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El abuelo inmigrante y oportunista de Donald Trump





Hay parte de razón en la afirmación de que un hombre puede forjarse el carácter con las experiencias de la propia vida. Pero también hay reductos en los que ese mismo hombre no puede escapar a los genes. Para bien, o para mal, Donald Trump es el tercer eslabón de una línea sucesoria sin la cual sería imposible explicar su carácter y estilo de hacer política.

Antes de la chulería, la trampa y la canallesca de Donald, existió la de Friederich, su abuelo, al que nunca llegó a conocer. Falleció cuando el padre de Donald, también Fred, apenas tenía 12 años.

Según el libro The Making of Donald Trump, del premio Pulitzer David Cay Johnston, todo pudo empezar con el nombre. No en vano, según corrientes filosóficas, las cosas solo existen cuando las nombras. Porque antes de que apareciese en escena el patriarca Friederich, los Drumpf de Alemania, decidieron cambiar su apellido por Trump.

Voluntaria o involuntariamente, la familia cambió su apellido por uno que tiene las siguientes acepciones en el diccionario: Trump es el nombre de una jugada ganadora en el bridge a través de una carta que anula el valor de todas las demás. También significa, entre otras cosas, algo de pequeño valor o, en verbo, “decepcionar”, “engañar”, “comportarse sin escrúpulos”, “fabular” o “maquinar”. Al mismo tiempo significa sonar como una trompeta.


Antes de Donald, Friederich ya se libró de hacer el servicio militar. Cuando le llamaron a filas, cogió un vapor y se plantó en Nueva York



No sabemos si el cambio de apellido afectó al subconsciente del patriarca de los Trump. Pero lo cierto es que cuando a Friederich le llamaron al servicio militar en Alemania, antes de entrar en el siglo XX, cogió un barco de vapor y se plantó en Nueva York. Dos generaciones más tarde, Donald tampoco fue una excepción: se libró del servicio militar y de la guerra de Vietnam.

El joven Friederich vivía con su hermana entre la enorme población inmigrante de Nueva York a finales del siglo XIX. Después de una temporada larga en la Gran Manzana, decidió probar fortuna en el Oeste, de donde llegaban las noticias de la fiebre del oro, y del oro negro. Sin embargo, Friederich no era muy dado al trabajo en el campo, ni mucho menos en las minas.

A su llegada a Seattle montó un primer restaurante. Al cabo de un tiempo lo vendió y, demostrando un gran arte de la oportunidad, construyó un hotel en una propiedad que no era suya. El lugar era el emplazamiento en el que los Rockefeller planeaban abrir una enorme beta minera.

Cuando miles de mineros llegaron a Yukon, Friederich montó una taberna que vendía alcohol y ofrecía prostitutas. Se hizo de oro sin entrar en la mina

Friederich, que americanizó su nombre por Frederick, siempre quería más. Por eso, más tarde, cuando la fiebre minera contagió a Canadá, montó otro negocio de hostelería. Lo suyo no era mancharse las manos en la mina, pero sí aprovechar que miles de mineros de todas partes llegaban a Yukon para alcoholizarlos y ofrecerles prostitutas. Se hizo de oro, sin sacar una sola pepita.

Volvió a Alemania con una fortuna de medio millón de dólares en 1901. Tenía 32 años e iba dispuesto a buscar esposa. Rechazó a todas las chicas que su madre le propuso para quedarse con una de 20 años, Elisabeth Christ. "Rubia y con curvas", como define el autor del libro, con una clara intención de establecer un paralelismo con los gustos sexuales de su nieto Donald. Con ella regresó a Nueva York a ver posibilidades de expandir su fortuna, pero su joven mujer nunca llegó a adaptarse.

A Friederich le impidieron quedarse en Alemania. Tuvo que volver, contra su voluntad, a Estados Unidos

Entonces, de nuevo en Alemania, las autoridades cazaron a Friederich y le dijeron que por qué había eludido el reclutamiento militar. Él se justificó y dijo que no había ido a América a la huída, si no a trabajar duro para la prosperidad de su país. Las autoridades Alemanas no le creyeron y le denegaron la permanencia en Alemania.

La vida de Friederich tiene demasiados paralelismos con la de Donald. El estilo canalla de hacer negocios, el don de la oportunidad, la trampa y el buscarse la vida. Lo que les diferencia es que Friederich fue primero un inmigrante y luego un ciudadano ilegalmente deportado. La misma situación en la que se encuentran miles de personas que sueñan con un futuro en EEUU, y de tantas más que ya lo han logrado.

Cuando habla de todas esas personas a las que quiere expulsar de su país, ¿se acordará Donald de Fred y de todo lo que le debe?




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