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Ecos de la Quinta del Olvido por Eduardo Sanchez Camacho

Lo siguiente fue escrito por un obispo católico romano que fue excomulgado por atreverse a decir la verdad sobre la guadalupana. Estos escritos datan de 1905 y fueron realizados por el Ex Obispo de la diócesis de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho.

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NOTA BIOGRÁFICA
Sánchez Camacho. (Eduardo) – Obispo de Tamaulipas. Nació en la C. de Hermosillo el 18 de Septiembre de 1838, ingresó al Seminario de Culiacán recibiendo las órdenes menores en 1860 y concluyó la carrera sacerdotal dos años después. Prosiguió los estudios en el Seminario de Guadalajara, se recibió de Doctor en Teología, fue Catedrático del mismo, Provisor del Arzobispado y Pro-secretario de la Mitra de Sonora. Fue preconizado Obispo de Tamaulipas por el Papa León XIII en consistorio de 27 de Febrero de 1880, consagrado en Guadalajara el 29 de Julio y tomó posesión de la Mitra en C. Victocria en diciembre del mismo año En 1895 tuvo dificultades con otros elementos del Episcopado Mexicano relacionadas con la aparición de la Virgen de Guadalupe, cuyo hecho no aceptó como principio de fe, el 31 de Mayo de 1896 hizo dimisión del Obispado, lo entregó el 3 de Octubre siguiente a un Administrador Apostólico, se retiró a una finca de campo inmediata a C. Victoria, llamada El Olvido, y allí concluyó sus días el 14 de Diciembre de 1920.
Diccionario de Historia, Geografía y Biografía Sonorenses.- Por Francisco R. Almada.- Chihuahua, Chih.- 1952.- Impresora Ruiz Sandoval.


INTRODUCCIÓN


I
Vivo dentro de cuatro paredes de piedra y cemento mexicano o mezcla de cal y arena.
Las paredes son elevadas, y, por su material, duras. Chocan con esas paredes sonidos fuertes y molestos.
Estoy separado completamente de la sociedad, política que, por razones que el tiempo dirá, me ha desechado y hasta injuriado por medio de los órganos de su prensa.
Estoy separado de la sociedad religiosa, porque yo mismo me separé del romanismo; y sus adeptos aquí, que se decían mis amigos, me odian y desean mi exterminio.
Las asociaciones religiosas en mi país, que no son romanistas, son más bien filosóficas que religiosas; o más bien enseñan su religión respetando la razón, que sujetándola a dogmas; y para ser filósofo no se necesita ser religioso.
La sociedad civil aquí, como sucede casi en todo mi país, está sumisa a la política, y creo, o mejor dicho, veo y siento que nada tiene que ver conmigo.
Vivo aislado completamente, en consecuencia de lo dicho, y sólo los ecos de mis muros me hacen fijarme en algo que suena mal a mis oídos.
Para responder a esos sonidos tengo necesidad de usar el argumento que los estudiantes llaman Ad Hominem o usar de las armas mismas que contra la verdad esgrimen sus enemigos.
Por está razón dispensaran los libres pensadores, a quienes sinceramente pertenezco, que use de testimonios bíblicos o de los llamados Santos Padres.


II
Ni de la sociedad política, ni de la civil quiero ocuparme.
Las sociedades religiosas que no son romanistas, ni tienen que ver conmigo, ni yo tengo que ocuparme de ellas.
La iglesia romana es la que me ha sacrificado, y de la que tengo que hablar, si hablo de ecos o de religión.
Esa sociedad romanista me metió a su gremio contra mi voluntad, porque dijo quien fue su instrumento, que yo le sería muy útil.
Ese instrumento de la iglesia romana, que me sacrificó, no fue mi único antiguo y sabio Prelado del Ilmo. y Santo Sor. Don Pedro Loza, sino el Rector del Seminario de Sonora que estaba en Culiacán.
Serví cuarenta años a esa iglesia romana, siempre con aprobación y elogios de mis superiores. Vine de Obispo a Tamaulipas y aquí se eclipsó mi estrella.
No creía ni creo en la Aparición de la llamada Virgen María en el Tepeyac.
Jamás apoyé ni protegí a un clérigo indigno: y cuando fui Obispo, perseguí a los clérigos hipócritas, a los inmorales e indignos, como el criminal más vulgar, sin creer ni sostener el falso principio de que son los ungidos del Señor, y de que, por eso, nadie puede castigarlos ni tocarlos siquiera.
Juzgo y siempre he creído que un mal clérigo, es el reo más digno de los mayores castigos corporales, porque su crimen es superior al de los simples fieles o creyentes.


