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El diario de Hitler



El engaño más grande y más embarazoso de la historia del periodismo comenzó cuando un experimentado gacetillero alemán creyó ver el golpe de su vida. Gerd Heidemann era un reportero investigador de 51 años de la respetada revista de noticias Stern, de Alemania Occidental. En 1980, decidió vender su bote. Pero no era un bote común. Era el Carin II, un yate a motor que en su momento perteneció a Hermann Goering, el segundo de Hitler. Esto lo puso en contacto con un posible comprador adinerado que le mostró un diario que había adquirido hacía poco tiempo. Dijo que era uno de una serie de diarios escritos en secreto por el propio Hitler; el que vio Heidemann databa de los primeros meses de 1935. Era un hallazgo sorprendente y de inmediato Heidemann vio que podía representar una nota de interés masivo en las noticias. Las circunstancias históricas del diario parecían bastante creíbles, basadas en los hechos conocidos de la Operación Seraglio. En abril de 1945, cuando los rusos cerraron el cerco sobre Berlín, Hitler y su entorno, ahora ocultos en su búnker, diseñaron Seraglio. Hitler volaría hasta su retiro de montaña en Berchtesgaden, Bavaria, donde establecería su última posición. Con este fin, su piloto personal, el general Hans Baur, organizó diez aviones para transportar carpetas, archivos y pertenencias personales a un aeropuerto cercano. Uno de estos aviones cayó cerca de Dresden. Cuando le dieron la noticia a Hitler, como Baur recordaría más tarde, empalideció visiblemente y dijo: “En ese avión iban todos mis archivos privados, que pretendía dejar como testamento para la posteridad. Es una catástrofe”. Para Gerd Heidemann parecía perfectamente posible que el diario personal se hubiera salvado de este accidente. A través de sus contactos periodísticos, Heidemann rastreó la fuente del diario hasta el proveedor en Stuttgart, un “Dr. Fischer”, quien confirmó la historia de su procedencia. Tentadoramente, Fischer le contó a Heidemann que la serie incluía otros 26 volúmenes que cubrían los años de Hitler en el poder, desde 1932 hasta dos semanas antes de su suicidio, en abril de 1945.

La carnada del pescador (Fischer)



Sin embargo, había complicaciones. El proveedor de Fischer era su hermano, un oficial militar de alto rango en Alemania Oriental. Aparentemente, los diarios habían sido rescatados del avión por un granjero, pero ahora estaban en poder del hermano de Fischer, que arriesgaba su vida incluso al contrabandear los volúmenes a Alemania Occidental. Estaba preparado para correr el riesgo a cambio de moneda fuerte. Se requería el mayor de los secretos. Heidemann aceptó que ninguna otra persona de Stern contactaría al Dr. Fischer. Heidemann estaba convencido, pero sabía que sus editores en Stern podrían ser escépticos. Pero para Heidemann esto era diferente, porque la historia de los antecedentes tenía sentido. Tomó la dudosa decisión de pasar por encima de sus editores y, en cambio, enfrentar la gerencia de la empresa controlante de Stern, Gruner & Jahr. La gerencia sabía que Heidemann era uno de los principales periodistas de Stern y decidió respaldarlo. Como era necesario un máximo secreto, autorizaron el pago de los diarios restantes, por la colosal suma de 85.000 marcos alemanes por volumen. Claro que Heidemann no sabía que el Dr. Fischer en realidad se llamaba Konrad Kujau, quien durante muchos años había comercializado y falsificado objetos de interés nazi que proporcionaba a sus ansiosos clientes. Naturalmente, Kujau estaba encantado con la oferta. De hecho, estaba tan alentado por la candidez de Heidemann que se atrevió a estirarlo aún más, al decirle al periodista que la carga de Alemania Oriental no contenía 26 volúmenes de diarios, sino 60, y que también había otras riquezas: pinturas, documentos, incluso un guión escrito por Hitler para una ópera. Sin embargo, dadas las dificultades para sacarlo todo de Alemania Oriental, la entrega tardaría un tiempo.



Y realmente tardaría algún tiempo, porque ahora Kujau tenía que falsificar todo el material prometido. Kujau escribió los diarios él mismo e imitó la escritura de Hitler y su firma. Para el contenido, buscó memorias y documentación existente, sobre todo un trabajo erudito llamado Hitler: Discursos y Proclamas 1932-45, publicado en la década de 1960. Las entradas de Kujau en los diarios falsos eran cortas, registros de acontecimientos cotidianos y algún comentario personal ocasional. Las observaciones puestas en boca de Hitler eran francamente insulsas, pero su propia banalidad los hacía aparecer más auténticos. En lo que respecta a los volúmenes de los diarios, eran unos viejos cuadernos de escuela que Kujau había comprado originalmente para catalogar su propia colección. En la cubierta externa agregó sellos de cera y cintas, con las iniciales de Hitler en relieve. Luego golpeó los volúmenes y les volcó té encima para darles un aspecto envejecido que concordara con la supuesta historia. En total, se entregaron a Kujau dos millones de marcos alemanes (1,2 millones de dólares), en maletines, por un volumen falsificado tras otro. Mientras tanto, Heidemann obtenía una buena ganancia al retener millones del dinero que pasaba por sus manos.

