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El científico que se comió el corazón de un rey.

Sacerdote anglicano, naturalista y geólogo inglés reputadísimo del siglo XIX, William Buckland llegó a ser presidente de la Royal Geological Society y fue el primero en hacer un estudio científico de un esqueleto fósil de un dinosaurio. Como nunca había visto algo semejante concluyó que los restos pertenecían a una especie nunca antes imaginada y extinta, un lagarto gigante. No acertó pero casi.



Era conocido por sus brillantes y estimulantes conferencias. Se dejaba la piel en el aula. Llevaba decenas de huesos, fósiles y minerales, subía y bajaba del estrado con ímpetu, se acercaba a la audiencia y les forzaba a implicarse. Es recordado un episodio en el que colocó un cráneo de hiena en la mano de un alumno y le gritó: “¡¿Qué es lo que mueve el mundo?!”. El chaval se asustó y retraído se cambio de sitio. No satisfecho buscó una nueva ‘víctima’ y repitió la pregunta. Nadie sabía qué responder así que desveló la respuesta: “¡El estómago mueve el mundo!”. Y añadió: “Los grandes se comen a los pequeños”.
Tanto movía el estómago el mundo para él que probaba toda la carne que le era posible. Estaba convencido de que el sabor es una de las características que había que incluir en las fichas descriptivas de los animales. Tenía permiso de la Sociedad Victoriana para la Aclimatación de Animales para importar todos aquellos que se le ocurriera, que acogía en la casa familiar en Tom Quad en la Iglesia de Cristo en la Universidad de Oxford.

Gracias al fácil acceso a animales foráneos probó la carne de animales exóticos, como el cocodrilo, avestruz, canguro, pantera e incluso una marsopa. Como era de esperar, tampoco hacía ascos a los animales locales y probó el erizo, topo, ratón y perro. Los cobayas correteaban por la casa y tenía un pony al que permitían entrar en el comedor. Los animales pequeños los cocinaba y comía enseguida; los grandes los maceraba. Según decía, los sabores más asquerosos que detectó corresponden a los moscardones y el topo.



Las historias que rodean a este geólogo sobre su excéntrica afición son muchas y variadas. Cuentan que durante una visita a una Catedral de San Pablo en Londres le explicaron la leyenda que rodeaba a una mancha de un líquido oscuro que nunca se secaba en el suelo. Era supuesta sangre fresca del santo que brotaba de la roca. Buckland no perdió la oportunidad de probar aquello. Se agachó lamió el suelo y rápidamente identificó el sabor: era orina de murciélago. El mito se vino abajo.

El escritor inglés Augustus Hare explicaba en sus memorias que en una visita a Lord Harcourt, el arzobispo de York, en Nuneham, enseñaron a Buckland el corazón del rey francés Luis XVI conservado, seco y encogido, en un cofre de plata y dijo: “He comido muchas cosas extrañas pero nunca el corazón de un rey”. Antes de que alguien pudiera esconderlo, se lo había zampado.
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