III
Mis ideas expresadas tocaron las fibras de un émulo mío que tenía influencia en Roma y en el clero mexicano, y trabajó contra mí.
Esas mismas ideas sirvieron a otro alto dignatario eclesiástico, que quiso dominar al clero de México mismo, para perseguirme y desprestigiarme.
Lo de mi escepticismo guadalupano irritó indignó en sumo grado al Obispo y Cabildo de Puebla, que me amenazaron con la inquisición romana. Tengo sus comunicaciones que a su tiempo se publicarán.
El Obispo de Puebla era Abogado y juzgo que su cabildo, en que figuraba el actual Arzobispo de aquella Ciudad, que firma la comunicación de su Corporación, era algo ilustrado.
¿Cómo pudieron esos señores amenazar a un mexicano con los juicios de la inquisición Romana? Nuestras leyes son claras y terminantes, y un mexicano se ríe de la institución inquisitorial de Roma.
Pero todo eso me puso en contra a Roma y los suyos y vino en mil ochocientos noventa y seis un enviado del Papa, llamado Nicolás Averardi, con instrucciones expresas de quitarme mis ideas.
Este hombre fue quien me hizo separar de Roma y los suyos, y a este hombre lo ha pintado con negras tintas el Obispo actual de San Luis Potosí.
Este enviado de Roma, que se llamaba Visitador Apostólico, salió del país, después de algún tiempo, sumamente desairado.
Pasaron algunos años, y el pasado vino otro enviado del Papa, un fraile benedictino llamado Domingo Serafíni, que, como buen fraile sólo se ocupó de comer, beber, pasearse y recibir ovaciones y religiosos presentes, hasta que los tapatíos, con un Arzobispo ignorante y pretencioso, le dieron naranjazos,
Esto bastó para que el frailecito se asustara tanto, que casi de incógnito volvió a México y se marchó a Roma sin librarse de algunos silbidos que recibió por Yucatán.
–¡Qué poca energía y qué falta de abnegación en los que se llaman falsa y sacrílegamente ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios!
¡Qué poca energía y qué falta de abnegación de las Prelados Mexicanos que fomentan con su conducta la de los enviados del Papa!
Estos son los antecedentes de los ecos que esta Quinta produce en la actualidad, y que ocupan al que la habita.

