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El asesinato de Kennedy y la historia de un libro

El asesinato de Kennedy y la historia de un libro

Este es el titulo, de unos de los capitulos del libro, "Nadie vio Matrix" del autor Walter Graziano, economista Argentino. Tambien les dejo un video, en el que Kennedy ataca a las sociedades secretas y a los medios de comunicacion.
Los libros de walter Graziano, posen en su pie de paginas links de donde a sacado parte de la informacion que muestra, es para aprovechar !!



link: https://www.youtube.com/watch?v=fM8KLhsd3jI


Mucho se ha dicho y escrito acerca de la muerte de John Kennedy. Hay
cientos de libros diferentes que hablan acerca de conspiraciones que determinaron
su asesinato. Muchos de ellos son excelentes y, sin embargo, esta gran abundancia
de material bibliográfico ha jugado a favor de los intereses de quienes lo
asesinaron. La causa es sencilla: la abundancia de teorías conspirativas sobre su
asesinato sólo ayuda a desacreditar esa tesis, pues son tantos los sospechosos de
planearlo (la Mafia, los cubanos anticastristas, el FBI, la CIA, el Servicio Secreto, la
KGB, Fidel Castro, etcétera) que termina "reinando" la tesis oficial de la Comisión
Warren acerca de la culpabilidad de un único y solitario tirador: Lee Harvey Oswald.
Es por ello que solicitamos al lector un poco de paciencia para que pueda
entenderse acabadamente qué intereses había detrás de la muerte del presidente
de los Estados Unidos. Por ello le sugerimos que siga atentamente las
consideraciones que vienen a continuación. Aunque inicialmente puedan parecer
datos superfluos, al final de la explicación quedará muy claro por qué ha habido tal
abundancia de libros y teorías distintas al respecto. Ocurre que nada mejor que
intentar "esconder una aguja en un pajar", como veremos a continuación.
John F. Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de
1963. Al día siguiente, en simultánea con el momento en que el Estado encaraba la
investigación oficial del crimen que produciría el dictamen de la "Comisión Warren"
—que concluyó que no había habido conspiración alguna y que Lee Harvey Oswald
actuó como único tirador—, su hermano Robert R Kennedy le solicitó a un amigo de
la familia, Daniel Patrick Moynihan, que investigara privadamente dos cuestiones:
en primer lugar si el sindicalista Jimmy Hoffa, enemigo acérrimo de los Kennedy,
había tenido que ver con el asesinato; en segundo lugar, si el Servicio Secreto (no
la CIA ni el FBI), encargado de la custodia de Kennedy en sus viajes, había sido
sobornado para facilitar el asesinato. A los pocos meses, Moynihan le acercó a
Kennedy los resultados de su investigación. Las respuestas a esos interrogantes
eran dos "no". Sin embargo, Robert no se quedó ni tranquilo ni quieto.
Sencillamente no podía creer en la tesis oficial de Oswald como único asesino, y
contactó a un ex agente de la inteligencia británica (MI 6) a fin de que encarara
una investigación reservada acerca del asesinato. El agente británico fue, a su vez,
rápidamente contactado por agentes del servicio secreto francés que ya estaban
analizando e investigando diferentes pistas.
Aparentemente, los franceses estaban interesados en saber exactamente
quién o quiénes habían ordenado el asesinato debido a que en años anteriores el
propio presidente francés Charles De Gaulle había sufrido dos atentados. De Gaulle
creía que había conexiones entre el crimen de Kennedy y los atentados que había 156
sufrido,2
y habría ordenado una investigación privada del servicio secreto francés.
Desde que el ex agente británico elegido por Robert fue contactado por los servicios
secretos franceses, la investigación "reservada" se habría llevado en conjunto, y
habría durado desde 1964 hasta 1967, cuando Robert Kennedy recibió el informe
definitivo. En ese momento decidió lanzar su candidatura presidencial para las
elecciones de 1968.
También en 1967 el fiscal Jim Garrison inició su investigación de oficio,
pues la oficial había sido cerrada por la Comisión Warren. Garrison había juntado
cierta información y algunas pistas acerca de una conspiración, pero no podía
avanzar todo lo que quería dado que no tenía pruebas concluyentes contra los
eslabones más altos de la cadena que había ordenado el crimen. Fue por eso que
en el juicio en el que actuó como fiscal debió limitarse a incriminar sólo a eslabones
intermedios del crimen, tal como puede observarse en el film JFK de Oliver Stone.
