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Educación chilena… un par de opiniones al pasar

Educación chilena… un par de opiniones al pasar
Escrito por Arturo Alejandro Muñoz

A muchos políticos y empresarios interesa mantener vivo y activo un sistema educacional que responda exclusivamente a las impetraciones económicas efectuadas por organismos como el FMI, la OCDE y otros





¿PARA QUÉ SE educan niños y jóvenes hoy en Chile? Para ambos, transita todavía la consabida y antigua frase paternal: “si no estudias, tendrás un vida de perros”. Recordemos que antes (hace ya diez o doce lustros) el esfuerzo que significaba concluir exitosamente la educación media apuntaba a uno de estos objetivos: ingresar a la universidad o, en su defecto, conseguir un “buen empleo”.

Era la época en la cual había escasas universidades en el país (*), y para insertarse en una de ellas se requería un buen promedio de notas y una aún mejor prueba de selección (Bachillerato, se llamaba, el que luego fue bautizado como PAA, o Prueba de Aptitud Académica). Las estadísticas de aquellos tiempos señalan que rendían la PAA ciento veinte mil alumnos cada año, pero sólo el 30% de ellos lograba ingresar a una de las casas de estudios superiores.

Digamos, para completar la idea, que en esa época resultaba ser una verdadera (y excelente) inversión estudiar en alguna universidad, toda vez que había pocas de ellas en el país y que, además, no bien se obtenía el título las puertas laborales se abrían de par en par, pues las ofertas de trabajo giraban en ronda en torno al novel ‘profesional’.

Hoy, la situación es diametralmente distinta. Las universidades existentes superan el medio centenar, y la cantidad de Institutos Profesionales (IP) y Centros de Formación Técnica (CFT) doblan el guarismo anterior. Ello permite hoy sospechar que el promedio de calificaciones obtenidas en la educación media importa e interesa poco, toda vez que el sistema imperante no tiende a privilegiar la calidad académica del postulante como primera prioridad, sino que centra su atención en la capacidad económica del mismo. ¿Puede pagar las mensualidades exigidas? ¿Sí? Entonces, bienvenido…

Cada año son más las universidades (privadas, no las públicas) que desechan la exigencia de un determinado promedio de notas para el ingreso de su alumnado. Rápidamente se ha ido inclinando hacia aspectos económicos más que académicos, y el plus que una casa de estudios puede mostrar a objeto de contar con distinción social no es otro que el monto de las mensualidades, asunto que ciertamente avala y propicia la existencia del clasismo en todo su ancho.

Y ya que la oferta de profesionales, dado el sistema comentado, supera con creces las necesidades del mercado laboral, y siempre procurando no perder la veta aurífera de este negociado pingüe, magister (maestrías), doctorados, diplomados, etcétera…son, amén de un gran negocio para muchas casas de estudios, las nuevas formas de categorizar a quienes poseen capacidad de pago para distinguirlos del promedio, aunque la oferta laboral rara vez impetra calificación de post grado para ejercer profesionalmente, ofreciendo además un sueldo que en absoluto se condice con los certificados obtenidos.

A este respecto hay un asunto que es imposible soslayar. Mucho se ha hablado a través de los medios de prensa sobre la calidad docente, culpando de manera cínica al profesorado como responsable exclusivo del deterioro educacional. Sin embargo, a muchas universidades privadas, así como a todos los IP y CFT, la mentada “calidad docente” les interesa poco frente a la capacidad de pago que sus alumnos posean. Que en la Educación Básica y en la Enseñanza Media haya o no problemas curriculares y de conducta, a los empresarios y especuladores financieros asentados en las universidades les interesa un pepino.