ECOS PRIMEROS

Después de lo dicho en la introducción, sonó en estos muros la especie de que venía un tercer enviado del Papa, con el carácter de delegado suyo, y cuyo nombre es José Ridolfi.
Expresó el sonido que Monseñor Ridolfi, era Ilmo. y yo, que he sido Obispo, no sé hasta ahora en qué consiste ese Ilmo. de quien ni siquiera es ilustre.
Dijo el sonido que el Sr. Ridolfi era Digmo. y así se llaman los Obispos todos, aunque sean ebrios, libidinosos, avaros, etc., porque el derecho canónigo enseña que el Episcopado es el grado mayor de perfección cristiana.
El tratamiento de Excelencia o Excelentísimo que se da a ese enviado del Papa es recuerdo de lo que fue y de lo que quiere ser el Papado.
El expresado Ilmo., Digmo. y Exmo. Don José Ridolfi entró al país por el ferrocarril Nacional, y sin ser sentido de nadie, ni admitir manifestaciones públicas, como Averardi y Seráfini; y se dijo que ni bendiciones quiso dar públicamente.
Está conducta del enviado de Pío X pudo interpretarse por Ánimos perversos, como temor a los naranjazos tapatíos y silbidos yucatecos, pero los Ánimos bien dispuestos, como el mío, Eduardo Sánchez Camacho, creyeron otra cosa, y se equivocaron o nos equivocamos.
Pío X, al subir al llamado trono pontificio -Cristo no tuvo más trono que la Cruz- dio su primer Encíclica para restablecer todo en Cristo: “Restaurare Omnia in Cristo” fue el nombre o título de esa Encíclica.
Creímos los cándidos qué Monseñor Ridolfi procuraría realizar la idea papal, y que, con la modestia y humildad cristiana trabajaría por restablecer las costumbres cristianas en el clero y en el pueblo.
Creímos los cándidos que Monseñor Ridolfi no quería reino, ni honores ni riquezas en este mundo, sino que daría al César lo que es del César y se conformaría con la segura posesión de Dios, después de está vida.
Creímos los cándidos que se establecería en México la religión Cristiana, quitándonos la Castellana que en mala hora nos trajeron los conquistadores en el siglo quince y dieciséis.
Los cándidos creemos o sabemos, por que no creemos en nada que no sea claro como la razón, que la religión Cristiana es la natural y que está es benéfica al hombre y a la Sociedad; y creímos que se llegaba el día de tener ese bien. ¡Qué errados anduvimos!
Monseñor Ridolfi llegó a México y se encontró con un sacerdote italiano Cerreti, que era su secretario, que había hecho ya su fortuna en México, como secretario de Seráfini y como encargado de la delegación Apostólica.
Ese Cerreti había recibido los naranjazos de Guadalajara, pero el amor al dinero lo hace abnegado e indiferente a los desaires.
Ese Cerreti sabía y sabe que el Clero mexicano, más inmoral que todos los del viejo mundo, es generoso, conoce el modo fácil de hacer dinero, y proporciona el modo de adquirirlo, si no lo da en abundancia.
Ese Cerreti sabía y sabe que la idolatría del pueblo mexicano es muy productiva de dinero.
Todas estás lecciones las aprendió luego Monseñor Ridolfi, y como buen clérigo italiano y adorador de Mamón y de Baco y de todo el Olimpo Griego, prefirió el gozo a la vida difícil del cristiano ¡y a gozar dijo! y a gozar se fue.
Primero empezó por el pulque, buenos vinos chalupas y demás golosinas de los pueblos del Arzobispado de México, que le dieron también buen dinero y le hicieron manifestaciones públicas contra nuestras leyes.
Vino luego el creso de Morelia y le dio ¡Cuántas y cuán buenas cosas! Fue tanto lo que allí gozó Su Excia. Ilma., que no pudo menos de publicar una manifestación solemne de su gratitud. ¡Poderoso caballero es Don dinero!
Después de esto lo invitó el creso de Puebla. ¡Cuánto y cuán bueno encontró allí su Excia. Ilma.! Pero Cristo quedó por los suelos.
Ahí dejo a ese Sr. Delegado para ocuparme de él otra vez, cuando nuevos sonidos hieran estos muros.
Algo siento de emulación y envidia, y hasta me dan ganas de volver a ser Obispo al ver lo bien que comen, beben y se divierten los Sres. Arzobispos y Obispos de México en compañía de Su Santidad o de sus Exmos. Delegados.
Yo estoy reducido a un censo que con trabajo pude consignar sobre unas fincas que vendí al finado Sr. Don Filemón Fierro y Terán.
Esas fincas valían cuarenta mil pesos y las vendí por dieciocho mil porque no pude conseguir más del Ilmo. comprador, y no quise crear dificultades a su administración.
Dejé el capital gravando las fincas y en ellas se consiguió el miserabilísimo censo de doscientos pesos mensuales, que son insuficientes para mis necesidades de viejo y naturalmente enfermizo, y para las de los pobres verdaderamente dignos, que aquí se acostumbraron a verme como a su Providencia.
Los cincuenta o cuarenta mil pesos que gasté en está Iglesia Catedral, ni se me han pagado ni reconocido.
Los ochenta mil pesos de mi congrua, durante los diez primeros años de mi administración de este Obispado, que nada tenía antes de formar yo su Hacienda, ni se me han pagado, ni reconocido.
Compré en Guadalajara una casa para alojar en ella a las dispersas monjas Capuchinas. Por manejos del Secretario del Ilmo. Sor. Loza Don Florencio Parga extendí en favor de este Señor, aquí en Victoria, escritura de venta de dicha casa, que en estricta justicia era y es mía.
En esa escritura expresé que el precio se me había satisfecho, por respeto y atención al Santo Señor Loza, por quien yo habría dado la vida.
Ni el Sor. Parga, ni mucho menos su ignorante y pretencioso Prelado actual me han pagado ni reconoció ese capital; por que parece que sólo saben dar ocasión de que los delegados del Papa reciban naranjazos.
Después de esto puede juzgarse de la razón de mi emulación y envidia de los que comen, beben, y se divierten por mayor; y si se juzga que no tengo razón, dejaré de ser envidioso y que coman y beban y gocen los que son menos cándidos que yo.