Además, se especula que Garrison fue elegido como fiscal del caso precisamente
porque se pensaba que no podía llegar a resolverlo, tal como ocurrió.
Pues bien, en ese año Garrison recibió una llamada de la editorial europea
Frontiers, que estaba por publicar un libro acerca del crimen. El libro, aseguraba la
editorial, resolvía definitivamente el crimen, y Frontiers le ofreció adelantarle el
material para que pudiera avanzar en el proceso que llevaba a cabo. Garrison
aceptó la propuesta y a las pocas semanas recibió tres cuadernillos con información
de lo que más tarde sería L'Amérique Brule (América se quema) escrito por un tal
James Hepburn en francés. Cuando terminó de leer el material, encontró que
encajaba perfectamente con las pistas que él estaba siguiendo, por lo que decidió
enviar a Steve Jaffe, un agente propio, a Ginebra, sede de Frontiers, para que se
entrevistase con Hepburn.
En Ginebra, Jaffe se sorprendió al advertir que Frontiers sólo tenía una
mesa de entrada en lo que en realidad era un estudio jurídico. La firma en realidad
tenía sede en Vaduz, Liechtenstein, pero allí tampoco había nada que investigar,
dado que Frontiers no había existido antes como editorial. Su único proyecto era
L'Amérique Brule y traducirlo al alemán, el italiano y el inglés. El autor, James
Hepburn, tampoco existía como tal, sino que se trataba del seudónimo de un
francés llamado Henri Lamar. Pero con el tiempo también se descubrió que Henri
Lamar era, a su vez, otro pseudónimo. La pista llevaba rápidamente al servicio
secreto francés, o sea al mismo que Robert Kennedy y su ex agente del MI 6
habrían contactado.
Jaffe se dirigió entonces a París donde se entrevistó con el jefe máximo del
SDECE (servicio secreto francés), André Ducret, quien obviamente no podía

2 De Gaulle no se equivocaba, si se estudiara el crimen de Kennedy por el lado de la "ruta del dinero" se
encontraría que había vinculaciones entre una oscura corporación, pero a la vez un "sello de goma" —
PERMINDEX— que habría participado en la financiación del asesinato de Kennedy y otra corporación,
también un "sello de goma": Centro Mondiale Commerciale (paradójicamente en inglés World Trade
Center) que estaba detrás de los atentados contra Charles De Gaulle. 157
oficializar la investigación que su propio servicio de inteligencia venía haciendo, lo
que hubiera significado un problema diplomático con los Estados Unidos. Jaffe pidió
a Ducret una entrevista personal con el general De Gaulle a fin de profundizar
acerca de las fuentes de la información que le habían acercado a su jefe. Ante tal
pedido, Ducret se retiró de la reunión y volvió al rato con una tarjeta personal de
De Gaulle, a la cual el presidente francés había añadido una frase de puño y letra:
"Estoy muy impresionado por la confianza que usted depositó en mí". La señal era
clara: la información secreta sobre Kennedy había sido llevada a cabo por el SDECE
francés, pero no podía ser oficializada. Aun así, el propio De Gaulle la respaldaba.
Ello explicaba por qué Frontiers no había existido antes como editorial, por qué el
autor del libro escribía bajo seudónimo, y por qué había una buena cantidad de
fondos para publicarlo en otros idiomas.
Mientras los franceses avanzaban en el vuelco final del informe secreto a
un libro de venta masiva a publicarse en cuatro idiomas y Garrison continuaba su
trabajo, Robert Kennedy, quien como hemos dicho ya conocía los resultados de la
investigación francesa, fue asesinado inmediatamente después de ganar las
primarias presidenciales de California, y a días de asegurar por primera vez en una
conferencia de prensa que en caso de asumir la presidencia de la nación podría
reabrir, e investigar hasta el final, el proceso judicial oficial del asesinato de su
hermano John. Lo pudo decir solamente una vez, dado que según la historia oficial
otro "loco suelto", Sirhan Sirhan, lo asesinó, aunque todo indica que éste no pudo
ser el victimario real a pesar de estar armado, pues las balas que mataron a Robert
no podían provenir de la ubicación en que se hallaba Sirhan Sirhan durante su
discurso.