Trato hecho

Los ejecutivos de Gruner & Jahr decidieron que, debido al secreto, expondrían los diarios al análisis de solo unos pocos extraños. Se consultaron a tres expertos calígrafos que confirmaron la autenticidad de los documentos porque, al parecer, las muestras de la escritura de Hitler que les dieron para comparar con los diarios también habían sido falsificadas por Kujau. Una vez pasados los controles y la seguridad, los editores de Stern cerraron el lazo. A principios de 1983, después de 18 meses de duro trabajo de falsificación por parte de Kujau, se habían entregado todos los diarios. En marzo, se abrieron negociaciones secretas para los derechos internacionales de publicación de los diarios. Muy rápidamente lograron la atención de Rupert Murdoch, propietario de The Times y The Sunday Times de Londres. Los editores de The Sunday Times insistieron en autenticar debidamente los diarios. Cuando se llevó a cabo la reunión, los periódicos Times tenían a un experto sobre Hitler en el grupo. Hugh Trevor-Roper, lord Dacre, era un antiguo Regius Professor de Historia Moderna en Oxford. El 1º de abril de 1983, lord Dacre recibió una llamada telefónica de The Sunday Times para contarle sobre los diarios y pedirle que los evaluara. En principio, era escéptico. No había referencias creíbles de que Hitler hubiera llevado un diario de cualquier tipo; además, era sabido que a Hitler no le gustaba escribir a mano. No obstante, lord Dacre aceptó volar a Zúrich, donde los volúmenes estaban guardados en una bóveda de seguridad bancaria. En Zúrich se le aseguró que se había controlado el papel en el que estaban escritos los diarios, lo cual no era cierto. También se le dijo que la fuente era conocida y confiable, lo cual tampoco era cierto. Dacre estaba impresionado por la cantidad de material: un falsificador no permitiría tantas posibilidades de error, sin duda. Tomó su decisión: los diarios parecían ser auténticos. Al día siguiente, Murdoch ofreció tres millones de dólares por los derechos en todo el mundo. Dos semanas más tarde, The Sunday Times, en una publicación en primera plana coordinada con Stern, lanzó la historia al mundo. El titular de The Sunday Times rezaba: “Los secretos de la guerra de Hitler: cómo fueron encontrados los diarios del Führer en un granero de Alemania Oriental”. La cubierta de Stern mostraba una fotografía de uno de los diarios, con las iniciales de Hitler grabadas en dorado. Las letras mayúsculas góticas parecían “FH”, no “AH”, pero nadie lo notó. Stern organizó una conferencia de prensa coincidente con la publicación. Estaba programada como la oportunidad para pregonar la historia del siglo, pero rápidamente se transformó en un desastre. Los periodistas apabullaron a los editores con preguntas incisivas, que de inmediato evidenciaron la falta de investigación forense adecuada. Lord Dacre, cuyas dudas iban en aumento, eligió este momento para unir su voz.

El engaño se aclara

Para sostener la historia, Stern aceptó remitir los diarios al Bundesarchiv, el archivo estatal de Alemania. Los resultados llegaron en apenas una semana: los diarios supuestamente referidos al año 1932, estaban escritos en papel que contenía poliamida 6, un material sintético recién inventado en 1938 y de uso común a partir de 1943. La tinta, el pegamento, las juntas y las cintas eran posteriores a la guerra. Un nuevo grupo de expertos calígrafos, con información adecuada, reveló después que el texto era una burda imitación que fallaba en reproducir muchas de las formas de letra distintivas de Hitler. La fuente del contenido, el libro de discursos publicado hacía mucho tiempo, fue identificada. Kujau huyó a Austria, pero se entregó pocas semanas después. Heidemann fue arrestado. Cuando Kujau se enteró de que Heidemann había guardado gran parte del dinero que supuestamente debía ser para él, confesó toda la historia. Ambos hombres fueron juzgados en 1985 y cada uno recibió una sentencia de más de cuatro años en prisión. La reputación de lord Dacre quedó muy maltrecha y nunca se recuperó del todo. El editor de Stern renunció, al igual que el editor de The Sunday Times. Andrew Neil asumió como editor en 1983. “Esta historia era tan grande”, refirió más tarde, “y The Sunday Times deseaba tanto que fuera cierta, que era casi demasiado buena para controlarla en forma adecuada”.