II
Repercutió aquí también que el Episcopado Mexicano reprobaba mi conducta de separación de Roma y los suyos.
Esto es tan claro como la luz meridiana. Se cree qué el Papa es el centro de la unidad Católica, como se llama falsamente la Iglesia Romana; y se cree que sin esa unidad no se puede ser. ¡Error garrafal y patente a todos los que quieren ver!
¿Qué unidad es esa que se quiere conservar con el Papa? ¿Es la unidad de religión? Hay centenares de religiones en el mundo que no reconocen al Papa.
¿Es la unidad de fe? ¡Cuánta discrepancia existe entre la fe de los romanistas en los Estados Unidos de Norte América y los de México!
¿Qué fe es esa que necesita unión con el Papa? ¿Es la fe de nuestros indios? Ciertamente no. Nuestros indios son idólatras, y con conservarles sus ídolos con los nombres de vírgenes o santos, hacen ningún caso del Papa.
Si esto es lo que quieren los Obispos romanistas en México, hagan la prueba; fomenten el culto que profesan sus indios y su gente del Pueblo, sáquenles Cuánto dinero puedan, sin dar nada al Papa y a sus delegados, y verán cómo subsisten ricos e influyentes sin necesidad de nadie o sin necesidad del Papa.
El papado el día de hoy sólo es un charco hediondo y miasmático, formado por los residuos de los torrentes de sangre y lágrimas que causaron todas las usurpaciones y despojos de tronos, bienes honor y fortuna, en la edad media. El papado es el estanque hediondo miasmático y mortífero, residuo de todos los absolutismos, de todos los despotismos, de todas las tiranías, de todas las guerras injustas, de todos los asesinatos, de todas las víctimas inmoladas en hornos u hogueras, de todas las calamidades y desgracias que como torrentes inundaron a Europa en la edad media.
Tiene que acabar esa institución, por más que los Obispos Mexicanos quieran sostener en México con perjuicio de nuestro pueblo.
Hágase lo que se quiera contra mi modo de obrar en está parte: protéstese tácitamente contra mí derrochando el dinero de nuestro pueblo en francachelas episcopales y papales.
Esto mismo justificará mi conducta y todos verán que los autores del mal son los Arzobispos y Obispos de México, apoyados por los enviados del Papa, y para fomentar los vicios de éstos.
Día vendrá en que esos Sres. mitrados que deben ser los defensores de nuestro pueblo, y que lo esquilman, embrutecen y abaten hasta lo sumo, paguen o sufran la pena de su delito de lesa humanidad y de traición a los que los sostienen, toleran y sufren.
Sigan los Arzobispos y Obispos mexicanos fomentando la avaricia, y los vicios del Papa y sus enviados: sigan protestando tácitamente contra mi modo de pensar y de obrar contra el Papado, que ya sentirán las consecuencias de su conducta antipatriótica e indigna.


III
!Qué terquedad tan brutal! ¡No creyera yo, ni me parece que ningún hombre de sana razón puede creer 1o que hace la superstición pertinaz y ciega de los hombres que se llaman grandes e ilustrados y que deberían ser los guías de la multitud, para, llevarla a su verdadera dicha, y son verdaderos lobos que devoran al pobre ignorante, que desgraciadamente cree con fe ciega en embustes religiosos!
¡Un joven de buenas disposiciones intelectuales, nacido en algún pueblo próximo a Tezucan o a Matamoros Izúcar o Izúcar de Matamoros, de la clase de nuestro pueblo indígena! ¡Un joven que podría haber sido útil a su país, si no hubiera tenido las creencias fanáticas de sus antepasados, y una ambición sin límites en el orden religioso o pecuniario!
Ese joven buscó el lugar que en sus primeros años impartía la instrucción científica en Puebla, e ingresó a aquel Seminario.
Su Prelado, Don Carlos Ma. Colina, vio que el joven prometía mucho en lo eclesiástico: y lo mandó a la cueva de lobos, que en mala hora promovió que se estableciera en Roma un Sacerdote de la América del Sur.
En ese establecimiento, nuestro joven, con su apariencia de profunda humildad, o tartufismo natural, ganó el afecto de sus profesores y el de personas influyentes, que es lo que todo lo puede y todo lo hace en aquella levítica ciudad.
Con los expresados elementos y su natural tartufismo, nuestro joven obtuvo grado o grados académicos en la ciudad de las tradiciones o de todas 1as ficciones religiosas de todo el mundo; y por eso la ciudad, en lo religioso, de todas las mentiras que pueda forjar la imaginación enfermiza y exaltada de algunos y la mala fe de muchos.
Los grados académicos en Roma se obtienen con facilidad ni hay influencias: y si hay dinero, la cosa es más fácil. No quiero injuriar al joven aludido diciendo que debió su grado o grados a esos elementos: pero el caso es que esos doctores y maestros que salen de la cueva de lobos de que antes hablé, poco hacen y poco brillan en México.
Lo que nuestro joven hizo fue aumentar su fanatismo en un mil por uno. Dijo algún Santo Padre, creo que San León Magno, que Roma, de maestra del error se había convertido en discípula de la verdad, y se equivocó e1 buen Pontífice.
Debió decir que Roma de maestra del error gentílico, más filosófico que otros muchos, se convirtió en maestra de los millares de errores que producen las cabezas desequilibradas de los llamados creyentes romanistas.
Nuestro joven volvió a su país con su multiplicado fanatismo y su natural ambición, y luego fue hecho Prebendado de Puebla; y poco después Vicario Capitular de aquella Diócesis.
Siguió su afán de ser mucho, y fue Obispo de Chilapa, de donde vino muchas veces a Puebla y México, y estableció en ésta el Apostolado de la Cruz, si no recuerdo mal.
Los que conocemos los manejos clericales juzgamos que ese Obispo novel, quería algo más: y en efecto fue a poco nombrado Obispo de Puebla.
No se conformó con esto, sino que a poco resultó que Puebla era Arzobispado, y que nuestro aludido era su primer Arzobispo.
¿Qué querrá ahora? Ser Cardenal y Papa si es posible; porque esa es la modestia y humildad cristiana que en nuestros tiempos profesan los altos dignatarios de la Iglesia romana; dando un buen ejemplo a sus subordinados, que quieren también, en gran número, ser algo más que simples sacerdotes.
Ese joven indígena, ese indio inteligente, ese seminarista aventajado de Puebla, ese alumno de la cueva de lobos Pio Latino Americano, ese infulado romano, ese prematuro Prebendado, Obispo dos veces y Arzobispo, ese fundador de una Sociedad religiosa, ha mandado un Edicto a su clero y desgraciado pueblo, que expresa las siguientes falsedades, que he de demostrar que lo son, porque cualquiera puede verlo.
O juzgamos que el autor de ese Edicto cree lo que dice, y tenemos, en consecuencia, que considerarlo como un analfabeta vulgar; o juzgamos que conoce la falsedad de sus asertos, y hemos de decir que es un descarado, embustero y mentiroso. Cada cual elija el juicio que de ese personaje pernicioso quiera formarse.