El servicio secreto francés se habría puesto en contacto entonces con Ted,
el único hermano sobreviviente que actuaba en política, para ver qué línea de
acción quería adoptar la familia Kennedy con respecto a la investigación secreta de
la muerte de John, sobre todo, tras el asesinato de Robert. Ted habría declinado en
el acto cualquier posibilidad de proseguir. A partir de ese momento el servicio
secreto francés se encontró absolutamente solo con los resultados de la
investigación: la que realizaba Garrison no llegaba lo suficientemente "arriba" ni
había acumulado pruebas necesarias para implicar a los personajes más poderosos
que habían planeado la muerte del presidente.
Los franceses se enfrentaron entonces a la necesidad de concluir su
participación en la tarea. No encontraron ninguna editorial norteamericana ni
inglesa que deseara publicar el libro en los Estados Unidos o el Reino Unido, a pesar
de su éxito en Francia, Alemania e Italia, países en los que podía leerse en tres
idiomas. Finalmente se decidió publicarlo en inglés en Bélgica con otro título:
Farewell America (Adiós, América) y enviar los ejemplares por barco al Reino Unido
y vía Canadá a los Estados Unidos. 158
Sin embargo, el FBI ya estaba al tanto sobre la actividad editorial de los
franceses, por lo que les solicitó a las autoridades canadienses que bloquearan la
posibilidad de que ingresara a los Estados Unidos. Como no había causa legal para
impedir el ingreso de los libros desde Canadá, las autoridades de ese país
inventaron de la noche a la mañana un impuesto a los libros publicados en Bélgica
e importados a Canadá. El impuesto era retroactivo, por lo que la existencia de
Farewell America en los puertos canadienses era ilegal. Los libros fueron
confiscados por Canadá en 1969 y permanecieron en un depósito durante quince
años, hasta cuando fueron finalmente rematados. La mitad de los libros habrían
sido comprados por el propio FBI —a fin de ser incinerados— y la otra mitad por un
particular llamado Al Nevis, quien resistió presiones y hasta persecuciones del FBI
para que se los vendiera.
Como se ve, Farewell America es un libro sumamente particular. Sólo en
2002 fue publicado por primera vez en los Estados Unidos, cuando ya no podía
causar el daño irreparable que podría haber ocasionado a la elite globalista y en el
seno del gobierno de los Estados Unidos, pues el caso Kennedy está cerrado desde
hace varios años, y ya no puede tener casi impacto en la escasa prensa
independiente de los Estados Unidos. La propia historia del libro revela, entonces,
que su contenido es vital para entender lo que le sucedió a John Kennedy y por
qué. Y a la vez su propia historia, como hemos visto, ayuda a entender por qué fue
asesinado su hermano Robert, quien habría podido producir un auténtico escándalo
de proporciones mundiales si en caso de ser elegido presidente —cosa sumamente
probable— reabría la causa judicial acerca de la muerte de John.
Ahora estamos en condiciones de entender el valor que posee ese libro, y
hasta nos abre las pistas necesarias para entender los factores que condujeron al
asesinato de su hermano Robert. Pero, ¿qué dice entonces el libro?
Farewell America informa que el candidato predilecto de la elite en las
elecciones de 1960 no era Kennedy sino Nixon, que había mostrado un mayor
grado de sumisión a los más poderosos empresarios de los Estados Unidos. Sin
embargo, la candidatura de Kennedy era tolerada por el hecho de que descendía de
una familia patricia y rica que en el pasado había sido socia de la elite. El padre de
John, Joe Kennedy, había sido embajador en Gran Bretaña en tiempos de la
Segunda Guerra Mundial, función que revela las importantes relaciones de la
familia. Además hasta muy poco tiempo antes de la elección, Nixon lucía como
favorito absoluto en las encuestas, por lo que no se consideraba que Kennedy
tuviera grandes oportunidades.
