa Cristina enviando la vieja postal y preguntando si podrían identificar al que la firmaba.






Tuvo contestación satisfactoria: Giuseppe, de apellido Cutri, era un vecino del pueblo, carpintero y pequeño propietario, de 60 años, casado, con hijos.
Giuseppina, sin dudar, lanzó hacia aquel carpintero una carta fervorosa:

"Querido papá: ¡Te busco desde que vine al mundo, hace treinta y ocho años!"

La respuesta era digna de la fe de Giuseppina:

"Eres mi hija. Te espero. ¡Ven pronto! También mi mujer, y mis chicos, y mis suegros, y mis hermanos y mis cuñados te esperan. ¡Ven pronto, pequeña mía!".

A continuación, explicaciones de su silencio: había escrito muchas veces a Palazzolo, pero María Zamparo, sin duda lejos del pueblo ya, nunca le respondió.
Pocos días después, Gíuseppe Cutri gritaba: "Bambina mía!" a una mujer que bajaba del tren gritando "¡Papá!" y llevando en la mano el amarillento libro que los había juntado, el viejo "Don Quijote de la Mancha"

Que continúa batallando por las ilusiones, las esperanzas locas, los sueños imposibles…, y algunas veces los realiza.





Fuente:
Revista VEA y LEA del 26/07/1956




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