IV
Dice en su Edicto de fecha 7 de Noviembre de 1905, el Ilmo. Rmo. Sor. Dor. Don Ramón Ibarra y González, lo siguiente, entre mil cosas y barbaridades.
1o. “El venturoso día 12 de Diciembre… Está fecha memorable, que es una de las más gloriosas de nuestra Historia…”
2o. “…la Santísima Virgen de Guadalupe… quiso que se pintara milagrosamente por medio de los ángeles, en la tosca tilma de Juan Diego, su incomparable imagen…”
A1 contemplar este prodigio (el de la falsa aparición del Tepeyac) el inmortal Pontífice Benedicto XIV, lleno de emoción exclamó: Non fecit taliter Omni Nationi: “No hizo Dios cosa semejante con otra nación”.
3o. “Nuestra amada Arquidiócesis que tiene la gloria de haber iniciado las peregrinaciones diocesales al Tepeyac…”
4o. “…preferiríamos mil veces que está ilustre Iglesia Metropolitana de Puebla, desapareciese del mapa de la República, antes que alguien vea defeccionarse en tributar a la Gran Madre de Dios, esa prueba de amor filial (la peregrinación al Tepeyac) y de su inquebrantable creencia en el sobrenaturalísimo Guadalupano”.
5o. “…el demonio comienza a hacer la guerra a las peregrinaciones del Tepeyac”.
6o. “Esos obsequios espirituales podréis mandarlos a nuestra Secretaría de Cámara y Gobierno, al terminar el mes de Enero próximo…”
Voy a ocuparme en demostrar, en breves palabras, que son falsos todos esos asertos del Sor. Ibarra, a excepción del último, que es el positivo y móvil de toda esa piedad impía y de toda esa palabrería.
Declaro con toda sinceridad que no es mi capricho el que defiendo, porque hoy nada me interesa la Iglesia Romana sino la vergüenza que me da de haber pertenecido a un gremio de Obispos que se empeñan en sostener e imponer una cosa falsa a todas luces, desprestigiándose a sí mismos y a la religión de Cristo, que dicen que enseñan.