Sin embargo, Kennedy ganó. Y sus acciones de gobierno a poco tiempo de
andar se mostraron claramente contrarias a los deseos de la elite y sus socios del
aparato industrial-militar. A inicios de los años sesenta la Guerra Fría pasaba por
uno de sus peores momentos, y los "halcones" del Pentágono no deseaban enfriar
el enrarecido clima que se había generado con la Unión Soviética, sino ir a fondo. 159
Inclusive no se descartaba una guerra. El Caso Cuba, que había sido resuelto
pacíficamente entre Kennedy y Kruschev en octubre de 1962, podría haber
significado el inicio de una tercera guerra mundial si los misiles rusos no hubieran
sido retirados de la isla, dado que a Kennedy no le habría quedado otra salida que
bombardear las instalaciones misilísticas cubanas. Pero el hecho de que el conflicto
se hubiera resuelto pacíficamente había enojado mucho a algunos de los militares
más poderosos del Pentágono, los fabricantes de armas y los cubanos anticastristas
residentes en Florida, que obviamente rechazaban el acuerdo por medio del cual
mientras Rusia retiraba sus misiles, los Estados Unidos hacían lo mismo con los
suyos en Turquía.
Pero la actividad antibélica de Kennedy no sólo hacía improbable una
guerra abierta con la Unión Soviética o una invasión a Cuba: también hacía
imposible pensar en una escalada en la guerra de Vietnam como la que finalmente
se produjo bajo su sucesor Lyndon Johnson. Kennedy, que inicialmente se había
prestado a un aumento en las actividades norteamericanas en Vietnam, venía
planeando un retiro total de las tropas del sudeste asiático para fines de 1964, y lo
había hecho saber. Los generales más recalcitrantes del Pentágono y las principales
empresas bélicas eran los primeros damnificados por la actitud pacifista del
presidente, pero no eran de manera alguna los únicos: la industria petrolera era la
otra gran perdedora en la materia dado que una de sus intenciones era explorar la
costa vietnamita,3
que en aquellas épocas se consideraba —erróneamente— como
un sector del planeta con muy vastas posibilidades petroleras a mediano plazo.
Kennedy habría advertido rápidamente que debía enfrentar la oposición de
esos sectores a sus planes, pero no se quedó atrás ni se amedrentó: a fin de
dificultar la oposición a sus medidas pacifistas emitió un decreto por medio del cual
los Estados Unidos se reservaban la posibilidad de incautar recursos naturales de
propiedad de empresas norteamericanas en el exterior en caso de guerra. La
advertencia a las petroleras era clara: si había guerra podían perder, y mucho.
Quizá creyó que así podía fracturar el inmenso bloque empresarial que se le oponía,
y a la vez impedir la guerra.
Aunque fuertes, aquéllos estaban lejos de ser los únicos gestos hostiles
hacia la elite que Kennedy tomaría en su corto mandato de poco menos de 3 años.
Emprendió una suerte de cruzada contra el monopolio interno que ejercía la United
Steel, principal fabricante estadounidense de acero, cuyos constantes aumentos de
precios eran interpretados por Kennedy como operaciones monopólicas que
afectaban la salud de la economía y el bolsillo de los norteamericanos. Los
empresarios vieron en general con temor esa medida del presidente, quien
mediante claras amenazas públicas logró hacer retrotraer los precios del acero.

3 Véase Hitler ganó la guerra, cap. VI. 160
Sin embargo, la principal medida que tomó Kennedy y que habría sellado la
suerte tanto de su gobierno como de él mismo, habrían sido dos disposiciones
contra los intereses del sector petrolero oligopólico. Concretamente, al momento de
su muerte Kennedy proyectaba una rebaja del "oil deployment allowance" —que,
como hemos visto, más tarde le daría fuertes "dolores de cabeza" a Richard Nixon—
pero por sobre todo fue autor de una ley (la "Kennedy Act", aprobada finalmente el
17 de octubre de 1963, apenas un mes antes de su muerte), por medio de la cual a
las corporaciones norteamericanas se les igualaba la tasa de impuestos de las
utilidades distribuidas con la de las ganancias reinvertidas en el exterior. Si bien la
medida era para todos los sectores económicos, afectaba especialmente los
resultados de las petroleras, y sobre todo en lo que competía a sus vastos
yacimientos en el exterior, cuyos beneficios estaban exentos del impuesto a las
ganancias porque no estaban gravados. Como las petroleras norteamericanas se
estaban expandiendo rápidamente en todo el mundo, esto afectaba de manera muy
determinante sus intereses. Después de la aprobación de la "Ley Kennedy" el sector
petrolero debía pagar el 35% de impuesto a las ganancias por todos sus
importantes beneficios en el exterior. Kennedy había considerado, muy
correctamente, que las petroleras gozaban de una muy injusta ventaja sobre otros
sectores al no pagar impuestos por sus cuantiosas actividades en el exterior, y selló
esa "ventanilla abierta", con lo cual también habría sellado su suerte.