Si al establishment económico le preocupara en serio la Educación formal, hace tiempo ya que le habrían devuelto al profesorado el control de la clase, la administración del grupo curso y de las mallas curriculares. Por el contrario, ese mismo establishment se la ha jugado a favor de aceptar la existencia –en la Básica y en la Media- de un alumnado díscolo, displicente, pero que siga deseando contar con múltiples facilidades académicas para ingresar después a una universidad, lugar en el que -¡ahora sí!- la disciplina ‘política’ de los mandantes se impone a sangre y fuego, impidiendo a los alumnos activar sus organizaciones de base e interrumpiendo de inmediato el proceso formativo de aquellos que muestren actitudes críticas respecto de la casa de estudios.

Si se mantiene cogido por el cuello a un alumno mediante las deudas económicas, resulta fácil someterlo a la disciplina que desea la sociedad bolichera que administra el establecimiento educacional… disciplina y control que en la Básica y en la Media (con o sin dinero de por medio) es una cuestión imposible de conseguir, ya que los parlamentarios de ayer y de hoy –actuando como ‘empleados’ de los empresarios- se han esforzado en legislar a favor del descontrol y la desidia en la Educación formal.

Pero, volvamos al punto central del tema que nos convoca en estas líneas. Si antes la gente se educaba para enfrentar con algún grado de éxito las pruebas exigidas por las escasas universidades existentes en ese entonces, hoy la educación formal –toda ella, sin excepciones- está estructurada principalmente para cumplir el propósito de mantener vivo y activo a un sistema económico que responde a las impetraciones de la globalización, asunto que se realiza a través de las mediciones efectuadas por organismos como el FMI, la OCDE y otros, cuyas funciones se resumen en recomendar y dar visto bueno a nuevas inversiones -económicas, por cierto-, sólo si el país cuenta con determinados niveles de “trabajadores calificados, técnicos y profesionales de distintos grados y niveles”, aunque estos últimos constituyan un verdadero mar de desocupados, el cual, y este es asunto relevante, produce un océano de ganancias a los empresarios que han apostado sus dineros al juego de la ruleta educacional.

Así entonces, la frase mencionada en el primer párrafo de este documento (“si no estudias, tendrás una vida de perros”) se invalida ante una realidad que señala –sin temor a equivocarse- cuán falso resulta aquel consejo, pues en el sistema económico vigente la mentada Educación se interesa sólo en las siguientes cuestiones:

Contar cada año con un alto número de postulantes a las distintas universidades (especialmente a las privadas) para seguir solidificando la argamasa del sistema económico, tanto el de las casas de estudios, como el de bancos, financieras e incluso instituciones del estado (CORFO, en este caso)
Disponer siempre de un significativo contingente de mano de obra calificada cesante, lo que permite mantener bajo severo control el nivel de sueldos y salarios, dado que en el exterior de las empresas hay una marea de profesionales desocupados pujando por ingresar a ellas, dispuestos a aceptar sueldos y salarios inferiores a los que en ese momento se paga a los contratados. Con ello se frena además la sindicalización y se evitar dar luz verde a procesos de negociación colectiva
Responder a los requerimientos económicos y ‘educacionales’ de organismos supranacionales (FMI, Banco Mundial, OCDE. etc.), que son aquellos que finalmente autorizan –mediante sus recomendaciones- no sólo la llegada de nuevas inversiones a u país, sino también la apertura de créditos en el exterior.

Mucha razón tienen los jóvenes diputados que conforman la “bancada estudiantil” en el Congreso, cuando afirman que el principal punto de una posible reforma educacional está constituido por dos elementos: poner fin al lucro en esta área y, además, definir con prístina claridad qué tipo de ciudadano es el que Chile necesita de aquí en más, ya que este último asunto sólo la Educación puede lograrlo masivamente.

(*) En 1960 las universidades existentes en Chile eran las siguientes: Univ. Católica de Valparaíso; Univ.de Chile de Valparaíso.; Univ. Técnica Federico Santa María (Valparaíso); Univ. Técnica del Estado (UTE; Stgo.), PUC (Stgo.), Univ. De Chile (Stgo.), Univ. de Concepción (Concepción), y Univ. Austral (Valdivia). Diez en total.
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