V
El primer aserto que cito del Sor. Ibarra dice: “El venturoso día 12 de Diciembre… Está fecha memorable que es una de las más gloriosas de Nuestra Historia…”
No hay una sola palabra en la Historia de México que se refiera a la aparición de la Madre de Cristo en el Tepeyac.
Suárez de Peralta dice que la imagen, milagrosísima, como él la llama, se apareció entre espinas; general único que en el siglo. XVI habló de la imagen de Guadalupe aparecida entre espinas.
La aparición de imágenes fue muy frecuente en España y el P. Florencia en su “Estrella del Norte” y refiriéndose a la Guadalupe de aquel país nos dice el modo de su aparición.
Aquí en Tamaulipas hay muchas imágenes aparecidas, siendo la más notable la del “Chorro” o “Chorrito”; pero ni esa ni ninguna otra tiene las pretensiones de origen angélico o divina, ni menos de ser obra de la Madre de Cristo. ¡Son más racionales los tamaulipecos que el Ilmo. Arzobispo de Puebla!
Algún sabio ha dicho que los indios acostumbraban poner sus imágenes fuera de las iglesias, y que de allí las levantaban los clérigos o empleados de los templos.
Tal vez Marcos Cipac, autor de la imperfectísima pintura del Tepeyac, la puso fuera de la ermita que allí había y fue recogida por los empleados de dicha ermita o Capilla para que hiciera milagros.
Todas estas explicaciones son innecesarias, porque los que no creen en la Aparición de la persona de la Madre de Cristo en el Tepeyac, no se refieren a imágenes sino a la Mujer María de Nazaret hija de Joaquín y Ana, según la leyenda bíblica y dicen que nunca han visitado esa Señora del Tepeyac.
Mientras no se demuestre a esos incrédulos a quienes pertenezco que María estuvo en el Tepeyac están en su pleno derecho si lo niegan.
Ningún historiador del siglo XVI ha dicho nada de esa aparición; luego no sucedió.
Este argumento concluyente en Historia y en Derecho, lo desechan los aparicionistas, por que dicen que es negativa.
Suponen, lo que deben probar, que están en posesión de la verdad y que un argumento negativo nada vale contra ellos; pero no prueban, ni pueden probar esa verdad de que blazonan.
Dado y jamás concedido, porque es claramente falso, que Suárez de Peralta no hablara de aparición de imagen sino de la persona de la Madre de Cristo; ese escritor fue de fines del siglo XVI, y su dicho nada vale, según la regla, que debe saber muy bien el Sor. Ibarra: “Dictum Unius, Dicturn Nilllius”’ o “Dictum Unurn, Dicturn Nullum”.
Este principio de derecho, es natural y generalmente aceptado y practicado. Ninguna persona sensata acepta la primer especie que oye sobre algún asunto; si no que espera que lo que ha oído, o se le ha dicho lo confirme el dicho de otro u otros.
En derecho un testigo no es prueba suficiente de ningún hecho o dicho; si no que se necesitan por lo menos dos intachables y contestes, para hacer prueba jurídica.
Si esto sucede en hechos humanos sujetos a nuestros sentidos, es de todo punto indispensable en hechos sobrenaturales, o que se dicen sobrenaturales; y en estos juzgo que no es prueba suficiente el dicho conteste de dos personas, sino que se necesitan muchas más, perfectamente despreocupadas, libres de toda presión y de cerebro enteramente sano.
Nada de esto nos pueden presentar, ni citar los aparicionistas, ni el Sor. Don. Ibarra puede hacerlo; luego en el siglo VI no hay autor ninguno, ni historia ninguna del glorioso día 12 de Diciembre como se lo imagina, o pretende imaginarlo el Ilmo. Sor. Arzobispo de Puebla.
Este es argumento negativo que prueba plenamente en Historia, y que nos basta a los antiaparicionistas, mientras no se nos den pruebas plenas y suficientes de lo contrario; pero veamos ni hay algo más contra la fingida Aparición del Tepeyac.