La elite, según Farewell America, habría formado un comité con la función
de planear la muerte del presidente. Éste habría estado formado, entre otros, por el
petrolero texano H. Lafayette Hunt y el general "halcón" del Pentágono Edwin
Walker, degradado poco tiempo atrás por Kennedy debido a sus expresiones
públicas acerca de la necesidad de un enfrentamiento bélico con la Unión Soviética.
Sin embargo, según se desprende de la investigación francesa, éstos no habrían
sido los autores intelectuales del crimen —cuya autoría no es difícil de imaginar—,
sino los encargados de planearlo para que no hubiera fisuras. Había que planificar
detenidamente el hecho dado que Kennedy se movía a todos lados con su custodia
del Servicio Secreto. Era necesario comprar complicidades, contratar tiradores
infalibles, encontrar un candidato para que fuera culpado del hecho, desviar
cualquier intrusión molesta de la policía texana y del FBI, manipular la actividad de
la prensa, etc. El comité habría hecho todo eso y habría contado con el apoyo y la
complicidad del FBI y su poderoso jefe J. Edgar Hoover, la policía texana (según
Farewell America muy corrupta y complaciente con los grandes empresarios de la
zona), altos cuadros de la CIA (muy enojada con Kennedy desde la expulsión de su
jefe, Allen Dulles) y con un auténtico "escuadrón" de personas relacionadas con la
Mafia y los cubanos anticastristas, quienes iban a llevar a cabo el crimen a nivel
operativo.
O sea, se trató de un crimen diseñado en 3 niveles: el operativo, el táctico
y el estratégico. Farewell America detalla cómo hasta el itinerario seleccionado para 161
el automóvil presidencial de aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 estaba
diseñado para que la velocidad del vehículo que conducía a Kennedy no pudiera
sobrepasar en algunos sectores los 30 kilómetros por hora y se facilitara el crimen,
de cuya complicidad no habría escapado ni siquiera el propio chofer, quien conducía
a una velocidad extremadamente baja en algunos sectores del trayecto y no habría
acelerado lo suficiente después del primer impacto de bala, lo que facilitó el
segundo, mortal.
La Mafia se habría prestado muy gustosa a ceder parte de sus cuadros para
realizar el asesinato, dado que tanto John como Robert Kennedy habían
demostrado ser, desde un primer momento, enemigos encarnizados de la Cosa
Nostra al intentar luchar mucho más que sus antecesores contra el crimen
organizado. Todo habría sido preparado hasta en sus mínimos detalles. Incluso el
automóvil en el que era conducido el presidente —una limusina descubierta—, el
vehículo ideal para facilitar un atentado, fue proporcionado por el propio FBI. La
conclusión a la que arribó el servicio secreto francés en Farewell America es
básicamente la misma a la que luego llegaría Oliver Stone en su film JFK: tres
tiradores como mínimo, y probablemente cuatro. Ninguno de ellos habría sido Lee
Harvey Oswald, quien engañado, habría sido seleccionado desde meses atrás para
representar el papel de asesino. Ése era el aporte de la CIA, ensañada con Kennedy
por el freno que éste ponía a la invasión de Cuba y por la expulsión de su jefe más
querido, Allen Dulles.
Datos posteriores al libro, que apareció en 1968 y recién pudo leerse
marginalmente en los Estados Unidos a partir de 1984, revelan que la versión
contenida en el mismo es sumamente ajustada a la realidad. Por ejemplo, un
testimonio de 1992 —casi veinticinco años después de la publicación— de la amante
del ex presidente Lyndon Baines Johnson, Madeleine Brown, quien además fue
madre de Steven, un hijo suyo, señaló que la noche anterior al crimen de Kennedy
presenció que se habían reunido a puertas cerradas en la casa del petrolero Clint
Murchison, en Dallas, el también petrolero Haroldson Lafayette Hunt, J. Edgar
Hoover (máximo jefe del FBI), Richard Nixon, Clyde Toison (FBI), John McCloy (ex
presidente del Chase Manhattan Bank y hombre de confianza de la ex Standard
Oil), y Harvey Bright (empresario petrolero). El vicepresidente Lyndon Johnson
llegó tarde a la reunión. Al cabo de la misma, Johnson se despidió de Madeleine
Brown diciéndole al oído: "Desde pasado mañana esos malditos Kennedy no me
van a volver a avergonzar. No es una amenaza, es una promesa".
