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Economía Fascista en Italia de 1922 hasta 1943



El concepto Fascismo, con todas sus variantes y manifestaciones históricas, es estrecho para contener a un fenómeno que describe diferentes experiencias, distintos modos de entender el nacionalismo, en diferentes países, con poder y efectos dispares.

Por un lado, sus integrantes, al principio mayoritariamente veteranos de guerra, reclamaban orden y respeto a las tradiciones. Por el otro, hablaban de revolución nacional, una suerte de nuevo orden que preservara los efectos positivos del avance tecnológico y una fe ciega en su líder




Antecedentes
La decisión de participar en la Primera Guerra Mundial sello el antagonismo entre políticos socialistas y burgueses italianos. Los primeros eran neutralistas y los segundos, puestos a elegir entre la revolución y la guerra, eran partidarios del mal menor. Los resultados nulos de la victoria aliada no hicieron más que polarizar el espectro político y apaciguar los temores de industriales y terratenientes, que se sentían asediados por los huelguistas y la inoperancia del gobierno.

Mussolini y sus squadristi emergieron como la alternativa para acabar con las complejas presiones de los grupos de poder: los socialistas, los sindicatos y el gobierno débil. Mussolini, que hasta ese momento intentaba atraer a socialistas conservadores y a sindicalistas moderados proponiendo impuestos sobre las rentas, participación obrera en la gerencia de la producción, incautación de las propiedades remanentes de la Iglesia y reforma agraria en el sur de la península, tuvo que cruzarse decididamente a la derecha.

Antes de su Marcha sobre Roma en octubre de 1922, Mussolini ya contaba con la simpatía del ejército, el apoyo de las clases medias, los terratenientes, los intelectuales provincianos, buena parte de la clase obrera y con la oposición de las camisas rojas, los comunistas y casi todos los socialistas.

La marcha sobre Roma fue un desfile sin oposición que llevó al poder a Mussolini, quien, con el diario Il Poppolo d’Italia bajo su control, se convirtió en el líder carismático de un país económica y políticamente atrasado.


La Economía Liberal
En 1922, la política económica del fascismo fue, al principio, netamente liberal. El ministro Claudio De Stefani, desnacionalizó varias empresas, redujo los impuestos directos y aumento los indirectos. Creía, como liberal, en el ahorro, de los presupuestos equilibrados y en las fuerzas del mercado. A pesar de su credo librecambista favoreció la industria textil de su Vencenza natal, no dudo en salvar el Banco de Roma y la siderúrgica Ansaldo – propiedad de los hermanos Mario y Pió Perrone – con fondos del Estado.

La Quota Novanta
En 1926, luego del discurso de Mussolini en Pesaro, sobrevaloró su moneda de 154 a 90 liras por libra esterlina. Buscaba demostrar fortaleza ante la reciente revalorización de la libra, frenar la especulación en contra de la lira – demostrando que Italia se podía enfrentar a la plutocracia financiera mundial dirigida por judíos y masones -, bajar los costos de las importaciones, y como efecto secundario, fortalecer al Estado a costa del sector privado.

Hacia 1928 el nuevo ministro Moscón incremento el gasto público, para cuyo financiamiento se aumentaron los impuestos directos.


Guerra del Trigo
Con la política iniciada con la quota novanta comenzaba además la guerra del trigo, un eslavón fundamental en la voluntad de lograr la autonomía de Italia – una aspiración común de todos los fascismos -, que importaban grandes cantidades de este insumo. Para tal fin se bajaron los costos del ferrocarril estatal.

Se subvencionaron las compras y se establecieron controles estatales. Mientras la producción de trigo se cuadruplicó en 1922 a 1929, los fertilizantes producidos por el monopolio Montecatini subieron de precio. Los resultados fueron alentadores: los grandes terratenientes se dedicaron a cultivar trigo, descuidando otras producciones y, si bien no hubo que importar trigo, tampoco había stocks agrícolas exportables, que era uno de los objetivos económicos del plan.

El corporativismo de Mussolini, iniciado jurídicamente por el nacionalista Alfredo Rocco entre 1926 y 1927, mediante una legislación laboral que imponía el diciplinamiento de la fuerza laboral – abolición del derecho de huelga – y el control de los sindicatos, postulaba al mismo tiempo, las definiciones del filosofo fascista Ugo Spirito, la abolición y la propiedad privada y la creación de corporaciones propietarias como eje central de un modelo asestaba un golpe mortal a la concepción liberal de la propiedad. Un modelo que además anunciaba el fin del la lucha de clases, integradas en corporaciones, en el concepto de nación, el culto a la tradición popular y, en menor grado, la adscripción de un grupo de permanencia radical.

En 1932, Mussolini se autoproclamó ministro de corporaciones y sentenció que "el capitalismo estaba muerto y que el corporativismo era el único esquema que superaba al deficitario liberalismo económico, del mismo modo que la ideología fascista había substituido al liberalismo político".


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