VI
Pocas palabras para ser difuso.
El Obispo Fr. Juan de Zumárraga, dijo o hizo que dijera algún empleado o súbdito suyo: “Ya no hay milagros”. Es así que la Aparición Guadalupana de que habla Sor. Ibarra habría sido un milagro; luego no lo hubo en tiempo de Zumárraga.
El P. Sahagún, religioso instruido, piadoso y virtuoso, tacha de idolátrico el culto de la imagen del Tepeyac; luego este no tenía origen divino, ni era obra de la Madre de Cristo.
El mismo dice que “…en tan poco tiempo y con tan poca lengua y predicación y sin ningún milagro, tanta muchedumbre de gente se había convertido”. Luego no hubo el sobrenaturalísimo guadalupano, ni se obró el gran milagro de que habla el Sr. Ibarra.
El P. Mendieta, dice: “…será bien decir algo del ejemplo con que estos siervos de Dios (los religiosos) y primeros evangelizadores vivían y trataban entre tanta multitud de infieles, que para su conversión fue una viva predicación, y suplió la falta de milagros que en la primitiva iglesia hubo, y en está nueva no fueron menester”. Luego falta la página gloriosa del Sor. Ibarra.
El mismo dice: “Y como estos indios naturales de está Nueva España con tanta facilidad y deseo recibieron la fe, no han sido necesarios milagros para la conversión de ellos”. Luego no sucedió el milagro de la Aparición.
Es bueno rectificar la falsa especie proferida el año pasado en el Congreso Mariano de Morelia, por alguna persona de instrucción y tal vez de buena fe. Dijo que la Guadalupana había influido en la evangelización de los indios; y ya se ve que esa evangelización se hizo sin milagros y sin la Guadalupana.
Asombra verdaderamente que hombres instruidos y honrados ignoren que el culto guadalupano, tal como hoy se profesa en la Capital de la República, o con la falsa especie de la Aparición, es muy posterior al establecimiento del cristianismo español o castellano -el que tenemos- en México.
Las diócesis antiguas ni pensaron en la Guadalupana, y las erigidas hasta el siglo XVI, no se distinguieron por su piedad y culto de Guadalupe. El que esto escribe nació en un pueblo cristiano, a la castellana se entiende, y sólo recuerda haber visto en lugar secundario de la iglesia de Hermosillo una mala pintura de Guadalupe.
Sería interminable citar escritores del siglo XVI, que como los anteriores que he citado declaran la falsedad de la Aparición, y sólo quiero recordar dos testimonios que hacen prueba plena en cualquier juicio.
Si el Sor. Ibarra citase algunos autores, estos son posteriores al R. don Miguel Sánchez, que de algún viejo archivo sacó el sainete o comedia que, para representarse en algún día de fiesta escolar, compuso Don Antonio Valeriano, indio inteligente, docto y alumno aprovechado del Colegio de Santiago Tlaltelolco.
Publicó Sánchez, en 1648, esa comedia convirtiéndola en historia, pero fue tan desgraciado en su empresa que la comunicó al Capellán o vicario de la Ermita de Guadalupe Don Luis Lazo de la Vega, que la propagó entre los indios, pero contestó a Sánchez, que él y todos sus antecesores nada sabían de esa Aparición; luego ni había ésta -la aparición- ni había, ni hay, ni habrá la decantada tradición de que hablan los aparicionistas.


VII
Los primeros frailes franciscanos que vinieron a México, en la época de la conquista, fueron hombres ejemplares en el cumplimiento de su oficio.
Procuraron en sus predicaciones y con su ejemplo y conducta, apartar a los indios de la idolatría. Vinieron, por esto, con disgusto, que se divulgara que la imagen de Guadalupe que se veneraba en el Tepeyac, y que era obra del indio Marcos Cipac o Marcos de Aquino, hacía milagros.
Juzgaron que esto hacía a los indios que adorasen a las imágenes, como hoy lo hacen con autorización y aun por orden de los Prelados; volviendo así a la idolatría, que es la que practicaban nuestros indios.
El P. Fray Francisco de Bustamante, Provincial de los franciscanos, predicó en alguna iglesia de México el ocho de Septiembre de 1556 y dijo todo lo que antes he expresado en este párrafo.
Dijo además que el que inventó o por primera vez dijo que aquella imagen hacía milagros, merecía que le dieran cien azotes, y doscientos al que siguiera divulgándolo.
Dijo que el Arzobispo Fr. Alonso de Montúfar, que entonces gobernaba aquella iglesia, autorizaba esos falsos milagros, contra lo dispuesto por un Concilio de Letrán, bajo pena de excomunión.
Y dijo también que el Virrey, que estaba presente debía como Vice-Patrono, poner la ley al Arzobispo.
Esto irritó a Su Señoría Ilustrísima, el Sr. Montúfar, e inició un proceso contra el Padre Bustamante, por falta de atención y respeto al Prelado.
En ese proceso consta todo lo que llevo expresado, y consta además que el Arzobispo Montúfar dice, que él no había autorizado los milagros de la Virgen o imagen del Tepeyac, sino que “no hacía caso de ellos, porque no tenía información hecha de ellos: que andaba haciendo la información…” Este es documento oficial, que hace prueba plena en cualquier juicio.
Luego en 1556 no había habido aparición, sino que se sabía y decía públicamente que la imagen del Tepeyac era pintura del indio Marcos Cipac, y sus milagros no eran auténticos.
Esto llegó a oídos de Su Majestad el Rey, entonces nuestro Señor, y pidió informe al Virrey Don Martín Enríquez sobre el origen de la ermita y culto de la imagen del Tepeyac; y el Virrey contestando en 23 de Septiembre de 1575: “que el año de 55 ó 56 estáva allí (en Guadalupe) una ermitilla, en la cual estáva la imagen que ahora está en la iglesia, y que un ganadero que por allí andava, publicó aver cobrado salud yendo A aquella hermita y empezó a crecer la devoción de la gente, y pusieron nombre A la ymagen Nuestra Señora de Guadalupe por dezir que se parecía a la de Guadalupe de España”.
Luego el origen de esa imagen del Tepeyac y de su culto no es la supuesta y falsa aparición.
Este documento también hace prueba plena en derecho, por ser oficial de un Virrey a su Soberano. Sé muy bien que algún jesuita residente en Puebla en años pasados, contestó este irrefragable testimonio del Virrey Enríquez con injurias a su persona, que fue protector de la orden de Loyola; pero las injurias no son razones, ni argumentos ni pruebas, sino desahogo de quien no tiene qué contestar, y que deben despreciarse o castigarse.
Suspendo aquí estos Ecos para continuarlos en una segunda parte.
Sólo quiero añadir algunas palabras que me interesan mucho a mí personalmente, y que pongo en el párrafo siguiente.