Lo cierto es que con el texano Lyndon Johnson en el poder, los militares y
las empresas de armas lograron que la guerra de Vietnam, lejos de acabar en corto
tiempo, se profundizara a límites impensados. Asimismo, las empresas petroleras
vieron cómo caía en el archivo la posible reducción de la "oil deployment allowance"
planeada por Kennedy. 162
El asesinato habría sido recibido con beneplácito, además, en algunos de
los más poderosos despachos de Wall Street, dado que John Kennedy había
comenzado a emitir dólares desde el Departamento del Tesoro, rompiendo con la
costumbre de que sólo el Banco de la Reserva Federal emitiera moneda. El FED es,
y siempre fue, un banco privado propiedad de los más poderosos financistas de
Wall Street.4
Tal actitud podía sentar un peligroso precedente para la elite
financiera, dado que era un paso para quitarle a los banqueros privados la potestad
de la emisión de moneda en los Estados Unidos. Por otra parte, también había
despertado alegrías en la NASA, agencia a la cual el presidente había intentado
bloquearle en un principio buena parte del presupuesto dado que prefería distribuir
el ingreso de otra forma. No hay que olvidar que los principales proveedores de la
NASA son las propias empresas de armas que firman multimillonarios contratos con
el Pentágono y Kennedy no deseaba llevar adelante costosos proyectos espaciales
sino distribuir esos fondos equitativamente. Habría sido el propio Lyndon Johnson,
muy relacionado con la NASA, quien habría mediado ante él para lograr que no se
bloquearan partidas presupuestarias de la agencia espacial, frente a lo cual
Kennedy habría transigido a regañadientes, fomentando la carrera espacial con el
fin de que las empresas armamentistas estuvieran atareadas proveyendo insumos a
la NASA y ganaran dinero de esa forma, a fin de que no lo presionaran para
generar más guerras.5
La prensa oficial norteamericana no sólo hizo oídos sordos ante las
evidentes señales de que había habido una muy poderosa conspiración detrás del
crimen de Kennedy, sino que incluso miró para otro lado cuando surgían las
pruebas, por ejemplo, cuando la propia Madeleine Brown apareció en 1992 en un
show televisivo llamado A current affair en el que hizo por primera vez sus
explosivas declaraciones luego volcadas en su libro Texas in the morning, silenciado
también por la prensa al servicio de la elite.
Pero hay un muy jugoso dato adicional, más que sugestivo. El lector
debería, al terminar este párrafo, detenerse un rato a meditar sobre el mismo: el
fiscal del reabierto caso Kennedy en los años sesenta, Jim Garrison —quien, como
hemos dicho, para algunos fue designado como fiscal del caso precisamente porque
no se trataba de un investigador demasiado sagaz— escribió un libro con las
memorias de sus investigaciones sobre el juicio. El mismo se llama On the Trial of
the Assassins ( E n la búsqueda de los asesinos). En él cuenta algunos entretelones
de la investigación que sólo pudo llegar hasta escalones bajos, los niveles

4 Ibid., cap. V.
5 Pocos días antes de morir, Kennedy pronunció un discurso en Texas en el que disparó una muy irónica
frase, a propósito de su decisión de transformar la carrera armamentista contra los rusos en una
inofensiva carrera espacial: "¿Por qué vamos a la Luna? Muy simple: ¡Porque está ahí!", dijo frente a un
auditorio que reía y a un Lyndon Johnson que a sus espaldas miraba todo el tiempo para otro lado con
gesto de disgusto. 163
operativos del asesinato —que funcionaban específicamente en Nueva Orleans—, de
la complicada maraña que condujo hasta el crimen. En las páginas 30 y 31 de dicho
libro dice algo revelador, y lo hace como al pasar: que algunas de las reuniones
secretas del equipo operativo se desarrollaban en un galpón que funcionaba a
metros de la Oficina de Inteligencia Naval, del Servicio Secreto (dependiente del
Departamento del Tesoro), y sobre todo del cuartel general de la CIA en la ciudad
de Nueva Orleans. Pero el dato no termina allí, pues los cuarteles generales de la
CIA y el FBI en Nueva Orleans funcionaban dentro del Templo Masónico de la
ciudad en los años sesenta.