VIII
Juzgo que lo que he dicho del Papa y del Papado va a proporcionar a Su Santidad grandes manifestaciones de profunda sumisión y respeto del Clero Mexicano.
Esa sumisión y respeto sin límites va a llevar a Su Santidad ricos presentes de oro y otras cosas preciosas,
Los romanos como Su Santidad numeraban cuatro Quasi contratos y uno de ellos era: “Facio ut des” “Hago para que des”.
Creo por eso que Su Santidad debía en justicia asignarme siquiera el sueldo mensual de uno de los suizos de su guardia palatina; y eso me serviría mucho en mis actuales circunstancias económicas.
El Sor. Delegado de Su Santidad en México va a ser también objeto de mayores obsequios; va a tener más invitaciones, más banquetes, más músicas, más veladas literario-musicales más recepciones, y más obsequios pecuniarios; y todo eso por lo que yo he dicho.
Juzgo que su Excelencia Ilustrísima y Reverendísima y Dignísima debe pagar mis buenos servicios con algunos miles de pesos de los que reciba.
Los Ilmos. Digmos. y Reverendísimos Sres. Arzobispos y Obispos de México, van a tener, por lo que yo he dicho, un grande incremento de piedad en sus fieles, y esa piedad se traduce en plata y oro.
Nada cuesta a Sus Señorías Ilustrísimas y Reverendísimas, mandarme siquiera el diezmo de ese aumento de piedad argentina y dorada.
E1 Ilmo. y Rmo. Sor. Arzobispo de Guadalajara, ignorante y pretencioso como es, traerá otros cien mil peregrinos a la Basílica Guadalupana, les hará veinte funciones, para que todos tengan el gusto de asistir a alguna de ellas, predicarán los notables oradores Canónigo Dor. Don Ramón López y el Canónigo y Dor. Don Pedro Romero, recibirá las calurosas felicitaciones del anciano y venerable Obispo de Chilapa, Dor. Don Homobono Anaya, en cuyo acto Literario para obtener la borla se empató la votación, y su Mtro. Don Francisco Melitón Vargas, Rector entonces del Seminario de Guadalajara, y en ese acto literario y noche triste del Sr. Anaya, Presidente del Claustro, con voto decisivo por esto, resolvió la votación en su favor.
Está valiosísima felicitación de hombre tan ilustre, el hecho de haberse separado el Ilmo. Sor. Ortiz del camino seguido por su Santo Predecesor, el Sor. Loza, el aumento de piedad de los fieles, los naranjazos que fue causa de que dieran al Exmo. Seráfini etc., etc., etc., deben proporcionarle fuertes sumas, y con desahogo pueda su Señoría Ilustrísima pagarme este buen servicio que le hago, o al menos pagarme las casa que ocupan sus Capuchinas, y que es mía en estricta justicia.
El Digmo., Ilmo. y Rmo. Sor. Doctor Don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera, que va a tener, por mis buenos oficios, aumento de ingresas de en las cajas de la Basílica Guadalupana, debería nombrarme Canónigo honorario de esa Iglesia con goce del sueldo de Canónigo. Esto sería muy poco, pero yo me conformaría con ello.
Si los Sres. aludidos y expresados me hacen justicia, diré que al fin la hicieron en algún caso y si no me la hacen, diré que saben utilizar el trabajo ajeno sin retribuirlo.
Quinta del Olvido en Ciudad Victoria, Capital de Tamaulipas, Diciembre veinticinco, Fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, postergado hoy por la indita Guadalupana, y año de mil novecientos cinco.


Continua...
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