Es algo que no debe extrañarnos. Recordemos las palabras que expresó el
propio John F. Kennedy en su discurso público sobre sociedades secretas y medios
de prensa el 27 de abril de 1961, en el Waldorf Astoria, en el que embistió
frontalmente contra las sociedades secretas y contra todo el sistema de prensa
norteamericano. Ese discurso fue redactado en forma inmediata tras el fallido
intento de la CIA de invadir Cuba. Dicha agencia le había solicitado a Kennedy por
teléfono, infructuosa y sospechosamente, una autorización de último momento a
través de su jefe Allen Dulles (luego expulsado)6
nada menos que en la madrugada
del propio día del desembarco en Bahía Cochinos.
Recordemos textualmente a Kennedy en un fragmento de su más
importante discurso:
La propia palabra "secreto" es repugnante en una sociedad libre y abierta,
y nosotros, como pueblo, estamos inherente e históricamente opuestos a
las sociedades secretas, los juramentos secretos y los procedimientos
secretos.
Kennedy declaraba eso, reiteramos, en el mismo discurso en el que
criticaba durísimamente al sistema de prensa norteamericano.7
En el mismo —que
recomendamos al lector leer o escuchar íntegramente— pronunciado ante la
American Newspaper Publisher Association, luego dice con todas las letras:
Se nos opone alrededor de todo el mundo una monolítica y despiadada
conspiración que se apoya, primariamente, en medios encubiertos para
aumentar su esfera de influencia (...) Es un sistema que ha reclutado

6 Véase Hitler ganó la guerra, cap. IV.
7 El discurso entero (20 minutos) puede escucharse en http://www.911 podcasts.com/files/audio/
fjk_secret_society_speech.mp3, una versión abreviada en: http://www.informationliberation.com/?id=
14306, o en http://www. youtube.com/watch?v=LlEqtaWpKEU. Puede leerse entero en http://www.
libertyforum.org/showflat.php?Cat=&Board=news_history&Number=294723477&view=collapsed&sb=5&
o=21&part= o en http://millercenter.virginia.edu/ scrippsldiglibrary/prezspeeches/kennedy/jfk_1961
_0427.html. 164
vastos recursos humanos y materiales para construir una muy bien atada y
altamente eficiente maquinaria que combina operaciones militares,
diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. Sus
preparativos son secretos, no se publican. Sus errores se entierran, no se
señalan. Quienes disienten son silenciados, y no reconocidos. Para ello no
se repara en gastos. Los rumores no se publican. Ningún secreto se revela.
Es la máquina que conduce la Guerra Fría, en resumen, con una disciplina
rigurosa que ninguna democracia puede esperar o desear alcanzar...8
No se refería al comunismo, sino a la estructura de la cual la CIA era sólo
la punta del iceberg.
Respecto de la prensa, se despachó en idéntico sentido, criticándola por
partida doble: por desinformar sobre las cuestiones importantes y revelar secretos
de Estado cuya difusión iba contra los intereses de los Estados Unidos, pero a favor
de la carrera armamentista, y por lo tanto de la elite. Decía Kennedy, ante la
atónita mirada de los dueños de medios, editores y periodistas:
Sin debate, sin crítica, ninguna administración y ningún país puede
sobrevivir. Es por eso que el legislador ateniense Solón decretó que un
ciudadano que escapaba de las controversias cometía un crimen. Y es por
eso que la prensa fue protegida aquí por la Primera Enmienda a la
Constitución. Es el único negocio protegido constitucionalmente. Y no lo
está principalmente para divertir y entretener. No lo está para enfatizar lo
trivial y lo sentimental. No está protegida para "dar al público simplemente
lo que éste quiere", sino para informar, para enardecer, para hacer reflejar,
para mostrar nuestros peligros y nuestras oportunidades, para indicar
nuestras crisis y nuestras opciones, para liderar, moldear, educar e incluso
a veces, para hacer enojar a la opinión pública...

8 El discurso de Kennedy está dirigido a la prensa norteamericana. No menciona una sola vez la palabra
"comunismo" por no estar dirigido a los soviéticos sino a sectores internos estadounidenses, enquistados
en la CIA, miembros de sociedades secretas, que le hacían el juego a quienes pretendían elevar las
tensiones militares y provocar más escaladas armamentistas con los rusos. Kennedy dice en el mismo
discurso, en una quizá no demasiado enigmática frase. "Los eventos de las últimas semanas pueden
llegara «iluminar» el desafío para algunos..." A buen entendedor, pocas palabras con respecto al significado
de "iluminar". Es también en esa misma alocución contra las sociedades secretas y los que
"pueden iluminar el desafío" que Kennedy hace clara referencia a que no se trata de aumentar las
tensiones con la URSS, cuando afirma "Ahora los vínculos entre las naciones primero formadas por el
compás [N. del A.: símbolo masónico] nos han convertido a todos en ciudadanos del mundo [N. del A.:
vieja pretensión de las sociedades secretas]. Las esperanzas y temores de uno, son las esperanzas y
temores de todos". Obviamente, se trataba de un discurso claramente pacifista, en el que Kennedy
criticaba fuertemente al sistema de prensa norteamericano por apoyar abiertamente a los sectores más
reaccionarios del Pentágono y de la industria armamentística, y colaborar con sociedades secretas y la
CIA para fomentar la peligrosísima carrera armamentista que él deseaba evitar y que las sociedades
secretas intentaban fomentar con el apoyo de la prensa en general. Para informarse sobre la
participación de George Bush padre en los hechos, consultar Hitler ganó la guerra, cap. IV, o el muy
completo The Unauthorized Biography of George Bush, de Webster Tarpley y Anton Chaitkin. 165
El propio presidente de los Estados Unidos —quizás en realidad su último
presidente "en serio"— embestía a diestra y siniestra contra nada menos que las
sociedades secretas y la prensa, en sus propias narices, reprochándole a las
primeras su accionar secreto, antinacional y sectario, y a la segunda el uso de los
medios para desinformar y producir el escapismo barato que hoy se suele observar
en los medios en su máximo exponente, sobre todo en los audiovisuales de casi
todo el mundo. ¿Cómo puede llamar la atención entonces que la prensa
norteamericana haya aceptado sin críticas el dictamen de la Comisión Warren
acerca del asesinato de Kennedy a manos de "un loco suelto" y por medio de "una
bala milagrosa" que efectuó alrededor de 10 perforaciones y rebotes en su limusina
descubierta? Vergonzoso, cínico, siniestro y humillante para nuestras inteligencias.
¿Qué mundo tendríamos hoy si Kennedy no hubiera muerto y hubiera sido
reelecto en 1964, tal como era previsible? Es difícil saberlo. Tanto John como
Robert Kennedy eran verdaderos mutantes respecto de la aristocracia
norteamericana. Aunque habían sido educados en el seno de una rica familia de la
elite, estaban encarando (Robert era procurador de Justicia de su hermano John, y
luchaba seriamente contra la Mafia) medidas realmente revolucionarias. Se estaban
enfrentando muy abiertamente con el corazón de la elite. John atacaba los
privilegios de la industria petrolera donde más le dolía a ésta, atacaba la carrera
armamentista y la posible guerra con la Unión Soviética que algunos de sus propios
cuadros internos estimulaban. Además, deseaba retirar a los Estados Unidos de
Vietnam. Ya comenzaba a atacar los privilegios de los principales y más conspicuos
bancos norteamericanos con la emisión de dólares "por la ventanilla" del
Departamento del Tesoro, y no mediante el FED, y atacó en su último y
monumental discurso a la flor y nata de la prensa norteamericana cómplice de la
elite. John Fitzgerald Kennedy hizo todo sin dudarlo, frontal y, por sobre todo, muy
generosamente. Por eso lo mataron, y por eso su asesinato se ejecutó de esa
manera, quizás "advirtiendo" mañosamente a cualquier sucesor lo que le podía
esperar si no se acogía ciegamente a la agenda de la elite.
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